Kom Al-Dikka
Alejandría, Egipto
16 de agosto de 2009
Thomas Lourds bajó a regañadientes de la cómoda y alargada limusina con un inusual presentimiento. Normalmente le gustaban las ocasiones en las que podía hablar de su trabajo, y no digamos las que le ofrecían la posibilidad de solicitar fondos para los programas arqueológicos en los que creía o participaba.
Pero aquel día no.
Más tarde, por supuesto, a pesar de no creer en esas cosas, se preguntó si lo que había sentido no sería un aviso sobrenatural captado por su radar personal.
Bajo el sofocante calor del sol egipcio a mediodía, dejó caer al suelo su ajada mochila de piel y miró hacia el enorme teatro romano que las legiones de Napoleón Bonaparte habían descubierto mientras cavaban para construir una fortificación.
A pesar de que las excavaciones de Kom Al-Dikka llevaban doscientos años siendo estudiadas, primero por buscadores de tesoros y después por investigadores en busca de los conocimientos de la Antigüedad, la misión polaco-egipcia que se había establecido allí hacía más de cuarenta años seguía haciendo nuevos y sorprendentes descubrimientos.
Horadado en la tierra, Kom Al-Dikka es un anfiteatro semicircular cercano a la estación de tren de Alejandría. Los pasajeros que descienden al andén sólo tienen que recorrer una corta distancia para echar un vistazo a ese antiguo escenario. Los coches circulan al lado, por las calles Daniel y Hurriya. Es un lugar en el que se unen el mundo antiguo y moderno.
Construido con trece gradas de mármol que proporcionaban asiento hasta a ochocientas personas, con todas las plazas cuidadosamente numeradas, la historia del teatro se hundía en las profundidades del pasado y recorría el mundo antiguo de principio a fin. Sus piedras de mármol se extrajeron en Europa y se llevaron a África. El mármol verde provenía de Asia Menor. En los laterales había mosaicos con dibujos geométricos y todo el complejo era un símbolo de la gran expansión mundial que tuvo el gran imperio que lo construyó.
Lourds observó la vasta estructura de piedra. Cuando Tolomeo era joven, antes de escribir sus mejores obras, Kom Al-Dikka ya estaba allí y en él se representaban obras de teatro y musicales, y se podían ver —si algunas de las inscripciones de las columnas de mármol estaban bien traducidas, algo que Lourds creía firmemente— combates de lucha libre.
Sonrió al pensar que Tolomeo podría haber estado sentado en esas gradas de mármol trabajando en sus libros, o, al menos, haber meditado sobre ellos. Habría sido incongruente, como un catedrático de Harvard en Lingüística que asistiera a un combate de lucha libre profesional. Lourds era ese catedrático, pero no le interesaba la lucha libre. Lo que sí le gustaba era pensar que a Tolomeo sí.
A pesar de que había visto aquel lugar muchas veces, jamás había dejado de provocarle el deseo de saber más acerca de la gente que había vivido allí en los tiempos en que aquello aún era nuevo y estaba abarrotado. Muy poco quedaba en la actualidad de las historias que habían contado. La gran mayoría había desaparecido cuando se destruyó la Biblioteca Real de Alejandría.
Por un momento, Lourds imaginó lo que habría sido atravesar los salones de la gran biblioteca. Se decía que sus colecciones albergaban al menos medio millón de manuscritos. Supuestamente contenían el conocimiento de todo el mundo conocido en aquellos tiempos: tratados de matemáticas, astronomía, mapas antiguos, textos de cría de animales y de agricultura, todos esos temas estaban allí guardados. Al igual que el trabajo de los grandes escritores, incluidas las obras perdidas de Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes y Menandro, unos dramaturgos cuyas obras tenían tanta fuerza que todavía seguían representándose las que habían sobrevivido. Y más.
Hombres, hombres eruditos, habían acudido desde todo el mundo para hacer su aportación a la antigua biblioteca y aprender de ella.
Y sin embargo, todo había desaparecido, destruido y quemado.
En opinión de la última hornada de respetuosos becarios, su destrucción fue ordenada por el emperador romano Julio César, por Teófilo de Alejandría o por el califa Umar. O quizá por los tres, en el curso del tiempo. Quienquiera que fuese el responsable, todos aquellos maravillosos escritos se habían quemado, desmenuzado: habían desaparecido. Al menos hasta el momento. Lourds todavía esperaba que algún día, en algún lugar, siguiera existiendo un tesoro oculto lleno de esas obras, o, al menos, copias de ellas. Era posible que en aquellos peligrosos tiempos alguien se hubiera preocupado de proteger los manuscritos, escondiéndolos o haciendo copias que ocultó tras quemarse la biblioteca.
El vasto desierto que rodeaba la ciudad todavía albergaba secretos y las secas y ardientes arenas eran maravillosas a la hora de proteger papiros. Ese tipo de tesoros seguía apareciendo, a menudo en manos de delincuentes, pero también bajo supervisión de algún arqueólogo. Los expertos sólo podían leer los manuscritos que habían vuelto a ver la luz. ¿Quién sabía cuántos escondrijos seguían allí, esperando a que alguien los encontrara?
—Señor Lourds.
Recogió su mochila y se dio la vuelta para ver quién lo llamaba. Sabía lo que esa persona había visto: un hombre alto, esbelto por años de jugar al fútbol; una poderosa mandíbula acabada en una pequeña y recortada perilla negra, que suavizaba las duras facciones de su cara; el pelo negro ondulado lo suficientemente largo como para caerle sobre la cara y por encima de las orejas. Ir al peluquero le exigía demasiado tiempo, así que sólo lo hacía cuando realmente ya no le quedaba más remedio. «Ya falta poco», pensó cuando se lo retiró de los ojos. Llevaba unos pantalones cortos de color caqui y camisa gris, botas de senderismo, un sombrero Australian Outback y gafas de sol. Todo usado y gastado. Parecía un egiptólogo en ropa de faena, muy diferente a los turistas y vendedores que trabajaban en los anfiteatros.
—Señorita Crane —saludó a la mujer que había pronunciado su nombre.
Leslie Crane se acercó a él. Algunas cabezas masculinas se volvieron para mirarla. Lourds no los culpó. Leslie Crane era guapa, rubia de ojos verdes, vestida con pantalones cortos y una camisa de lino blanco sin mangas que resaltaba su morena y esbelta figura. Lourds calculó que tendría unos veinticuatro años, quince menos que él.
—Me alegro mucho de conocerlo en persona, por fin —dijo estrechándole la mano.
Tenía un nítido acento inglés que, en su sensual voz de contralto, tenía un efecto balsámico.
—Yo también lo estaba deseando desde hace tiempo. El correo electrónico y las llamadas telefónicas no pueden reemplazar el estar con otra persona. —Aunque consideraba que esas dos formas de comunicación eran rápidas y mantenían en contacto a la gente, Lourds prefería hablar cara a cara o escribir en papel. Era una especie de anacronismo, todavía seguía tomándose la molestia de escribir largas cartas a sus amigos, que hacían lo mismo a su vez. Creía que las cartas, en especial cuando alguien quería llegar a un punto y comunicar una línea de pensamiento sin que le interrumpieran, eran importantes—. Estrechar una mano tiene sus ventajas.
—¡Oh! —exclamó Leslie al darse cuenta de que seguía apretándosela—. Perdón.
—No se preocupe.
—¿Le ha gustado el hotel?
—Sí, por supuesto. Está muy bien. —El programa de televisión lo había acomodado en el Montazah Sheraton, de cinco estrellas. Tenía la costa mediterránea al norte y el palacio de verano y los jardines del rey Faruk al sur. Hospedarse allí era una experiencia increíble—. Pero está tan cerca que podría haber venido andando. Aunque la limusina era muy bonita. Un catedrático de universidad no es una estrella del rock.
—Tonterías. Disfrútela. Queríamos que supiera cuánta ilusión nos hace trabajar con usted en este proyecto. ¿Se había alojado alguna vez allí? —preguntó Leslie.
—No, soy un humilde catedrático de Lingüística —contestó Lourds meneando la cabeza.
—No menosprecie su formación ni su experiencia. Nosotros no lo hacemos —replicó Leslie con una deslumbrante sonrisa—. No es un simple catedrático. Enseña en Harvard y estudió en Oxford. Y su currículum es de todo menos humilde. Es el experto en lenguas antiguas más importante del mundo.
—Créame, hay unos cuantos expertos que se disputarían ese trono —replicó Lourds.
—No en Mundos antiguos, pueblos antiguos. Cuando acabemos esta serie es lo que pensará todo el mundo —insistió Leslie.
Mundos antiguos, pueblos antiguos era el nombre del espacio producido por Janus World View Productions, una filial de la British Broadcasting Corporation. Era un programa en el que aparecían gentes e historias interesantes, conducido por inquietos presentadores como Leslie Crane. Allí entrevistaban a reconocidos expertos en diversos campos.
—Ha sonreído, ¿pone en duda lo que le he dicho? —Leslie hizo una mueca, y aquel gesto consiguió que pareciera incluso más joven.
—No lo que ha dicho, quizá sí la generosidad que muestre el público. Y, por favor, llámame Thomas. ¿Te importa que caminemos? —preguntó indicando con la barbilla hacia una zona en sombra—. Al menos para escapar de este maldito sol.
—Claro —respondió Leslie echando a andar a su lado.
—Me dijiste que hoy por la mañana me propondrías un reto —le recordó.
—¿Nervioso?
—No mucho. Los retos me gustan, pero las adivinanzas me suscitan cierta… curiosidad.
—¿Acaso no es la curiosidad una de las mejores herramientas de un catedrático de Lingüística?
—Me temo que la mejor herramienta es la paciencia; nos esforzamos por tenerla. A los escribas les costó mucho tiempo anotar los testimonios de la vida intelectual de toda una nación o de un imperio, ya fuera historia, matemáticas, artes o ciencias. Por desgracia, a los estudiosos de hoy en día les cuesta incluso más tiempo descifrar esos antiguos trabajos, sobre todo ahora que ya no tenemos acceso a los lenguajes en los que estaban escritos. Por ejemplo, durante más de mil años nadie en este planeta supo cómo leer los jeroglíficos egipcios. Hizo falta mucha paciencia para encontrar la clave adecuada, y después mucha más para descifrar el código de su significado.
—¿Cuánto te costó descifrar Actividades de alcoba?
Fuera del alcance directo del sol y en la sombra, Lourds sonrió tristemente y se rascó la nuca. La traducción de aquellos documentos había despertado una gran curiosidad, tanto negativa como positiva. Seguía sin saber si el tiempo que les había dedicado era un hito en su carrera o un paso en falso.
—De hecho, esos documentos no se llamaban así. Ese fue el desafortunado nombre que le dieron los periodistas que cubrieron la historia.
—Disculpa, no era mi intención ofenderte.
—No te preocupes.
—Pero esos documentos sí que eran narraciones sobre las conquistas sexuales del autor, ¿no es así?
—Quizás, a lo mejor sólo eran fantasías. Una especie de Walter Mitty estilo Hugh Hefner. Son muy vividas.
—Y sorprendentemente explícitas.
—¿Los has leído?
—Sí. —Leslie se ruborizó—. He de decir que son muy… convincentes.
—Entonces también sabrás que algunos críticos tildaron mi traducción de pornografía de la peor especie. Algo así como la versión antigua del Penthouse Forum.
—Ahora estás siendo un poco obsceno —lo acusó Leslie, en cuyos ojos verdes había brillado un momentáneo destello de regocijo.
—¿Y eso? —preguntó Lourds enarcando las cejas con inocencia.
—¿Un catedrático de la universidad que conoce la revista Penthouse?
—Antes de ser catedrático fui estudiante. Imagino que hay pocos estudiantes masculinos que no sepan de ella, aunque sea superficialmente.
—A pesar de que la comunidad pedagógica despellejó tu traducción, conozco a varios catedráticos importantes que aseguran que fue un buen trabajo a partir de un documento muy difícil.
—Fue un reto. —Lourds, animado por el tema de conversación, no se fijó en las personas que pasaban a su lado. Voces que ofrecían gangas en árabe, francés, inglés y en dialectos locales, a las que no prestó atención—. El original estaba escrito en copto, que se basa en el alfabeto griego. La persona que lo creó añadió unas cuantas letras, algunas de las cuales sólo se utilizaban en palabras de origen griego. El documento lo escribió un hombre que decía llamarse Antonio, sin duda por el santo, aunque este era más bien un sátiro o, al menos, así es como se imaginaba a sí mismo. Al principio parecía un galimatías.
—Hubo otros lingüistas que intentaron traducirlo, pero no consiguieron darle sentido. Sin embargo, tú imaginaste que se trataba de un código. No sabía que los códigos dataran de tan antiguo.
—Los primeros códigos que se conocen se atribuyen a los romanos. Julio César utilizó una simple sustitución de letras, o desplazamiento, para enmascarar los mensajes a sus comandantes. Su desplazamiento más conocido constaba de tres espacios.
—Lo que convertía una «a» en una «d».
—Exactamente.
—Solía hacerlo cuando era niña.
—En aquellos tiempos, los desplazamientos eran un ingenioso ardid, pero los enemigos de César lo descubrieron rápidamente. Al igual que en la actualidad. Nadie que realmente quiera mantener algo en secreto utiliza ya códigos de sustitución. Son demasiado fáciles de descifrar. En inglés la letra que más se utiliza es la «e», y después la «t». Una vez que esos valores quedan establecidos en un texto, el resto de las letras empiezan a tener sentido.
—Pero las Act…, quiero decir, la obra que descifraste era poco habitual.
—Bueno, en comparación con lo que habíamos descubierto sobre ese periodo de tiempo, sí. Dado el contenido del libro, el escritor tenía motivos más que suficientes para codificarlo.
—Para mí lo más interesante al leer tu traducción fue saber que los coptos eran una secta muy religiosa. Incluso en nuestros tiempos es un documento un tanto escandaloso. Algo así habría sido… —Leslie titubeó buscando las palabras, sin saber hasta dónde podía llegar.
—Exótico —la ayudó Lourds—. O incendiario, dependiendo del punto de vista. Por supuesto, en la actualidad, los valores morales están más restringidos que en el mundo antiguo, un legado que nos dejaron san Agustín, los Victorianos y los puritanos, entre otros. Aunque fue incendiario incluso para los principios de aquellos tiempos. Posiblemente fueron hasta peligrosos para la vida del escritor. En eso estoy de acuerdo. Así que tuvo cuidado. Además del código, escribió el documento en dialecto sahídico.
—¿Cuál es la diferencia? ¿No sigue siendo copto?
—No exactamente. El dialecto sahídico fue una rama de la lengua copta original.
—Que empezó siendo griego.
Lourds asintió. Le gustaba aquella joven. Era rápida, estaba bien informada y parecía interesarse realmente por lo que decía. Parte de las dudas que tuvo cuando aceptó mantener aquella entrevista empezaron a disiparse. La universidad siempre había buscado formas de darse a conocer al público, algo que no siempre había resultado favorable para los catedráticos que habían puesto en primera línea. La mayoría de los periodistas y reporteros sólo escuchaban hasta el momento en el que oían la frase breve que podían utilizar —incluso fuera de contexto— para llegar al punto que querían. Lourds ya había experimentado lo que pasa cuando los medios de comunicación destrozan a un catedrático. No era nada agradable. Hasta el momento había conseguido evitarlo, pero con Actividades de alcoba había estado más cerca de lo que le hubiese gustado.
—En un principio, al sahídico se le llamó tebano, y se utilizó en forma literaria alrededor de 300 a. C. La mayor parte de la Biblia se tradujo al sahídico. El copto se convirtió en el dialecto estándar de la iglesia ortodoxa copta. Más tarde, en el siglo XI, Al-Hakim bi Amri Allah abolió prácticamente la fe cristiana, con lo que tuvo que ocultarse.
—Vaya caos.
—Aquí y en todo el mundo. Los conquistadores a menudo intentan destruir la lengua de la civilización que derrotan. Mira lo que pasó con el gaélico cuando los ingleses conquistaron a los escoceses. Se prohibió que los clanes lo hablaran, que vistieran sus trajes tradicionales, incluso que tocaran la gaita. Al suprimir una lengua se rompe la conexión del pueblo conquistado con su pasado.
—¿Te refieres a que le priva de sus conocimientos?
—Más que eso. La lengua está arraigada en las personas. Creo que es lo que da sentido a lo que son y adonde dirigen sus vidas. Les da forma.
—Según esa definición, hasta los cantantes de rap han creado un lenguaje.
—No, realmente no lo han creado. Lo han recogido de su gente y lo han convertido en una forma artística única. Es muy parecido a lo que Shakespeare hizo con el inglés.
—¿Estás comparando a los cantantes de rap con Shakespeare? En algunos círculos académicos lo considerarían escandaloso, incluso peligroso.
Lourds esbozó una sonrisa.
—Quizá. Seguramente sería más una violación flagrante de erudición que cuestión de asesinato. Pero es verdad. Al igual que los catedráticos y periodistas, cada uno en un campo definido, inventan palabras especializadas para tener una jerga que les permita hablar entre ellos. Una cultura también puede desarrollar un lenguaje nuevo para evitar que se les entienda. Un ejemplo podrían ser los gitanos.
—Sabía que tenían su propia lengua —aseguró Leslie.
—¿Sabes de dónde proceden los gitanos?
—¿De papá y mamá gitanos?
Lourds se echó a reír.
—Hasta cierto punto sí, pero en tiempos seguramente fueron una casta baja india reclutada para crear un ejército mercenario con el que luchar contra el invasor musulmán. O quizá fueron esclavos que llevaron los conquistadores musulmanes. En cualquier caso, o en otro si ninguno de estos dos es el correcto, llegaron a ser un pueblo y crearon su propia lengua.
—¿El sometimiento conduce a la creación de una lengua?
—Puede hacerlo. El lenguaje es una de las colecciones de herramientas y técnicas más evolucionada que la humanidad ha creado nunca. La lengua puede unir o dividir a las personas con tanta rapidez y facilidad como el color de la piel, la política, las creencias religiosas o la riqueza. —Lourds la miró, sorprendido consigo mismo por hablar tanto y por el hecho de que los ojos de aquella mujer todavía no se hubieran puesto vidriosos—. Perdona por el sermón que te estoy soltando. ¿Te aburro?
—¡Qué va! Me siento aún más fascinada y estoy deseando enseñarte nuestro misterioso reto. ¿Has desayunado? —preguntó Leslie.
—No.
—Estupendo, entonces te invito a desayunar.
—Me siento honrado, y hambriento. —«Y esperanzado ante la posibilidad de tener un desayuno interesante», pensó, aunque no se lo dijo a su anfitriona.
Lourds se echó al hombro la mochila. En ella llevaba su portátil y unos textos sin los que no podía viajar. La mayoría de esa información estaba copiada en el disco duro, pero si tenía oportunidad de elegir entre textos virtuales o escritos, prefería el tacto y olor de los libros. Algunos llevaban viajando con él más de veinte años.
Caminó al lado de Leslie mientras se abrían paso entre la gente y los vendedores, y escuchaban unas cantarinas voces que ensalzaban sus mercancías. Alejandría rebosaba actividad y se buscaba la vida un día más, entre turistas y ladrones.
Tuvo la desagradable sensación de que le estaban observando. Tras años de viajar por países extranjeros, incluidos muchos con problemas internos, en los rincones más remotos de la Tierra, había aprendido a prestar atención a esos presentimientos. En más de una ocasión le habían salvado la vida.
Se detuvo y miró hacia atrás intentando divisar si alguien entre la multitud mostraba algún interés especial por él. Sin embargo, lo único que vio fue un mar de caras, moviéndose y empujándose mientras esquivaban aquella marea humana.
—¿Pasa algo? —preguntó Leslie.
Lourds meneó la cabeza. Eran imaginaciones suyas. «Me está bien empleado, por haber leído esa novela de espías en el avión», se reprendió a sí mismo.
—Nada —dijo volviendo a acomodar su paso con el de Leslie mientras cruzaban la calle Hurriya. No parecía seguirles nadie, pero aquella sensación no le abandonó.
—¿Te ha visto?
Al otro lado de la amplia calle, Patrizio Gallardo observó cómo se alejaba el catedrático universitario. Soltó una tensa exhalación. Todavía no sabía muy bien lo que estaba pasando. Su contacto, Stefano Murani, cardenal Murani en aquel momento, era muy reservado con sus secretos. Era lo que le habían enseñado sus jefes.
A los dos los había contratado la Sociedad de Quirino por sus respectivas cualidades. Murani provenía de una familia aristocrática que vivía de las rentas familiares. Mediante ese trampolín había ingresado en la Iglesia católica y había ascendido en la jerarquía hasta llegar a ser cardenal. Gracias a su puesto en el Vaticano tenía acceso a documentos secretos que jamás habían visto la luz pública.
Gallardo atrajo la atención de la sociedad por otro motivo. Su padre, Saverio Gallardo, pertenecía a una familia del crimen organizado de Italia que había hecho dinero gracias a los incautos. Patrizio eligió el camino del crimen, pero no le gustaba que su padre lo dominara, a pesar de su talento para el negocio.
Le gustaba el trabajo, y hacerlo para la persona adecuada le reportaba grandes ingresos. Cualquiera podía poner una pistola en la cara a alguien y pedirle el dinero. Pero no todo el mundo tenía valor para apretar el gatillo y después limpiar la sangre. Patrizio Gallardo sí. Y eso es lo que hacía para la sociedad. Y era lo que estaba dispuesto a hacer aquel día. Lo único que necesitaba era que la sociedad señalara.
Aquel día había señalado al catedrático universitario Thomas Lourds.
—¿Te ha visto? —volvió a preguntar Cimino.
Gallardo miró a su presa. En esa ocasión no se fijó en el hombre, sino que observó la escena que se estaba desarrollando en la calle. Lourds seguía su camino y hablaba afablemente con la mujer.
—No —contestó Gallardo. Llevaba un pequeño auricular prácticamente oculto por el cuello de la camisa. Medía casi metro ochenta, era una contundente boca de incendios con poco más de cuarenta años. Bronceado por el sol del desierto, marcado por las peleas contra quien había querido robarle o contra gente a la que había robado él, era un hombre de cara redonda con espeso pelo negro, que iba sin afeitar y con las cejas unidas para formar una sola, arrugada permanentemente sobre unos ojos muy juntos. Todo el que se cruzaba con su mirada normalmente cambiaba de acera.
—Le tenderemos una emboscada. Matarlo no será difícil. Después podremos llevarnos lo que hemos venido a buscar —dijo Cimino.
—Si lo matamos quizá no encontremos el objeto. No lo lleva encima. Tenemos que esperar a que la mujer nos lleve al mismo —señaló Gallardo.
Salió a la calzada y agitó una mano.
Tres manzanas más abajo, un viejo camión de carga salió de una bocacalle y subió por la calle Hurriya. Paró en la calzada. Gallardo subió al asiento del copiloto. El sucio parabrisas amortiguaba ligeramente el sol. El aire acondicionado resollaba asmático y sólo proporcionaba cierto alivio contra el implacable calor.
Gallardo se secó la cara con un pañuelo y soltó un juramento. Miró al conductor.
—¿Cómo está nuestro invitado?
DiBenedetto meneó la cabeza y dio una calada a su cigarrillo turco. Era joven, un tipo duro, y mantenía una creciente adicción a la morfina que un día acabaría con él. Era un cruel asesino por elección propia, peor aún que Cimino, porque la droga le robaba la mayoría de sus sentimientos. Solamente le era leal a Gallardo, que le proporcionaba la suficiente droga como para hacerlo feliz.
—¿Sigue sin hablar? —preguntó Gallardo.
DiBenedetto se volvió y lo miró. Tenía una cara joven a pesar de la droga. Había cumplido veintidós años, pero sus ojos azules como el hielo eran viejos y extraños. Si la humanidad y la compasión los habían habitado alguna vez, hacía tiempo que los habían abandonado.
—Grita, llora, suplica. A veces incluso intenta adivinar qué es lo que queremos saber. Pero no lo sabe —comentó el joven asesino encogiéndose de hombros—. Da pena, pero Faruk ha disfrutado intentando hacerle hablar.
Gallardo levantó el panel que conectaba la cabina con la caja del camión.
Su huésped estaba tirado en el suelo. Se llamaba James Kale. Era uno de los productores del programa Mundos antiguos, pueblos antiguos. A pocos años de los cuarenta debía de haber sido un hombre apuesto antes de que los carniceros de Gallardo la hubieran tomado con él. Tenía el pelo lleno de sangre, la cara destrozada con puños americanos; le habían sacado un ojo. También le habían amputado los dedos de la mano derecha y lo habían castrado.
Eso último había sido idea de Faruk. Aquel árabe era cruel y sentía placer con la tortura.
Kale estaba acurrucado en posición fetal y apretaba con fuerza la mano mutilada contra el pecho. Tenía los pantalones oscurecidos por la sangre. Había sangre por toda la caja, en las paredes y en el suelo, e incluso salpicada en el techo. El productor se balanceaba vertiginosamente en el recortado borde de la vida, a punto de hacer la última zambullida en el abismo.
Faruk estaba sentado con la espalda apoyada en la pared y fumaba un cigarrillo. Tenía unos cincuenta años, era un hombre oscuro y endurecido; vestía una chilaba manchada de sangre. Algunas canas salpicaban su barba, en la que también había sangre. Miró a Gallardo y sonrió.
—Insiste en que no sabe nada del objeto que le va a enseñar la chica al catedrático —dijo con acento gutural y dejando caer una mano sobre el muslo de Kale.
Este soltó un grito y apartó su temblorosa pierna.
Faruk, conmovido, se la acarició.
—Tengo que confesar que después de haberle cortado los huevos empiezo a creerle.
Aquella sangrienta visión repugnó a Gallardo. Había visto ese tipo de cosas anteriormente. Incluso las había hecho y volvería a hacerlas si no tenía a nadie que lo hiciera por él. Pero aquello no era lo que le preocupaba. Miró a Faruk y dibujó una línea con el índice por debajo de la barbilla.
El árabe sacó sonriendo una cuchilla del interior de la chilaba. Tiró la ceniza del cigarrillo, se inclinó hacia delante y alisó el pelo de Kale, haciendo que se estremeciera y gritara asustado. Cogió un mechón de pelo, le echó la cabeza hacia atrás y dio un tajo en el cuello al descubierto.
Gallardo se dio la vuelta y cerró el panel. Se concentró en observar al catedrático y a la mujer de la televisión.