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Sentado a la mesa del salón, Arbó bebía una humeante infusión de frutas del bosque, la preferida de su madre. Mientras, ojeaba el dossier para la prensa de Las noches del hombre lobo, que le había facilitado su colega Rubio. En el tocadiscos sonaba a un volumen considerable un viejo vinilo con una banda sonora de Bruno Nicolai. Prácticamente no escuchaba más música que la de cine.

¡Habían contratado para un rol de colaboración a John Phillip Law! El mítico John Phillip Law, cuya imagen, según las fotografías adjuntas, no difería gran cosa de la que popularizase durante su etapa estelar, cual nuevo Dorian Gray. ¡Fenomenal! El trotamundista y carismático John Phillip Law era un actor particularmente entrañable para él, desde la primera vez que lo viera, tanto tiempo atrás y llevado al cine por sus padres, en la comedia ¡Que vienen los rusos, que vienen los rusos! Con una mención especial para su protagonismo en dos de sus películas de cabecera, la singular Diabolik y la soberbia El viaje fantástico de Simbad, uno de los hitos del genial Ray Harryhausen, rodado en España.

A continuación, Arbó advirtió, absolutamente encantado, que el actor que asumía el rol del hombre lobo era otro ídolo personal. Se trataba del alemán Dan van Husen, que había vivido en Madrid desde mediados de los años 60 hasta poco antes de finalizar la dictadura, trabajando abundantemente en películas de género de rodaje nacional, por lo común en roles de villano. Dan van Husen siempre le había impresionado, durante su juventud había mantenido una tipología particular, era como una especie de Klaus Kinski psicodélico. Incluso le había aterrado en algún papel puntual, sobre todo el de un fiero mercenario centroeuropeo, que encarnó en un episodio de la muy curiosa serie televisiva Los paladines, del esotérico Juan G. Atienza, a primeros de los 70.

Arbó abandonó el asiento y comenzó a dar vueltas por el salón, algo polvoriento y de dimensiones reducidas. ¡Qué actores tan estupendos! ¡Puro culto! Realmente, reunir a John Phillip Law y Dan van Husen era una idea tan especial que sólo se le podía haber ocurrido a Jacobo Blanco. Implicaba una elección brillante, por razones de entidad y significación.

Jubilosamente inquieto, dio la vuelta al disco de Nicolai. Desde que conoció la noticia del rodaje sólo era capaz de pensar en todo lo positivo que podía aportarle Las noches del hombre lobo. Y el hecho de que John Phillip Law y Dan van Husen estuvieran en la película magnificaba su ilusión.

Volvió a sentarse. La heroína, que se enamoraba del licántropo ignorando inicialmente su condición, tal como rezaba en la escueta sinopsis adjunta, estaba a cargo de una joven actriz mexicana, de nombre artístico Guadalupe del Río. Antes sólo había trabajado para la televisión, si bien desde la adolescencia y con cierta profusión. Las fotografías vendían una mujer ciertamente hermosa, pero sin nada de particular. Sin duda, estaba impuesta por su compatriota el productor mayoritario, René Orozco. Por cierto que este hombre, debutante en el cine, en sus declaraciones dentro del dossier aireaba su orgullo de haber propiciado la recuperación cinematográfica de Jacobo Blanco, «relegado del medio cuando todavía está en plena forma profesional», según sus propias palabras.

Los padres de la heroína estaban personificados igualmente por profesionales mexicanos, asimismo desconocidos en Europa, y el resto de los intérpretes pertenecía ya a España. Los responsables de cubrir los contados personajes jóvenes eran para Arbó tan ignotos como los mexicanos. Por el contrario, para los roles maduros Blanco había revelado otro gran acierto de reparto: la recuperación de intérpretes representativos del terror español de otrora, algunos de los cuales ya habían trabajado con él. Así, Víctor Israel encarnaba un pútrido sepulturero, Rosanna Yanni y Lone Fleming dos aristócratas alemanas, y Helga Liné una hechicera de edad inmemorial.

Arbó cerró el dossier y terminó la infusión, mediante un último y prolongado trago. Saboreando la fabulosa impresión que le había causado el reparto de Las noches del hombre lobo, a los sones del gran Nicolai.

Según las últimas noticias, Blanco había iniciado el rodaje en la fecha prevista. Por el momento filmaba en interiores de Madrid, algunos naturales y el resto en decorados. Finalizados estos, recuperarían para los exteriores dos de las localizaciones características del terror español de otrora, el castillo de Martín de Valdeiglesias y el monasterio del Cercón.

Abandonando el salón, Arbó se dirigió a su alcoba, que asimismo hacía las veces de estudio. Encaradas a derecha e izquierda de la puerta, dos estanterías de madera rozaban el techo, abarrotadas de libros y revistas, en general de temas cinematográficos. Relativamente centrada estaba la cama, algo revuelta; sobre ella, destacaba su entrañable lince de peluche, el número de la revista Quatermass dedicado al cine fantástico británico, varios cómics de Delta 99, algunos títulos de la italiana colección Diva y una antología de relatos de Jean Ray. Separada por pocos centímetros, había una silla de madera roja, prácticamente pegada a la mesa de trabajo, cuyas modestas dimensiones apenas sostenían el ordenador con la impresora. Las escasas superficies de pared que dejaban libres las estanterías estaban cubiertas por carteles de películas particularmente amadas en la adolescencia: La muerte tenía un precio, Superargo el gigante, Puños de hierro, Los ojos muertos de Londres y Las vampiras de Drácula. De menor tamaño, podía apreciarse un poster del personaje «El hombre enmascarado», dibujado por el español Esteban Maroto.

Tomó asiento frente al ordenador. Sobre la bandeja de la impresora, apoyada contra el chasis, Isabel Silva le sonreía, pero sólo con los ojos, desde una fotografía procedente de una entrevista concedida a la revista española Cine en 7días, que Arbó recortara amorosamente treinta años atrás. Era una fotografía maravillosa, un primer plano a la par natural y estudiado, donde ella se recogía ligeramente hacia la boca la parte derecha de su bella y frondosa melena. En un contrastado blanco y negro, la imagen le impactaba especialmente por la profundidad de la mirada. Una mirada cómplice y que no se agotaba nunca, abierta a tantas sugerencias e interpretaciones.

Sintió un escalofrío, repentino e imprevisto. Cuyo origen no estribaba simplemente en el frío reinante en la alcoba.

Uniendo su mirada con la que desprendía la foto, Arbó pronto sustituyó el pasado escalofrío por un temblor sutil. Algo se removía en su interior. Algo que desde mucho, demasiado, tiempo atrás pugnaba por emerger, reivindicaba su derecho a existir.

Durante un momento, Arbó consideró arrojarse sobre la cama y abrazar su lince. Empero, venció la tentación, y lo hizo con una serenidad que le sorprendió gratamente. Estaba decidido a imponer su voluntad, a no desviar su mirada de la de ella. Se desprendió de las gafas con parsimonia, y serenó su cuerpo.

La vuelta al cine de Jacobo Blanco y el rodaje de Las noches del hombre lobo representaban la ocasión que siempre soñó, esa oportunidad que nunca había conseguido racionalizar. Una reconstrucción del pasado que implicaba, que indispensablemente tenía que implicar, la solución de su sempiterna tortura. De una vez y para siempre.

Esta película la tenías que haber protagonizado tú, Isabel. Pero su realización me permitirá averiguar la verdad. Después, nuestro amor comenzará una nueva etapa.

Recién salido de la bañera, Jacobo Blanco envolvió su cuerpo, todavía empapado, en un viejo albornoz.

Le ardían los músculos, la garganta, la cabeza. El plan de rodaje fijado entre Orozco y el joven director de producción era muy estricto, y había que respetarlo a rajatabla. En su día, no quiso objetar nada, pues, aunque apenas dejase margen para los imprevistos, estaba dispuesto razonablemente. Tampoco podía quejarse del equipo, ni el técnico ni el artístico, dado que por el momento todos revelaban una profesionalidad impecable, y nadie había cometido errores que implicasen pérdida de tiempo, o trastornos relevantes.

El único problema era él. Había conseguido engañarlos a todos durante los días iniciales, pero el embuste empezaba a desmoronarse, al vencer la primera semana de rodaje. No reunía las condiciones físicas necesarias, las había perdido. Palpablemente. Su cuerpo se fatigaba, su mente se confundía. Encima, los gritos y las bravuconadas que le caracterizaban tiempo atrás no encubrían sus precipitaciones y torpezas, como acaso sucediera otrora, por lo menos supuestamente. Ahora resultaban penosos, ridículos, patéticos. Ya no era más que un anciano, dando palos de ciego entre sus fantasmas.

Tosiendo, se tumbó en la cama sin desprenderse del albornoz, y giró la vista hacia la mesita de noche.

Iluminada tenuemente, la fotografía enmarcada de Isabel Silva le devolvió la mirada. Era un magnífico retrato de cuerpo entero, procedente de una escena de Sexy Show, en el cual la actriz sonreía con ánimo provocativo, sentada en una butaca negra iluminada por varios focos rojos. Uniformada reglamentariamente de azafata de entonces, básicamente de azul, empero sus esbeltas piernas estaban enfundadas en unas medias negras con rejilla; la izquierda, cruzada sobre la derecha, dejaba ver la correspondiente cinta del liguero.

Blanco sonrió.

Esta película la tenías que haber protagonizado tú, Isabel. Pero su realización ha resucitado nuestro arco iris lunar. Después, nuestro amor comenzará una nueva etapa.