ENCUENTRO CON DOS DAMAS
AL volver Lara y yo pasamos por Pancorbo y en la venta del tío Veneno nos entregaron un parte del coronel Blanco.
Nos participaba que le era imposible hacer algo por el director, y nos recomendaba trabajáramos por nuestra cuenta como pudiéramos.
Al llegar a Briviesca nos encontramos con que Ganisch y García se habían marchado.
Adelantamos hasta Burgos para reunirnos con nuestros asistentes; pero tampoco los encontramos en esta ciudad.
—¿Sabes lo que debíamos hacer? —le dije a Lara.
—¿Qué?
—Irnos a Madrid. Tenemos dinero, licencia ilimitada. Ya inventaremos un pretexto.
—Pues nada, vamos.
Nos detuvimos un día en Burgos para descansar, y nos pusimos en marcha hacia Madrid.
Acertamos a encontrar en el camino un hidalgo vendedor de granos, natural de Roa, quien, según dijo, conocía al Empecinado, y nos contó sus hazañas, y en conversación con él marchamos agradablemente.
Descansamos para comer, y llevaríamos después dos o tres horas caminadas, cuando nos topamos con una columna de soldados imperiales escoltando el correo.
Un capitán joven nos hizo algunas preguntas en mal castellano. Contestamos diciendo éramos comerciantes de Burgos que íbamos de paso para Madrid.
El capitán no tuvo sospecha alguna; creyó lo que le decíamos y se puso a charlar con nosotros. Al ver que yo entendía su idioma, me tomó por su cuenta y me habló de sus campañas y de su vida.
Era de París; más bien monárquico que bonapartista.
Me dijo que llevaban escoltadas a dos señoras francesas hasta Valladolid y me habló de las dos.
Una de ellas se llamaba madame Michel. Su marido estuvo condenado a muerte por asesino y se escapó desde el mismo patíbulo.
La otra dama era una marquesa, sobrina de Talleyrand y de apellido Lauraguais.
El capitán, viendo que yo celebraba sus frases, narró varias anécdotas escandalosas de las dos.
—Estos Talleyrand son terribles —añadí yo. Y conté que se decía que la mujer de Talleyrand había querido seducir a Fernando VII en Valencey, y que, no pudiendo con el amo, conquistó al criado, al duque de San Carlos, y de esta manera pudo proporcionar datos a Napoleón de lo que tramaban los Borbones.
El parisiense me escuchó con gran curiosidad. Sin duda, para él, estos detalles de chismografía constituían algo trascendental en la vida.
El oficial me dijo que madame Michel había sido la querida del gran duque de Berg. La Michel y la de Lauraguais eran muy amigas; constantemente se las veía juntas.
Habían pasado ocho días en Burgos alojadas en la misma casa donde estaba Thiebault.
El capitán francés, después de una hora larga de conversación, nos dejó porque tenía que dar órdenes. Por no infundir sospechas, no intentamos Lara y yo alejarnos de la columna.
De noche, al llegar a Lerma, el capitán se nos acercó de nuevo para decirnos que había hablado de nosotros a las señoras francesas y que deseaban conocernos.
Nos lavamos y nos arreglamos un poco y nos presentamos en la posada del Gallo, donde estaban alojadas las dos.
Atendían a las damas varias doncellas y una media docena de oficiales, que no se desdeñaban en servir de ayuda de cámara a dos mujeres bonitas.
La Michel y la Lauraguais todo lo encontraban malo, pobre, absurdo, y hablaban con voz irónica, irritada y agria, de su habitación de Lerma.
El capitán nos presentó a ellas, y de pronto las dos, como si fueran cómicas que entran en el escenario, cambiaron de tono y se manifestaron amabilísimas, risueñas, encantadoras.
Madame Michel hablaba algo el castellano, y le dijo a Lara de una manera insinuante que no comprendía cómo los españoles no nos rendíamos viendo mujeres como ellas.
—No lo dirá usted por mí —replicó Lara en tono sentimental.
—¿Por qué no?
—Porque yo estoy completamente rendido.
El aire caballeresco de mi compañero hizo efecto en las damas.
Uno de los oficiales franceses sacó una caja de música, de esas que hacen en Suiza, en Sainte-Croix, a la que dio cuerda y tocó la canción de Triste Chactas y algunas otras del tiempo.
Madame Lauraguais me preguntó qué opinión teníamos en España de las obras de Chateaubriand Atala y René, a lo cual dije que yo, por mi parte, no las había leído, lo que le chocó sobremanera.
Mi ignorancia debió disgustar a la madama, y en vista de esto dejé mi lugar a un oficial que era el preferido.
Se habló un momento de la bigoterie espagnole, que a las damas les parecía ridícula, y luego se enfrascaron todos en una conversación acerca de París, del emperador, de los trajes de madame Minette, de Talma, y de los últimos estrenos de teatro.
El capitán, viéndome ya apartado del grupo y aburrido, llamándome mon cher, me invitó a dar una vuelta por las calles de Lerma.
Salimos. El parisiense me contó en el paseo nocturno una porción de historias de aquellas dos damas y de otras generalas y mariscalas entre risas y exclamaciones.
La preocupación de madame Michel y Lauraguais era desbancar a las dos favoritas del rey José: madame Lucotte y la marquesa de Monte Hermoso.
¡La marquesa de Monte Hermoso! Su nombre sólo bastaba para turbarme.
—¿Luego van a reñir las dos por quién va a ser la favorecida? —dije yo dominando mi impresión.
—No, no —replicó el francés—; las dos quieren sustituir a las otras dos. El rey José es un poco sultán.
Yo me quedé algo asombrado de este contubernio, y el parisiense, muy satisfecho de mi sorpresa, dijo que, indudablemente, la vida de los franceses para un español severo y huraño debía ser muy dróle.
El parisiense siguió contándome historias.
El rey José era un conquistador. Antes de la Lucotte y la de Monte Hermoso, había tenido amores con una cubana en Madrid, la condesa de Jaruco.
La Lucotte estaba muy enamorada del rey, pero la de Monte Hermoso, no.
Madame Lucotte era la mujer de un ayudante de José, a quien, para consolarlo de su situación desairada, habían hecho marqués de Sopetrán. Lucotte aceptó el ser Sopetrán con la frescura que aceptan estas cosas los buenos monárquicos cuando el regalo viene de un rey.
La de Monte Hermoso, mujer muy guapa y orgullosa, aunque ya vieja, hubiera dejado al momento a Bonaparte, si el general Thiebault se hubiera mostrado amable; pero el general no era hombre de aventuras.
Según el parisiense, la de Monte Hermoso era mujer de buenas tragaderas.
Se contaba que José la había conocido en Vitoria de un modo que no honraba mucho las costumbres de las damas afrancesadas.
Al parecer, José había visto en Vitoria a una criada muy guapa y, entusiasmado, encargó a su ayudante que le sirviera de Celestina. El militar averiguó que la criada estaba en casa del marqués de Monte Hermoso, y considerando que cumplía una digna misión real, entró en el palacio del marqués e hizo la proposición.
La de Monte Hermoso se indignó de que José, pudiendo dirigirse a ella, se dirigiera a su criada, y convenció al ayudante de que ella iría a ver al rey.
La marquesa era una mujer inflamable y ambiciosa; por ambición llegó al cuarto del rey, y por ese ardor que se desarrolla en algunas mujeres cuando están entre la segunda y la tercera juventud, se enamoró de Thiebault.
La de Monte Hermoso había perseguido a Thiebault, en Vitoria, hasta la alcoba.
Últimamente, la de Monte Hermoso se detuvo en Burgos, con el pretexto de que a su coche se le había roto el eje, pero, en realidad, para ver a Thiebault y deslumbrarle con su lujo y su belleza. El general, que se dedicaba a hacer el amor a las musas, miró con indiferencia la ostentación de la favorita del rey, que se fue despechada e iracunda.
No sabía el militar francés, al contarme esto, el daño que me estaba haciendo.
Mi ídolo se desmoronaba. Sobre todo, esto de decir que la marquesa era algo vieja, me pareció una monstruosidad.
Me despedí del parisiense muy entrada la noche, y al volver al mesón donde Lara y yo nos alojábamos, me encontré con mi compañero, que a la luz del candil estaba escribiendo, agarrándose a la frente.
Tan ensimismado se hallaba, que no me vio.
—Estaba aquí poniendo unas notas —me dijo al verme.
—¡Bah! —le repliqué yo—. Estabas haciendo un madrigal a madame Michel.
Lara se quedó asombrado de mi penetración y no replicó.
—Bueno, bueno; por mí, puedes seguir —le dije; y envolviéndome en la manta me eché sobre un montón de paja y me quedé dormido pensando en la bella marquesa de Monte Hermoso.
Pocos días después llegamos a Valladolid, donde pudimos presenciar el tren de lujo que gastaba el mariscal Marmont, duque de Ragusa.
Difícilmente puede formarse idea de algo tan rico y tan aparatoso. El cuartel general del duque era digno de un rey. Casi todos los días se celebraban en su palacio recepciones, bailes, cenas. Los vallisoletanos no podían quejarse del Carnaval divertidísimo con que les obsequiaba Marmont.
La servidumbre del mariscal era brillante. Había en el palacio doscientos lacayos de librea roja con galones de oro, zapato bajo, media blanca y peluca; un número en proporción de camareros, doce oficiales que formaban el cuarto militar del duque, tres intendentes y, a manera de chambelán, un gigante traído de Dalmacia, con la librea cubierta de bordados y de galones y una cadena de oro en el cuello de un dedo de gruesa.
Este dálmata era el asombro de todo Valladolid por su estatura y por su voz. Cuando el duque de Ragusa quería lucir las facultades de su criado, hacía cerrar los balcones y mandaba al gigante dar voces; y era tal el estruendo que salía de su pecho, que rompía con las vibraciones del aire uno o dos cristales.
Como al mariscal Marmont le habían hablado de lo muy celosos que eran los españoles, dispuso que en los días de baile se diesen en su palacio dos cenas, una para las señoras y otra para los hombres.
El duque de Ragusa parecía un virrey español de América rodeado de oficiales, de intendentes, de contratistas y hasta de frailes.
En Valladolid, mi amigo Lara experimentó el sentimiento de ver a madame Michel inclinarse definitivamente por un oficial polaco muy elegante y muy rubio, y yo tuve que consolar a mi compañero diciéndole lo que me había contado el capitán francés de las costumbres de aquellas damas.
Mi relato, en vez de consolarle, le puso más melancólico, y entonces ya le conté la primera y única página de mi amor con la marquesa de Monte Hermoso y quedamos melancólicos los dos.