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Koestler se hospeda en el hotel Giralda, en la calle de Mateos Gago, un establecimiento de medio pelo. Como muchos otros corresponsales de prensa extranjera, pasa gran parte del día en el bar del hotel Cristina, la residencia de los oficiales alemanes.

En verano, la gente madruga mucho para aprovechar la fresquita. A la hora del desayuno, el vestíbulo del hotel Cristina está muy concurrido. En los sillones de cuero, frente al mostrador de recepción, residentes y visitantes forman corrillos para comentar la habitual charla nocturna de Queipo en la radio y los últimos partes de guerra. Algunos leen los periódicos del hotel; otros llevan su propia prensa. Los periódicos del hotel están lastrados con un eje de madera y un candado para evitar que se los lleven distraídamente.

El vestíbulo y el bar del Cristina se han convertido en el mentidero de los que se interesan profesionalmente por la guerra: militares, tratantes, periodistas y agentes secretos. En su condición de residencia oficiosa de los altos cargos de la Legión Cóndor, el hotel atrae también a muchos oficiales y altos cargos españoles deseosos de relacionarse con los alemanes. El nuevo régimen instaurado por Franco, o en vías de instaurarse, tiene mucho que aprender de ellos.

Las noticias del frente, y también los rumores infundados, parten primero del vestíbulo y los reservados del Cristina y luego circulan por la ciudad, cada vez más desvirtuados. El que quiera conocerlos en su primitiva pureza, debe perder muchas horas en los corrillos y sillones del Cristina, con una copita de jerez en la mano.

Koestler, ese día, acude al Cristina temprano, antes de que la barra del bar se llene de gente, y desayuna, como ya es habitual en él, un tazón de café sin azúcar y una tostada con aceite de oliva. Luego ojea el ABC, mirando primero la cartelera: quiere invitar al cine a Rosario, una enfermera a la que ha conocido días atrás mientras realizaba un reportaje en el hospital de las Cinco Llagas. La chica no es muy guapa, pero tiene un trasero orondo, presumiblemente prieto, y Koestler aprecia mucho esta zona de la anatomía femenina.

—¡Limpia, limpia! —suena una voz conocida en el vestíbulo.

Koestler levanta la cabeza del periódico y su mirada tropieza con la de Mediopeo, que le envía su saludo privado: «Va todo bien: parece que todo va bien». No por mucho tiempo: un hombre corpulento, que está sentado al otro lado del macetón central le chista al limpiabotas y se señala los zapatos. Mediopeo acude solícito y mientras se acomoda a los pies del cliente, despliega su simpatía profesional.

—Sí, señor, le voy a dejar los pinreles como los de un duque, que a usted le corresponde llevar los zapatitos como un espejo.

Comienza la faena de cepillo mientras se pregunta quién será éste. «De Sevilla no es, eso fijo. ¿Será otro aviador alemán o será periodista?». Los zapatos son de buena calidad y no están demasiado gastados por la parte del tacón: «Militar no es. Los militares los gastan mucho por el tacón, de tanto andar hombreando; y si además de militares son alemanes, eso ya es la hostia, los rozan, además, dentro de la plataforma, de los taconazos que arrean cuando saludan. Sí. Puede que sea alemán, pero no es militar. Entonces, ¿qué?: periodista o agente. Los calcetines, sin embargo, son de mala calidad, algo abolsados, a pesar de que los sujeta con liguero. Seguramente será un periodista, que en esa profesión unas veces tienen dinero y otras no. Cuando mercó los zapatos tenía dinero, pero cuando compró los calcetines no tenía un duro o los compró en un país donde los calcetines son así de malos. Es periodista».

Mediopeo va bien encaminado. Hans Klaus Strindberg es alemán y periodista y, efectivamente, ha comprado sus calcetines bolsones en Grecia, pero los zapatos son italianos, adquiridos en Milán. Mediopeo levanta la cabeza hacia su cliente para iniciar una conversación y lo sorprende con el entrecejo fruncido, mirando fijamente a Koestler.

—¿Quién es aquel hombre? —inquiere en un español sibilante al tiempo que señala al húngaro.

El germano pone cara de haber visto al mismo diablo.

Mediopeo mira a Koestler. De sobra sabe que es un agente del Komintern y él es precisamente su correo habitual con el radiotelegrafista Manzanilla.

—¿Aquel bajito y feo, mejorando lo presente? —pregunta Mediopeo por ganar tiempo—. No lo sé, señor. Será algún tratante de lentejas o de ganado. Aquí vienen muchos en busca del comisario de Abastecimientos. Por el negocio, ¿sabe?

Al alemán no le satisface la respuesta. Sin dejar de mirar fijamente a Koestler baja el pie de la plataforma.

—¡Koestler!

El húngaro levanta la cabeza del periódico y palidece al reconocer al que grita su nombre, pero se recobra rápidamente, deposita el periódico sobre la mesa auxiliar y acude sonriente a saludar al alemán con la mano extendida.

Strindberg le lanza una mirada colérica y se niega a estrecharle la mano.

—¿Qué haces tú aquí? —le espeta, furioso—. ¿Cómo te atreves a ofrecerme la mano?

Strindberg ha levantado tanto la voz que, de pronto, los de los corrillos se callan y atienden. Koestler, sintiéndose observado por todos, parece más pequeño que nunca. Se ha ruborizado intensamente, pero todavía se esfuerza por sonreírle al gigante rubio.

Strindberg y Koestler intercambian algunas frases en alemán, el germano en el mismo tono altanero y acusador que ha usado desde el comienzo; el húngaro, balbuciendo humildes protestas. No hace falta ser un lince para advertir que se conocen de antes y que la actitud defensiva y apocada de Koestler ratifica las acusaciones de Strindberg.

El húngaro es agente comunista. ¿Lo habrán descubierto? Mediopeo guarda apresuradamente los bártulos, abandona el hotel por la puerta giratoria y desde fuera, a través de los movientes cristales, asiste a los acontecimientos.

Un cliente habitual del hotel, un tal Joannes von Berhard, alemán residente en Marruecos y gestor de la ayuda de su país a Franco, se adelanta y exige a Koestler la documentación. El húngaro replica que ya está acreditado como corresponsal de prensa ante el capitán Bolín, el delegado gubernativo que expide los permisos, «y usted no tiene autoridad para exigirme documento alguno».

—En ese caso —replica Von Berhard—, será mejor que llamemos al propio capitán Bolín y le expliquemos quién es usted. El capitán Bolín cree que es simpatizante de la causa nacional, y Herr Strindberg posee datos fehacientes de su pertenencia a la Internacional Comunista. Ya veremos cómo explica eso.

La oficina de Bolín está a dos minutos de allí, en el palacio Yanduri, al otro lado de la plaza. Bolín se persona inmediatamente en el hotel para poner paz. Supone que sólo son dos periodistas celosos por la rivalidad de sus periódicos.

—Este hombre es comunista y pertenece a la Internacional —acusa Strindberg señalando a Koestler—. Hemos coincidido en París y en Napoles y sé bien lo que digo.

Koestler mantiene el tipo.

—Usted sabe perfectamente que soy simpatizante del fascismo y que he sufrido persecuciones por ello, algo de lo que usted, por cierto, no puede enorgullecerse. Estoy en Sevilla porque me honro con la amistad de don Nicolás, el hermano del general Franco, y me avala él personalmente. No sé qué se propone usted calumniándome, pero le advierto que no me conformaré simplemente con sus excusas. El asunto ha llegado ya demasiado lejos. Me están confundiendo con otra persona y me han insultado. Si no se retractan inmediatamente protestaré directamente ante el general Queipo de Llano.

Quizá Bolín se deja arrastrar por la simpatía personal que siente hacia el húngaro o por la antipatía, también personal, que le suscitan los alemanes, quienes suelen mostrarse arrogantes y superiores con los españoles, Bolín incluido. Puede ser también que desconfíe de Strindberg porque la tarde anterior, cuando se personó en su despacho para presentarle las credenciales, apestaba a whisky, y porque ocupó un sillón antes de que él le ofreciera asiento.

—No quiero entrar en rencillas entre periodistas —ataja Bolín—. Si no quieren saludarse, allá ustedes. Les agradeceré que me dejen al margen de sus necios asuntos. Estamos en guerra y me importa un carajo que dos periodistas se estrechen la mano o no. Váyanse a la mierda.

Dicho esto gira sobre sus talones y regresa al trabajo.

Koestler se encara con los alemanes y amenaza:

—¡Esto no se va a quedar así! Si el capitán Bolín no quiere hacerme justicia, iré ahora mismo a ver al general Queipo. Han pisoteado mi honor y no cejaré hasta que se retracten públicamente.

Y sin aguardar réplica de los teutones, abandona dignísimo el hotel. Después de los primeros momentos de desconcierto, su actuación ha sido tan convincente que casi todos los testigos están persuadidos de que se trata de un error de identificación. Algunos incluso compadecen a Strindberg, que se ha enemistado con Bolín y ha incurrido en un descomunal patinazo nada más llegar a Sevilla.