5

Primero el terreno. No era poca cosa. Luego, los abogados, para que investigasen cómo se las ingeniaban para sobrevivir allí los comerciantes. Mientras tanto, los arquitectos y los delineantes aplicados en el diseño.

—Cinco plantas —les dijo Bellman—, y el objetivo que no podemos perder de vista en todo momento es la luz. El techo central ha de ser un panel de vidrio octogonal abierto al cielo, y el edificio entero debe estar construido alrededor de un patio interior, de modo que la luz penetre por el centro de la tienda y no solo a través de las ventanas.

—Mmm… Como alternativa… —dijo el arquitecto, acariciándose la barba.

—Un atrio —interrumpió William—. Justo lo que les he descrito. ¿De qué otra manera podrían coser mis costureras? ¿De qué otra manera podrían mis clientes apreciar el detalle negro de un par de guantes negros a las cuatro de la tarde de un día de noviembre?

El arquitecto le presentó sus planos para el edificio: no había ningún atrio.

—No es demasiado práctico. En verano será un horno. ¡Piense en los costes de mantenimiento! ¿Y será seguro? —argumentó.

William hizo un boceto del atrio en su cuaderno, arrancó la página y se la tendió al otro.

—Vaya a buscar el cristal a Chance, en Birmingham. Tráigase con usted a estos hombres —volvió a garrapatear algo en la hoja arrancada— para la instalación. Están familiarizados con la colocación de molduras en los techos. Existe un sistema mediante el cual se puede levantar todo el techo de vidrio para dejar salir el aire caliente en verano. Y si usted no sabe cómo hacerlo, subcontrataré la construcción del techo a uno de los hombres de Paxton.

El arquitecto rehízo los planos de acuerdo con los deseos de Bellman.

Se requería la participación de un contratista, y el arquitecto conocía a la persona adecuada.

—Venga conmigo, se lo presentaré.

La oficina de aquel hombre era acogedora como una sala de estar. El individuo era regordete y jovial, los botones de su chaleco brillaban; estrechó con seguridad la mano de Bellman, que contuvo una mueca: cierto rechazo provocado por aquellas limpísimas uñas, la suavidad enjabonada y perfumada de su piel. Charló diez minutos con él y se fue.

—No es el más indicado. No tiene la voz adecuada para hablar con los obreros. Si se quiere hacer bien una cosa, no se puede hacer repantigado junto a la chimenea. Uno tiene que estar ahí en persona.

—Con todos los respetos, caballero —respondió el arquitecto—, Bensen cuenta con un numeroso grupo de intermediarios y una experiencia considerable. Usted necesita a alguien que esté a su altura en talento y en experiencia, alguien capaz de liberarlo de la responsabilidad de la construcción para que pueda dedicarse a los demás aspectos de la operación.

Bellman meneó la cabeza. No era su estilo.

Alguien más joven, pensó. Curtido. Más cercano a los trabajadores. Más cercano al trabajo. Hizo algunas averiguaciones y sus pesquisas lo llevaron hasta un tal Fox.

Se reunieron en un parquecito, en la esquina de un ruidoso edificio en obras. Fox calzaba botas de trabajo, tenía suciedad incrustada bajo las uñas y cuando les hablaba a sus hombres sonaba como uno de ellos. Fox le recordó un poco a él mismo de joven: hábil, deseando participar en un proyecto más ambicioso. Le expuso sus condiciones llanamente. Tenía intención de pagarle a Fox menos de lo que el hombre rechoncho de las manos suaves pedía —mucho menos—, pero le daba la oportunidad de ganar no solo un trabajo prolongado y lucrativo, sino también algo muchísimo más valioso: una reputación.

—Trabajaré noche y día —prometió, y Bellman le creyó.

El proyecto le serviría a Fox para acabar de desarrollar sus habilidades, ambos lo sabían. Sellaron el trato con un apretón de manos, satisfechos.

Juntos visitaron a canteros, albañiles y carpinteros. Fox hablaba su idioma —«Mi padre trabajaba de albañil en Exeter»— y Bellman observaba y escuchaba. Luego él hacía preguntas y Fox permanecía en silencio, atento a las dudas sobre materiales, costes globales, gastos de transporte… Lo contemplaba mientras anotaba cifras en el cuaderno que siempre llevaba en sus hondos bolsillos, calculaba reducciones o se encargaba personalmente de redactar cartas dirigidas a los canteros y a los comerciantes de maderas. A veces, al apartarse de un proveedor potencial, censurando al unísono la precaria dirección de su propio negocio, Fox comentaba:

—Pero el caso es que tiene a un hombre valioso trabajando para él. ¿Se ha fijado en lo que estaba haciendo? Excelente. Ese hombre sí que sería un activo a tener en cuenta…

—Róbeselo —le ordenaba Bellman, y Fox ponía los medios para llevarse a aquel aprendiz.

La operación no suponía tan solo construir un edificio de piedra, sino también una entidad legal que había que asegurar y convertir en algo hermético a base de páginas y páginas de jerga ininteligible. Bellman consagraba largas horas en despachos de abogados atracándose de papeleo, solucionando contratos de una complejidad laberíntica. Se presentaba a aquellas reuniones con una serie de preguntas repletas de sentido común y escuchaba las respuestas con una inteligencia inusual. Las instrucciones que daba eran decisivas y estaban formuladas en el mismo lenguaje que el de los abogados. Si había algún aspecto en materia de propiedad, responsabilidades o derechos en los que tenía dudas, no lo demostraba ante los letrados, que se quedaban impresionados por su resolución y agudeza.

El tercer aspecto de aquella aventura era de carácter financiero. El enorme vestíbulo de entrada del Westminster & City Bank era un lugar impresionante. Media montaña de mármol italiano laminado para revestir sus suelos y paredes; martilleado, cincelado y pulido hasta transformarlo en columnas carísimas, duras, intimidatorias. Pocos cruzaban la puerta sin experimentar un estremecimiento en lo más recóndito: respetables señoras sentían temblar su voz como la de una colegiala al preguntar por su saldo, y nobles barones se pavoneaban exageradamente al efectuar un reintegro. Incluso el cura, cuya reputación era impecable, contenía una tos nerviosa. Era imposible eludir la conciencia de que, en algún punto de aquel lugar, decenas de administrativos trajeados trabajaban como ángeles inclinados sobre sus libros de contabilidad, anotando en negra caligrafía la sensata mesura o las imprudentes finanzas de cada uno de los clientes, dejando constancia de cada transacción en guineas, chelines y peniques hasta el día del Juicio Final. No, el vestíbulo señorial del Westminster & City no era un lugar acogedor. Por muy impolutos que fuesen los saldos del cliente, la estancia desalentaba incluso a los más juiciosos.

Pero William Bellman ignoraba lo que era el desaliento. Subió las escaleras de tres en tres y entró en el vestíbulo con el temor de una abeja que irrumpe volando en la otra gran catedral de Westminster y aterriza en el altar para descansar. Casi por casualidad, el señor Anson, un veterano gerente del banco, atravesaba la sala justo cuando nuestro hombre la recorría a zancadas, y se fijó en su indiferencia ante aquella grandeza. Un individuo fornido y moreno que, haciendo gala de gran energía y vigor, pasó de largo junto a un empleado reunido con un cliente frente a su mesa, y prefirió observar con ojo escrutador al resto de la gente que ocupaba la sala. Cuando reparó en el señor Anson, se encaminó resuelto hacia él, se presentó y expuso sus intenciones en pocas palabras:

—¿Me puede atender?

Anson no estaba acostumbrado a tanta informalidad, pero algo en los modales y la conducta de Bellman le decía que valdría la pena concederle unos minutos, y esos minutos bastaron para convencerse de que debía seguir escuchándolo.

En una sala aparte, Bellman planteó sus proyectos financieros. Estaba pidiendo un préstamo muy grande. La construcción de la tienda sería sufragada por los socios capitalistas, pero necesitaban un préstamo para aprovisionarla. El gerente sopesó las cifras que su cliente había preparado.

—Así que necesitan ustedes un préstamo y darán de alta aquí una cuenta para la tienda. ¿Tal vez también le interese una cuenta personal?

—Dos.

—¿Dos cuentas personales? Ambas a su nombre.

Bellman asintió sin ofrecer más explicaciones.

Bien, era un tanto infrecuente, pero no veía ningún impedimento administrativo ni legal. Anson observó las cifras de venta estimadas. Más que optimistas, pensó, pero solo con que lograsen embolsarse la mitad de lo que pretendían ganar sería suficiente para cubrir las cuotas. El panorama era halagüeño. Nada impedía que formalizasen el acuerdo en aquel mismo momento; además, intuía que si Bellman no recibía la respuesta que deseaba allí, cogería sus números y su empresa y se los llevaría a otro banco.

—Me alegro de poder ayudar —dijo mientras le tendía una mano. Bellman la aceptó y le dio una firme sacudida, al final de la cual ya estaba prácticamente saliendo por la puerta.

Anson lo acompañó hasta el vestíbulo. Se volvieron a estrechar las manos y el banquero contempló a su nuevo cliente mientras cruzaba el suelo de mármol hacia la salida con los mismos andares resueltos y llenos de determinación con los que había hecho su entrada, sin dejarse intimidar por la inmensa bóveda suspendida sobre su cabeza, sin sentirse disminuido a causa de la profusión de mármol a su alrededor. Aquel era un hombre para quien un banco no era más que un lugar donde se guarda dinero. Si las gotas de lluvia fuesen monedas, el Westminster & City no sería más que un bidón. Enorme, carísimo y hecho de mármol, pero un bidón a fin de cuentas.

Al enfilar el pasillo que conducía al despacho de un colega para recoger un papel, Anson se felicitó a sí mismo. Si el plan de Bellman salía como estaba previsto, acababa de cerrar el mejor trato de su vida. Y en menos de tres cuartos de hora.