—No lo soporto —dijo Anne, mientras nos preparábamos para acostarnos aquella noche—. Es repugnante. Esa pobre mujer ha estado a punto de sufrir una crisis nerviosa.
Me quité un calcetín y lo dejé caer dentro del zapato.
—Lo sé —comenté.
—Lo único que quiere es un bebé —continuó Anne—. ¡Por el amor de Dios! ¡Cualquiera diría que le está pidiendo la luna! No le pide nunca nada, ¡nada de nada! ¡Y él nunca la ayuda en nada! Sale siempre que le apetece, sin ella. Se queja de cada centavo que gasta, por muy meticulosa que sea administrando el dinero. Le grita y la maltrata. He visto marcas negras y azuladas en esa pobre mujer… y muy feas.
Colgó la percha en la barra del armario.
—Y ella nunca dice nada —prosiguió—. Lo único que quiere es un hijo. Eso es lo único que le ha pedido tras siete años de matrimonio. Y él…
—Puede que ése sea su error —dije yo—. Quizá, no debería haber sido tan complaciente.
—¿Y qué otra cosa podía hacer? —preguntó Anne, sentándose en el tocador y cogiendo el cepillo.
—¿Dejarlo? —sugerí.
—¿Y adónde iría? —preguntó, cepillando su cabello con movimientos cortos y airados—. No tiene ningún amigo. Sus padres murieron hace nueve años. Si tú y yo nos separáramos, yo al menos podría regresar a casa de mis padres hasta que lo superara. Elizabeth no tiene ningún lugar adonde ir. Ése es su único hogar… y ese cerdo lo está convirtiendo en un infierno.
Suspiré.
—Lo sé. —Me tumbé en la cama—. ¿Es cierto que sabe que él tiene una aventura con…?
Me interrumpí. Por el modo en que Anne había girado la cabeza, sabía cuál era la respuesta.
—¿Que él qué? —preguntó.
Nos miramos un prolongado momento. Anne se volvió hacia el espejo.
—Genial —dijo con aquel tono falsamente calmado que logran adoptar las mujeres cuando están a punto de salirse de sus casillas—. Es genial. La guinda del pastel.
Esbocé una triste sonrisa.
—Así que no lo sabe —dije—. Él me dijo que lo sabía.
—Oh, es… es un… no hay ninguna palabra lo bastante mala para definirlo.
Moví la cabeza hacia los lados, lentamente.
—Es una situación tan agradable —comenté con ironía—. Desde que vivimos en esta casa me siento como el personaje de un culebrón. Por un lado tenemos a una esposa que anula por completo a su marido; por el otro, a un adúltero y a una esclava. —Me metí bajo las sábanas—. Yo que tú no se lo diría.
—¿Decírselo? —replicó Anne—. ¡Por el amor de Dios!
—No se me ocurriría hacer algo así. La destrozaría. —Se estremeció—. Decírselo… —repitió—. Oh… Dios, no seré yo quien lo haga. Me estremezco sólo de pensar qué ocurrirá si lo descubre.
—Nunca lo sabrá —dije.
Permanecimos un rato en silencio. Me quedé tumbado mirando el techo, preguntándome si volvería a tener aquel sueño. Palpé mentalmente la casa, como si mis pensamientos fueran las vibrantes antenas de un insecto, moviéndose con timidez y listas para retroceder al instante ante el menor roce.
Pero no había nada. Empecé a pensar que quizá, el estado receptivo que la hipnosis de Phil había dejado en mí se estaba desvaneciendo; que ya estaba por debajo del nivel de la percepción y que seguiría reduciéndose hasta que yo volviera a ser como antes. Francamente, eso me hizo sentir algo decepcionado. Era una habilidad tan intrigante que me esforcé en revitalizarla. Por supuesto, no funcionó. No era algo que pudiera conseguirse de forma voluntaria.
Unos minutos después, Anne se metió en la cama y apagamos la luz.
—¿Crees… que esta noche vas a soñar? —me preguntó.
—No lo sé —respondí—. Pero no lo creo.
—Puede que haya desaparecido.
—Podría ser.
Otro largo silencio.
—¿Cariño? —dijo ella entonces.
—¿Sí?
La oí tragar saliva.
—Respecto…
—¿A lo de la otra noche? —pregunté.
—Sí. Siento haber perdido el control.
—No tienes que disculparte, amor mío.
—Sí, claro que sí —respondió—. Es una tontería pensar en ese tipo de cosas sólo por… lo que ocurrió.
—Supongo que tienes razón. —Me tumbé sobre un costado y la rodeé con el brazo.
—Tú… prometiste que nosotros…
—De acuerdo —dije—. No hablaremos de ello.
—Simplemente… no creo que sea… sensato.
—Supongo que no —respondí.
Me dio un beso en la mejilla.
—Buenas noches, cariño —me dijo.
—Buenas noches —respondí. En la mesilla de noche, el reloj marcaba las once y media.
—¡No!
Me incorporé sobre el colchón. La conciencia se precipitaba en mi mente. Mis ojos estaban abiertos de par en par y miraban hacia el salón.
Anne también había despertado, sobresaltada. Ahora la oía; le temblaba la voz.
—¿Otra vez? —preguntó.
—Sí. Sí.
—Oh… no. No. —Casi parecía enfadada.
Nos quedamos sentados unos momentos. Mi pecho subía y bajaba con un movimiento espasmódico; el aliento salía a borbotones por mis fosas nasales. Tenía los labios sellados y el corazón me latía de forma descompasada.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó. En su voz había un amargo y asustado desafío.
—¿Qué puedo hacer?
Respiró hondo.
—Levántate y echa un vistazo.
La miré.
—¿Cariño, qué te pasa?
—¿Qué me pasa? ¿Qué tipo de pregunta es ésa? Lo sabes perfectamente. Ahora levántate… —Un sollozo rasgó su voz—. Levántate y ve allí.
Me estremecí. Todo mi cuerpo temblaba. Cada vez que pensaba en la mujer, ésta parecía brillar con renovada claridad en mi mente. Su pálido rostro me observaba, sus ojos oscuros me pedían algo.
Contuve el aliento.
—De acuerdo —dije, aunque no sé si hablaba para Anne o para aquella mujer—. De acuerdo.
Aparté de un golpe las sábanas y deslicé las piernas por un lado de la cama.
—Cariño… —La cólera había desaparecido de su voz. Ahora, parecía asustada y preocupada.
—¿Qué? —pregunté.
—Yo… voy contigo.
Tenía la boca tan seca que me costó tragar saliva.
—Quédate aquí —dije.
—No. Quiero hacerlo. Quiero acompañarte.
Me pasé una mano temblorosa por la cara para secarme el sudor frío. Sabía que debía convencerla para que se quedara en la cama.
—De acuerdo —me oí decir—. Entonces, vamos.
Oí el susurro líquido de su camisón mientras se levantaba y vi el oscuro contorno de su figura contra la ventana. Nos reunimos a los pies de la cama. Al sentir que su mano se cerraba en la mía, la apreté con fuerza. Estaba fría y seca; y temblaba.
Respiré hondo e intenté detener el temblor de los músculos de mi estómago. Volvían a estar tensos. Y volvía a sentir aquella pulsación abrasadora y punzante en las sienes.
—Bueno —dije—. Adelante.
¿Es posible que dos personas hayan caminado jamás más despacio en la oscuridad? Nos movíamos como si tuviéramos las piernas de plomo, como si fuéramos estatuas que sólo hubieran cobrado vida a medias. Avanzamos hacia la puerta con susurros de movimiento. Mi corazón cada vez latía más rápido, y tan fuerte que podía oírlo. Ahora, mi mano también temblaba. Era imposible que estuviera transmitiendo a Anne algún tipo de confianza. ¿Quién puede sentirse seguro junto a un hombre asustado?
Llegamos al recibidor y nos detuvimos a la vez, como por mutuo consenso. Entre nosotros y el salón se alzaba una puerta. Allí nos detuvimos, temblando, envueltos en la oscuridad, y dimos un respingo cuando Richard se removió en su camita. Entonces oí la voz de Anne, apenas audible.
—Ábrela —dijo.
Respiré hondo y apreté su mano con tanta fuerza que estoy seguro de que le hice daño.
Abrí la puerta de golpe.
Ambos retrocedimos al instante, preparándonos para lo peor.
Entonces, todo pareció desvanecerse con rapidez. Nuestras manos se separaron.
Entramos en el salón. Estaba vacío. El zumbido de mi cabeza empezó a disiparse; los nudos de mi estómago se desataron.
Vi que Anne se apoyaba contra la pared.
—Serás capullo —dijo, con voz temblorosa y aliviada—. Oh, serás capullo.
Tragué saliva.
—Cariño… creía que estaba aquí.
—No hace falta que lo jures, bonito —respondió—. No hace falta que lo jures.
Me dio unas palmaditas en la espalda con una mano temblorosa y respiró hondo.
—Bueno —dijo—. ¿Podemos acostarnos?
Por el sonido de su voz sabía que, si hubiéramos visto algo, habría gritado hasta quedarse sin pulmones.
—Ahora mismo voy —dije.
Ella regresó a la cama. La oí moverse entre las sábanas y decir:
—Vamos, madame Wallace.
—Enseguida.
Me metí en la cama y permanecí acostado en silencio junto a ella. No le dije nada de la brisa fría y húmeda que me había barrido mientras regresaba al dormitorio.