LAS COLINAS SE TIÑEN DE ROSA
Una semana antes de que saliera de cuentas, el hombre Marlboro tuvo que hacerles una prueba de embarazo a un centenar de vacas. Una mañana de junio, averigüé con horror que la prueba no consiste en que la vaca orine sobre un trozo de cartón y esperar tres minutos para ver el resultado, sino que un veterinario se cubre el brazo entero con un guante desechable y después lo introduce hasta el hombro en el recto del animal. Sólo entonces puede palpar el tamaño y el ángulo del cérvix de la vaca y determinar:
1. Si está o no preñada.
2. De cuánto.
Con esta información, el hombre Marlboro decide si volver a hacer cubrir a las que no están preñadas y en qué pastos poner a las que sí lo están. Las vacas que se quedan embarazadas al mismo tiempo permanecerán juntas en los mismos campos, donde darán a luz más o menos a la vez.
Obviamente, yo no comprendía nada de esto al ver al veterinario meter el brazo en el trasero de un centenar de vacas. Lo único que sabía era que él metía el brazo, la vaca mugía, él sacaba el brazo y la vaca se hacía caca. Sin querer, cada vez que una vaca pasaba la prueba, yo me encogía instintivamente. Y es que estaba embarazada, como muchas de ellas. Ya sentía bastantes incomodidades ahí abajo como para pensar en alguien metiéndome…
Probablemente fue demasiado.
—¡Santo Dios! —exclamé, cuando el hombre Marlboro y yo nos alejábamos ya de la zona, tras comprobar el estado de la última vaca—. ¿Qué demonios es eso que acabo de ver?
—¿Te ha gustado? —me preguntó con una sonrisa satisfecha.
Le encantaba mostrarme las tareas que se llevaban a cabo en el rancho. Cuanto más estupefacta me dejaban, mejor.
—Hablo en serio —contesté, sujetándome la enorme barriga, como queriendo proteger a mi bebé del mundo exterior, extraño y perturbador—. Ha sido… ¡Jamás había visto nada igual!
Al lado de aquello, el episodio del termómetro rectal de hacía tantos meses, me pareció un paseo por el parque.
Él soltó una carcajada y me apoyó una mano en la rodilla, que no retiró en todo el trayecto hasta casa.
Aquel mismo día, a las once de la noche, me desperté con una sensación extraña. Acabábamos de dormirnos cuando empecé a notar incomodidad y tensión en el abdomen. Me quedé mirando el techo, inspirando profundamente a ver si se me pasaba, pero entonces sumé dos más dos: la traumática prueba de embarazo que había visto por la mañana me estaba afectando. En mi solidaridad hacia las vacas, debí de hacer fuerza más de lo que creía.
Me senté en la cama. Decididamente, me había puesto de parto.
Me puse en marcha enseguida: me levanté de la cama, me duché, me lavé bien por todas partes hasta quedar reluciente. Me pasé la cuchilla por las piernas hasta la entrepierna, me sequé y ondulé el pelo, y me puse maquillaje brillante. Cuando desperté con cuidado al hombre Marlboro dándole unos toquecitos en el hombro para contarle lo que ocurría, parecía que estuviese arreglada para salir de fiesta… aunque las contracciones eran ya lo bastante intensas como para que me tuviera que parar de vez en cuando y esperar a que pasaran.
—¿Qué? —Levantó la cabeza de la almohada y me miró desorientado.
—Estoy de parto —le susurré. ¿Por qué susurraba?
—¿De verdad? —dijo él, sentándose y mirándome la barriga, como si ésta fuera a tener un aspecto diferente.
Se vistió apresuradamente y se lavó los dientes, y pocos minutos más tarde estábamos ya en el coche camino del hospital, situado a casi cien kilómetros de distancia. Las contracciones iban en aumento. Sentía que había algo dentro de mi cuerpo que quería salir.
Una sensación normal dadas las circunstancias.
Una hora más tarde, entrábamos en el aparcamiento del hospital. Resplandeciente y brillante desde el pelo hasta el maquillaje, tuve que pararme seis veces entre el coche y la entrada del centro. Literalmente, no podía dar un paso hasta que se me pasaba la contracción. Al cabo de otra hora, me retorcía en una cama, con un dolor espantoso, deseando una vez más haber seguido con mis planes de irme a vivir a Chicago. Ésa era mi reacción estándar cuando las cosas se torcían en mi vida. ¿Náuseas matutinas? Debería haberme mudado a Chicago. ¿Estiércol de vaca en mi jardín? Chicago habría sido mejor elección. ¿Tenía contracciones cada menos de un minuto? Ciudad del viento, ven a buscarme.
Al final ya no pude más. Los dolores del parto son una sensación indescriptible; unos calambres que te dejan entumecida y no sabes ni de dónde vienen. Pero tras intentar ser fuerte delante del hombre Marlboro, al final me rendí y me aferré a la sábana, apretando los dientes con saña. Gruñí, gemí y apreté el botón para llamar a la enfermera gimoteando:
—No puedo más.
Cuando llegó, al cabo de un momento, le supliqué que me diera algo para terminar con aquella agonía. Mi salvación llegó cinco minutos después, en forma de una aguja de veinte centímetros, y cuando el medicamento se mezcló con mi sangre casi me eché a llorar. El alivio fue indescriptiblemente dulce.
Estaba tan feliz en aquel mundo sin dolor que me quedé dormida. Cuando me desperté, confusa y desorientada, una hora después, una enfermera llamada Heidi me decía que empujara. Casi al mismo tiempo, el doctor Oliver entró en la sala de parto con bata y mascarilla.
—¿Lista, mamá? —preguntó el hombre Marlboro, de pie junto a mis hombros, mientras la enfermera me tapaba las piernas y ajustaba el monitor fetal, sujeto con una correa alrededor de mi cintura.
Me sentía como si me hubiera despertado en mitad de una fiesta, una fiesta muy rara en la que la organizadora me ponía los pies sobre unos estribos.
Ordené al hombre Marlboro que se quedara por encima de mi ombligo mientras las enfermeras ocupaban sus puestos. Lo había dejado muy claro: no quería que bajara allí. Quería que siguiera conociéndome a la antigua usanza. Además, para eso pagábamos al médico.
—Vamos, empuja —dijo éste.
Yo lo hice, pero controlando la fuerza para que no ocurriera ningún embarazoso accidente. No se me ocurría humillación mayor.
—Así no vamos a ningún lado —me riñó el médico.
Volví a empujar.
—Ree —me dijo entonces, mirándome por el espacio entre mis piernas—. Seguro que puedes hacerlo mejor.
El doctor Oliver me había visto desde pequeña en la compañía de ballet de la ciudad. Me había visto contorsionarme, saltar y girar en todas mis representaciones, desde El Cascanueces hasta El lago de los cisnes o Sueño de una noche de verano. Sabía que tenía la fuerza suficiente como para expulsar a mi hijo de mis entrañas.
En ese momento, el hombre Marlboro me cogió la mano, como para transmitirle a su sudorosa y ligeramente cansada mujer, un poco de su fuerza y resistencia.
—Vamos, cariño —dijo—. Puedes hacerlo.
Unos estresantes minutos más tarde nacía nuestro bebé.
Excepto que no era niño. Era una niña de tres kilos y cien gramos, y cincuenta y tres centímetros de largo.
Fue el momento más importante de mi vida.
Y, en más de un sentido, fue un momento crucial para el hombre Marlboro.