“Porque me vuelven loco las mujeres
vago loco por los cerros,”
decía el viejo pícaro desenfrenado
que viaja a Dios sabe dónde.
“No morir sobre la paja en casa,
esas manos para cerrar estos ojos,
es todo cuanto pido, querida,
al viejo que está en los cielos.
La aurora y un cabo de vela.
“Dulces son todas tus palabras, querida,
no me niegues el resto.
¿Quién puede saber el año, querida,
en que la sangre de un viejo se hiele?
Tengo lo que no puede tener ningún joven
porque ama demasiado.
Palabras tengo que pueden atravesar el corazón,
¿mas qué puede él hacer salvo tocar?
La aurora y un cabo de vela.
Entonces ella le dijo al viejo pícaro
que se apoyaba en su bastón:
“Dar amor o negarlo
es algo que no está en mi mano.
Todo se lo di a un hombre más viejo:
ese viejo que está en los cielos.
Las manos que se ocupan con Su rosario
no podrán nunca cerrar esos ojos.”
La aurora y un cabo de vela.
“Sigue tu senda, oh, sigue tu senda,
que prefiero otra meta,
las muchachas en la playa
que comprenden lo oscuro;
palabras indecentes para los pescadores;
un baile para los marineros;
cuando cae la oscuridad sobre el agua
ellas abren sus camas.
La aurora y un cabo de vela.
“Soy un joven en la oscuridad,
pero un viejo desenfrenado a la luz,
que puede hacer reír a un gato,
o sabe tocar por talento innato
cosas ocultas en sus tuétanos
hace mucho tiempo desaparecidas,
ocultas a todos esos mozos con verrugas
que yacen junto a sus cuerpos.
La aurora y un cabo de vela.
“Todos los hombres viven con sufrimiento,
lo sé como bien pocos lo saben,
ya tomen el camino que asciende
o contentos se queden en el que baja,
el remero inclinado ante sus remos,
o el tejedor ante su telar,
el jinete erguido en su caballo
o el niño oculto en el vientre.
La aurora y un cabo de vela.
“Que un rayo que lance
el viejo que está en los cielos
puede devorar ese sufrimiento
no lo niega ningún hombre culto.
Pero un viejo rudo como yo
elige otra solución,
todo lo olvido un momento
sobre el pecho de una mujer.”
La aurora y un cabo de vela.