II

Desconozco si el trabajo de policía es más peligroso ahora que antes. Sé que cuando yo empecé te topabas con una pelea a puñetazos y tú ibas a intervenir para evitar que se pegaran y los tipos te proponían liarse a tortas contigo. Y a veces tenías que complacerles. No aceptaban otra cosa. Y pobre de ti que perdieras. Esas cosas ya no se ven, pero quizá se ven cosas peores. Una vez un tipo me apuntó con un arma y yo conseguí agarrársela justo cuando iba a disparar y la llave del percutor se me clavó en la parte carnosa del dedo gordo. Todavía se nota la marca. Pero aquel hombre estaba decidido a matarme. Hace unos años, y tampoco demasiados, iba yo una noche por una de esas pequeñas carreteras de dos carriles y me encontré con una camioneta en cuya plataforma iban sentados dos tipos. Me hicieron señas con los intermitentes y yo me rezagué un poco pero la camioneta llevaba matrícula de Coahuila y me dije, vaya, tendré que parar a esos tipos y echar un vistazo. De modo que les puse las largas y justo en ese momento vi que se abría la ventana deslizante de la parte posterior de la cabina y alguien le pasó una escopeta a uno de los que iban atrás. Os juro que pisé el freno con los dos pies. El coche derrapó y las luces iluminaron el matorral de la cuneta pero lo último que vi en la plataforma del vehículo fue a aquel tipo encajándose la escopeta en el hombro. Caí sobre el asiento y no bien había acabado de hacerlo cuando el parabrisas se me vino encima convertido en añicos. Yo todavía tenía un pie en el freno y noté que el coche patinaba hacía la zanja y pensé que iba a dar la vuelta de campana pero no fue así. El coche se llenó de tierra. El tipo aquel disparó dos veces más y destrozó los cristales de un lado, pero para entonces el coche se había detenido ya y me quedé allí sentado, saqué mi pistola y oí que la camioneta se alejaba y entonces me incorporé e hice fuego varias veces contra las luces de atrás pero ya era tarde.

El caso es que nunca sabes lo que te espera cuando detienes a alguien. Sales a la carretera. Te acercas a un coche y no sabes lo que puedes encontrar. Aquel día me quedé un buen rato sentado dentro del coche patrulla. El motor estaba parado pero las luces continuaban encendidas. Todo lleno de cristales y de tierra. Salí del coche y me sacudí con tiento y volví a montar y me quedé sentado. Reponiéndome del susto. Los limpiaparabrisas colgaban sobre el salpicadero. Apagué las luces y continué sentado. Cuando te topas con alguien que es capaz de liarse a tiros contra un agente de la ley, es que se trata de gente que va muy en serio. No volví a ver aquella camioneta. Ni yo ni nadie. Ni tampoco aquella matrícula. Quizá hubiera debido perseguirlos. O intentarlo. No lo sé. Regresé a Sanderson y entré en el bar y os juro que vino gente de todas partes a ver el coche patrulla destrozado. Lleno de agujeros. Parecía el coche de Bonnie y Clyde. Yo no tenía un solo rasguño. Ni siquiera de los cristales. Me criticaron por eso también. Por aparcar allí en medio. Dijeron que lo hacía para lucirme. A lo mejor sí. Pero os juro que también necesitaba tomarme un café.

Leo el periódico cada mañana. Supongo que es sobre todo para intentar anticiparme a lo que pueda pasar aquí. Y no es que yo haya hecho un gran trabajo para evitar que las cosas pasen. Cada vez es más difícil. No hace mucho se encontraron por aquí dos tipos y uno era de California y el otro de Florida. Se conocieron en algún punto a mitad de camino. Y decidieron recorrer el país cargándose al primero que pillaban. No recuerdo a cuántos mataron. ¿Cómo puede uno prever una cosa así? Aquellos dos tipos no se habían visto nunca. Es difícil que haya mucha gente igual. Yo no lo creo. Bueno, vaya usted a saber. Aquí el otro día una mujer metió a su hijo en un contenedor de basura. ¿A quién se le ocurre? Mi mujer ya no lee nunca el periódico. Probablemente tiene razón. Suele tenerla.