—Explícamelo desde el principio.
A la mañana siguiente, tras su reciente y jubilosa adquisición, Elizabeth van der Mier, directora de la National Gallery of Modern Art, se sentó en el borde de la mesa con los brazos cruzados y cara de pocos amigos. Llevaba el rubio cabello entrecano recogido en una tirante coleta con un lazo negro, un traje del mismo color y los labios pintados de rojo y con menos cuidado que de costumbre. Sus ojos taladraban al personal de seguridad del turno de noche, que se hallaba reunido en su despacho de madera y cristal. Cuatro guarda jurados, una técnico y el jefe de todos ellos.
—La pasada noche, a las 21:22, se registró una pérdida de comunicación con el personal de seguridad —comenzó Cohen, pasándose la mano por su ralo cabello—. Tratamos de establecer contacto por radio desde la sala de control y no recibimos respuesta. Comprobamos los monitores del circuito cerrado y no vimos a nadie. Todas las habitaciones y los pasillos que inspeccionamos parecían estar desiertos. Rebobinamos la cinta y descubrimos que los vigilantes aparecían en el vídeo veintinueve minutos antes, pero después desaparecían repentinamente de la pantalla. Más tarde averiguamos que ello se debía a que alguien había entrado en nuestros ordenadores y había manipulado el circuito cerrado para que todos los monitores mostraran la misma grabación de las salas vacías de poco antes.
»Al parecer, a esa misma hora a los vigilantes les comunicaron por radio que había un incidente en la planta tercera. A los dos equipos que efectuaban la ronda les dieron distintas instrucciones y los enviaron a puntos opuestos de la planta tercera. Les habló una voz femenina que se parecía a la de la señorita Avery, aquí presente. Avery advirtió que habíamos perdido el control del audio y el vídeo, pero alguien activó los sensores de movimiento del cuarto de contadores. Intenté llamar a la policía, pero no había línea. Luego bajé a investigar, como ya le he dicho.
Van der Mier se daba golpecitos en el brazo izquierdo con el dedo índice derecho y se mordía la mejilla izquierda por dentro.
—Lo que no me gusta… —comenzó—. ¿Por dónde empiezo? Alguien entró en nuestros ordenadores. Eso no me gusta. Pero da la impresión de que nadie entró en el edificio, lo cual es extraño. ¿Qué era lo que se movía en el cuarto de contadores y la sala nueve?
—Lo investigamos —suspiró Cohen—, pero no encontramos nada. Parece que, mientras nosotros creíamos seguir controlando las alarmas internas, éstas estaban siendo manipuladas electrónicamente a través de nuestro sistema informático, desde el exterior. El pirata hacía saltar alarmas de movimiento en ambas salas. No hallamos ni rastro de intrusos.
—La otra cosa que no me gusta —prosiguió Van der Mier— es que este ataque parece no tener lógica. Y es un ataque.
—A veces los piratas entran sólo para demostrar que pueden hacerlo —sugirió Avery con cautela.
—No me vale, querida. El sistema de seguridad codificado de un museo no es el Everest, y me niego a pensar que alguien con demasiado tiempo libre lo escaló sólo porque estaba ahí. Hubo premeditación y malicia en eso de separar a posta a ambas rondas y en conseguir que Toby bajara al sótano antes de activar la alarma de la planta principal para hacerlo subir de nuevo. Lo que me cabrea más todavía es que la otra noche un ladrón pudo largarse con un montón de cuadros, y quienquiera que esté detrás de esto parece que quiere que lo sepamos, gracias a este alarde. —Caminaba con paso marcial ante su mesa—. Pero un ordenador no puede bajar cuadros de la pared y sacarlos del edificio. Para eso es preciso un ser humano vivito y coleando. Y si el pirata puede entrar en el sistema también puede meter dentro a una persona, y eso es algo que no va a pasar. —Se detuvo bien tiesa—. Quiero una revisión general de todos los cortafuegos y códigos para impedir cualquier futuro acceso a los ordenadores. Esperemos que haya sido una demostración de poder, un alarde, y no un acto malévolo. Sin embargo no permitiremos que vuelva a ocurrir. Nadie tiene la culpa; todos ustedes actuaron debidamente. No obstante me gustaría hacer una advertencia: que no se corra la voz. No queremos involucrar a la policía. No han robado nada y no hay nadie herido. Podemos darnos con un canto en los dientes. Pero no podemos permitirnos la publicidad negativa que se derivaría de semejante violación de nuestras defensas y tampoco queremos poner sobre aviso a los delincuentes de nuestra vulnerabilidad. Acabamos de comprar un cuadro muy importante. A decir verdad, la pasada noche, mientras se armaba todo este lío. Comunicaremos dicha adquisición en una rueda de prensa esta tarde. El cuadro le dará mucha publicidad positiva al museo, y no tengo ninguna gana de empañar este reclamo. Así que no digan nada de lo que sucedió la otra noche. Gracias.
El cuadro suprematista anónimo, lote 34, acababa de ser enviado a la vivienda de St. John’s Wood del señor Robert Grayson.
El cajón de madera estaba apoyado en la pared del empapelado recibidor, en el piso de tres habitaciones que ocupaba él solo por el momento. Los coches de lujo y las amas de casa enjoyadas del vecindario desfilaban por la calle mientras Grayson ponía un disco de Springsteen.
En el piso había otra pieza de lo que Grayson consideraba arte «de verdad». Se trataba de un grabado de Jasper Johns de la bandera americana con un enorme marco de madera recuperada que le confería un aire rústico, como de capitán de barco de Cape Cod, como solía decir él. El grabado más vendido de la historia, según le dijo el propietario de la galería. Aparte de eso, en las paredes tan sólo había unas cuantas láminas y fotografías enmarcadas: una instantánea en blanco y negro de Ted Williams en pleno swing mientras un receptor y un árbitro lo observan con asombro; el Neblina lavanda de Jackson Pollock con las letras «MOMA» en la parte inferior; una lámina horizontal alargada de Boston visto desde el puerto por la noche en un marco de metal plateado; una cita impresa en blanco sobre fondo negro, en letra cursiva, que ponía: «El dinero y el tiempo se hallan inextricablemente enmarañados. Desenmaráñalos».
Grayson llevaba un niqui verde con un pequeño jugador de polo rojo sobre el corazón y pantalones caqui. Sostenía el extremo de un puro en una mano, y en la otra un vaso. Se movía al compás de la música en un admirable, aunque fallido, intento de bailar.
Sonó el móvil.
—¿Sí? Eh, hola, Charlie. Claro, claro, Sin problema. Sí, ¿qué tienes para mí? Cogeré el vuelo que llega al JFK a las once de la noche, hora de Nueva York. Sí, que vaya a verme allí, eso. Bueno, tengo la reunión en el centro a las diez y un almuerzo con Harry Hancock en el Union Square Cafe a la una y media. Claro que pediré la hamburguesa de atún. Aunque podemos quedar para cenar. Sólo voy a pasar una noche, luego me vuelvo aquí. Sé que es una locura, pero estoy hasta arriba de trabajo y el Manchester United juega contra el Liverpool, así que me gustaría estar de vuelta lo antes posible. Tú dirás que eso no es fútbol, pero yo he visto la luz. Puedes meterte a tus 49ers por el… ¿qué? No, está bien. Eso no será un problema. Gramercy Tavern a las ocho, suena bien. Y me pasaré por la deli de Barney Greengrass justo antes de que Sal me lleve al aeropuerto a la vuelta. Voy a cruzar el Atlántico con un poco de bacalao negro ahumado de extranjis, es mi único vicio. Ése y los puros. Y el bourbon, sí. Bueno, pues tengo tres vicios. Seguro que se te ocurre alguno más, pero no hace falta, muchas gracias. Bueno, Charlie, pues entonces nos vemos mañana por la tarde. Salgo dentro de unas horas. Vale, adiós.
Grayson colgó y fue hasta donde se encontraba el cajón de madera, al lado de la puerta. Se arrodilló junto a él y pasó los dedos por la tosca madera.
—Miembros de la prensa, señoras y señores: buenas tardes y bienvenidos. —Elizabeth van der Mier estaba toda ufana, bien tiesa y enfundada en un traje negro, tras un atril en la Sala de Conferencias Michael Marlais de la National Gallery of Modern Art—. Nos complace comunicar la adquisición de la obra suprematista más importante del insigne Kasimir Malevich, la primera y mayor de su serie de obras maestras Blanco sobre blanco. Dicha obra ocupará un lugar de honor en la colección permanente del museo, pero primero podrá verse en nuestra próxima exposición especial, que llevará por título «Lo que no está: la belleza y la elocuencia del minimalismo». El cuadro será descubierto en la inauguración de dicha exposición. En este momento se encuentra en el departamento de Conservación para que le cambien el marco, y después será el protagonista absoluto de la exposición. Hasta entonces…
—¿No es blanco del todo? —musitó un miembro de la prensa a otro.
—Creo que sí —fue la respuesta—. ¿A qué tanto bombo entonces?
—No sé, tío. Pero sí sé lo que le haría a la del estrado, ¿eh?
—Vaya que sí. Pero ¿de qué está hablando?
—Ni idea, tío. Tú sácale una foto y vamos a tomar una pinta.
Al fondo de la sala un hombre sonrió, con cara de pocos amigos, al oír la conversación. Del traje de exquisito corte asomaban los gemelos de una camisa impecable.
Elizabeth van der Mier miraba por encima de las cabezas, las cámaras y las libretas, inspeccionando su feudo. Aquello había ido muy bien: había acudido la gente apropiada, y saldría en revistas, periódicos e informativos. La guinda era una entrevista con ella, fijada para la semana siguiente, que aparecería en la revista Time Out. La verían millones de personas y daría a conocer la exposición, cosa poco común salvo en el caso de las monográficas de renombre o los impresionistas. La gente acudía a cientos a exposiciones tituladas «Vermeer» o «El París de Manet» o «Los impresionistas en Argenteuil», pero el arte ruso se solía pasar por alto. No se podía considerar olvidado, ya que ello implicaría que alguien lo había conocido en algún momento. Ahora era su oportunidad.
No vio a Delacloche, que aguardaba al fondo de la sala.
Horas después Robert Grayson saboreaba un bourbon repantigado en su asiento de clase preferente, a miles de metros sobre el Atlántico. Miraba por la ventanilla un cielo de tinta derramada, desprovisto de estrellas y oscurecido por un velo negro de impenetrables nubes. Ante él Nueva York bullía llena de vida; tras él Londres dormía.
La National Gallery of Modern Art parecía una gran polilla blanca al sur del río Támesis. Envuelta en hormigón, acero y cristal, la noche londinense soportaba una llovizna neblinosa que se deslizaba como una gasa por las duras superficies. Unas tenues luces amarillas la iluminaban desde el suelo, proyectando sombras en los muros. Las ventanas revelaban la oscuridad interior mientras los cuadros dormían en silencio. El letrero luminoso que se alzaba en la extensión de césped delantera de la pinacoteca zumbaba quedamente.
Entonces se apagaron las luces.