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La condición humana

Santander, martes 11 de marzo de 1997. Cuevas de Altamira. La comisión científica que asesora las obras de un museo adjunto a la gruta está compuesta por científicos, museólogos y arquitectos. Visito las pinturas por segunda vez en mi vida. Y me hago la misma reflexión que la primera vez: El artista que pintara aquello hace quince mil años era un enorme artista, pero podría ser, perfectamente, el vecino de la escalera. Algo no cambia.

La cosmología, la paleontología, la arqueología y la investigación policíaca son ciencias que aspiran a reconstruir la historia. La pregunta siempre es la misma: «¿Qué ha pasado aquí?». Y para intentar la respuesta…, poca cosa en general: una radiación, un fósil, un fragmento de cerámica, una huella dactilar… El estado natural de todo buen eslabón es, sin duda, el de perdido. A medida que el pasado devora el futuro, las leyes de la naturaleza permanecen, mientras que lo que éstas permiten, es decir, la realidad de este mundo, cambia sin cesar. Hoy sabemos un poco de lo mucho que ha cambiado el universo, la Tierra, las especies vivas… Pero ¿qué hay de la condición humana? ¿Cambia también? ¿Hay alguna diferencia esencial entre un cazador del paleolítico y un vecino de la escalera? La pregunta tiene interés para, por ejemplo, ayudar a comprender la historia del arte. Ahí van, por si pudieran ser relevantes, dos emociones que se desprenden de dos huellas concretas de nuestro pasado.

La primera emoción ocurre en el Museo Arqueológico Nacional. Tengo muy poco tiempo y camino a buen paso entre las vitrinas. De repente, algo interesa a un rincón de mi cerebro, pero voy tan rápido que, aunque remiro, ya no lo veo. Busco hacia atrás. ¡Ahí está! Se trata de una pequeña figura de barro que representa, clarísimamente, un joven travestido. Parece recién salido de un típico espectáculo erótico-ambiguo-folclórico de cualquier ciudad del país: la mano izquierda suelta y descarada, una mirada picarona cargada de pestañas y andares de gato en celo…, o así lo recuerdo ahora. No hay error, no hay duda: estoy en una sala dedicada a la Antigua Grecia, pero hay algo inconfundiblemente próximo en la esencia de ese gesto, algo con lo que nunca me había tropezado antes en ningún texto de la época o sobre la época. Se diría que veinticinco siglos no son nada, que la condición humana no cambia.

Segunda emoción. Los invitados visitan la antigua estación de Gijón que pronto abrirá sus puertas como museo. Me quedo atrás cautivado por una fotografía en la que aparecen los obreros que la construyeron celebrando, a la vuelta del siglo, el fin de los trabajos. Son más de un centenar. Todos miran a cámara conscientes de participar en un salto hacia la modernidad. El primer tren está a punto de llegar. No sé qué es, pero hay algo extraordinario en la escena… De pronto me doy cuenta ¡Nadie sonríe! ¿Es posible que en un momento así a ningún alma sensata entre cien se le ocurra hacer una broma? Pero un instante después caigo en que no hay nada extraordinario en ello. Desde el principio de la fotografía hasta bien entrado el siglo XX, pocos son los que sonríen a una cámara. Repase el lector su propio álbum familiar. Recuérdense, por ejemplo, las célebres escenas de los Congresos del Instituto Internacional Solvay de Física en Bruselas, con la mayor concentración de sabios de la historia de la ciencia. Ni el menor asomo de sonrisa hasta la de 1933, en la que el brillo de alguna mirada, como la de Louis De Broglie, presagia un giro radical. Hoy, la sonrisa es tan amplia que rompe los semblantes de los congresistas. ¿Qué pasaba entonces? ¿Una mera cuestión técnica? Asomarse a la posteridad (y mirar a cámara lo es) era algo muy serio. Y al parecer, sonreír no era serio. El futuro ya no es lo que era. Se diría que unas pocas décadas han tardado más de veinticinco siglos en pasar, que la condición humana cambia. Contradicción.

La contradicción es entre dos matices y, por lo tanto, podría no ser grave. Sin embargo, la esencia es, con mucha frecuencia, eso: una cuestión de matices.