Esta mañana volví de Wentworth Falls en tren. Toby se quedó para seguir con la construcción. Para él también es hoy el primer día de independencia. Los dos dejamos de trabajar el viernes sin pena ni gloria.
Cuando vi el refugio de Toby, quedé boquiabierta. Esperaba hallar lo que él me había dicho, una cabaña; y en cambio me encontré con una casa pequeña, hermosa y muy moderna, que estaba casi terminada. Me explicó que antes había una casa vieja y abandonada de la cual había obtenido unos magníficos bloques de arenisca que le habían alcanzado para construir los cimientos, las bases, los pisos, los pilares que van entre las ventanas y algunas paredes internas. Casi todo su dinero lo había gastado en los vidrios, el techo de chapa de cinc y los accesorios fijos.
—La hice siguiendo el modelo de una casa de Walter Burley Griffin que hay en Avalon, en la cima de una montaña y pertenece a Sali Herman —dijo—. Me faltan las vistas al mar, pero tengo montañas y bosques por todas partes. Es agradable. Pensar que esta parte del país es tan escabrosa que, en el pasado, nadie venía a talar estos bosques y ahora, gracias a las prohibiciones gubernamentales, tampoco podrán hacerlo.
—Te va a dar todo el sol de la tarde —dije, frunciendo el ceño—. Con todo este vidrio te vas a asar.
—Voy a hacer una galería bien ancha en el ala oeste —respondió—. Por las tardes me voy a sentar allí a ver la puesta de sol sobre Grose Valley.
Lo había construido todo solo, con una pequeña ayuda de Martin y del resto de la población afeminada del Cross.
—Me doy maña para estas cosas —explicó—. En el lugar de donde vengo no puedes coger el teléfono y llamar a un fontanero, a un carpintero o a un cantero; tienes que aprender a arreglártelas con tus propias manos.
Aquel lugar estaba repleto de maleza, pero se veían los despojos de un viejo huerto de manzanas, que en ese momento estaba lleno de frutos. Me di una panzada tal, que quedé sumamente agradecida por la fosa séptica y el desagüe del retrete, que según me informó Toby había inaugurado con un conejo muerto. ¡Las de cosas que se aprenden!
Nos fuimos a la cama después de cenar y en cuanto él hubo lavado los platos. Algunas cosas nunca cambian. Sigue siendo el hombre más obsesivo que conozco. Para mí es como maná caído del cielo. Jamás tendré que preocuparme por las tareas de la casa; sólo tendré que cocinar un poco.
Muchas veces me había preguntado qué clase de amante sería, aunque debí haberlo imaginado. Es un artista, aprecia la belleza y, por alguna razón, piensa que yo soy bella. No, no lo soy. Pero, como dicen por ahí, todo es según el color del cristal con que se mira. ¿Qué dirán mamá y papá cuando los desnudos de Harriet Purcell empiecen a aparecer en las galerías de arte? Hacer el amor con él es delicioso, aunque creo que lo que realmente busca es pintarme. Por supuesto, a medida que se haga más famoso, perderá ese ojo clínico y comenzará a interesarse por el tipo de cosas que sólo los grandes entendidos de arte aprecian y que, después de todo, son las que se pagan mejor. A mí me sigue gustando la pila de escoria humeante en medio de la tormenta eléctrica y el retrato de Flo que me regaló. Nunca llegó a pintar a la señora Delvecchio Schwartz, aunque tampoco parece preocuparlo demasiado.
Es un hermoso hombre de pelo en pecho, como a ella le hubiera gustado. No negro como el del señor Delvecchio, sino rojo oscuro. Musculoso y fuerte como yo imaginaba, y no se siente en desventaja por su corta estatura. Dice que, de esa manera, mis pechos le resultan más accesibles. Hurgué entre los vellos enmarañados y enredados y peiné lo que ya sabemos con la lengua, jo, jo, jo, jo.
—Pero no te creas —dije mientras empacaba mi pequeña maleta de fin de semana y me preparaba para emprender la caminata de dos kilómetros hasta la estación del tren— que soy tuya, Toby.
Sus ojos parecían más oscuros, tal vez porque empezaba a amanecer.
—No es necesario que me lo digas, Harriet —respondió—. Te lo he dicho antes y te lo repito ahora: en muchos sentidos eres muy parecida a la señora Delvecchio Schwartz. Ningún hombre puede adueñarse de una fuerza de la Naturaleza.
¡Buen chico!
Cuando crucé el puente sobre las vías, la inmensa locomotora a vapor C-38 llegaba a la estación. Me detuve para asomarme por encima del parapeto y la cara se me llenó de humo negro de carbón y hollín. La espléndida bestia venía bajando desde Mount Victoria. Adoro los trenes de vapor. Me pasé todo el viaje de regreso a casa asomada a la ventana para poder sentir el sonido y el olor de la locomotora empujando las bielas, trabajando sin parar. El gobierno las está cambiando por unas máquinas diesel que son nefastas. No se ve el poder. Y a mí me encantan las demostraciones de poder, incluso las de los hombres musculosos.