Ting. Tingle, tingle, tangle toes[8], ella es muy buena para la pesca, atrapa gallinas, en jaulas las mete… pinzas, tenazas, tres gansos vienen en bandada… uno voló al este, el otro hacia el oeste, sobre el nido del cuco voló este… f-u-e-r-a es fuera… ahí viene el ganso y a ti te lleva.

Mi abuelita cantaba esto, nos pasábamos horas jugando así, sentados junto a los bastidores donde ponían a secar el pescado, mientras espantábamos las moscas. El juego se llamaba Tingle, Tingle, Tangle Toes. Yo iba pasando los dedos de mis manos muy abiertas, un dedo por cada sílaba que anunciaba ella.

Tingle, ting-le, tang-le toes (siete dedos) es buena para la pesca (quince dedos, cada vez me golpeaba un dedo con su negra mano de cangrejo y todas mis uñas la miraban con sus caritas ansiosas, cada una con la esperanza de ser la escogida por el ganso).

Me gusta el juego y me gusta la Abuelita. No me gusta la señorita Tingle Tangle Toes, que atrapa gallinas. No me gusta. Me gusta ese ganso que vuela por encima del nido del cuco. Me gusta, y también me gusta la Abuelita con sus arrugas cubiertas de polvo.

La siguiente vez que la vi estaba fría y muerta, en una acera en pleno centro de Los Rápidos, rodeada de camisas de colores, unos cuantos indios, algunos ganaderos, algunos cultivadores. La llevan hasta el cementerio de la ciudad, le echan arcilla roja sobre los ojos.

Recuerdo las tardes calurosas y calladas de tormenta eléctrica cuando los conejos se meten bajo las ruedas de los camiones Diesel.

Joey Pez-en-el-Barril ha conseguido veinte mil dólares y tres Cadillacs desde que se firmó el contrato. Es incapaz de conducir ninguno.

Veo un dado.

Lo veo por dentro, yo estoy en el fondo. Yo soy el plomo, el peso que obliga al dado a echar ese número que destaca sobre mi cabeza. Trucaron el dado para que saliera un as y yo soy el plomo, esos seis bultos que me rodean como blancos almohadones son el reverso del dado, el número seis siempre quedará abajo cuando él tire. ¿Y el otro dado cómo lo han trucado? Apuesto a que también está trucado para que salga un as. Doble as. Emplean dados trucados contra él y yo soy el plomo.

Cuidado, ahí va. Ay, mi señora, la despensa está vacía y la niña necesita zapatos de charol. Ahí voy. ¡Fuui!

Se acobardó.

Agua. Estoy tendido en un charco.

Doble as. Lo atrapó otra vez. Veo ese as ahí, sobre mi cabeza: ya no puede agitar dados helados en el cobertizo del callejón… en Portland.

El callejón es un túnel y está frío porque el sol ya está muy bajo. Déjame… ir a ver a la Abuelita. Por favor, Mamá.

¿Qué es lo que dijo cuando me guiñó el ojo?

Uno voló al este, el otro hacia el oeste.

No me cortes el paso.

Maldita sea, enfermera, no me corte el paso, Paso ¡PASO!

Me toca a mí. Fuui. Maldita sea. Mala suerte otra vez. Doble as.

La maestra me ha dicho que eres inteligente, muchacho, llegarás a ser algo…

¿A ser qué, Papá? ¿Un tejedor de alfombras como el Tío-Lobo-Corredor-y-Saltarín? ¿Un cestero? O tal vez otro indio borracho.

Podrías ser dependiente, ¿eres indio, verdad?

Sí, así es.

Bueno, la verdad es que hablas bastante bien.

Psé.

Bueno… tres dólares para empezar.

No se envalentonarían tanto si supieran lo que la luna y yo nos traemos entre manos. Ningún maldito indio que se precie…

El que —¿cómo era?— no marca el paso es que oye otro tambor.

Otra vez el doble as. Anda, chico, estos dados están fríos.

Después del funeral de la Abuelita, Papá y el Tío-Lobo-Corredor-y-Saltarín y yo la desenterramos. Mamá no quiso acompañarnos; nunca había oído nada parecido. ¡Colgar un cadáver de un árbol! Vaya inmundicia.

El Tío-Lobo-Corredor-y-Saltarín y Papá pasaron veinte días en la celda de borrachos de la cárcel de Los Rápidos, jugando al rummy, por Profanación de Muertos.

¡Pero ella es nuestra madre, maldita sea!

Eso no cambia las cosas, muchachos. No debisteis desenterrarla. No sé cuándo aprenderéis, demonios de indios. ¿Y dónde está ahora? Será mejor que lo confeséis.

Ah, vete al infierno, cara pálida, dijo el Tío-Lobo-Corredor-y-Saltarín, mientras liaba un cigarrillo. Nunca lo confesaré.

Muy, muy, muy arriba, en las colinas, colgada de lo alto de un pino, busca el viento con su vieja mano, va contando las nubes al compás de la vieja copla: …tres gansos vienen en bandada…

¿Qué me dijiste cuando me guiñaste el ojo?

Se oye la banda. Mira… el cielo, es el Cuatro de Julio.

Los dados se quedan quietos.

Me han aplicado otra vez la máquina… me pregunto…

¿Qué dijo?

… me pregunto cómo se las arregló McMurphy para hacerme crecer.

Dijo Pelotas.

Están ahí fuera: los negros con trajes blancos mean por debajo de la puerta sobre mi cuerpo, ¡luego entrarán y me acusarán de empapar las seis almohadas que tengo debajo! El número seis. Creí que la habitación era un dado. El número uno, el as que veo ahí arriba, el círculo, la luz blanca del techo… es lo que he estado viendo… en esta pequeña habitación cuadrada… eso significa que es de noche. ¿Cuántas horas habré estado inconsciente? Hay un poco de niebla, pero no me esconderé tras ella. No… nunca más…

Me levanté, lentamente, con la espalda entumecida. Las almohadas blancas que había en el suelo del Cuarto de Aislamiento estaban empapadas pues me había meado sobre ellas mientras estaba inconsciente. Aún era incapaz de recordarlo todo, pero me froté los ojos con las palmas de las manos e intenté aclararme las ideas. Me esforcé en conseguirlo. Era la primera vez que hacía un esfuerzo por recuperarme.

Avancé dando traspiés hasta la redonda ventanilla enrejada de la puerta de la habitación y la golpeé con los nudillos. Vi a un enfermero que se acercaba por el pasillo con una bandeja para mí y comprendí que esta vez los había derrotado.