Capítulo 12

CAROLIN y yo estábamos silenciosas en el antecomedor, esperando que los otros bajaran. La mesa estaba ya puesta en el comedor. Svea trajinaba en la cocina.

Carolin trataba de dominar su tos, tenía fiebre, estaba pálida y parecía cansada. Cuando regresamos a casa la noche anterior, habíamos estado charlando largo rato. Comprendíamos que Flora no podría callarse. ¿Cuántos podrían dejar de jactarse de que les habían raptado un hijo? Seguramente haría todo lo posible por hinchar esta historia.

Por eso, lo mejor que podríamos hacer era explicar lo antes posible todo lo que habíamos hecho. Entonces seríamos seguramente creídos; pero si primero venía Flora con su versión, no se le daría demasiada importancia a lo que nosotros dijéramos. Todo se interpretaría como excusas.

Ahora habían bajado todos y estaban sentados a la mesa, menos Nadja, que se había quedado dormida. Svea entró con el desayuno y me miró interrogante:

—¿No vas a desayunar?

Me apresuré a abrir la puerta del comedor y entré, seguida de Svea y Carolin. Pero no me senté en mi sitio de costumbre en la mesa, sino que me coloqué con Carolin junto a la chimenea. Svea puso la bandeja sobre la mesa y se iba a retirar a la cocina cuando la detuve. Teníamos algo que decir.

Nos convertimos en el centro de todas las miradas. Papá dejó el periódico. Se hizo el silencio y yo comencé así:

—Creemos que lo mejor es que lo oigáis ahora mismo y de nosotras, para evitar así después toda clase de malentendidos, en caso de que lo supieseis por otros conductos.

Seguidamente lo contamos todo las dos, a veces yo, a veces Carolin, desde el principio hasta el fin. Tuvimos buen cuidado de no olvidar nada, y tratamos de explicar cómo habíamos razonado, cómo habíamos creído hacer una obra de caridad; pero, después, nos habíamos dado cuenta de que era todo lo contrario. Ahora, después de pensarlo, no podíamos comprender cómo habíamos actuado tan locamente. Estábamos verdaderamente arrepentidas; habíamos hecho todo lo posible para tratar de enmendar todo, y les habíamos rogado a Edvin y a Flora que nos perdonasen.

—Pero, naturalmente, habrá muchas habladurías, pues Flora no vio con buenos ojos lo que hicimos —dije yo.

—Sí, tenemos que estar preparados para todo eso —suspiró mamá.

Por lo demás, ni ella ni papá hicieron comentario alguno, sino que estaba bien que supieran lo que había pasado. Habían escuchado silenciosos todo el rato, haciendo alguna que otra pregunta, pero sin hacernos ningún reproche. El único que tenía aspecto acusador era Roland, pero se debía a que no había sido invitado a formar parte de la expedición. Consideraba que había sido una traición; yo esperaba que iba a reaccionar así; pero éste era un asunto que Carolin debía solventar con él. Su desilusión se dirigía más hacia ella.

Carolin quería echar sobre sí toda la culpa, puesto que todo había sido idea suya, pero yo no estaba conforme. Si me hubiera negado, todo habría quedado en un sueño. Era tan culpable como ella.

Svea no había dicho una palabra mientras contábamos todo, y en su cara no se podía leer, en absoluto, lo que pensaba. Pero después rumió sus propias deducciones, que poco a poco salieron de su boca.

No decía una sola palabra de mi participación en el asunto, lo que me indignaba. ¿No contaba para ella? ¿O era pensando en los «señores»? Es decir, mamá y papá.

Nunca pude comprender cómo nos veía Svea a nosotros, los niños. A veces nos elevaba por las nubes y nos colocaba al mismo nivel que a los «señores», y en otras ocasiones nos consideraba como verdaderas nulidades con las que no había que contar. No había lógica. En este caso, yo no era nadie. Carolin era la que debía pagar los platos rotos. La vieja sospecha de Svea sobre ella volvía a aparecer de nuevo.

Se negaba a admitir que Carolin había obrado con buena voluntad y aducía las más inverosímiles acusaciones.

Todo aquello lo había inventado Carolin para separar, de una vez para siempre, a Svea del pequeño Edvin. No había podido soportar nunca que Edvin la quisiera más a Svea que a ella. Lo que realmente había intentado era que Flora le prohibiese a Edvin poner sus pies en aquella casa. Carolin había tratado siempre de eliminar a Svea. Cuando no lo conseguía, se vengaba, sin tener en cuenta que el que iba a sufrir era el pequeño Edvin, que nada malo había hecho.

Carolin era una persona peligrosa. Svea lo había notado desde el principio. La copa se colmó con aquella llamada «confesión», con la que tan conmovedoramente pretendía cargarse toda la culpa y aparecer ella misma como un ángel. ¡Disimulo! ¡Teatro! Nada más que eso. Svea la había calado hacía mucho tiempo. Carolin no había pensado nunca, naturalmente, traer a casa a Edvin y dejar que Svea lo cuidara. Todo había sido una farsa: su decisión de devolvérselo a Flora, el haberla puesto a ella, Svea, de pantalla… Una hermosa comedia.

Todo estaba muy astutamente pensado. Todo amañado para hacer sospechosa a Svea. Carolin podría culparnos de todo. Siempre apareceríamos nosotros como los responsables de la trama. Jamás admitiría Flora la versión de la carta de Carolin. Puesto que siempre sería ella, Svea, la sospechosa principal, hubiera sido menos innoble culparla de todo desde el principio.

Y nadie en el mundo podría convencer a Svea para que creyera que el pequeño Edvin lloraba porque quería volver con su madre. Svea sabía muy bien que el pequeño, en el fondo de su corazón, no quería estar con su madre. Pero él no se atrevía a negarse, pobre niño.

Carolin intentó por todos los medios de que Svea se diera cuenta de la realidad. Pero era más fácil para ella mantenerse en su postura de mártir y de acusadora por ofendida.

Sí, Svea estaba muy desconsolada. Cuanto más pensaba en ello, más triste se ponía. ¡Y pensar que una persona joven podía ser tan refinadamente mala como Carolin! Hasta el último momento le dijo Svea a mamá que no lo había querido creer. Pero ¿cómo podía dudar cuando las pruebas se acumulaban una tras otra? Era así; sólo quería llorar.

Desgraciadamente, no era tan fácil darse cuenta de su hipocresía. Svea tenía que reconocer que Carolin tenía cierto encanto personal; ella misma aseguraba que había estado a punto de rendirse ante eso. Y nosotros, los otros, nos habíamos dejado hipnotizar ingenuamente por aquella mentirosa.

Al principio, mamá defendía a Carolin. La estimaba y no quería desconfiar de ella. Así se lo dijo a Svea.

—¿Cree usted, señora, que lo quiero yo? Quiero insistir en que he tratado de fiarme de ella. Pero es una de esas que se disfraza cada mañana con su piel de cordero. Sí, no hay más remedio que protegerse de personas como Carolin; de lo contrario, está una perdida.

Mamá encontraba que Svea exageraba, pero no tenía muchas fuerzas para luchar contra ella. Su defensa era cada vez más floja. Lo más triste era que mamá tenía la costumbre de defender siempre a todo el mundo. Si se decía la menor cosa desfavorable de alguien, mamá lo defendía inmediatamente, casi sin escuchar y sin investigar de qué se trataba. Se oponía, sencillamente, sin pensar. No admitía que se criticara a nadie delante de ella.

De niña le habían enseñado que había que creer que todas las personas eran buenas. A no creer nunca en calumnias. A defender siempre noblemente al prójimo. Era un ideal que ella quería hacernos vivir. Pero nosotros no éramos tan dúctiles como ella lo había sido de niña. Creíamos que exageraba en su teoría y no tomábamos muy en serio su constante defensa de todos.

Tampoco lo hacía Svea. Sabía, además, que si trabajaba suficientemente a mamá, al final, se rendía de puro cansancio. Y para mamá, Svea había sido siempre un testigo de la verdad. El no escuchar a Svea lo consideraba como engañarse a sí misma.

Al mismo tiempo que ocurría todo esto, sucedió algo que empeoró todavía más la situación de Carolin.

Mamá recibió una llamada telefónica anónima.

Una mujer llamó desde una cabina telefónica en alguna parte.

Quería prevenirnos sobre Carolin. Era su obligación —aseguraba— informarnos de que el pasado de Carolin no era tan inmaculado. A pesar de su juventud había estado mezclada en muchas cosas. Su padre sufría ahora una condena de cárcel de la que tenía la culpa su hija.

Finalmente, aseguraba la mujer que no quería perjudicar a Carolin, pero pensaba que estaría bien que mamá estuviera advertida en caso de que ocurriera algo.

Seguidamente colgó el auricular. Había hablado sin hacer pausas, casi como si lo dijera de memoria. Mamá no había podido meter baza. Estaba profundamente impresionada y sumamente afectada cuando nos lo contó a papá y a mí. Fuimos los únicos a quienes lo contó.

—¿Le has dicho algo a Svea?

No, mamá no se lo había dicho. Svea era ya suficientemente suspicaz cuando se trataba de Carolin.

—Creía que era innecesario —dijo mamá.

Papá opinaba como ella. Naturalmente, todo eran mentiras. A las gentes que hacen llamadas anónimas y no quieren decir sus nombres, no hay razón alguna para creerlas.

—¡Pero que su padre estuviera en la cárcel por culpa de ella! ¿Se pueden inventar tales cosas? ¡Es algo terrible! —dije yo.

—Sí —dijo papá—. La persona que ha llamado tiene que odiar a Carolin.

Tratamos de olvidar aquella llamada telefónica y esperábamos que no se repitiera.

Pero ¿quién podía haber sido? ¿No lo debía saber Carolin?

No, papá creía que no debíamos pensar más en ello. Yo no estaba conforme con él. Mi opinión era que las personas que se dedican a dañar a los otros deben ser castigadas.

Pero mamá creía como papá, que era mejor guardar el más completo silencio sobre todo. No había ya interés en continuar, y no hubo consecuencias. Tuve que prometer que no diría nada a Carolin. Al principio me resistí, pero al final cedí. Ninguno de nosotros tomó la cosa en serio. Encontramos que sólo serviría para poner triste a Carolin innecesariamente; tal vez fuera lo más razonable.

Decidimos guardarnos para nosotros esta desagradable historia.

No sabíamos que Svea, casualmente, había llegado a casa durante la conversación entre mamá, papá y yo. Había oído voces destempladas y no había podido dejar de escuchar; pero sólo había oído algunos fragmentos de la conversación. No tenía la menor idea de lo que se trataba pero había comprendido lo suficiente para darse cuenta de que algo había ocurrido en casa, de lo que no se debía hablar. Ella, debía permanecer al margen de todo; no lo podía aceptar.

Como de costumbre atacó a la pobre mama. Pero exactamente no sabía cómo hacerlo para no dejar ver que había estado escuchando. Lo había dado a entender en muchas ocasiones, pero no quería evidenciarlo. Debía ser prudente.

Además había acusado a Carolin de escuchar. Esto complicaba más las cosas.

Pensó que el mejor sistema sería hacerse la agraviada. Y callar, al mismo tiempo que buscaba la forma de enterarse.

Empezó esquivando a mamá, tratando de evitarla de una manera ostensible.

De pronto, cesaron todos aquellos ratos de conversación entre ambas. Svea no tenía tiempo, estaba muy atareada tenía que trabajar día y noche. Carolin continuaba enferma, de modo que Svea tenía atender todo. Le fue fácil hacer ver claramente que tenía que trabajar por dos.

Mamá tenía mala conciencia y quería ayudar. Pero no era muy ducha en su trabajo; se movía por todas partes, pero no era de gran ayuda. Svea hacía ostensible su irritación.

Mamá comprendía que había caído en desgracia. No sabía el porqué. Svea había perdido el equilibrio a causa del pequeño Edvin. Sería mamá la que pagaría los platos rotos, por culpa de Svea: pero era de esperar que se le pasaría pronto. No había nada que pudiera reprochar a mamá.

Pero Svea cada vez estaba más retraída y, finalmente, mamá no pudo soportar tal situación.

—¿Por qué está usted, Svea, tan displicente?

Svea se puso muy tiesa y dijo que no le pasaba nada, pero se veía que lo decía para que mamá siguiera preguntándole. Así lo hizo mamá y al final se rindió Svea y empezó a lloriquear:

—La señora me oculta algo. Ahora lo comprendo.

¡Se había equivocado al creer que mamá no tenía secretos para ella! ¡Qué gozaba, en toda circunstancia, de la confianza absoluta de mamá! Ahora comprendía que no era así.

—¡Y yo no tengo la culpa de que esta situación me desilusione. No lo hubiera creído nunca. Creía que podíamos confiar la una en la otra! Pero ya no estoy tan segura.

Mamá se inquietó. No había creído que Svea iba a adivinar sus pensamientos.

—Pero, querida Svea, naturalmente que tengo confianza en usted…

—No, la señora no la tiene ahora. En tal caso no debería dejarme a mí al margen de todo. No, no trate de disimularlo. De eso me he dado cuenta enseguida. La señora sabe muy bien el porqué no soy la de siempre.

Svea se fue hacia la puerta sollozando, y mamá corrió tras ella.

—Pero, querida Svea… ¡No se vaya! ¡Tenemos que aclarar esto!

Svea sintió que la victoria estaba próxima y se mostró más audaz:

—No, señora. Es demasiado tarde… Nada puede ser, en todo caso, como era antes… Y yo no quiero saber qué clase de secretos tiene la señora para mí, eso es todo…

La voz traicionó a Svea. Estaba tan emocionada que ya no necesitaba hacerse la fuerte; lloraba de verdad.

—Querida Svea, no podía yo creer que lo iba a tomar usted tan mal…

—¡Debía saber la señora lo que ella representa para mí…! Y no hay que ser confiada… Lo mejor es que me vaya.

Mamá no sabía cómo reaccionar.

¿Iba a perder a Svea? ¡La única amiga que tenía! Fuera de la familia, naturalmente; pero ésta era un valor aparte. Nosotros éramos su única alegría en la vida, lo que hacía que su existencia fuera digna de ser vivida.

Pero Svea era su único apoyo verdadero. La abuela materna había fallecido muy joven. Mamá ni siquiera se podía acordar de ella. No había tenido nunca una verdadera madre.

¿Qué iba a ser de ella ahora sin Svea?

Le entró pánico y contó todo. A pesar de haber sido la más enérgica defensora de que Svea no debería saber nada de la conferencia telefónica anónima.

Cuando mamá vino y me contó que le había dicho todo a Svea me puse furiosa e indignada contra ella; pero después comprendí lo muy sola que debía de sentirse.