La explosión se produjo exactamente al mediodía, durante la llamada a las plegarias musulmanas. La fortaleza de la policía en las afueras de Jerusalén sufrió grandes desperfectos y murieron cinco soldados británicos.
—Ha sido ese maldito Menachem Begin —oyó decir David Mathenge a su oficial superior, Geoffrey Donald.
Y así empezó la intensa persecución del terrorista que obligó a David a levantarse de su camastro en plena noche, reunirse con su regimiento y esperar, bajo el frío y la humedad de la noche de septiembre, las órdenes del capitán Donald.
Era una coincidencia que David estuviese en el regimiento africano de Geoffrey Donald en Palestina. Al alistarse voluntariamente en el ejército británico cuando estalló la guerra, no tenía idea de que iban a destinarle a una simple guarnición, sino que albergaba la esperanza de poder luchar contra los nazis racistas de Hitler. Tampoco esperaba encontrarse bajo el mando de un hombre al que había despreciado durante siete años.
Desde su fuga de la cárcel de Nairobi y su exilio en Uganda, David Mathenge albergaba un odio especial contra los Treverton y, debido a su amistad con esa familia, también contra Geoffrey Donald, a quien David se veía ahora obligado a saludar militarmente.
David llevaba cuatro años en Palestina y ya estaba familiarizado con los diversos bandos que allí combatían: los árabes, los judíos y los británicos. La bomba terrorista que había estallado en la fortaleza de la policía británica tenía que ser obra de la Irgun de Menachem Begin; David sabía que no podía ser obra de la Haganah, el ejército secreto sionista, porque la Haganah siempre avisaba por adelantado para que la gente pudiera ponerse a salvo. Lo que se dirimía en la lucha era de quién era patria ese territorio que se encontraba bajo un mandato de la Sociedad de Naciones. A David Mathenge, que, como todos los kikuyu, se hallaba profundamente ligado a la tierra y comprendía la posesión territorial, le parecía que se trataba de un asunto tribal.
En un bando estaban los árabes, que habían vivido en Palestina durante siglos y ahora se veían expulsados de sus tierras ancestrales por los refugiados europeos, judíos que huían de Hitler. Los judíos reclamaban esa tierra como propia por derecho basándose en un legado ancestral. Y en medio de los dos bandos, haciendo promesas a ambos e incumpliéndolas, se encontraban los británicos. A David no le extrañaba nada que Menachem Begin, harto de Winston Churchill y de sus palabras huecas, dirigiese sus tácticas terroristas, no contra los árabes, su enemigo natural, sino contra los británicos. Por eso la fortaleza de la policía en las afueras de Jerusalén había sido blanco de una bomba.
David se sentía muy desgraciado.
¿Qué había ocurrido? ¿Dónde había empezado a ir mal su vida? Cuatro años antes, cuando el gobierno colonial había puesto en marcha una gran campaña de reclutamiento para los Rifles Africanos del Rey, David Mathenge y miles de jóvenes africanos como él se habían apresurado a alistarse, creyendo que Hitler iba a invadir Kenia y a llevárselos encadenados. Los jóvenes africanos, que acababan de salir de la escuela, no tenían empleo y ansiaban entrar en acción, se habían alistado convencidos de que iban a luchar contra una maldad monstruosa y que tendrían la oportunidad gloriosa de defender a su país, la libertad y la democracia, así como su forma de vida. Equipado con un elegante uniforme nuevo y un sombrero de ala ancha, levantada y sujeta con una pluma por un lado, David había desfilado orgullosamente ante sus oficiales blancos, con la sensación de ser un guerrero que marchaba hacia la batalla, y había abandonado su patria para descubrir que el mundo era un lugar mayor, muchísimo mayor, de lo que jamás había soñado. En aquel momento creyó que alistarse en el ejército británico era lo más inteligente que había hecho en su vida.
Ahora se daba cuenta de que no era así. Lo más inteligente que había hecho en su vida fue quedarse en Uganda después de que el jefe Muchina, enfermo y moribundo —la gente decía que a causa de una thahu que contra él lanzara Wachera—, retirase todos los cargos contra él y declarase que su detención había sido un error. Había quedado en libertad para volver a Kenia, pero había optado por permanecer en Uganda y estudiar en la universidad de Makerere, donde al cabo de tres años había obtenido el título de agrónomo.
Había aprendido agronomía y administración y ahora estaba preparado para recuperar su tierra de manos de los Treverton.
«Pero ¿cuándo?», se preguntaba al salir del cuartel, con el rifle colgado del hombro. Durante años su madre le había prometido la restitución de sus tierras. ¿Acaso no había lanzado una thahu contra los Treverton? ¿Y acaso las maldiciones de Wachera no daban resultado siempre? Pero no con la rapidez suficiente para David.
«La plantación de café de los Treverton prospera —le había dicho Wanjiru en su última carta—. Esa chica blanca que se llama Mona la está dirigiendo personalmente».
David no se había alistado en los Rifles Africanos del Rey para esto, para perder su tiempo en un país seco y dejado de la mano de Dios, cuyos habitantes estaban empeñados en aniquilarse mutuamente, y él en medio, convertido en blanco de ambos bandos por ser un soldado británico, ¡mientras los Treverton se cebaban en su tierra!
David se sentía abrumado por la desdicha.
¿Qué había en la árida Palestina que fuese digno de amar? En el verano hacía un calor terrible y vientos ardientes abrasaban los pulmones; en invierno había lluvias grises e implacables y un frío atroz que nunca había experimentado en Kenia. Sentía su corazón apesadumbrado por la nostalgia de su patria. Añoraba las selvas, las neblinas limpias del monte Kenia, las canciones de su pueblo, la comida que preparaba su madre y el amor de Wanjiru.
Wanjiru…
Para él Wanjiru era más que la mujer a la que amaba y con quien esperaba casarse; Wanjiru personificaba todas las cosas por las que sentía añoranza. Wanjiru era Kenia. David anhelaba el consuelo de su abrazo.
Al ver los grandes camiones de transporte alineándose, los faros llenando el recinto de luz artificial, David comprendió que estaban organizando una búsqueda masiva. Se preguntó a dónde irían a buscar esa mañana. Se acercó a uno de los camiones y entabló conversación con el conductor.
—En Petah Tiqwa —dijo el hombre, refiriéndose a una ciudad pequeña que no distaba mucho de Tel-Aviv.
David asintió con la cabeza y se apoyó en el guardabarros. A las autoridades les gustaba decir que «la condenada Petah Tiqwa es un nido de terroristas». Y no se equivocaban. El servicio de información británico era muy consciente de que en los bosquecillos y bosques que rodeaban Petah Tiqwa se ocultaban depósitos de armas, además de ser campos de entrenamiento secretos de las fuerzas rebeldes. Registrar aquella zona era peligroso y a los soldados británicos no les gustaba internarse en ella.
David tenía la impresión de que a eso se reducían todas sus obligaciones: a buscar al escurridizo Menachem Begin. Cuando no se encontraba en algún control de carretera, inspeccionando todos los coches que entraban y salían de Tel-Aviv, era porque estaba registrando hoteles o interrogando a peatones en la calle o llamando a alguna puerta a medianoche, sacando a la gente de la cama. La búsqueda de Begin iba intensificándose y los británicos se morían de ganas de echarle el guante al hombre que saboteaba sus comunicaciones y sus oficinas civiles. Y ahora que David Ben Gurion, líder de la Agencia Judía y archirrival de Begin, prácticamente había declarado la guerra a éste y cooperaba plenamente con los británicos en su búsqueda, estaban poniendo patas arriba toda Palestina.
Incluso ofrecían una recompensa de quince mil dólares al hombre que entregase a Menachem Begin a las autoridades.
«Tiene que ser un guerrero feroz —pensaba David Mathenge— para haber confundido tan completamente al servicio de información británico durante cuatro años, para haber cometido con éxito tantos actos de sabotaje, para mantener un liderazgo tan fuerte sobre su ejército clandestino, la Irgun, y todo ello sin haber sido atrapado una sola vez».
A su juicio, estar constantemente en movimiento, llevarles siempre la delantera a los perseguidores, era obra de un hombre inteligente y valiente. De hecho, los británicos sólo tenían una vaga idea acerca del aspecto de Begin. Cuando registraban una calle casa por casa, se les decía que buscasen a un «judío polaco, de unos treinta años y pico, que lleva gafas y que tiene esposa y un hijo pequeño».
—Espero que esta vez encuentren a ese cabrón —dijo el conductor, encendiendo un cigarrillo—. Ese condenado Begin piensa que sólo servimos para hacer prácticas de tiro al blanco. Y no me gusta nada entrar en Petah Tiqwa. Uno de estos días habrán puesto una trampa. Ya lo verás. Begin provocará una sangrienta guerra civil. Los árabes se sentarán tranquilamente, riéndose, mientras los judíos se matan unos a otros, haciéndole el trabajo a Hitler.
David miró al conductor, un hombre rubicundo que hablaba con acento escocés. Sólo en ocasiones como ésa, cuando iban a cumplir una misión o guarnecían un puesto, hablaban los soldados blancos con los hombres del regimiento de David. Por lo demás, parecía haber una barrera invisible o alguna ley extraña, tácita, contra la mezcla racial.
Al llegar a Palestina, los africanos se habían llevado una sorpresa al descubrir que sus alojamientos y su comedor estaban separados de los del resto del batallón. En Kenia era aceptable que los africanos no se mezclaran con los colonos blancos, sencillamente porque había sido siempre así; pero habían creído que el ejército sería democrático. Al fin y al cabo, llevaban todos el mismo uniforme y servían a la misma causa, ¿no? La semana pasada se había enterado de que a los soldados africanos les pagaban menos que a los blancos.
Había sido una sorpresa muy desagradable. Varios de sus camaradas se habían quejado de esa discriminación, declarando que un soldado era un soldado, fuese negro o blanco, y debía recibir la misma paga. Pero los oficiales, blancos todos ellos, habían recordado a los africanos descontentos que estaban mejor que sus compatriotas en casa y debían agradecerle al ejército que les hubiera aceptado en vez de dejarles en Kenia para que trabajaran en los campos como las mujeres.
Observó cómo se alineaban los camiones, los coches blindados y los tanques, las ametralladoras, el material para instalar controles de carretera. Adivinó que iban a rodear Petah Tiqwa por completo, encerrando a los habitantes, que nada sospechaban, y que su regimiento entraría en la población y buscaría a Begin.
En ese momento recordó un incidente habido en Haifa, donde tres soldados habían tropezado con una trampa. El propio David, que se encontraba a sólo unos pasos de ellos, había estado a punto de morir.
«¿Estaría Begin esperándoles en Petah Tiqwa en ese mismo momento? —se preguntó David—. ¿Se trataba de una artimaña de la Irgun? ¿Iba a terminar hoy su estancia en Palestina, de un modo sangriento?».
David no quería morir. Quería volver a casa. A Kenia. A Wanjiru.
Sentado en el parachoques, extrajo la carta de Wanjiru del bolsillo y la leyó a la luz de los faros. Decía:
Rezamos pidiendo que vengan las lluvias. La semana pasada tuve permiso del hospital. Fui a visitar a tu madre. Nos internamos en la selva y encontramos una higuera vieja y juntas rezamos allí pidiendo las lluvias.
Tu madre está bien, David. Le leo tus cartas, una y otra vez. Pero no le leo los periódicos, las crónicas de la guerra en Palestina. Leemos cosas sobre las bombas, David, sobre las minas enterradas, sobre la tortura y el asesinato de soldados británicos. ¿A qué viene esa lucha? ¿Por qué estás ahí? Si los masai y los wakamba lucharan, ¿se entrometerían los kikuyu? No. Dejad que los árabes y los judíos resuelvan sus diferencias. Ésta no es tu lucha, David. No comprendo por qué estás ahí.
David alzó los ojos y contempló el horizonte, que aparecía teñido con la promesa anaranjada del amanecer. Se preguntó si en ese momento estaría saliendo el sol en Kenia; si su madre habría ido a buscar agua en el río. Y Wanjiru… ¿estaría inquieta en la cama, pensando en él?
«¿Para qué estoy luchando?».
Recordó otro incidente que también había ocurrido en Haifa y cuyo recuerdo le perseguía desde entonces.
Hacía seis meses. Durante el registro rutinario de un hotel, había encontrado a un hombre que le había dejado tan asombrado, que tanto él como su compañero, un luo llamado Ochieng, se habían quedado mirándole con expresión embobada.
El hombre vestía el uniforme del ejército norteamericano y ostentaba el rango de capitán. ¡Pero era negro!
—Perdóneme, señor —le había dicho David al norteamericano—. Es sólo una comprobación rutinaria.
Habían entablado conversación y el capitán, debido al acento de David, se había figurado que era de Inglaterra. David le había explicado que era de Kenia. Finalmente, haciendo acopio de valor, se había atrevido a decirle:
—Le ruego que me perdone, señor. Pero ¿cómo es que es usted capitán? En el ejército británico no hay oficiales negros.
El norteamericano había sonreído a la vez que decía:
—Verás, soldado, es que tengo un título universitario.
—Yo también —había dicho David y entonces le había tocado al norteamericano el turno de poner cara de sorpresa.
La expresión del capitán había perseguido a David durante los meses siguientes; la veía en todas partes: mientras dormía; en el desierto; en los rostros de los judíos a quienes interrogaba. No le dejaba en paz ni un momento. El norteamericano no había pronunciado otra palabra, pero sus ojos habían dicho que era una vergüenza.
Pero David no acertaba a adivinar para quién era una vergüenza: si para el joven soldado o para el propio capitán.
De repente empezó a haber mucha actividad. Los hombres formaron y los oficiales se pusieron a dar órdenes. Vio que se acercaba un jeep y que el capitán Donald se disponía a arengar a la tropa. Pronunció una arenga rutinaria, aunque salpicándola de palabras fuertes, que en esencia decía que era necesario encontrar a Begin a toda costa, antes de que se perdieran más vidas británicas.
Al subir al camión, David tradujo la arenga del oficial a su compañero, Ochieng, que sólo hablaba su lengua natal, el luo, y el suajili. Mientras explicaba las órdenes a Ochieng, diciéndole que tenían que registrar casa por casa el barrio Hassidoff de Petah Tiqwa, reflexionó sobre lo injusta que era la situación.
A su lado estaba Ochieng, analfabeto, campesino de la región del lago Victoria, que apenas entendía nada de lo que le ordenaban, pero cumplía las órdenes plácidamente, gustaba de mirarse vestido de uniforme y después de la guerra, al igual que los otros ochenta mil soldados africanos, volvería a Kenia y reanudaría su vida primitiva, sin hacer preguntas. Y junto a Ochieng estaba él, David Mathenge, uno de los poquísimos africanos educados que había en el regimiento, el único que tenía un título universitario, un hombre lleno de ambición, y nadie reconocía que era diferente de Ochieng. De nuevo pensó en la expresión de los ojos del capitán norteamericano, en que era una vergüenza.
Mientras los camiones se ponían en marcha, David pensó que si su color le hacía indistinguible a ojos de los oficiales blancos, tenía que hacerse diferente de otra manera. Había una recompensa cuantiosa por la cabeza de Begin y una medalla para el soldado que encontrase al terrorista y lo entregara.
David Mathenge iba a encontrar a Menachem Begin.
Hassidoff era un barrio obrero rodeado de naranjos. Los tanques y los coches blindados del ejército de ocupación, que trabajaban con la policía de Palestina, rodearon la zona mientras los soldados recorrían las calles y, utilizando altavoces, decían:
—¡Toque de queda! ¡Permanezcan en sus casas! ¡Quien salga a la calle arriesgará su vida!
Los hombres saltaron de los camiones, se desearon «buena caza» y comenzó la búsqueda. David y Ochieng se encaminaban hacia su primera casa cuando un pastorcillo árabe que iba con su rebaño los saludó con la mano.
A los pocos minutos, los soldados reunían los prisioneros y los hacían subir a los camiones; algunos todavía estaban medio dormidos, pues apenas empezaba a amanecer. Eran sospechosos que debían ser trasladados a la jefatura de policía para interrogarlos. La operación fue sorprendentemente silenciosa, pues la gente cooperaba. Observaban desde las ventanas, abrían la puerta y mostraban sus papeles. Aunque los soldados eran inferiores en número a los habitantes —más adelante se comprobaría que varios de éstos eran realmente miembros de la Irgun de Begin—, tenían sus armas, mientras que la gente estaba desarmada.
David se encargaba de los interrogatorios mientras Ochieng vigilaba con el fusil ametrallador.
No era fácil buscar a un hombre cuya presencia en el lugar sólo se sospechaba y a quien nadie había visto realmente. Pero David estaba decidido a dar con él. El cartel que había en la pared del cuartel mostraba una vieja fotografía de Begin vestido con el uniforme del ejército polaco, al lado de una mujer joven y bonita, su esposa. David se había aprendido todos los detalles de la borrosa fotografía: el pelo, la forma de los ojos y de la boca. Y también la imagen de la mujer, Aliza Begin.
David encontró a judíos jóvenes y nerviosos, a los que envió a los camiones que esperaban, hombres cuyos papeles no estaban en regla y unos cuantos que protestaron. Sabía que a la mayoría los pondrían en libertad al día siguiente, tras obtener de ellos poca o ninguna información.
Iba llamando a cada puerta mientras Ochieng vigilaba con la metralleta lista para abrir fuego. Sabían que cada puerta podía ser una trampa, responder a su llamada con tiros.
La mañana fue transcurriendo y David sentía crecer su ansiedad. El capitán Geoffrey Donald recorría las calles en su jeep, interrogando a sus hombres, dándoles órdenes. Ochieng estaba cada vez más nervioso; a cada momento esperaba oír el silbido de las balas, la explosión de una bomba.
Llamó a la puerta de una casita modesta y la abrió un hombre bajo que sonreía.
—Arriba las manos —dijo David. Registró al hombre y, al no encontrar armas, prosiguió—: Sus papeles. —Y el hombre se los mostró.
Los papeles decían, en inglés y en hebreo, que se llamaba Israel Halperin y era un refugiado procedente de Polonia.
—¿Profesión? —preguntó David.
El hombre sonrió, hizo un gesto con las manos y dijo algo en una lengua que David no entendió; se apartó un poco y dijo:
—Tendrá que ir a la jefatura de policía.
Y entonces apareció de repente otro hombre, como si hasta ese momento hubiera estado detrás de la puerta, escuchando. Era más alto que el señor Halperin, llevaba barba y vestía una prenda larga de color negro. Dijo que se llamaba Epstein y era rabino.
—Mi amigo no habla inglés. ¿Quizá yo pueda hacer de intérprete?
David miró con atención al rabino. No se parecía en nada a la foto del cartel. Ochieng le cacheó por si iba armado; luego David le preguntó:
—¿A qué se dedica este hombre?
—Es abogado. Se está preparando para examinarse aquí en Palestina.
David se volvió hacia el más bajito de los dos hombres y lo miró de pies a cabeza. Era tímido y tenía una sonrisa simpática.
—¿Cuánto tiempo lleva en Palestina? —preguntó David.
El señor Halperin contestó y el rabino tradujo:
—Cuatro años.
—¡David! —dijo Ochieng y añadió en suajili—: He visto un movimiento cerca de aquella puerta.
David le hizo una seña diciéndole que fuera a investigar. Ochieng echó a andar con el fusil a punto hacia la segunda puerta mientras los dos judíos contemplaban la escena con aparente indiferencia. A los pocos momentos apareció una mujer con un niño pequeño en brazos. Ochieng iba detrás de ella, apuntándola con el arma, nervioso.
—¿Quién es ésa? —preguntó David.
El señor Halperin habló y el rabino dijo:
—Es su esposa.
David miró fijamente a la mujer. Le resultaba conocida. El corazón empezó a latirle velozmente. Miró de nuevo al señor Halperin, le miró a los ojos, que se cruzaron con los suyos serenamente, con tranquilidad. Se preguntó si aquel nombre de aspecto insignificante podía ser el temible Menachem Begin. Súbitamente David advirtió un parecido con la foto del cartel. Las cejas, la forma de la boca…
Se oyeron gritos en la calle, luego el rugido de los motores de los camiones. Varios ciudadanos protestaron y colmaron de insultos a los soldados.
David y el señor Halperin se miraron durante un largo rato. Luego David dijo:
—Vendrá usted conmigo.
—Amigo mío —dijo el rabino en tono afable—, ¿qué ha hecho el señor Halperin?
David se asomó al interior de la casa, buscando señales de que hubiera más gente escondida, indicios de actividad terrorista, pero sólo vio montones de libros.
—Tiene que interrogarle la policía.
Entonces el señor Halperin dijo algo que pareció una pregunta.
El rabino Epstein tradujo:
—El señor Halperin quiere saber, si eres soldado, ¿por qué estás luchando?
David se quedó un poco cortado.
—¡Todos al camión! ¡La mujer y el niño también!
Pero el señor Halperin, tranquilo e imperturbable, volvió a hablar y el rabino tradujo sobre la marcha:
—Tú eres africano, amigo mío, miembro de una raza oprimida. ¿Por qué luchas por los británicos? ¿Por qué luchas por unos hombres que te tienen sojuzgado?
David titubeó y el hombre bajito siguió hablando en voz baja pero firme.
—¿Sabes lo que está pasando en el mundo? Yo te lo diré. En mi ciudad natal de Polonia éramos treinta mil judíos. Hoy apenas quedan diez. Era nuestra patria, pero nos expulsaron. ¿Qué está sucediendo en su patria, mi joven amigo africano?
Los ojos negros del señor Halperin miraban fijamente la cara de David; había en ellos una mirada penetrante, persuasiva.
—¿Qué te han prometido a cambio de luchar por los británicos, amigo mío? A la India le han prometido la independencia a cambio de luchar en la guerra. ¿También a los africanos os han prometido tanto?
David parpadeó y miró a Ochieng, que, al no entender el inglés, esperaba con impaciencia, apuntando con el fusil a la mujer y al niño. David volvió a sentirse atraído por los ojos penetrantes del señor Halperin.
—Si no os han prometido nada —prosiguió el señor Halperin por mediación del rabino—, entonces estáis combatiendo por nada. Os colonizaron hace años porque no teníais armas ni educación para hacer frente a los británicos. Pero ahora tenéis conocimiento de las armas, tenéis educación. ¿A qué estáis esperando?
David miró al hombrecillo, que apenas le llegaba a los hombros. El señor Halperin estaba pálido, empezaba a quedarse calvo y hablaba con voz suave. Pero había en él un poder extraño del que David no lograba librarse.
—Hay cosas más preciosas que la vida, mi oprimido amigo —dijo el judío polaco—. Y cosas más horribles que la muerte. Si amas la libertad, tienes que odiar la esclavitud. Si amas a tu gente, no puedes por menos de odiar a quienes la oprimen. Yo te pregunto, si amas a tu madre, ¿no odiarías al hombre que pretendiese matarla? ¿Y no lucharías contra él a costa de tu propia vida?
Un recuerdo se encendió en el cerebro de David. Volvía a tener diecisiete años, se encontraba subido al tocón de una higuera, gritando al jefe John Muchina:
«El hombre que no ama a su país no ama a su madre. Y un hombre que no ama a su madre… ¡no puede amar a Dios!».
Se sintió turbado. Eran las palabras que habían motivado su detención, su tortura y su exilio en Uganda. ¿Cómo era posible que se le hubiesen olvidado?
De pronto fue muy consciente del uniforme que vestía, de la metralleta británica que llevaba al hombro y de los papeles de identidad del «señor Israel Halperin» que tenía en la mano.
—¡Vete! —susurró el judío de voz tranquila—. ¡Vuelve en paz a tu patria y déjanos hacer aquí lo que tenemos que hacer!
—¿Qué tienes ahí, soldado? —dijo una voz a sus espaldas.
David se volvió. Su oficial superior se encontraba de pie en el jeep, los ojos ocultos detrás de gafas ahumadas. Llevaba un bastón y los botones de su uniforme relucían al sol. Era Geoffrey Donald, amigo de los Treverton.
—Nada, señor —dijo David bruscamente, devolviéndole los papeles al señor Halperin—. Aquí todo está en orden.
Hizo una señal a Ochieng, que salió corriendo de la casa. Al cerrarse la puerta tras él, David oyó la palabra shalom pronunciada en voz baja.