Por pura malignidad, el viejo Spirito, rico panadero del pueblo de Tis, dejó su patrimonio en herencia a su sobrino Defendente Sapori, bajo una condición: durante cinco años, todas las mañanas debía distribuir a los pobres, en un lugar público, cincuenta kilos de pan fresco. Al pensar que su robusto sobrino, uno de los más ateos y blasfemos habitantes de ese pueblo de excomulgados, se dedicaría a la vista de la gente a una obra considerada de bien; ante esa idea, aún antes de morir, el tío habrá lanzado abundantes carcajadas clandestinas.
Defendente, único heredero, había trabajado en el horno desde pequeño, y nunca dudó que la fortuna de Spirito no le correspondiera casi por derecho propio. La condición lo exasperaba. Pero ¿qué hacer? ¿Renunciar a toda esa bendición de Dios, inclusive la panadería? Se resignó, maldiciendo. Como lugar público eligió el menos expuesto: la entrada del patiecito detrás de la panadería. Y allí se lo vio todas las mañanas, bien temprano, pesando el pan establecido (como lo prescribía el testamento), metiéndolo en una gran cesta y luego distribuyéndolo a una turba voraz de pobres; acompañaba la buena acción con palabrotas y bromas irreverentes sobre el tío difunto. ¡Cincuenta kilos por día! Le parecía estúpido e inmoral.
El ejecutor testamentario, el notario Stiffolo, se aparecía gustoso a esa hora matutina para gozar del espectáculo. Su presencia era por otra parte superflua. Nadie habría podido comprobar mejor que los mismos pordioseros la fidelidad al pacto establecido. No obstante, Defendente terminó por inventar un remedio parcial. La gran cesta, donde se amontonaba el medio quintal de panes, era de costumbre colocada contra la pared. Sapori, a escondidas, le recortó una especie de puertita, que una vez cerrada no se veía. Iniciada personalmente la distribución, después de un momento se iba, dejando que su mujer y un chico continuaran la tarea; el horno y el negocio, según decía, requerían su presencia. En realidad corría al sótano, se subía a una silla, y abría silenciosamente la reja de una ventanita al nivel del patio, contra la cual había colocado la cesta; luego abría la puertita de mimbre, y sustraía del fondo de la canasta todos los panes que podía. De ese modo el volumen total disminuía rápidamente. Pero los pobres no podían advertirlo. Con la velocidad del reparto, era lógico que la cesta se vaciara en seguida.
Los primeros días, los amigos de Defendente se levantaban adrede más temprano para ir a admirarlo en sus muevas funciones. Reunidos en un grupito junto a la puerta del patio, lo observaban, burlones.
—¡Que Dios te lo pague! —comentaban.
—Te estás preparando un lugarcito en el Cielo, ¿no? ¡Qué gran filántropo tenemos en el pueblo!
—¡Por el alma de esa carroña! —respondía Defendente, lanzando los panes hacia la multitud de mendigos que los aferraban al vuelo.
Y sonreía pensando en el hermosísimo truco con que burlaba a esos infelices y al mismo tiempo al espíritu del tío difunto.