Karen colgaba boca abajo dentro del automóvil volcado. Sus manos buscaban desesperadamente, sin encontrarla, la hebilla del cinturón de seguridad. «Abrócheselo para viajar seguro, abrócheselo», parecía burlarse la vieja cantinela.
—Te voy a hacer entrar en calor —dijo una voz por la ventanilla.
No ignoraba lo que vería, en el caso de volver la cabeza, y la idea la espantó. No quería verlo. Pero tampoco podía evitarlo. Su cabeza giró despacio hacia la abierta ventanilla. «¡Fuera! —pensó—. Cerraré los ojos y se irá». Los cerró, pero sus párpados eran transparentes y contempló el rostro carbonizado. Espirales de humo se elevaban desde las cuencas vacías de los ojos, del agujero donde debería estar la nariz, de la boca.
—La vuelta completa es juego limpio —dijo el rostro abrasado, y proyectó humo sobre los ojos de Karen. La boca se retorció en una mueca sembrada de ampollas, cuarteando la carne ennegrecida de las mejillas.
_¡No! —protestó Karen—. ¡No fue culpa mía!
Él le arrojó un chorro de gasolina sobre la cara. El acre y fétido carburante le llenó las fosas nasales, le provocó un escozor tremendo en los ojos. Abrió la boca para respirar y se le llenó de gasolina, asfixiándola. Él la agarró de un hombro. Karen trató de soltarse de aquellos dedos. Estaban resecos, eran quebradizos y ella tuvo la seguridad de que se romperían si ella tiraba con la fuerza suficiente.
—¡Karen!
Se despertó, jadeante. Scott estaba arrodillado junto a ella, con la mano en su hombro.
—¿Estás bien? —susurró Scott.
—Gracias a Dios que me despertaste.
—Debía de ser una pesadilla infernal.
—Lo era.
Con dedos temblorosos, Karen tomó el cursor de la cremallera interior del saco de dormir y la abrió. Se corrió a un lado para dejar sitio a Scott. Este se metió dentro del saco de dormir, subió de nuevo la cremallera y estrechó a Karen en sus brazos. Lo mismo que la noche anterior, sólo llevaba unos pantalones cortos. Su tersa espalda tenía un tacto frío bajo las manos de Karen.
—Estás tiritando —observó Scott.
—Igual que tú.
—Es que me quedé helado.
—Yo sólo estaba asustada.
Se apretó contra él.
—¿Te perseguía el hombre del saco?
—Algo por el estilo. —Dejó escapar un profundo suspiro—. Llevaba mucho tiempo sin tener una pesadilla como la de esta noche.
—Será consecuencia de dormir sobre suelo duro. También yo he tenido unos sueños tremendos. Principalmente, cuando soñaba contigo.
—Espero que no fuesen pesadillas.
—No, no eran precisamente pesadillas. —Tiró de la parte superior del chándal para quitárselo por la cabeza de forma que quedase desnuda contra su pecho y su vientre. Le acarició suavemente la espalda—. Yo te contaré mis sueños si tú me cuentas tu pesadilla.
—No quieras oírla.
—Hablar de ello puede que te ayude. Tal vez podamos interpretarla, averiguar qué significa.
—Sé qué significa. Y también lo que la ha provocado… ese asunto de las cicatrices que salió a relucir esta tarde.
Las manos de Scott interrumpieron sus movimientos. Apretó a Karen con más fuerza.
—¿Tu accidente? —susurró.
—Sí. Sólo que no era Frank el que estaba atrapado dentro del coche, sino yo. Él estaba junto a la ventanilla… carbonizado. Me arrojaba gasolina y…
—Santo Cristo.
—Me despertaste antes de que tuviera tiempo de encenderla.
—Ha tenido que ser horrible.
—Las he tenido peores, a veces. Por regla general, me despierto antes de que prenda la cerilla, pero en un par de ocasiones… Empiezo a arder y él pasa por la ventanilla y… —Se quedó muda de súbito.
Scott le acarició la nuca.
—Está bien —dijo—. Chisst.
—Lo siento.
—Vale. Te contaré mis sueños.
—Los tuyos son bonitos, ¿no?
—Muy bonitos. Esta mañana, ¿o ayer por la mañana?, soñé que estaba lloviendo y tú salías de tu tienda cubierta con un poncho de plástico transparente… y nada más.
—Te lo estás inventando, ¿verdad?
—No. Sinceramente. Llovía a mares. Tenías la cabellera enmarañada y empapada. Por tu cara resbalaba y goteaba el agua. También corría por la parte exterior de tu poncho y observé que, debajo, tenías la carne de gallina. Y tus pezones estaban erectos.
—¿Como ahora?
Una mano de Scott subió hasta el pecho de Karen.
—Como ahora.
Ella suspiró mientras los dedos de Scott actuaban.
—Aunque había una cosa extraña.
—¿Qué?
—Ya sabes cómo son los sueños.
—Extraños.
—Exacto. Bueno, no tenías vello púbico. Te lo habías afeitado…
—Ese sueño tuyo me esta excitando.
—Y a mí. —La mano de Scott se deslizó hacia abajo, acariciando el vientre de Karen. Se introdujo por debajo de los pantalones del chándal. Siguió descendiendo, despacio. Dijo—: Sólo es un sueño.
—Podría afeitármelo.
—Así está precioso.
—Eh, si en tu sueño está afeitado, eso es la expresión de un deseo frustrado, ¿verdad? Me lo afeitaré. Un día de éstos. Será una… —el deslizante dedo de Scott la dejó sin aliento—, una sorpresa.
—¿Quieres oír el resto del sueño?
—¿Hay más?
—Claro —la mano se apartó y trazó una línea húmeda sobre la piel de Karen. Procedió a tirar de la cinta que sujetaba la cintura de los pantalones del chándal—. Te dije: «Debes de tener frío. ¿Qué ha sido de tus ropas?». Y me contestaste que Julie las había robado.
—Significativo, eso.
—Te había dicho que las escondió para que no tuvieras más remedio que quedarte en la tienda.
—Separada de ti.
—Es posible. —Suelta la cinta, tiró hacia abajo de los pantalones. Karen le ayudó por el procedimiento de agitar las piernas. Al desembarazarse de los pantalones, la mujer notó sobre la piel desnuda la frialdad interior del saco de dormir. Scott le acarició la parte posterior de las pantorrillas. La mano ascendió después hasta las nalgas, que apretó suavemente—. De todas formas, dije que no quería que te congelaras. Entramos en mi tienda para que pudieras ponerte algunas prendas secas, pero la única ropa que querías era la que yo llevaba encima.
—Tienes unos sueños muy peculiares.
—¿Verdad que sí? De modo que me obligaste a tenderme encima del saco de dormir. Te quitaste el poncho, te arrodillaste junto a mí y empezaste a quitarme la ropa.
—¿Te desnudé?
—Muy despacio.
Karen curvó los dedos por debajo de la cinta elástica de la cintura de los pantalones de Scott, la separó del cuerpo y tiró hacia abajo. Notó que él se arqueaba para que la prenda bajase. Con el dorso de la mano, la mujer acarició el pene, ya rígido. Bajó los pantalones aún más. Después cerró los dedos alrededor del cimbel y sintió su dureza y su calor. Bisbiseó:
—¿Hice esto?
La respuesta de Scott fue un gemido.
—¿Y empleé la boca?
—Sí.
Los envolventes dedos se deslizaron a lo largo del cipote.
—¿Y tú utilizaste también la boca?
—Sí.
—¿Dónde?
Las manos de Scott indicaron el lugar, frotaron e introdujeron los dedos. Karen se estremeció al recorrer su cuerpo, de arriba abajo, una oleada de calor.
—Baja la cremallera.
—Nos quedaremos helados.
—¿Te quedaste helado en el sueño?
—No, pero…
—¿No te gustaría que tu sueño se hiciera realidad? Mejor el tuyo que los míos, ¿no?
—No sabes todo lo que hicimos.
—Demuéstramelo.
Scott se lo demostró.
—Y en ese momento me desperté —jadeó por último.
—¡Ah! ¡Ah, Cristo bendito! ¡Venga, sigue, no te detengas ahora!
—Pero… es que ahí fue cuando…
—¡Improvisa!
Cuando concluyeron, Scott subió la cubierta del saco de dormir y se taparon. Siguieron abrazados, jadeantes y sudorosos.
—¡Todo un sueño! —musitó Karen, y le besó. Posteriormente, Scott se quedó dormido. Karen se acurrucó contra él, abrazada al suave calor de su cuerpo, mientras recibía en el rostro la caricia de su respiración y notaba el acompasado subir y bajar de su pecho. Lánguida y feliz, Karen deseaba quedarse dormida también y despertarse por la mañana con él al lado, pero eso no era posible.
Siempre había ocurrido lo mismo. Durante los meses que llevaban juntos, Karen anhelaba constantemente que él se quedara toda la noche. Por la mañana, ella le prepararía el desayuno. Sería tan maravilloso, tan redondo… Sin embargo, Scott siempre abandonaba la cama de Karen y volvía a casa precipitadamente. Por los chicos. Ciertamente, ella no se lo reprochaba, aunque hubiera deseado que fuese de otro modo. Algún día, quizá.
Le besó en los párpados, en la boca. Scott se removió junto a ella. Subió la mano por el costado de Karen. Se ahuecó suavemente sobre el seno.
—Será mejor que te vayas —murmuró Karen. Scott emitió un gruñido.
—Preferiría quedarme —murmuró.
—Lo sé.
La retuvo durante largo rato. La besó. Por fin, se apartó y salió del saco de dormir.
—Brrrrr, qué frííío —jadeó, mientras se ponía el pantaloncito.
—¿Quieres mi chándal?
—No, eso es…
—Por favor. No quiero que te quedes helado ahí fuera. —Tiró de la prenda, sacándola de debajo del hombro, y se la tendió—. Puedes devolvérmela mañana por la noche.
—Es un trato.
Mientras Scott se la pasaba por la cabeza, Karen se sentó. El frío envolvió hasta la cintura su desnuda piel.
—Me sienta como un guante —dijo Scott. Se inclinó sobre Karen y la abrazó. Ella notó al calor a través de la finura del chándal—. Que duermas bien —deseó él. Volvió a besarla, se soltó y pasó a gatas por debajo de la solapa de la tienda de campaña.
Karen se acurrucó dentro del saco de dormir. Oyó las rápidas pisadas de Scott sobre las hojas y se lo imaginó lanzado a la carrera rumbo a su tienda. Se alegraba de que hubiera aceptado el chándal. Era como si parte de ella se hubiese ido con él. Se preguntó si lo conservaría una vez dentro del saco de dormir. ¿Seguiría con el chándal puesto y pensaría en ella?
Se hizo un ovillo, llevó la mano por debajo de las piernas y encontró los pantalones. Los sacó. Pero, en vez de ponérselos, oprimió las perneras entre los muslos. Restregó la tela por el vientre y los pechos. Era suave y cálida. Se quedó dormida con los pantalones apretados contra su cuerpo.