XXIII. Historia de amor

ANTES de que la oscuridad mandase a los peces a descansar en el fondo, Utunia llevó una vez al doctor Hendrik a pescar en la costra marina. Mientras tanto, ya le había persuadido de la conveniencia de quitarse la barba durante el invierno para evitar la acumulación de hielo que podía congelarle la cara, aconsejándole que se la dejara crecer en primavera para asustar a los mosquitos.

Era la primera vez que el doctor Hendrik veía a la muchacha en su elemento, junto a un agujero cortado en el hielo, las nalgas al viento y la nariz sobre el agua, inmóvil como un muñeco de nieve, con el tridente en alto, pronto a golpear. Después que ella lo hizo callar porque se había movido, el doctor se había quedado estoicamente quieto también él, atreviéndose a duras penas a respirar, hasta que, de improviso, el tridente se abismó en el agujero y en seguida volvió a la superficie sacudido por un salmón negro que se agitó brevemente y que se congeló en seguida, después del último estremecimiento. El doctor vio a Utunia llevarse a la boca un ojo del salmón, oyó el chasquido del globo succionado fuera de la órbita, pero rechazó, agradeciendo, el ofrecimiento del otro ojo.

Después de aquella salida el doctor Hendrik tuvo que esperar más de un sueño para estar seguro de que no tenía que lamentar la pérdida de su nariz por el resto de sus días, porque se le había congelado no obstante la grasa de foca con que Utunia se la había recubierto por precaución. Y prefirió informarse acerca de la vida de los esquimales, estando al calor.

—Por favor, jamás me preguntes qué hacemos en los iglú —le dijo una vez Utunia con una de sus esquivas sonrisas.

—¿Por qué?

—Una tonta muchacha no consigue comprender muchas cosas de vuestra vida. ¿Cómo podrás tú comprender la nuestra?

Crecida en un grupo exclusivo y estricto, la muchacha tenía la curiosidad y también la desconfianza del oso. Pero este hombre blanco, no obstante ser un angakok de grandes poderes, era tan comprensivo e indulgente en sus consideraciones que ella se sentía halagada y conmovida, y era más comunicativa con él que con sus propios familiares. Lo que en él la asombraba por ser extraño, a la vez la subyugaba. Como sus manos suaves, de recién nacido, cómicas en un adulto.

Sin cicatrices, sin callos, sin uñas rotas; sólo con algunos sabañones. Quién sabe qué estragadas hubiesen quedado sus delicadas palmas en caso de tener que empuñar el asta de un arpón para clavarlo con rigor en una foca o en una morsa que se debate bajo el agua. Otra de las particularidades que al mismo tiempo le repugnaba y atraía, era la espesa vellosidad que cubría los antebrazos del hombre blanco y que ella suponía se extendiese por todo su cuerpo, como sucede con el diablo. Pese a todo esto y a no ser un gran cazador, el doctor Hendrik ejercía sobre ella una fascinación irresistible. Utunia se retraía cuando su mano mórbida inadvertidamente la rozaba. Y, sin embargo, no podía permanecer mucho tiempo sin verlo.

Y menos, sin estar con él en sus pensamientos.

Antes de que el último avión volase al Sur, el doctor Hendrik le había pedido que partiera con él, y Utunia se había maravillado. ¿Es posible que éste ignorase que se necesitaba el consentimiento paterno?

—No debería decirlo —había manifestado en ese momento el doctor Hendrik—, pero dudo de que tu padre vuelva.

Utunia había quedado absorta ante esta herejía. Miró fijamente al doctor con sus ojos azules como grietas en el hielo, y contestó con extrema frialdad:

—No es imposible que te equivoques, Indalerak.

—Lo espero.

Por el momento, el diálogo terminó allí. Pero después, en el corazón de la noche, cuando ni siquiera un rostro untado y romo podía ignorar el mordisco de la helada, Utunia reanudó la conversación.

—Si tiene hambre y frío puede construirse un refugio y entrar en letargo —dijo mientras trajinaban en la enfermería.

—¿Quién?

—Mi padre.

—Pero los seres humanos no se aletargan, Utunia. Sólo ciertos animales, como los osos.

Divertida, Utunia apoyó una mano sobre su brazo y levantó la mirada hacia ese rostro cómico.

—Disculpa si una tonta muchacha contradice a un viejo sabio, pero eres demasiado ignorante. No sabes que sobre los hielos únicamente los osos no hibernan jamás. En cambio, los hombres sí.

—¿Cómo?

—Como no tenemos suficientes provisiones para el invierno, renunciamos a tocar los últimos restos y dejamos enfriar el cuerpo. Es una sensación extraña y también deliciosa. Después de haberse enfriado, poco a poco el cuerpo se adormece. A veces uno se despierta temblando de frío en pleno corazón del invierno. Es una advertencia, una señal de alarma. Significa que el cuerpo ha quemado casi todas sus reservas y está a punto de congelarse. Y entonces comemos algún bocado y chupamos un poco de nieve y volvemos a dormir. Cuando el alba nos despierta, nuestros vestidos nos quedan demasiado holgados. Si en el que duerme la señal de alarma se olvida de funcionar, los otros, al despertar, encuentran un cadáver en el iglú.

—¿Y vosotros lo habéis hecho realmente?

—Claro. ¡Y sin encontrar jamás un cadáver!

—¿Y no tenéis miedo de dormiros sin saber si vais a despertar?

—¿Por qué? Antes o después todos se duermen para no despertar más. Y es más cómodo en el propio iglú que en la boca de un oso.

—¿Muchos lo hacen?

—Sí. Siempre que es preciso. Sobre todos los hombres de los hielos, y también los del agua. A menos que tengan niños chicos. Los niños son demasiado estúpidos como para despertar antes de congelarse.

—Además —le dijo Utunia al doctor Hendrik, en otra ocasión, volviendo siempre a su padre con el pensamiento—, cuando se está en grupo no todos mueren de hambre.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando muere uno de los compañeros pueden comérselo. Y mi padre, por cierto, no morirá de hambre antes que los otros.

—¡No lo dirás en serio!

—¿Por qué no? ¿Qué es mejor: que mueran todos o que algunos se salven?

—¡No me dirás que has comido carne humana!

—No hubo necesidad hasta ahora —respondió Utunia con naturalidad—. Pero el padre de mi madre sí. Él dijo que la carne del hombre tiene el sabor de la del oso, pero que es un poco mejor.

El doctor Hendrik tenía un aire tal de pavor que Utunia se puso a reír. Le tocó el pecho con un dedo y le dijo:

—Y ahora debes hacerme una pregunta.

—¿Cuál?

—Has oído que la carne del hombre es mejor que la del oso. Ahora tienes que preguntar: ¿Y la carne de la mujer? ¿Es mejor que la del hombre?

Entonces el doctor Hendrik hizo eco a la risa de Utunia, esperando, sin creerlo realmente, que ella bromease. Y le preguntó para seguir el juego:

—¿Y bien? ¿La carne de mujer es mejor que la del hombre?

—Prueba y verás.

Fue la primera vez que la besó. Aquellos dientes comedores de carne cruda brillaban tan seductores en la carita radiante que no había perdido aún el bronceado del verano, que el doctor Hendrik no pudo resistir. De improviso la estrechó entre sus brazos y besó con fuerza su sonrisa.

Utunia vaciló un instante, sintiendo que los latidos de su corazón se volvían cada vez más tumultuosos; después echó hacia atrás la cabeza, descargó su pequeño puño duro como la piedra entre los ojos del hombre blanco y le escupió en la cara.

Como lo requería la buena educación.

—¿Cuántos son los nómadas de los hielos? ¿Los que viven como vosotros?

—¿Quién lo sabe? Más que un hombre contado hasta el fondo.

—¿Los conoces a todos?

—De nombre sí. Por lo menos a los jefes de familia.

—Entonces dímelos. Y yo te diré el número.

Desde el primer momento el juego le gustó.

—Están Kanuk, Nasak, Ukali, Orpa, Intedi. Y Nuga y Odin e Ippi y Mekiana e Igadakhik y Simigak y Uvdloriak y Avatak. Están Nualik y Kuzikizok, que has conocido aquí, y Serkok, Kiviyk, Angutivdluarsuk, Papik —continuó hasta agotar los nombres y aseguró no haberse olvidado de muchos.

—Más de ochenta —dijo el doctor Hendrik que había contado valiéndose de la magia, sin recurrir a los dedos de las manos y de los pies—. ¿Todos tienen esposa?

—No todos. Algunos tienen media esposa, como Nualik y Kuzikizok que se dividen a Kio, o un tercio de esposa.

—¿Y todos tienen hijos?

—No. Pero algunos tienen dos. Como nosotros.

—Por lo tanto, son alrededor de doscientos cincuenta ¿Es todo lo que ha quedado de vosotros?

—No hemos sido nunca muchos más. Ni muchos menos.

—¿Cómo lo sabes?

—Cada uno lo sabe. Sobre el hielo que nunca se derrite no hay bastantes animales salvajes: pocas focas y algún oso vagabundo. Por eso también el número de los hombres es limitado.

—¿Los otros mueren?

—O van al Sur, o se convierten en hombres del agua, que viven sobre el hielo sólo tres estaciones en el año —Utunia había perdido interés en los números—. Ahora dime, Indalerak: ¿dónde me llevarías? ¿Entre los árboles, donde los hombres se enferman y mueren?

El doctor Hendrik no supo qué responder. Tenía conciencia de que Utunia no habría podido vivir bajo la línea de los árboles; que en todo el mundo se podían encontrar miembros de todas las razas, pero que un verdadero esquimal sólo al norte de los siempre verdes. Por el momento sólo podía decir que no quería irse sin ella.

—También una tonta muchacha no se sentiría contenta si te dejara, Indalerak. Pero no puedes viajar con nosotros. No sirves para nada. Y si resbalas en un agujero y mueres, una muchacha se sentirá muy triste.

El doctor Hendrik estaba reflexionando.

—¿Piensas que podré acostumbrarme al frío? ¿Y a vivir como vosotros?

—Algunos lo consiguen, otros no.

—Debes saber, Utunia, que por mi gente yo soy del Norte: provengo de una región muy cercana a la línea de los árboles.

—¡Entonces eres del extremo sur!

—Nosotros lo consideramos el extremo norte. En verano salimos a cazar renos. Pero en invierno permanecemos en casa, al calorcito.

—Se puede aprender no sólo a soportar el frío sino también a amarlo. Nada peor existe pero tampoco nada mejor.

—No comprendo.

—En invierno pensamos siempre en el sol y en el verano que nos trae la carne y la caza y tantas distracciones. Pero después cuando el aire se vuelve caliente y hay mosquitos y agua por todas partes, nos sentimos débiles y deseamos el retorno del frío. Mi padre dice que los hombres blancos viajan por todo el mundo porque buscan el mejor territorio para vivir. Nosotros lo hemos encontrado.

—Tal vez tu padre tenga razón.

—Si el frío no les gusta, ¿por qué llegan hasta aquí?

—En verdad, son poquísimos los que vienen. Muchos, para ganar más. Otros, aunque ganen menos, porque quieren ayudar. Aquí vienen nuestros peores hombres, y también los mejores. ¿Comprendes?

—No. ¿Tú por qué has venido?

—Para ganar. Pero ahora que os conozco quisiera más bien ayudar.

—Una tonta muchacha todavía no entiende. ¿A quién quisieras ayudar?

—A ti. Y a tu gente.

Utunia se divertía.

—¡Me gustas porque me haces reír mucho! ¡Somos nosotros los que siempre debemos ayudaros a vosotros! Discúlpame. Pero tú ni siquiera sabes pescar.

—¡En la vida no sólo existe la comida!

—Ya se sabe —dijo Utunia con simplicidad—. Pero es la cosa más importante. ¿No es cierto?

—¿Nunca te preguntas otra cosa que de dónde llegará tu próxima comida?

—¿Y qué otra cosa hay que preguntarse?

Al doctor Hendrik se le escapó la paciencia.

—¡De dónde venimos todos! ¡Y quién ha hecho las estrellas! ¡Y por qué! Y cosas como éstas.

Utunia lo miró maravillada.

—¡Pero si todo esto nosotros lo sabemos! ¿Vosotros no?

—No. Realmente no.

—¡Te burlas de mí, Indalerak!

—No, Utunia. No sabemos nada de cuanto quisiéramos saber.

—¿Y os quedáis así, sin intentar descubrirlo?

—Lo desearíamos, créeme.

—¿Entonces por qué no nos preguntáis a nosotros?

—Pues bien, dímelo.

—Escucha, Indalerak, así se lo puedes decir a los tuyos. Una vez, cuando la costra de hielo se rompió, el fragor creó al Cuervo Negro. Pero él, completamente solo, se aburría, y entonces se puso a hacer pequeños hombres de nieve. Los hombres querían tener a alguien a quien gritar e hicieron pequeñas mujeres de tierra. Y como el Cuervo no podía ver a todas estas criaturas suyas en la oscuridad del invierno, hizo dos grandes lámparas, Papá Luna, y Mamá Luna, y las mandó a rodar de este a oeste. Papá Luna se hastió de dar siempre la misma vuelta y para cambiar se fue al Sur. Entonces el Cuervo lo hizo pedacitos: de ahí las estrellas. ¡Sonríes! ¿No lo crees?

—¿Por qué no? Me parece por lo menos tan probable como lo que dicen nuestros angakok.

Como los accidentes habían disminuido mucho, al igual que el resto, en el frío invernal, sus conversaciones raramente eran interrumpidas. Esa lo fue, y por un grupo de hombres y mujeres que transportaban a Viví, privada de sus sentidos y con el rostro cianótico.

Se había ahorcado.

Nada había dejado entrever su decisión. Ella había continuado en sus tareas, ahora reducidas al mínimo, y llevado su vida habitual con su calma sonrisa de siempre.

En la casa común algunas personas dormían mientras otras estaban en el lugar donde la gente se emborracha, y cuando dos de éstas volvieron a la casa, vacilantes a causa del licor de Walonga, vieron a Viví que pendía del cielo raso como un gigantesco murciélago, arañando el piso con los pies. Entonces despertaron a los otros para ayudarlos a llevar a Viví al lugar donde la gente se desviste, porque si Viví hubiese muerto en la casa no habrían tenido más remedio que abandonarla.

—¡Dale tu respiración! —le ordenó el doctor Hendrik a Utunia, y se precipitó hacia sus mágicos instrumentos iniciando los exorcismos del caso.

El doctor había enseñado a la muchacha algunos trucos de la brujería de los angakok blancos, como el de infundir el propio aliento a quien ha perdido el suyo. Cosas que a uno le dejan helado. Pero a veces era eficaz, y tratándose de su madre Utunia no le tenía miedo a nada; de modo que le apretó las narices para impedir que el alma se le volara, oprimió sus labios contra los de ella, y le sopló aire en la boca con toda la fuerza que tenía, a intervalos regulares, mientras el doctor Hendrik inyectaba un fluido misterioso en las venas de la inerte mujer.

Después de prolongados esfuerzos Viví dio algunos golpecitos de tos, y por fin abrió los ojos y sonrió débilmente; entonces Utunia se arrojó sobre ella, le frotó la nariz y le olió la cara, bañándola en llanto. Pero Viví, repentinamente preocupada, le ordenó:

—¡No llores, chiquita!

—¡Debes decirme primero por qué lo has hecho! —contestó Utunia.

—Cuando dejes de llorar.

Cesaron las lágrimas de Utunia y Viví se lo dijo:

—Una mujer no tiene razones para vivir. Tu padre debe de estar muerto porque se le aparece en sueños cada vez más seguido.

—¡También se te aparecía en sueños antes de irse!

—Pero ahora una mujer sufre cuando él aparece.

—¡Porque te falta! —dijo Utunia.

—El mar hace ya tiempo que está transitable. ¿Por qué no vuelve?

—¡Volverá! —le aseguró Utunia con ardor—. No será él quien se haga comer por un estúpido oso ni quien caiga en un estúpido agujero. Esto lo sabes.

—Pero lo que no sabes, chiquita, es que a veces una madre quisiera que el padre no volviese…

—¡Esto es imposible! —exclamó Utunia—. ¿Y por qué?

—¿Qué dirá cuando nos encuentre a todos tan cambiados? Cuando vuelves a casa, apestas a agua y jabón, y a algo peor. Ernenek a tabaco y a agua de fuego, siempre que se digna regresar a casa. Tal cual una tonta madre. La cual ha descubierto que su hijo se baña en la sauna sin que ella lo sepa. Y rara vez se toma el trabajo de responderle, salvo para decirle que ella no sabe nada.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes? ¡Una muchacha le dará tales bofetadas en la boca que gritará de dolor cada vez que la abra!

—Bien sabes que no puedes hacerlo, chiquita, porque Ernenek lleva el nombre de tu abuelo. Tu padre no lo haría jamás, si volviese.

—¡Volverá! —Utunia lo dijo dos veces seguidas, perentoriamente, y golpeando el suelo con el pie.

Como si tampoco ella lo creyese.