El pescador Yngve lansson tenía la espalda ligeramente encorvada. Realmente parecía lo que era, una persona que se había pasado toda la vida en la cubierta de un pesquero, mirando por la borda y sin sacar del agua ni una sola nasa ni un solo butrón de más. Tenía la cara curtida y aunque Karin le supuso más de sesenta y cinco años, se lo veía fuerte y musculoso. Tenía unos vivaces ojos azules y parecía que nada se le escapaba.
Karin sabía que mucha gente veía la vida de pescador como apacible y serena. Es posible que fuera así mientras brillara el sol y no hiciera demasiado viento, pero cuando campaban las tormentas otoñales y caía la oscuridad antes de poder vaciar las artes de pesca, la vida era todo menos idílica. Había que tomar muchas decisiones, a menudo rápidamente, como bien sabía Karin, pese a que sólo había pescado con caña desde el Andante. El que trabaja solo en un pesquero ha de tener un ojo puesto en el barco, pero también en posibles tormentas que se avecinen, en la ubicación de la siguiente nasa de langostas o la cadena con las cajas de las cigalas, en si el lugar es el adecuado o si hay que mover el arte.
El barco de Yngve estaba amarrado en el puerto pesquero. Él estaba sentado en el varadero gris, donde la puerta que daba al mar tenía un letrero que ponía «Oficina». Reidar, el hombre que alquilaba y vendía kayaks en Marstrand en el edificio contiguo, había pasado a tomar café. Eran pocos lo que salían a remar con la temporada recién estrenada, y menos en un día laborable.
—Estaba a punto de entrar en Lykta —respondió Yngve a la pregunta de Robban sobre dónde había encontrado el cadáver.
—¿Sabéis dónde está la casa de PG? —preguntó Reidar al ver los semblantes inquisitivos de Karin y Robban.
—Sí, es la casa gris en el lado de Koön, en la bocana norte —dijo Karin.
—En la entrada de la bocana —precisó Yngve. Se acercó a la gran carta marina que colgaba de la pared y les mostró por dónde había salido por la mañana y qué camino había tomado de vuelta.
Karin siguió su dedo por Marstrandsön, pasando por el islote de Pater Noster, zona donde las islas tenían nombres como Pottan, Elloven, Levern, Stora Buskär, Längeryggen y Systrarna. Justo en la entrada de la bocana norte, Yngve había visto algo flotando en el agua.
—Un submarinista. Cuando me acerqué vi que estaba muerto —dijo—. Llamé al guardacostas por la VHF.
—La radio, la radio VHF —explicó Karin para que Robban lo entendiera.
—El cero cincuenta y uno iba de camino a Goteburgo y llegó en diez minutos.
—¿El barco de acción medioambiental de la vigilancia costera? —preguntó Karin.
Yngve asintió con la cabeza.
—Pero cuando los chicos del cero cincuenta y uno subieron el cuerpo a bordo, vieron que le faltaban las manos y tenía atadas las pantorrillas. Y eso huele a cosas muy feas… ¡Uf, mal asunto! —Yngve se secó la boca con la manga de la camisa—. Oí que llamaban a la policía marítima y entendí que debían presentarse más al sur.
Karin anotó dónde exactamente había encontrado el cadáver y aprovechó para preguntar cómo soplaba el viento y en qué sentido iba la corriente. Yngve contestó admirado a sus preguntas.
—Supongo que habrán sido esos rateros —masculló luego.
—¿Rateros? —preguntó Karin, e intentó ignorar a Robban, que se había colocado detrás de los dos hombres y señalaba sus posaderas.
—Esas sabandijas del centro de rehabilitación —dijo Yngve.
—El centro de rehabilitación que está por aquí y que trata a jóvenes que se han desviado un poco del camino —explicó Reidar—. A veces hacen submarinismo, entre otras cosas. Yngve cree que el submarinista podría ser uno de ellos.
—Pero si hubieran sufrido algún accidente nos habríamos enterado —dijo Karin.
—Yo no estaría tan seguro —respondió Yngve, escéptico—. Pandilleros que envían a una pensión en el archipiélago. —Negó con la cabeza—. En mi juventud te molían a palos y ya está.
—Ahora estás siendo injusto —dijo Reidar—. Es muy fácil endilgarles a estos chavales la culpa de todo lo que pasa por aquí. Pero hay que decir que los chicos de Marstrand también se las saben todas. ¿Te acuerdas de cuando, hace unos años, rompieron los cristales de todos los coches del aparcamiento de Myren y Blekebukten? Pues fueron chavales de Marstrand. Uno de los chicos perdió una tarjeta de ferry con su nombre, fue así como lo pillaron.
—Pero hay un abismo entre nuestros jóvenes y esos gamberros —replicó Yngve, indignado.
—Al menos los chicos del centro de rehabilitación han decidido intentar cambiar de vida, al fin y al cabo por eso están aquí. Siempre saludan y creo que es nuestro deber apoyarlos.
—Así que la bocana norte… —Karin interrumpió la digresión y volvió a señalar la carta marina.
Yngve explicó cómo había encontrado el cadáver, que no soplaba viento y que no había visto ninguna embarcación aparte de las habituales. Después de que Yngve hubiera dado los nombres de los barcos que para él eran «habituales», Karin y Robban le dieron las gracias y se despidieron. Estaban a punto de irse cuando el pescador le preguntó a Karin:
—¿Es suyo el barco que está en Blekebukten?
En realidad no necesitaba preguntárselo: Karin intuía que estaba al corriente de qué barcos eran de quién y que sabía perfectamente cuánto tiempo llevaba amarrado el suyo en el muelle flotante.
—Nunca había visto uno igual. ¿Qué clase de barco es?
—Un Knocker Imram, un barco de acero francés.
—¿Es buen marinero?
—Sí. Se las arregla muy bien entre las olas. Es como si fuera otra fuerza viva. Las olas no lo detienen como a los barcos de plástico; el mío parece partirlas en dos.
—Tengo entendido que también vive a bordo. ¿Cómo lo calienta?
Karin le contó lo de la estufa de gasóleo y sobre su idea de cambiar la instalación, de manera que pudiera calentarlo con corriente del puerto. Yngve tenía contactos y le dio el número de alguien que seguramente podría ayudarla. Karin sonrió y le dio las gracias. Robban cerró la puerta al salir.
En el muelle se veían jaulas para cangrejos apiladas en filas perfectamente alineadas. Al lado del puesto de Yngve había un contenedor con una unidad refrigerante que emitía un zumbido.
—Imagínate tener un trabajo como este —dijo Robban, e hizo un gesto hacia el pesquero blanco.
—Sí, desde luego puedes ganarte la vida de muchas maneras. Imagínate ser pescador de profesión y luego, cuando estás libre, ponerte a pescar con tu caña desde las rocas. Eso sí sería gustarte lo que haces… —dijo Karin, y caviló en lo que debían hacer a continuación.
Casi era la hora del almuerzo y decidieron comer algo en Hamnkrogen, en la isla de Koön. Así, de camino podían aprovechar para hacerle una visita a Marta.
Robban acababa de poner el coche en marcha cuando Karin le pidió que se detuviera. Volvió corriendo al puesto de Yngve, llamó a la puerta y entró sin más. Yngve y Reidar seguían sentados tal como cuando ellos se habían ido cinco minutos antes. Yngve apartó la taza de café con cara de culpa.
—Pues sí, supongo que debí haber mencionado que tomé unas fotos —dijo con voz entrecortada antes de que Karin abriese la boca—. Las tomé cuando vi que se trataba de un cadáver.
Se mostraba inseguro y Karin comprendió que se sentía incómodo. La cámara estaba encendida. Se apresuró a echar un vistazo a la pantalla y el estómago se le revolvió. Dios mío, pensó. Robban y ella no habían mirado las fotografías tomadas por la vigilancia costera y, más tarde, por los técnicos de la policía. Había aprendido a poner cara de póquer, pero su silencio hizo que los dos hombres se sintieran aún más incómodos.
—No pretendía… Siempre pensé que… —balbuceó Yngve, nervioso.
—Sí, sí, está bien —repuso Karin secamente, y les explicó que tendría que llevarse la cámara. Casi había olvidado por qué había vuelto—. Simón Nevelius —dijo finalmente. Sabía que era arriesgado, pero si sacaba algo, mejor que mejor—. ¿Es familiar de alguien de por aquí? —Miró a los dos hombres sin ofrecerles otro nombre como alternativa.
—Pues sí, lo es —dijo Yngve—. Es el hermano de Blixten.
—¿Blixten? O sea, ¿el Rayo?
—Sí. Lo llaman así porque siempre ha sido una persona muy lenta. Es el viejo agente de policía, Sten Widstrand.
Aparcaron el coche y tomaron Sveagatan hasta Slottsgatan. Inger los llamó para contarles que Arvid Stiernkvist se había casado con Elin Strömmer en 1963. El oficiante de la boda había sido el viejo pastor de Marstrand, y ese fue su último enlace antes de retirarse. Por tanto, Arvid Stiernkvist ya estaba casado cuando Siri hizo que Simón Nevelius inscribiera su nombre y el de Arvid en el registro.
—La alianza —le dijo Karin a Robban.
—Ya sabes que no soy mujer, así que tendrás que usar frases enteras cuando quieras hablar conmigo. Mis dotes telepáticas no están demasiado desarrolladas.
—¿Recuerdas que en el informe forense ponía que Arvid llevaba un anillo, pero que la alianza que nos dio Roland no era esa, sino que, según Jerker, se trataba de una nueva?
—Sí, es verdad. ¿Quieres decir que alguien intencionadamente le quitó el viejo anillo porque en él aparecían los nombres equivocados? ¿Porque ponía «Elin y Arvid»?
—Creo que sí. En tal caso, sólo hay una persona interesada en que no se descubra el antiguo matrimonio. También nuestro buen pastor que, ahora lo sabemos, no es familiar de Siri, sino de Sten. ¿Eso qué significa?
—No tiene por qué significar nada —dijo Robban.
—A veces eres el policía más crédulo que conozco. ¿Por qué la ayuda el sacerdote? ¿Por bondad o porque alguien se lo pidió? Su hermano, por ejemplo. ¿Por qué lo hizo? ¿Porque le daba pena la pobre Siri?
Los adoquines eran traicioneramente resbaladizos y Karin tuvo que agarrarse a la chaqueta de Robban para no caerse. Abrió la verja de madera blanca del jardín de Marta, dio un paso atrás y echó un vistazo al buzón, donde se amontonaban el periódico y la correspondencia. Normalmente, los pensionistas se apresuraban a recoger el correo en cuanto aparecía la furgoneta amarilla. No acudió nadie cuando Karin llamó a la puerta por la que había entrado la anterior vez. Karin accionó el picaporte, que estaba cerrado con llave. La casa tenía varias entradas, pese a que era muy pequeña, y Karin probó la siguiente puerta. El gozne chirrió cuando la abrió.
—Hola. ¿Marta? —llamó.
—Oh. Hola, hola —dijo la mujer, confusa. Venía de la parte de atrás.
—¿Está todo bien? —preguntó Karin, y echó un vistazo a la habitación.
Marta echó también un vistazo atrás antes de contestar.
—Sí, claro, ¿por qué no iba a estarlo?
—Doris estaba preocupada por ti. Por cierto, este es mi compañero Robert Sjölin. —Hizo un gesto en dirección a Robban.
Marta lo saludó con la cabeza mientras se secaba las manos con una toalla.
—¿Pasa algo en especial? —dijo, sin estrechar la mano que le tendió Robban.
—Doris te ha llamado, pero dice que nadie contesta —explicó Karin.
La casa estaba fría y, teniendo en cuenta la temperatura exterior, a Karin le sorprendió que la mujer no hubiera encendido ningún fuego.
—Pues sí, qué raro. No recuerdo que haya sonado el teléfono. En ese caso, tendría que haberlo oído.
—¿Podrías comprobar si funciona?
Marta se quedó quieta un momento, como si no hubiera oído a Karin, y luego se dirigió al vestíbulo.
—Sí, parece que sí funciona.
Robban señaló la cómoda: todos los cajones estaban abiertos y su contenido esparcido por el suelo.
—¿Han pretendido robarle? —preguntó.
—No, no… Yo… estaba buscando algo y tenía prisa. De hecho, tengo que seguir buscando. Si me disculpáis…
—¿Quieres que te traiga un poco de leña? —preguntó Karin.
—No, no hace falta. —Señaló la leña que había en la cesta, junto a la chimenea.
—Doris me contó que soléis hacer el crucigrama de Allers juntas —dijo Karin al tiempo que dejaba la correspondencia sobre la mesita de al lado de la puerta.
—Sí, es verdad, lo había olvidado. —Marta volvió a lanzar una mirada atrás. Intentó hacerlo discretamente, pero tanto Karin como Robban se dieron cuenta.
—A lo mejor podrías llamar a Doris para tranquilizarla —dijo Karin.
—No sé si tendré tiempo.
Arkimedes apareció en el vano de la puerta y se sentó sin llegar a entrar. Karin lo miró extrañada.
—Bueno, gracias por haberos molestado en venir.
Y, sin más, Marta dio por terminada la visita, más bien los echó de un empujón, cerró la puerta y giró la llave sin dejar entrar al gato.
Karin intentó atisbar algo por la ventana mientras avanzaban hacia la verja.
—¿Esta era la amable anciana que me describiste, casi tan simpática como tu abuela? —bromeó Robban.
—Sí, pero estoy a punto de cambiar de opinión.
—Pues prefiero sin lugar a dudas a la abuela Anna-Lisa.
—Desde luego, pero Marta no era así la última vez que nos vimos. A lo mejor no le has caído bien —dijo Karin, y le sonrió. En ese mismo instante resbaló en una placa de pizarra y se cayó de bruces.
—A veces Dios no se retrasa en darnos el castigo que merecemos, ¿no es eso lo que suele decirse en estos casos? —sonrió Robban, y la ayudó a ponerse en pie—. Ahora en serio, no veía el momento de que nos fuéramos. ¿Realmente crees que ella misma armó todo ese desbarajuste con los cajones de la cómoda?
—No; me cuesta creerlo, pero ¿qué podemos hacer? ¿Quieres que volvamos? —dijo Karin, al tiempo que se sacudía la nieve de los vaqueros con la ayuda de los guantes.
Fueron al restaurante Hamnkrogen y tomaron asiento al lado de una ventana con vistas sobre Marstrandsön. Folke llamó cuando estaban a media comida.
—¿Dónde estáis?
—Querrás decir adonde estáis —lo corrigió Robban. Karin comprendió inmediatamente quién llamaba.
—¡Muy gracioso! Se dice dónde estáis y adonde vais. Adonde indica movimiento.
—¿Llamabas para eso? ¿Para darme una lección de sueco?
—Falta te hace, desde luego. Por cierto, se dice clase de sueco. No, llamaba porque Karin tenía que ir a ver a Margareta en el Instituto de Medicina Forense a las tres, pero como todavía estáis en Marstrand, supongo que tendré que ir yo.
—Me temo que no llegaremos a tiempo, pero si resulta que sí, iremos directamente a Medicinarberget desde aquí. Ve tú antes, así al menos uno de nosotros será puntual. —Robban oyó el suspiró de Folke antes de colgar.
La nieve de los pantalones de Karin se había fundido y tenía todo el lado izquierdo frío y húmedo. Robban fue a buscar el coche mientras ella se cambiaba los pantalones por unos secos en el barco. Incluso le había prometido un café antes de volver a Goteburgo. Karin se sentó a la mesa de navegación y se quitó los vaqueros mojados. La temperatura era sorprendentemente agradable, teniendo en cuenta que la estufa llevaba apagada desde su marcha por la mañana.
Daba vueltas a sus pensamientos. Sten, el viejo agente de policía, y el pastor Simón eran hermanos. Siri nunca había estado casada con Arvid. Y luego estaba el nuevo cadáver encontrado en el puerto. Había una carta marina desplegada sobre la mesa de navegación. Pasó el dedo entre los escollos alrededor de Pater Noster.
Se tomó los nombres con cautela, puesto que sabía que en el siglo XIX habían enviado gente desde Estocolmo para elaborar el mapa de la costa de Bohus. Lo más probable era que nadie hubiera previsto el problema que surgiría cuando la población del archipiélago diera los nombres de los islotes y escollos a gente de la capital que no entendía el dialecto, sino que lo interpretaban como mejor podían. Incluso en la actualidad, sobrevivían algunos de los viejos nombres de los islotes, a pesar de que las cartas náuticas decían otra cosa. Muy recientemente, al faro Barrlind le habían devuelto su nombre original después de llamarlo Berlín durante muchos años. Levern, Skuteskär, Elloven, Pottan, Skethasen y Systrarna. Le cruzó una idea por la cabeza y se le encogió el estómago. Su cuerpo reaccionó antes de que pudiera acabar de pensar en ella.
Robban subió a bordo con estrépito. En circunstancias normales, Karin le habría dicho que a un barco hay que subirse con cuidado y no como un elefante, pero estaba demasiado excitada.
—Disculpe, señorita, ¿es aquí dónde sirven café? —preguntó él, y enarcó sus oscuras cejas con picardía.
—¡Un momento! —Karin cerró los ojos y se los tapó con las manos para concentrarse mejor.
—¿Te encuentras mal? —preguntó Robban, y cerró la escotilla detrás de sí.
—Joder, cállate aunque sólo sea un minuto… Levern, Pottan, Elloven. Systrarna…
Poco a poco, empezó a salir algo de algún rincón recóndito de su conciencia. «Systrarna Elloven», ponía en el dorso de la fotografía en el dormitorio de Marta. ¿Seguro que era eso? ¡No era el nombre de las mujeres de la foto, sino un lugar! Systrarna, las Hermanas, eran dos islotes contiguos situados al norte de Pater Noster. Elloven era una pequeña isla al sur de Systrarna.
—Mira esto —dijo Karin, ansiosa, y señaló un punto en la carta marina con el dedo. Le contó lo de la fotografía en casa de Marta y le mostró las islas cercanas a Pater Noster. El corazón le latía con fuerza.
—Pues sí, no es tan raro —comentó Robban tras escuchar la explicación—, conozco a más de una persona que hubiera pensado lo mismo al leer ese texto en una foto de dos mujeres.
—Ya, y es precisamente lo que quería que pensáramos quien lo escribió. Echa un vistazo. —Volvió a señalar la carta marina—. Entre Systrarna y Elloven sólo hay agua. Veamos, unos cinco metros de profundidad… La pregunta es si hay algo bajo el agua. ¿Algo por lo que valga la pena sumergirse? Al fin y al cabo, tenemos a un submarinista muerto…
—Quizá tengas razón. Tendremos que hacerle otra visita a la adorable y acogedora Marta Striedbeck para preguntárselo sin tapujos. Si tenemos suerte, nos invitará a un café, aunque no me hago ilusiones.
Marita acababa de volver a la comisaría después del almuerzo. Constató que la nevera de la cocina necesitaba un repaso, más de una fiambrera llevaba demasiado tiempo allí, pero no tuvo ocasión para sumirse en sus pensamientos, pues en aquel momento apareció el intérprete polaco. Era un hombre más bien bajo y llevaba un gorro de piel. Al quitárselo, descubrió una coronilla calva tan reluciente que incluso podría servir de espejo. En el lado izquierdo tenía una enorme marca de nacimiento que recordaba a Gorbachov.
—Piotr Zagorsky. —Su apretón de manos fue cálido y firme y la mirada amable cuando la saludó. Aceptó un café y siguió a Marita hasta una pequeña sala de reuniones para traducir lo que Karin había grabado en el móvil.
Media hora más tarde, Marita entró en el despacho de Carsten.
—¿Algo interesante? —preguntó él, innecesariamente a tenor del semblante de Marita. Sus mejillas ardían y sostenía una libreta en la mano.
—Escucha —dijo—. Cuatro personas salieron en barco la noche del sábado. Dos de ellas llevaban puesto el equipo de buceo.
—¿Encontraron algo?
—Más bien perdieron algo. Pavel vio que a la vuelta sólo había tres hombres a bordo. Faltaba uno de los submarinistas.
—Pudo haber desembarcado en algún lugar antes de llegar a puerto.
—Es poco probable. Los polacos también lo consideraron, pero están convencidos de que la tripulación lo quitó de en medio. No mencionan ningún nombre, salvo el de una persona a la que llaman Aske (Trueno) o Blixten (Rayo), a no ser que tenga que ver con el tiempo que hacía. En resumidas cuentas, los polacos creen que esos tres hombres se deshicieron del cuarto hombre a bordo… Veamos… Se refieren a él como el submarinista o simplemente Markus. —Marita levantó la mirada de los papeles.
—Así pues, tenemos a una persona desaparecida —concluyó Carsten.
—Y hemos hallado un cadáver. Podría tratarse de la persona que mencionan los polacos. Por cierto, ¿sabes dónde está Folke?
—Ni idea. Tenía que ir al Instituto Forense. Inténtalo en el móvil y pregúntale a él, pero también a Karin y Robert, si saben algo de un tal Blixten. —Carsten volvió a su ordenador y pulsó enviar.
Putte no sabía cuánto tiempo llevaba en aquel trastero cuando la puerta finalmente se abrió. La luz exterior era tan fuerte que se vio obligado a cerrar los ojos y luego entreabrirlos gradualmente. Miró sorprendido a las dos siluetas que aparecieron en el umbral. Aun así, no pudo evitar sentir cierta admiración por el nudo que ataba sus manos. Era un nudo de experto y, que él supiera, sólo había una persona capaz de hacerlo: Karl-Axel Strömmer.
—¿Qué demonios pasa aquí? —dijo Putte—. ¿Es alguna clase de broma pesada?
—Per-Uno. En primer lugar, queremos disculparnos por nuestra forma de proceder algo brusca, pero era lo único que podíamos hacer. Si eres tan amable, escucha lo que tenemos que decirte y luego juzga por ti mismo.
Dos ancianitas, pensó Putte, aunque se apresuró a rectificar: las ancianas no se dedicaban a secuestrar gente. Eran brujas. Unas brujas de la peor calaña. Sin embargo, reconoció a una de ellas: la señora de los caramelos de miel del ferry. Aquellos malditos caramelos. Se preguntó que llevarían. Putte intentó recordar su nombre. Marta. Marta Striedbeck. Hizo ademán de rascarse la cabeza. Le dolía y palpitaba.
—Escucha —dijo la mujer de pelo rubio antes de presentarse como Elin Stiernkvist.
Dios mío. Elin era la hermana de Karl-Axel, al que se suponía muerto en un accidente de navegación hacía miles de años. ¿Era posible? Allí estaba, vivita y coleando, hablando con él.
—Anita y tú corréis peligro. Os han tenido bajo vigilancia desde hace mucho tiempo, por eso nos vimos obligadas a intervenir y te secuestramos. De no haberlo hecho así, ellos habrían sospechado.
—Desde luego. ¿Y quiénes son «ellos»? ¿De qué coño estáis hablando?
Elin y Marta se miraron y decidieron contárselo, procurando elegir las palabras adecuadas. Se lo contaron casi todo. Estuvieron hablando hasta bien entrada la noche y por la mañana permitieron que Putte llamara a Anita, aunque siguiendo ciertas instrucciones.
—Hola, Anita, soy yo. Sí, lo siento mucho, no podremos salir a navegar. Todo se ha retrasado y tengo que asistir a una… una… eh… reunión. —Él mismo se dio cuenta de lo rebuscado que sonaba aquello y no hacía falta conocerle demasiado para comprender que ocultaba algo—. Oye, no me he traído el número de Pierre François Lolonois. Ya sabes cómo es a veces, así que, si te llama, dile que llegaré tarde y que probablemente ni siquiera llegue a tiempo de verle. Ve a tu clase de francés y no me esperes. Y, por cierto, haz el favor de recoger los bucaneros.
Estaba en peligro. Putte esperaba que entendiera su mensaje y, en caso de que no estuviera sola, que los que pudieran escucharlo no entendieran nada.
Tomas miró sorprendido el contenido del sobre.
¡«Querido hermano»! ¿Qué demonios…? Leyó la carta lentamente. De no haber sido por todos los documentos y el pequeño pero pesado paquete, nunca se lo habría creído. Ya sabía que el padre de Diane no era el mismo que el de Annelie y él, pero nunca les contaron que tuvieran otro hermano, el gemelo de Diane.
Sonó el teléfono: era su madre, histérica.
—¡Ahora te vas a enterar de lo que me ha hecho esa chica! —gritó Siri.
—Hola, mamá —dijo Tomas con fatiga.
—Pues escúchame bien. Nos la encontramos en la calle Brigitte y yo, y me ha ofendido intolerablemente. Exijo una disculpa. —Y empezó a contar lo que le había dicho Sara.
—Ya basta —la cortó Tomas.
—¿Qué has dicho? —bufó Siri.
—He dicho que ya basta.
—A mí no me hables así. Desde luego, acabas siendo como la chusma con que te mezclas. Ya me he dado cuenta de que es una mala influencia para ti.
Tomas giró el anillo que había encontrado en el paquete que acompañaba los documentos. Era una alianza de oro. Dentro había una inscripción grabada: «Elin y Arvid. 4/10/1962, 14/6/1963».
—O tal vez sean los malos genes… ¿Por qué nunca me contaste que Diane tiene un hermano gemelo?
—¿Perdón?
Oyó que su voz temblaba en el auricular.
—¿Y por qué no nos has contado que Sten Widstrand es su padre y no Arvid Stiernkvist? La verdad es que nunca estuviste casada con Arvid Stiernkvist, ¿no es así? Aunque la palabra clave en todo este asunto es veneno, supongo.
—No sé de qué me estás hablando.
—¿De verdad? Pues espera un momento, que ahora mismo te voy a leer algo.
Tomas sacó las copias de las dos cartas del montón de documentos. Una era de Siri a Sten y la otra, la respuesta de Sten. Leyó las palabras incomprensibles en voz alta. Cómo lo habían planeado todo. La travesía en barco, la comida que habían preparado, el café, el rumbo que debían tomar. Cómo Waldemar oficialmente había estado a bordo cuando, en realidad, era Sten quien los había acompañado y, además, había escrito el informe policial sobre el accidente. Siri y Sten se habían llevado a Elin y Arvid, los habían envenenado y Siri había arrojado a Elin por la borda.
Tomas siguió leyendo sobre el hermano de Sten, Simón Nevelius, que muy oportunamente era sacerdote y confiaba en ellos. El pobre Simón, al que habían engañado para que inscribiera el nombre de Siri junto con el de Arvid en el registro de matrimonios.
—El único problema era que Arvid ya estaba casado, aunque tú entonces no lo sabías. —Tomas sostuvo el anillo en la mano y acarició su superficie con el pulgar. Se había hecho el silencio en el otro extremo de la línea—. Y una cosa más —dijo—. No hables nunca, nunca, mal de mi mujer. Si hay alguien que tiene clase y estilo aquí, esa es ella. —Y colgó.
Se puso la chaqueta y los zapatos. Pensaba ir a ver si Markus estaba en casa. Había tantas cosas que quería preguntarle. Por ejemplo, cómo había conseguido el anillo.
Entonces rectificó. De hecho, la entrevista con Markus podía esperar. Primero iría a buscar a Sara. Cogió las llaves de la encimera de la cocina con una mano, al tiempo que con la otra marcaba el número de la policía de Goteburgo en su móvil.
Esperaba que hubiera una salida para él y Sara. Era tal como decía Markus en su carta: podía estar contento de estar casado con ella. También mostraba lo que pensaba Markus de Sara, pensó Tomas cuando cerró la puerta con llave.