40

Llevo el cinturón de neopreno ceñido a la cintura, la música suena a todo volumen en mis oídos y las suelas de mis zapatillas dejan huellas poco profundas en la arena húmeda mientras corro. Vuelvo la vista atrás, hacia el sol que asciende con rapidez sobre el horizonte y dejo que mi cabeza siga girando, siguiendo la línea que divide la bahía color turquesa del naranja intenso del cielo. Todavía no me acabo de creer que esté aquí.

Solo desearía que él estuviera conmigo. Aunque el cambio de aires me ha venido bien, todavía me resulta doloroso echarlo tanto de menos, buscar su rostro entre los desconocidos con que me cruzo en la calle y pensar en él cada vez que paso junto a uno de los miles de expositores de postales que hay dispersos por esta ciudad turística. Y aunque es a Bennett a quien más añoro, también detesto saber que nunca se me volverá a formar ese nudo en el estómago que me hacía sentir mareada pero plenamente viva.

Más adelante diviso los peñascos altos y los acantilados recortados que marcan el final de la playa, y mis brazos se mueven adelante y atrás con más fuerza, impulsándome hacia ellos. Fijo la mirada en la peña más cercana al agua y hago un sprint con todas mis fuerzas, sin detenerme hasta que la toco con la punta de los dedos.

Sacudo las extremidades, caminando de un lado a otro por la playa mientras me enfrío. Cuando el ritmo de mi respiración vuelve a la normalidad, busco un sitio seco en la playa y me tiendo, apoyada en los codos, para contemplar la vista. Luego me tumbo boca arriba para disfrutar el calor. Cierro los ojos y durante un rato largo no pienso más que en la sensación del sol en el rostro y el sonido del agua que lame la orilla.

Ladeo la cabeza perezosamente y exhalo mientras abro los ojos, pero en vez de las rocas que señalan el final de la playa, veo una imagen de los edificios de San Francisco recortados contra el cielo. El corazón empieza a latirme muy deprisa, quizá más que mientras corría. Me coloco de costado, extiendo el brazo para retirar la foto de la arena, y la examino.

Le doy la vuelta.

«No recibiste tu postal».

Siento el impulso de mirar hacia atrás. Tengo la sensación de que él está allí, pero cierro los párpados con fuerza, pues creo que no lo soportaría si me volviera para descubrir que la playa sigue desierta. Pero me recuerdo a mí misma que la postal es real y tangible, pues la tengo entre las manos, y hago un esfuerzo de voluntad para incorporarme y echar un vistazo por encima del hombro.

Bennett Cooper está sentado en la arena como a un metro de mí, y yo bajo la vista desde su pelo despeinado hasta sus chanclas, pasando por su camiseta de un concierto y sus vaqueros. Lo miro fijamente, con los labios apretados, sacudiendo despacio la cabeza. Esto no puede estar pasando.

—Buenas.

Noto que las lágrimas me resbalan por la cara, y creo que digo «hola», pero da igual, porque unos segundos después él está a mi lado y no siento otra cosa que sus dedos en mi nuca. Me besa por todas partes, en las mejillas húmedas, los párpados, el cuello y por último la boca, y nos abrazamos con desesperación, sin dejar que quede el menor hueco entre nuestros cuerpos.

—Te he echado tanto de menos… —‌murmura con los labios contra mi cabello, y aunque quisiera decirle lo mismo, simplemente no puedo.

Me seca las lágrimas con el pulgar, y finalmente consigo recuperar el habla.

—Estás aquí de verdad —‌digo, y él asiente y me besa de nuevo.

—Sí —‌responde—. Estoy aquí de verdad.

No puedo evitar sonreírle.

—Creí que nunca volvería a… —‌Las palabras se me atascan en la garganta, pero no hace falta que termine la frase. Él está aquí, y yo solo quiero recordar cómo me sentía cuando no ponía en duda que lo estuviera. Aprieto la cara contra su cuello, que está caliente por el sol y salado por el sudor, y permanezco así por un momento, aspirando su olor—. Te he echado de menos. —‌Esta vez lo digo en voz alta, y cuando mis manos encuentran su cabello de nuevo, dejo que mis dedos se pierdan en él y me aparto un poco para contemplar su rostro. Está guapísimo, tan bronceado y tan… presente.

Se acuesta junto a mí y nos acodamos en la arena, el uno frente al otro, y de pronto es como si nos encontráramos de nuevo en Ko Tao, tumbados en la playa, con ganas de besarnos y sin saber qué hacer con las manos. Pero al parecer esta vez los dos sabemos exactamente qué hacer con ellas, y cuando él me besa de nuevo, mi mano va directa a la porción de piel que asoma entre su camiseta y sus tejanos, y mis dedos palpan la curva de su cadera. Me siento aliviada cuando me rodea con los brazos, pues, por más cerca que estoy de él, me cuesta creer que esto esté sucediendo de verdad. Finalmente nos separamos, pero solo un poco, y yo deslizo los dedos por su flequillo negro enmarañado y los dejo allí mientras estudio su cara, bañada por el sol de la mañana pero iluminada por algo totalmente distinto.

—Pareces sorprendida de verme —‌comenta.

Me río entre dientes.

—¿Cómo es que estás aquí ahora mismo?

—Te advertí que seguiría regresando hasta que te hartaras de mí. —‌Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba en una media sonrisa—. ¿Qué? —‌pregunta—. ¿No me creíste?

—No. —‌Sacudo la cabeza—. No sabía qué creer. —‌Sigo sin saberlo, pero en estos instantes, solo quiero estar segura de que él no desaparecerá de un momento a otro. Apoyo la frente contra la suya—. ¿Has vuelto para quedarte?

—Sí —‌dice con un brillo en los ojos—. He vuelto.

—¿Cómo sabes que no vas a…?

Bennett me mira, y su expresión se torna seria.

—Estuve aquí ayer. —‌Dirige la vista hacia un bosquecillo en la parte alta de la playa, y yo sigo la dirección de su mirada—. Quería cerciorarme de que había recobrado el control por completo antes de… —‌Su voz se apaga y él exhala un hondo suspiro—. Me costó mucho mantenerme alejado, pero… Estaba observándote, y por un segundo pensé que tal vez lo mejor sería que yo… No sé… Parecías tan contenta…

—Lo estaba, pero ahora lo estoy más.

Él sonríe.

—¿Estás segura?

—Sí, completamente.

—Así que La Paz, ¿eh?

—¿Dónde si no? —‌Me vienen a la memoria las rutas tortuosas de nuestros planes de viaje, y el único lugar en que se cruzaban. Poso la mano en su cintura otra vez y describo círculos diminutos en su piel—. Cuéntamelo todo —‌le pido—. ¿Dónde has estado? ¿Qué me he perdido?

Se inclina hacia delante y me da un beso en la punta de la nariz.

—No te has perdido gran cosa. Me he pasado el último mes y medio vigilándote.

—¿Vigilándome? —‌Me reclino hacia atrás para mirarlo a la cara.

—Tenías razón. Aquella mañana, en la pista de la Northwestern… Yo estaba allí. —‌Estira el brazo por encima de mi hombro, coge un puñado de rizos y los enrolla en torno a su dedo—. Desde la noche en que fuiste rebotada, me quedé atascado en San Francisco. Intentaba viajar, pero daba igual la fecha y la hora que eligiese; siempre iba a parar al mismo sitio: el lunes, 6 de marzo de 1995, a las seis cuarenta y cuatro de la mañana. En la dichosa pista. Dios, era como estar viviendo en la peli Atrapado en el tiempo. Solo podía quedarme allí cerca de un minuto antes de ser rebotado, pero como era el único lugar al que podía ir, allí es adónde iba.

—Sabía que eras tú. —‌Sabía que no estaba loca.

Me dedica una ligera sonrisa antes de proseguir:

—Por algún motivo, a principios de este mes, algo cambió. En vez de aterrizar en la pista el 6 de marzo, aparecí allí un día soleado de mayo y tú me reconociste. Desde entonces, las cosas han ido volviendo poco a poco a la normalidad. Cada día podía viajar un poco más lejos y quedarme un rato más, pero aún no podía reencontrarme contigo, ni en Evanston ni aquí…, hasta ayer.

—¿Qué fue lo que cambió?

—No lo sé —‌admite—, pero estoy seguro de que tú sí. ¿Qué decisión distinta has tomado?

Hago memoria sobre los primeros días del mes, y de repente los recuerdos se agolpan en mi mente. «¿Sabe qué día es hoy, señorita Greene?». «Primero de junio, señor». Fue el día que decidí no pasar el verano en Evanston, compadeciéndome de mí misma y esperando a que Bennett regresara. El día que hice caso del consejo de la otra Anna y tomé el otro camino, el que deseaba seguir.

—Decidí venir aquí —‌contesto—. Tú no aparecías. Cuando Argotta me habló de este viaje, supe que tenía que aprovecharlo.

—Sin mí. —‌Me mira con una sonrisa triste y yo asiento con la cabeza. Después guardamos silencio durante un rato largo—. Debería haberte hablado de la carta.

—Sí, deberías. —‌Acerco los dedos a su mejilla y, cuando sus ojos se posan en los míos, le dirijo una sonrisa que indica que lo he perdonado. Él me la devuelve, pero noto que está pensando en algo. Me pregunto si desearía rehacerlo todo, pero algo me dice que sus normas vuelven a estar en vigor y que no volveremos a modificar nuestro pasado durante una buena temporada—. Bueno, ¿por fin sé todo lo que tendría que saber?

Él suelta una carcajada y me mira de nuevo.

—Sí, ya estás al corriente de todo. No tengo la más remota idea de qué ocurrirá a partir de ahora.

—Me alegro. —‌Lo observo, pensando que de pronto mi futuro parece totalmente distinto. Volveré a sentir aquel vuelco incómodo en el estómago, clavaré más alfileres rojos en el mapa que ocupa toda mi pared, lo besaré en aldeas románticas y tomaremos cafés con leche en bares recónditos.

—¿Sabes cuál es el siguiente lugar que debes conocer? —‌pregunta, y yo niego con la cabeza, sonriente—. París.

Recuerdo que, cuando caminábamos por el sendero de Devil’s Lake, Bennett estaba emocionado porque iba a enseñarme a escalar en roca, y yo estaba deseando que en vez de aquello me hubiera llevado a un café en París. Se interrumpe, y una sonrisa traviesa asoma a su rostro.

—¿Tienes ganas de desayunar?

—¿Desayunar? —‌Me río, y paseo la vista por la playa desierta—. ¿Ahora? —‌Quiere llevarme a desayunar. A París. En este momento. Bajo los ojos hacia mi ropa de correr, que se ha secado y se ha adherido a mi piel.

—¿Por qué no? —‌Se yergue y me tiende la mano.

Miro mi atuendo de nuevo, pero, en cuestión de segundos, decido no preocuparme por ello, ya que no me está proponiendo cualquier cosa, sino desayunar en París. Dejo que me ayude a levantarme.

Los dos estamos de pie, en la playa, y él toma mis manos entre las suyas. Sonríe, y advierto la ilusión que le hace enseñarme un sitio nuevo.

—¿Lista?

Me dispongo a decir que sí, pero me contengo. Contemplo el agua, las rocas, los acantilados y, al fondo, las montañas. De pronto, no tengo ganas de estar en París. No me apetece estar en ningún otro lugar que no sea este. Suelto una de sus manos, lo que impide que viajemos de la manera a la que nos hemos acostumbrado, y me envuelvo en sus brazos, recostándome contra su pecho.

—¿Ves esa sombrilla amarilla de allí? —‌Señalo el otro extremo de la playa y me fijo en su cara.

Él dirige la mirada a lo lejos, con los párpados entornados.

—Sí. —‌Baja la vista hacia mí con una sonrisa de perplejidad.

—En ese sitio sirven el mejor café mexicano de la ciudad.

La comprensión dulcifica su sonrisa.

—¿Ah, sí?

Asiento como si fuera una especie de experta en La Paz. Y lo soy, al menos en comparación con mi acompañante actual.

—Sí. —‌Bennett me acerca la mano a la cara y me besa como si de todas maneras no hubiera un lugar mejor en el que estar ahora mismo.

Entrelazamos los dedos. Acto seguido, me agacho y recojo mi postal de San Francisco de la arena y la sacudo en el aire.

—Vamos —‌digo, y me encamino hacia la sombrilla—. Ahora me toca a mí comprarte una.

Me da un golpecito en la cadera con la suya. Se lo devuelvo. Entonces echamos a andar por la playa hacia algo que él nunca ha visto antes.