Más poderoso que el primero
El lunes, después de las clases, me escabullí por la salida de incendios hacia el lugar bajo las gradas donde siempre nos reuníamos Mike y yo. No estaba de humor para cruzarme con alguna de las numerosas personas a las que trataba de esquivar, desde Darla Duke hasta el agente Parker. Y no quería ver a Kate de ninguna manera. La cabeza aún me daba vueltas tratando de encontrar sentido a la última y enigmática profecía de Tracy. Tal vez Mike pudiera arrojar un poco de luz.
Siempre intentábamos ocultarnos bajo las gradas para nuestra particular versión de la fiesta previa a los partidos. Por lo general, le permitía apuntarse unos tantos conmigo antes del entrenamiento ya que, en el campo, jugaba de defensa. Pero aquel día, después de haber pasado por debajo de la tercera grada cubierta de óxido y de abrirme paso entre los charcos en dirección a nuestro pequeño montículo cubierto de hierba, me sorprendí al descubrir que, por primera vez, Mike no se me había adelantado.
No nos gustaba irnos a clase enfadados, y nunca seguíamos resentidos después del último timbre. Yo había dado por sentado que, al acabar la octava hora, los dos saldríamos disparados en dirección a las gradas para hacer las paces. Ahora, me planteé la posibilidad de que nuestra discusión en el pasillo no se le hubiera olvidado. Agarré el móvil para mandarle un mensaje, pero algo me hizo vacilar. O se presentaba, o no. Y si no se presentaba —pensé mientras escupía el chicle sobre la hierba—, al menos me enteraría de que estaba furioso de verdad. Algo que jamás había ocurrido en los años que llevábamos juntos.
Esperé mientras lanzaba miradas al campo desde debajo de las gradas, y me acordé de un par de ocasiones en ese mismo curso en las que Mike y yo nos lo estábamos montando y, después de abrir los ojos, estiré el cuello para ver a J. B., que corría alrededor de la pista.
Sé que era una actitud extraña, pero me hacía sentir bien, pues me recordaba que, por fin, estaba con el chico que me convenía. Ahora, sin embargo, el recuerdo me producía angustia, soledad. Nunca volvería a experimentar ese sentimiento, nunca más vería los palpitantes tendones de las pantorrillas de J. B., ni su mata de pelo rubio alborotada por el viento mientras corría. Más que nunca, deseaba abrazar a Mike para aliviar ese dolor. No podía consentir que él, también, se me escapara de las manos.
De pronto, lo vi. Salía corriendo de los vestuarios con sus compañeros. Noté una penetrante punzada en el pecho. Me había dejado tirada. Ni siquiera se había molestado en llamarme. Los jugadores dieron su primera vuelta alrededor de la pista y Mike miró hacia otro lado al pasar por nuestro escondite debajo de las gradas.
Las mejillas se me encendieron de rabia. Una parte de mí quería salir corriendo a la pista y decirle que no podía quitarme de en medio así, por las buenas. Éramos un equipo. Aunque las cosas se hubieran puesto difíciles, el vínculo que nos unía tenía que seguir siendo sagrado.
Pero no era ni el momento ni el lugar para sacar el asunto a relucir, y aún tenía que averiguar, por mí misma, qué ocultaba la profecía de Tracy.
No conseguía olvidarme del abominable A. P., de cuando me pasaba la mano por la pierna; pero no solo tenía que vengarme de él. En ese momento, para mí, Baxter y A. P. estaban conectados: ninguno caería sin arrastrar al otro. ¿Y qué habría querido decir Tracy con lo de «una vieja amistad» mía que conocía al agente Parker? En busca de respuestas, fui pasando la agenda de mi móvil; me detuve al llegar al nombre de Kate Richards… pero seguí adelante. No me paré hasta casi el final del alfabeto.
Sarah Lutsky. Mi antigua mejor amiga de Cawdor. Me sorprendió descubrir que aún conservaba su número. El caso es que siempre le habían gustado los hombres de uniforme. ¿Podría haberse referido Tracy a aquella vieja amistad en particular?
Solo había un lugar donde encontrar a Sarah Lutsky —es decir, si los fundamentos del planeta seguían siendo los mismos—. En cuestión de minutos, arranqué mi coche y me dirigí hacia el este. Atravesé las vías del tren y al poco rato me encontré de regreso en una parte de la ciudad que, tiempo atrás, había decidido no volver a pisar.
Otros alumnos del Palmetto acudían a Cawdor alguna que otra vez, cuando sentían la necesidad de ponerse ciegos de alcohol. Siempre que mis amigos decidían ir de juerga a los barrios bajos, me inventaba alguna excusa relacionada con una emergencia familiar. La idea de esos dos mundos colisionando superaba lo que me veía capaz de soportar.
Aquel día en particular fui en busca de una antigua amistad al lugar donde probablemente me encontraría con otra: el alcohol barato, mi viejo amigo del alma. Mike, ni que decir tiene, odiaba que yo bebiera antes de la «hora de cóctel» establecida por el club de campo pero, al dejarme abandonada bajo las gradas, no me quedaba mucha elección.
Conduje a lo largo de la hilera de bares en Cawdor Street al tiempo que recordaba los años en los que, ciertamente, los frecuentaba con excesiva regularidad. El hecho de reducir la marcha para encontrar aparcamiento fue una especie de viaje a la zona oscura. Estaba el antiguo burdel reconvertido en bar de mala muerte, de cuyas lámparas de araña, seguramente, aún colgarían algunos de mis sujetadores de adolescente más atrevidos. Estaba la caseta de tacos mexicanos, donde había cumplido los veintiún años al menos veintiuna veces porque, en tu cumpleaños, el tequila gratis corría libremente. Estaba mi club de punk rock preferido… Un momento, ¿qué había sido de mi club de punk rock preferido?
Mi exgarito predilecto tenía un cartel nuevo, pintura nueva… y nombre nuevo.
Un escalofrío me recorrió la espalda cuando aparqué el coche delante del club que ahora se llamaba… Sweet Revenge, «dulce venganza». Quizá la profecía de Tracy iba más allá de lo que me había imaginado.
Empujé las puertas al estilo de los salones de las películas del Oeste y entré en el bar. El interior estaba lleno de humo pero, cuando mis ojos se adaptaron a la penumbra, me di cuenta de que apenas había cambiado. De pronto, volví a tener trece años y me encontraba de pie, en el rincón del fondo, junto al teléfono público. Coqueteaba con tíos que me doblaban la edad y aceptaba las invitaciones de mis amigos a licor de hierbas mezclado con Red Bull. Entiendes que eres demasiado joven para beber cuando hasta en un sitio como ese se negaban a servirte. En aquel entonces, tenía yo la clase de amigos que provocarían una úlcera a cualquier madre sensata; siempre que la mencionada madre sensata no estuviera inconsciente en el sofá.
En esta ocasión, me senté frente a la barra, pues había acopiado atrevimiento después de todo cuanto me había pasado en los últimos cuatro años, desde que había pisado aquel lugar: primero, la casa grande; luego, el coche deportivo, el novio guapísimo, la corona reluciente… ah, sí, y ese homicidio tan raro.
Sentí un escalofrío y me ceñí la cazadora al cuerpo.
—¿Qué te pongo? —preguntó el camarero al tiempo que plantaba en la barra una servilleta de cóctel.
—Whisky con lima —repliqué—. Que sea doble.
Llegó el vaso y me lo acabé de un trago, olvidando que, en los estados sureños, trae mala suerte no brindar primero, aunque nadie te acompañe. Pero es que, al beberlo tan deprisa, resultaba delicioso. Golpeé el vaso contra la barra, hice una mueca y negué con la cabeza.
—Que siga la ronda —ordené al camarero.
—Tenía la corazonada de que volverías —dijo una voz aguda, metálica.
Ahí estaba. Había pensado que tendría tiempo para acabarme una ronda antes de que Sarah terminase su turno de trabajo en la bolera. Pero cuando miré al otro extremo de la barra, estaba sentada en el taburete de la esquina. Por la hilera de vasos vacíos que tenía delante, deduje que llevaba allí sentada desde antes de que yo llegara. Su ondulado cabello rubio rojizo le colgaba sobre la camiseta de tirantes, y alrededor de sus ojos color avellana tenía borrones de delineador gris oscuro. Con sus dedos largos, delgados, arrancaba la etiqueta de una botella de cerveza y, cuando me sonrió, noté un diminuto hueco entre sus dos incisivos.
—Sarah —dije, cada vez más sorprendida por la clarividencia de Tracy—. No me lo puedo creer.
—Pues créetelo —repuso ella, y se levantó para acercarse—. Las personas no desaparecen por completo solo porque tú las des de lado, Tal.
El antiguo apodo me desconcertó. Nadie me había llamado así desde hacía años, desde que Sarah y yo éramos inseparables, desde que yo era una típica chica de Cawdor, y no la princesa del Palmetto.
—Y, sí —afirmó con la cabeza—, me he enterado de lo que le ha pasado —soltó su bebida y se recogió el pelo en una coleta baja—. ¿Estás bien?
—Perfectamente —respondí con rapidez—. ¿Cómo te has enterado?
Paseó la mirada a lo largo de la barra vacía y me agarró del codo.
—¿Y si vamos a uno de los reservados de ahí atrás? —sugirió—. Para hablar.
Seguí a Sarah hasta el fondo del local, un camino que habíamos recorrido muchas veces. Durante unos segundos, me dio la impresión de que seguía siendo Tal y que ella aún era Slutsky[2], con los vaqueros ceñidos a sus piernas rectas como palillos y la fina camiseta de tirantes que dejaba a la vista la carne de gallina en sus brazos. Slutsky siempre tenía frío, por eso —solíamos bromear— necesitaba tantos achuchones por parte de los tíos de nuestra pandilla.
—Eh, Slutsky —llamó desde la mesa de billar un tipo con malas pintas.
—Ahora no —soltó ella con la brusquedad que la caracterizaba. Me condujo a un reservado en un rincón oscuro, sacó su petaca y dio un trago—. He empezado a verme con alguien —dijo.
—Qué… bien —tartamudeé. Si ahora añadía lo que yo confiaba que añadiera, iba a tener que comprar acciones de Tracy Lampert.
—Te lo comento porque la persona con la que me veo puede interesarte.
—Soy toda oídos.
—Derek Parker —anunció, esbozando de pronto una sonrisa insolente—. Puede que lo conozcas de uniforme.
—¿Estás saliendo con el agente Parker? —me reí por lo bajo, tratando de mostrar sobresalto cuando, en realidad, lo que sentía era emoción.
—¿Saliendo? Bueno, es una manera de decirlo —repuso Sarah, agitando la mano como para restarle importancia al asunto—. Está casado, así que puede que el término no sea exacto.
En los viejos tiempos, le habría dicho: «¡Uau, Slutsky!», y ambas, entusiasmadas, nos habríamos echado a reír comentando que, por desvergonzada que fuera la situación, también resultaba de lo más excitante. Acto seguido, Sarah me proporcionaría detalles más gráficos de lo que yo llegaría a entender. Pero ahora…
—Aun con la boca cerrada, noto que me estás juzgando.
Suspiró, encendió un cigarrillo y luego me ofreció el paquete. Negué con la cabeza. Volvió a encogerse de hombros.
—El caso es —prosiguió— que he pasado página de los viejos tiempos, igual que tú. Puede que ahora volvamos a ser amigas.
—¿Cómo sabes que yo he pasado página? —no era precisamente fácil mantenerse al tanto de las noticias del otro lado de la ciudad.
—Ahh —Slutsky se frotó las manos y sonrió con satisfacción—. Ahora viene lo bueno —comentó—. Digamos que mamar de la ley tiene ciertas ventajas. Por ejemplo… las pruebas policiales.
Me quedé boquiabierta.
—¿Has visto el DVD?
Slutsky afirmó con la cabeza.
—Tal, tengo que reconocer que estoy impresionada. Por lo general, cuando la gente se pasa al bando de los nuevos ricos se vuelve más tensa, más estirada; pero este chico nuevo… ¿cómo se llama? Te ha relajado a base de bien.
—Mientes —agarré el vaso con fuerza para mantenerme inmóvil—. ¿Por qué habrías, por qué él…?
—Más que nada para investigar —respondió—. Derek y yo fisgoneamos a veces las grabaciones. Dice que nos podría servir de inspiración…
—Eso es ilegal, por no hablar de depravado.
—Cálmate —indicó—. Sales bastante bien. Nada que yo no haya practicado, claro…
—Slutsky —dije arrastrando las sílabas—. ¿Aún tienes el DVD? Quiero decir…
—Sí, entiendo —negó con la cabeza—. La cinta está bajo llave, en la comisaría —sopló un enorme anillo de humo, levantó la petaca una vez más y dio otro largo trago.
Así era Sarah: siempre dispuesta a pasárselo bien pero, a la hora de la verdad, nunca podías confiar en que te fuera a echar un cable. De ninguna manera podía entender que mi reputación en el Palmetto dependía de que aquella cinta NO saliera a la luz.
Tal vez Tracy Lampert se había equivocado, y mi desplazamiento a Cawdor había sido una pérdida de tiempo. ¿Por qué forzarme a ponerme en contacto con esa «vieja amistad» si iba a ser el mismo rollo de siempre? ¿Y por qué Slutsky estaba hurgando en mi bolso? Antes lo hacía sin parar, pero ahora me lo tomé como una invasión de mi intimidad.
—¿Qué haces?
—Suena tu móvil —explicó una vez que lo había sacado—. Ooooh —consultó el nombre en la pantalla—. ¿Quién es Mike? —preguntó con voz cantarina—. ¿Tu chico?
Le arrebaté el teléfono y me quedé mirando el número de Mike, a la espera de que saltara el buzón de voz. Sentí alivio al ver que me llamaba, pero era imposible explicarle lo que estaba haciendo en Cawdor en ese momento.
—¿A qué viene eso? —preguntó Slutsky—. ¿Problemas en el paraíso?
Fruncí los ojos, sorprendida al caer en la cuenta de que, al haber transcurrido tanto tiempo desde que habíamos hablado, Sarah no me conocía en absoluto. Y yo no estaba dispuesta a ponerla al día; además, no existía razón alguna para hacerlo. La última vez que había charlado con Slutsky, el hombre que me ocupaba la mente era mi encarcelado padre. Me vino a la memoria la última pelea entre nosotras, cuando Sarah tuvo el valor de ponerse de su parte, como si fuera más amiga de él que mía.
Un momento. Puede que me estuviera confundiendo. ¿Y si la «antigua amistad» de la que había hablado Tracy fuera… mi padre? En sus días buenos, papá siempre se había portado conmigo en plan colega, y no como una figura de autoridad. En los días malos, en fin, ahí estaban las cicatrices que me impedían ponerme en contacto con él. Hasta ahora.
El caso era que, en efecto, mi padre tenía sus contactos, si bien no muy honrados. Quizá era el único que podía ayudarme en esos momentos.
O quizá yo estaba loca por creer cualquier cosa que dijera Tracy Lampert. Tal vez se me había empezado a ir la olla.
—Vaya —le dije a Slutsky, consultando mi reloj con gesto exagerado—. Debería irme.
Sarah paseó la vista por el establecimiento.
—Demasiados fantasmas para ti, ¿eh? —comentó—. Vale, te acompaño afuera.
Me bebí los restos de mi whisky y seguí a Slutsky hasta la rechinante puerta del local. Atravesamos el aparcamiento de gravilla, ambas notando la diferencia de ambiente entre el ajetreado bar y la tranquilidad de la noche. En el rincón más oscuro del solar, a espaldas del edificio, Slutsky señaló una autocaravana de la que colgaba una débil lámpara de queroseno.
—Voy a pararme un momento en el almacén de compraventa —comentó Slutsky—. ¿Vienes?
—¿Almacén de compraventa? —pregunté, confundida. No parecía la clase de lugar donde me apeteciera comprar ni vender nada.
—Ay, Tal —dijo, negando con la cabeza—; llevas fuera demasiado tiempo. Tienen de todo: speed, oxi… ¿qué veneno tomas últimamente?
Uno de los chicos estaba apoyado en la caravana, observándonos. Llevaba trenzas en la barba y una gargantilla de pinchos. Tenía los brazos tatuados de los hombros a los dedos.
—Prefiero marcharme —repuse en voz baja—. Ten cuidado, ¿vale?
Slutsky asintió con la cabeza, como si ya se hubiera leído el guión de lo que yo iba a decir.
—Claro —se encogió de hombros y se inclinó para darme un beso en la mejilla—. Te llamo.
Desde el coche, vi cómo su silueta entraba en la parte posterior del almacén-caravana. Me sentí satisfecha al marcharme de allí, aunque también inquieta, pues sabía que mi siguiente paso tenía que ser encontrarme con mi padre.
Decidí esperar al día siguiente para no tomar ninguna decisión impulsiva y me dispuse a arrancar mi coche automático. De pronto, tomé plena conciencia del interior de cuero, el sistema de sonido envolvente, los tapacubos relucientes. Ahí estaba yo, atrapada en mi pasado, pero llamando la atención a causa de mi presente.
Hablando de mi presente, aún no había escuchado el mensaje de Mike.
«No sé si me habrás estado esperando en nuestro sitio, esta tarde; si estabas, lo siento. Necesitaba un poco de tiempo para aclarar mis ideas. No te enfades, ¿vale? Llámame. Te quiero».
Suspiré y arrojé el móvil al interior de mi bolso pero, al hacerlo, eché algo en falta. El repiqueteo del bote de pastillas. A toda prisa, rebusqué en la mochila. ¿Dónde estaban?
Sabía que llevaba conmigo el bote cuando entré en el bar; lo había palpado cuando fui a sacar dinero para pagar las copas. Reproduje en la cabeza la última hora y me acordé de Slutsky, hurgando en mi bolso. ¡La muy zorra me había robado las pastillas! Y ahora las estaba vendiendo en ese repulsivo almacén.
Estuve a punto de pisar a fondo el freno y girar el coche en redondo. Pero, entonces, una oleada de calma me invadió. Sin darse cuenta, Slutsky me acababa de hacer un favor al llevarse la carga de la que yo no había sabido librarme.
Que se las quedara. Ahora, solo me quedaba esperar a que desaparecieran para siempre.