El contramaestre no le dirigió ni una palabra a Nick mientras atravesaban las calles en el coche de alquiler. Cada vez que el chico intentaba levantar la cabeza, el contramaestre, con una expresión siniestra en su rostro sin afeitar, se la volvía a empujar contra el suelo. Estaba claro que pensaba que esa vez la victoria era suya. Más tarde, Nick me confesó que, aplastado contra el suelo de la cabina, casi sin poder respirar, estaba convencido de que el contramaestre lo quería llevar al río para ahogarlo, como se hace con los gatitos no deseados.
Pero finalmente fue en la sórdida esquina de Las Tres Amigas que lo bajó del coche al rancio aire nocturno. El contramaestre miró rápidamente a su alrededor, en todas direcciones, empujó bruscamente a Nick hacia un muro bajo y allí los dos se agacharon, para no ser vistos desde la taberna. Entonces su padre abrió la boca por primera vez.
—¿Ves esa iglesia de allí, chico? —gruñó en voz baja, pellizcándole a Nick el lóbulo de la oreja y obligándolo a volver la cabeza para que viera el viejo campanario ennegrecido—. Habla, chico, y dime si la ves.
—Sí, papá —jadeó Nick, aunque tenía los ojos empañados por las lágrimas, y en lugar del campanario, sólo veía una mancha larga emborronada.
De repente notó el cañón de una pistola contra el cuello.
—Ahí arriba —dijo la voz del contramaestre, hablando en susurros—. Ése es el escondrijo, Nick. Ése es su escondrijo. El olfato no me falla.
El contramaestre olisqueó con fuerza y se oyó un asqueroso sonido burbujeante; luego escupió un gargajo inmenso sobre el fango, a sus pies. Nick no dijo nada, sin atreverse a mover ni un solo músculo mientras tuviese el arma hundida en la piel de debajo de la oreja.
—Podría pegarte un tiro —prosiguió el contramaestre como si de repente se hubiera dado cuenta de esa posibilidad y le gustara la idea—. Te podría matar de un tiro, chico, con la misma facilidad con que escupo. —Sus palabras sonaban tan bajas que Nick se preguntó si no se las estaría imaginando—. En ese escondrijo, chico, está al acecho cierto enemigo mío. El peor tipo que nunca me la ha jugado. Lo quiero muerto, Nick. Está allí arriba, Nick, donde están las campanas. Lo huelo. Lo he visto. Lo sé.
Nick, chorreando sudor, parpadeó cuando notó que le apretaba más fuerte la pistola.
—Eres escurridizo, chico —decía el contramaestre—, eres escurridizo y sabes arreglártelas para escapar como una rata. Entras por aquí, sales por allá. Pues ahora lo harás para mí. Escúrrete hasta el escondrijo y haz salir al gusano. ¡Bórralo del mapa!
Riendo para sí y gruñendo, el contramaestre llevó a Nick hasta una pequeña puerta en la base del campanario, bajo la sombra del edificio, lejos del farol de Las Tres Amigas, separado de la taberna por un cementerio tranquilo y pestilente.
—Demuéstrame —gruñó el contramaestre— que puedes cumplir con tu papá. De muy poco servicio me has sido todos estos años, Nick. De muy poco. Nada leal, nada cumplidor, nada de lo que un hijo le debe a un padre. Pues bien, ahora tienes la oportunidad, muchacho. Haz lo que te digo y me demostrarás por qué no debo pegarte un tiro. —Nick notó un aliento cálido en la cara, y vio los dientes amarillos y las encías de su padre a pocos centímetros de distancia, con hilillos de saliva brillando tenuemente—. Le pegas un tiro a ese Coben, Nick, o yo te lo pego a ti. —La expresión inhumana y enloquecida que tenía en la cara pretendía ser una sonrisa—. ¡A las campanas, Nick! —Abrió la puerta en los muros de la iglesia y empujó a Nick adentro.
Pasó un buen rato antes de que pudiera ver bien, pero, a tientas, Nick descubrió rápidamente que se hallaba en un espacio muy estrecho, con una pared de piedra delante de él, y a un lado unos escalones muy altos, tan altos como los de una escalera de mano.
—¡A las campanas, Nick! —volvió a oírse la voz de su padre, y al mirar hacia la puertecilla, Nick notó que lo agarraba por el brazo y le metía la culata de una pistola en la mano. La rodeó con los dedos, y su padre lo empujó adelante con un gruñido.
Iba a quedar atrapado allí dentro, sin otra posibilidad que ir hacia arriba y con un asesino esperándole en la negra oscuridad, unos cuantos metros por encima de su cabeza.
—¡No!
Corrió hacia la puerta, pero ya estaba cerrada y sólo oyó las risotadas amortiguadas del contramaestre, condenándolo a esa oscuridad con olor a moho.
—¡No, papá, no!
Se puso a golpear la puerta, llevado por el pánico. En la oscuridad, ni tan sólo podía verse la mano delante de su cara.
—¡Papá! ¡No! ¡Déjame salir!
Pero no le llegó ningún sonido de afuera. O el contramaestre ya se había esfumado, o estaba esperando sin decir nada. Chillar era una pérdida de tiempo.
Alargando los brazos para investigar el espacio que le rodeaba, Nick volvió a encontrar los peldaños de madera. Mirando hacia arriba, se dio cuenta de que, en lo alto del techo, había un agujerito extremadamente estrecho por el que desaparecían los escalones. No había ninguna duda de por qué su padre lo había reclutado para que lo ayudara: el espacio era demasiado estrecho para que el corpulento contramaestre pudiera pasar, incluso si dejara de comer durante un mes.
De hecho, si Coben estaba escondido allá arriba, Nick no se podía imaginar cómo había conseguido pasar por el agujero.
Se metió la pistola del contramaestre en el cinturón y empezó a subir lentamente. Durante el ascenso, Nick se golpeó varias veces en la cabeza con las vigas que sobresalían, maldiciendo cada vez. No tenía ni idea de lo que iba a hacer. Seguramente no sería capaz de matar a Coben, incluso si se lo llegara a encontrar cara a cara. Lo más probable era que Coben lo matara antes de que él tuviera la oportunidad de intentarlo. Pero Nick era capaz de hacer cualquier cosa antes que volver a enfrentarse a su padre.
El ascenso a oscuras fue largo y lento, a cada peldaño, levantaba a tientas la mano para asegurarse de que arriba no había nada acechándole.
—Si hubiera sido capaz de pensar con sensatez —me confesó Nick tiempo después—, no habría seguido subiendo. Si hubiera sabido realmente lo que me aguardaba, me habría sentado al pie de la escalera y habría esperado a que viniesen a ayudarme.
Sin embargo, al final, se encontró en un pequeño rellano, con una tronera en el muro de piedra, que dejaba pasar un estrecho rayo de luz de luna a la oscuridad del interior. Por primera vez pudo ver las cuerdas de las campanas, tan quietas como si estuvieran hechas de metal, colgando a través de un agujero en el rellano. Se elevaban hacia lo alto, donde, bajo la luz tenebrosa y dispersa, pudo distinguir los grandes círculos de la base de las campanas, negras, abultadas, silenciosas. No había nada que indicara que Coben estaba allí. Ningún movimiento, ningún sonido que lo delatara.
La escalera seguía subiendo desde el rellano, en la esquina más oscura de la torre, y Nick siguió ascendiendo con cautela, intentando hacer el menor ruido posible. Poco después se encontró en una plataforma al nivel de las campanas, que llenaban el resto del espacio con su volumen, como gigantescas criaturas durmientes, mucho más imponentes dormidas, por el gran estruendo que podían llegar a desatar si alguien las despertaba de su sueño. Detrás de las campanas, sobre la plataforma, se formaba un pequeño hueco, donde había una manta blanca tendida en el suelo, con una de las esquinas cayendo sobre las vigas donde se sujetaban las cuerdas de las campanas. Estaba claro que alguien había utilizado ese lugar como escondrijo, y además recientemente. Un escalofrío lo hizo estremecer. Pero por mucho miedo que tuviera, nada podía dormir el instinto, desarrollado tras años de robos, de examinar el espacio que lo rodeaba buscando la información que necesitaba: señales de peligro y sitios por los que escapar. Se agachó en el escondrijo para dar un vistazo y encontró dos cosas. Una botella de ron medio vacía y, apoyada contra la pared, una espada larga y curvada.
La agarró por el mango para comprobar cuánto pesaba. «Ésta debe de ser la espada que Mog encontró en el baúl», se dijo, recordando la historia que yo le había explicado sobre cómo había conseguido espantar al hombre de Calcuta.
La devolvió a su sitio y se sentó en la viga, con las piernas colgando. Desde esa posición podría dar una patada y hacer sonar con el pie la campana más grande de todas. Destapó la botella de ron y tomó un trago corto. No pudo reprimir una mueca cuando el líquido abrasador le bajó por la garganta, pero se sintió mejor. Miró hacia abajo y pudo ver el interior de la torre como un pozo que se abría a sus pies y llegaba hasta el rellano donde había estado unos minutos atrás. Justo encima de su cabeza estaban las sólidas vigas de donde colgaban las campanas, suspendidas de unas cuerdas gruesas que les permitían balancearse y sonar. Dos metros más arriba, unas ventanas decorativas en la cima de la torre le ofrecían una vista de las nubes, flotando en el aire como humo, pasando por delante de la luna en cuarto creciente. Apoyó la espalda contra la pared del escondrijo, cambió de posición la pistola en el cinturón, porque se le estaba clavando en la cadera, y se encontró de repente tan a gusto y tan cansado que se le cerraron los ojos y la cabeza se le fue ladeando poco a poco hasta recostarse sobre el hombro.
No tenía la más mínima idea de quién me estaba agarrando, con el brazo tapándome la boca, y estaba claro que no iba a saberlo hasta que no dejara de dar patadas. Me sorprendió muchísimo ver que no me golpeaba; yo me había esperado lo peor. Todo lo que parecía pasar era que una voz, que sabía mi nombre, me decía en voz baja que no gritara y que no me asustara.
—Mog —susurró—, escúchame. No voy a hacerte daño.
Cuando dejé de forcejear, me soltó y entonces pude volverme para descubrir quién era ese misterioso asaltante. Me quedé atónito cuando, en la penumbra, reconocí al hombre tremendamente delgado que había conocido en Las Tres Amigas, el que me había facilitado la dirección del contramaestre. ¿Qué demonios hacía allí? Se lo pregunté directamente.
—Es una historia muy larga —susurró—. Me llevará un buen rato explicártelo todo.
Había algo que no encajaba.
—Tú eras tartamudo —exclamé.
—El t… t… tartamudeo v… v… viene y se v… v… va —soltó.
Lo miré a la cara. La boca todavía me dolía porque al amordazarme con la mano, había apretado con mucha fuerza. A pesar de ser tan delgado como un limpiapipas, era muy fuerte. Su figura se alzaba a mi lado, bajo la oscuridad, como un pilar. Unos metros más allá, estaba tumbado Lash, con la cabeza baja y las patas hacia delante, devorando un pedazo de carne cruda que el hombre delgado le debía de haber lanzado para distraerlo.
—¿Quién eres? —lo desafié.
—M… me llamo C… C… Cricklebone —soltó—, de la calle B… Bow.
Por fin lo entendí. No era uno de los criminales, no tenía nada que ver con Flethick, ni con Su Señoría, ni con el contramaestre, ni tampoco con el hombre de Calcuta. Todo empezaba a encajar. Los estaba espiando de la misma manera que yo, y por eso me lo había encontrado en Las Tres Amigas la mañana en que entré por primera vez en la taberna. Era una especie de policía, un agente especial de la comisaría de la calle Bow.
O por lo menos eso decía.
Con cuidado, intenté sacarle más información.
—¿Qué hace aquí? —le pregunté.
—Yo te podría p… preguntar lo m… m… mismo. ¿Cuánto s… sabes de t… t… todo esto?
—No lo suficiente —le contesté cautelosamente—. Mira, no podemos quedarnos aquí. Tenemos que encontrar a Nick. Y esos hombres pueden volver. O el hombre de Calcuta.
—E… el hombre de C… C… —dijo y empezó a reír antes de acabar la frase—. E… el hombre de… Escucha, M… Mog, tengo a… algunas sorp… presas para ti.
—¿Qué clase de sorpresas?
—De las grandes. —Podía notar que no me fiaba, porque añadió—: ¿Cómo te puedo demostrar que soy quien digo ser? —El tartamudeo parecía haber desaparecido de nuevo—. Llevamos unos cuantos días vigilándoos, a ti y a tu amigo. Cuando al final descubrimos que erais dos personas diferentes, en lugar de una sola, pensamos que nos podríais ser de utilidad. Creo que hay muchas cosas que ya sabéis, y una o dos que todavía no, por ahora. ¿Qué me dirías si te dijera que no existe ningún hombre de Calcuta?
—¡Bueno, pues de donde sea! No sé. Pero se escondía en esta casa, o por lo menos eso creo, y tiene una serpiente, y mató a Jiggs, y también intentó matarme a mí.
—Veo que te tendré que explicar algunas cosas —repitió Cricklebone.
—Creo que sí —asentí—. Y además, a mi amigo Nick se lo acaba de llevar su padre, el contramaestre, en un coche, y tengo que encontrarlo antes de que sea demasiado tarde.
—Me parece que sé perfectamente adonde habrán ido —replicó Cricklebone.
—¿Cómo? —Me levanté como un rayo—. ¡Tenemos que ir tras de ellos!
—Creo que antes será mejor que vayamos a ver a otra persona —respondió, levantándose y creciendo ante mis ojos como la planta de las habichuelas.
—Lash —llamé—. ¡Lash! ¡Deja eso y ven aquí!
Seguimos a Cricklebone fuera del callejón.
—No es tartamudo, ¿verdad? —lo acusé.
Se volvió hacia mí.
—D… d… dep… pende —tartamudeó, alzando las cejas.
—¿De qué depende?
No respondió. Caminaba a grandes zancadas por delante de nosotros y tuvimos que correr para no quedarnos atrás. Sus piernas parecían interminables y la parte de atrás de su levita era tan larga que recordaba a un saltamontes erguido sobre sus patas traseras.
—¿Adonde vamos? —jadeé.
—Ya lo verás.
—¿Cuándo podremos ir a buscar a Nick? —pregunté con preocupación, corriendo tras de él—. ¿Dónde está? ¿Lo sabe de verdad? ¿Qué hará con lo de la casa? Había un hombre muerto en el jardín. Oh, ¿adonde vamos?
De repente, mientras caminábamos por un callejón oscuro que conducía hacia el centro de la ciudad, oí una voz cantando tras uno muro. Agarré a Cricklebone del brazo.
—¿Quién hay ahí? —gritó, parándose a media zancada.
Por lo que pudimos ver, debía de ser un viejo vagabundo o indigente tendido en el portal, borracho de ginebra. Pero reconocí esa voz. Tiré de la correa de Lash, para que se estuviera quieto.
—Vaya, Dios mío —entonó de golpe, y vi que era el vagabundo irlandés que había conocido con Nick—. Un par de caballeros y un perro precioso, si no me equivoco.
—Es un borracho —le musité a Cricklebone.
—Borracho, puedo estarlo —cantó el vagabundo—, ¡pero no sordo, jovencito! Ni tampoco ciego. ¿No acabo de ver un buen alboroto y una pelea en aquella casa de donde sale la música? Allí donde la música suena como el cielo metido en una flauta de caña. Música mágica, sí. Y allí estaban ellos, los hombres malos. —Se estremeció de forma audible—. ¡Hombres malísimos!
—¿Ha pasado por aquí un coche de alquiler? —le pregunté.
—¿Ahora mismo? Ahora mismo, ¡sí, señor! Traqueteando como un saco de huesos, ha pasado un carruaje, si mi joven y apuesto señor, sí que ha pasado. Hacia el centro diría que ha ido. —Sonaba como si recitara una balada, y por un momento pensé que probablemente no debía haber visto el coche del contramaestre—. De la casa de la música celestial, venía —continuó con su tono melodioso—, y pasó por aquí, en dirección hacia allí.
—¿Y los hombres malos hacia dónde se fueron? —le pregunté.
—Por aquí y hacia allí —repitió canturreando—. Pero, a decir verdad, la Naturaleza no me concedió grandes dones, pero sé cantar bellamente, señores, como una alondra, todos dicen. Como un pajarillo sobrevolando los lagos, señores, tengo un don, eso dicen. Por tan sólo un penique, ¡les puedo cantar algo! A este caballero, que es un caballero bien largo, ¡le gustará una canción larga! A este otro caballero, que es corto de talla, ¡le puedo cantar una cancioncilla de las cortas, claro que sí! Un penique por una canción, señores.
—Vamos —dijo Cricklebone secamente, arrastrándome—, no está en sus cabales.
—No, espera —le pedí—, sólo quiere que le demos dinero antes de explicarnos nada. Puede que… Señor Cricklebone, espere, ¿por qué no le damos un penique? Quizá pueda…
Pero Cricklebone ya se había ido, tras decidir que el hombre estaba tan loco como parecía. No tuve otro remedio que dejarlo allí sentado, y mientras corría tras el policía, con Lash siguiéndome indiferente unos pocos pasos atrás, oí su voz a lo lejos, cantando una canción que me sonó inquietantemente familiar:
Din, don, din, don,
qué bonita canción:
Din, don, din, don,
ya murió su son.
—¿A quién tenemos que ver? —le pregunté a Cricklebone, sin aliento, mientras él subía a zancadas por una cuesta. Pero la única respuesta que recibí fue una risita, hasta que llegamos a una esquina cerca de la enorme muralla este de la prisión de Newgate. Allí se detuvo y consultó su reloj de bolsillo.
—A estas horas ya tendría que haber llegado —dijo, volviendo a guardarse el reloj en el chaleco.
—¿Quién?
Otra vez soltó una risita como respuesta. ¡Qué hombre más exasperante! ¿Y cuánto tardaríamos en ir a buscar a Nick? Empecé a sentir muchos nervios, y me inquieté pensando que quizá ese hombre podía estar del lado de los criminales. ¿Y si había caído en la peor de las trampas y la persona que estábamos esperando fuera ni más ni menos que Su Señoría, o cualquier otro de ellos? Me inquieté todavía más cuando me agarró de la muñeca y vi cómo una sombra se movía al otro lado de la calle.
—Allí está —exclamó.
No podía creer lo que veía. La figura que cruzaba la calle corriendo hacia nosotros, con una capa oscura, cabizbajo y aguantándose el sombrero con la mano para que no le cayera, era el hombre de Calcuta.
Cricklebone me apretó la muñeca fuertemente, sabiendo que la visión de aquella figura de capa y sombrero acercándose a nosotros me podía afectar y podía intentar escapar corriendo. Lo único que puedo decir es que Lash tenía los pelos de punta. Pero había algo raro. En su manera de correr, en la forma de la cabeza.
—Buenas noches, Cricklebone —dijo el hombre de Calcuta, al llegar a nuestro lado—. ¿A quién tenemos aquí? ¿A un deshollinador? Sea quien sea, parece algo perplejo.
Me quedé con la boca abierta de asombro. El hombre de Calcuta hablaba con acento escocés.
—El jovencito responde al nombre de Mog —le informó Cricklebone en voz baja—. Lo encontré en la casa vieja en Clerkenwell. El contramaestre se ha escapado con su compañero en un coche de alquiler.
—¿Le has explicado algo?
—Seguramente lo sabe casi todo. Mog, déjame que te presente al señor McAuchinleck, de la comisaría de la calle Bow, también conocido como Doctor Hamish Lothian, o como Damyata. Ya verás como te quiere hacer más bien que mal.
Me quedé mirando al recién llegado. Bajo la luz de la calle, le pude ver la cara: llevaba un bigote puntiagudo, y el blanco de los ojos le brillaba en contraste con la piel oscura a su alrededor. Pero sus facciones no eran las correctas. La nariz curvada era más pequeña y más estrecha de lo que la recordaba; la frente no tenía nada de especial, con algunos mechones de pelo claro atravesándola, y la piel del mentón parecía menos oscuro que el resto. Caminando en la oscuridad, lo habría confundido perfectamente con Damyata, con su abrigo largo y sus ojos blancos y brillantes. Pero bajo la luz, quedaba claro que no parecía en absoluto venido de Calcuta.
—Discúlpame por el disfraz, Mog —dijo McAuchinleck—, pero ha conseguido engañar a mucha gente, a ti incluido.
Mientras hablaba, se le cayó la mitad del bigote, y tuvo que llevarse la mano a la cara para ponérselo bien. Cuando apartó la mano de nuevo, le quedó una mancha pálida bajo la nariz. Se había quitado algo de maquillaje con los dedos.
Casi no podía hablar de asombro. Me sentía como un idiota. ¿Cómo me habían podido engañar con eso? Cualquiera veía que era un disfraz.
—¿Quiere decir que… que el hombre de Calcuta… que usted… que no hay hombre de Calcuta? —chillé.
—Me temo que no.
—Pero ¿y la serpiente? ¿No fue usted quien me envió la serpiente?
—No había ninguna serpiente —dijo el hombre del maquillaje, con una risita condescendiente—. Escucha, Mog, ya llegará la hora de las explicaciones. Digamos simplemente que todo lo que tú te has creído, también se lo han creído esos criminales.
—El señor McAuchinleck ha estado muy convincente —lo alabó Cricklebone—. Pero ahora, Mog, necesitamos tu ayuda. Tenemos una lista, la que te robamos, me temo, con la gente que buscamos.
—¿Me la robaron ustedes? —exclamó dando un bote—. ¿Los papeles de mi caja de tesoros? ¿Y todas mis otras cosas?
—Así es. Lo sentimos. Te lo devolveremos todo, Mog, te lo prometo, pero tenía que parecer que habían sido esos criminales. Sin embargo, lo más importante, Mog, es el camello. No tenemos el camello.
Me quedé mirándolos.
—El camello —continuó Cricklebone—, ¿sabes? El camello que le robaste al contramaestre, y que él a su vez robó de El Sol de Calcuta. El camello de bronce.
Los dos se quedaron mirándome llenos de expectación.
—Lo necesitamos como prueba —explicó McAuchinleck.
—Pero si lo tienen ustedes —les expliqué, hablando atropelladamente.
Se miraron el uno al otro.
—Usted lo robó de la joyería del señor Spintwice —dije—, ¿no es verdad?
—Estábamos completamente seguros de que todavía lo tenías tú —dijo McAuchinleck indeciso.
Ese hombre era tonto.
—Miren —expliqué—, teníamos el camello escondido en la tienda del señor Spintwice. Usted entró en la casa, metió al joyero dentro de un baúl y se escapó con el camello.
—Ah —exclamó McAuchinleck, desconcertado.
—¿Con eso quiere decir que no fue usted?
—No fui yo. —Miró a Cricklebone—. ¿Fuiste tú?
Cricklebone me agarró de los hombros y se agachó para mirarme cara a cara. Más que agacharse, literalmente se dobló por completo, como unas tenazas.
—Mog, ¿cuándo desapareció? —Su voz adoptó un tono de urgencia.
—Ayer por la noche —le expliqué—. El sábado. Tarde. Nick y yo encontramos al señor Spintwice dentro del baúl y nos dijo que un hombre extranjero con bigote lo había encerrado allí. Y el camello había desaparecido.
—Pero vosotros no visteis al hombre, ¿verdad? ¿Al extranjero? ¿Sólo tenéis la palabra de Spintwice?
—Bueno, sí, supongo que sí —admití—, ¿pero quién más…?
—Mog, ven conmigo —me interrumpió Cricklebone, agarrándome de la mano de nuevo. Parecía muy preocupado—. Debemos evitar que la persona que tiene el camello lo venda, tanto el camello como su contenido.
—Sólo es harina —dije.
—No, Mog, seguro que no es harina —replicó Cricklebone soltando una risa siniestra, sin nada de humor—. Con toda seguridad no es harina.
—Sí que lo es —insistí—, cambiamos los polvos que había dentro por harina. Bueno, el señor Spintwice lo hizo. De manera que sí que se han llevado el camello, pero no su contenido.
Cricklebone se quedó boquiabierto.
—No tardarán mucho en descubrirlo —afirmó McAuchinleck—, y entonces alguien será asesinado.
Cricklebone se incorporo un segundo, pensando.
—Deshazte del disfraz —le dijo al otro policía—. Quémalo.
Y reúnete conmigo dentro de una hora en Las Tres Amigas con tantos hombres como puedas. Y tú mejor ven conmigo, Mog. Pero a condición de que hagas exactamente lo que yo te diga.
Y mantén el perro atado, todo el rato. ¿Entendido?