LINCOLN’S INN FIELDS, LONDRES
13 de junio de 2011. 13.00 horas
Rachel se quedó mirando fijamente a Kyle mientras éste sacaba del bolsillo lateral de su cazadora de piel el móvil, que sonaba estridentemente.
—¿Tiene que responder?
Kyle negó con la cabeza.
—No. Puede esperar.
Era la tercera llamada de Max desde que se había sentado con Rachel Phillips en un banco de Lincoln’s Inn Fields. Un vistazo a través de la ventana del pub había bastado a la señora Phillips para desestimar su propia elección de restaurante. «No se preocupe —le había dicho—. No es que no quiera que me vean con usted. Es que no quiero que nadie oiga nuestra conversación. Ahí dentro hay muchas personas que conozco. Sólo dispongo de veinte minutos. Puedo comer después. ¿Le parece bien?».
Mientras caminaban con paso rápido y constante, sin detenerse, en dirección a Lincoln’s Inn Fields, Rachel Phillips rara vez había apartado la mirada de la pantalla de su Blackberry, y Kyle había comprendido al instante que su entrevista sería breve. «Espero que no me cobre por su tiempo —le había dicho—. Me da que su tarifa no es barata».
Ella, riendo, le respondió: «Puede ser». Llevaba puestos una camisa blanca recién planchada, un collar de perlas de una vuelta, gafas de diseño con la montura negra, un traje chaqueta oscuro de raya diplomática, unas brillantes medias blancas y zapatos de tacón con el talón descubierto. Además iba perfumada. Era una mujer rellenita, pero sexy, de esa manera agradable que lo son las rubias maduras de piel pálida. Cuando movía las manos, sus uñas rojas brillaban como los élitros de unas mariquitas grandes y una pulsera de oro refulgía en una muñeca de piel suave y poblada de pecas.
Kyle le dio copias en DVD de sus últimos dos documentales, con la esperanza de que no se dejara influir por las cubiertas chabacanas y se decidiera a verlos; de que comprendiera que era un director serio y no un chiflado ni un aprovechado, y que podía confiar en él si alguna vez cambiaba de opinión y decidía ponerse delante de una cámara o, por lo menos, permitirle utilizar sus palabras.
—¡Oh, Dios mío, Aquelarre! ¡Lo que me faltaba! —exclamó, y a continuación lo obsequió con una mirada conciliadora—. Gracias —añadió, guardando rápidamente los DVD en el bolso.
—El título no lo elegí yo. Fue cosa del distribuidor —repuso Kyle a modo de justificación.
El teléfono de Kyle pió anunciando otro mensaje de Max.
—¡Y yo que pensaba que era una mujer ocupada! —exclamó Rachel Phillips.
—Es el productor ejecutivo de la película. Puede esperar. Sé que su tiempo es oro.
—Gracias —repuso de un modo recatado la abogada de la corona, y dirigió la mirada hacia las cúpulas y las murallas de la universidad de St. Mary que sobresalían al otro lado de la extensión de césped—. Todo empezó con el olor. Fue lo primero que noté.
—¿Cómo lo describiría?
—Repugnante. Al principio era como un leve tufillo a aguas residuales estancadas. Pero luego me obsesioné con que había una rata muerta debajo del parquet. Olía como a carroña. Es un olor inconfundible. Pasé una temporada en Bosnia con la ONU, investigando crímenes de guerra, así que conozco el olor de la muerte. —Sus ojos cuidadosamente maquillados pestañearon tres veces—. Pero iba y venía. Por la noche. Nunca olía cuando la inmobiliaria enviaba a un fontanero durante el día. Nadie encontraba nada. La instalación de fontanería estaba en perfecto estado.
—¿Revisaron el sótano?
—¡Por supuesto!
—Lo digo porque en el sótano encontramos lo que pensamos que era una filtración.
—¿Una filtración?
Kyle asintió con la cabeza.
—Detrás de las cajas y de los muebles. En la pared. La luz no funcionaba.
—La luz… —Rachel Phillips se mordió la comisura de los labios mientras sus manos arregladas jugueteaban con la Blackberry.
—Sí. Cuando regresamos a eso de las diez para completar un par de secuencias nos encontramos con que no había luz. Así que estábamos utilizando el foco de la cámara cuando Dan vio la mancha en la pared del sótano.
—No era una filtración —afirmó Rachel Phillips casi en un susurro. Miró a su alrededor para asegurarse de que no había nadie escuchando a hurtadillas la conversación.
—¿Ah, no?
La señora Phillips negó con la cabeza.
—¿Me equivoco si pienso que vio una decoloración en el trastero? —preguntó lacónicamente, entornando sus ojos azules en consonancia con el tono interrogativo de la pregunta.
—No… —respondió Kyle, que tuvo que morderse la lengua para no terminar la frase con «su señoría».
—Dígame, ¿qué vio exactamente en la pared?
Kyle se encogió de hombros, todavía desconcertado por lo directo de la pregunta.
—Esto… una mancha, creo. O la marca de una quemadura. En el enlucido. Cuando revisé la grabación vi… no sé… huesos, o algo por el estilo.
Una sonrisa de triunfo personal asomó a los labios de Rachel Phillips.
—Las manchas en el yeso aparecieron en dos estancias de la casa, tres meses después de que la reformaran de arriba abajo, incluidas las instalaciones de fontanería y eléctrica y una redecoración completa de las tres plantas. Lo sé porque obligué al agente de la inmobiliaria a que me enseñara las facturas. Y no había problemas de humedades. Ni filtraciones. Ni humedad ascendente. Nada que hubiera podido provocar esas manchas.
—Bueno, pues han vuelto a reformar la casa. Por dentro es un piso piloto perfecto.
—No me sorprende. Lo que debería sorprenderle a usted, no obstante, es que algunas zonas de la casa fueran reformadas dos veces durante el tiempo que viví en ella, en un período de sólo doce meses. ¿Seguían vacías las otras dos viviendas? —Sí.
Rachel Phillips sonrió de nuevo.
—Los otros inquilinos se mudaron antes que yo. Por los mismos motivos.
—¿Por los olores y las manchas?
—Eso sólo era una parte del problema. En cuanto al tema de la luz, dos electricistas distintos me aseguraron que no había ningún problema con la instalación, a pesar de que era habitual que se fuera la luz en todo el edificio. Me aficioné bastante a levantar los diferenciales de la caja de la luz. Casi siempre había que empezar por ahí. Y convenía tener un centenar de bombillas de repuesto. Nadie supo decirme qué estaba trabando el circuito. Hasta que un día encontraron deteriorado el cableado justo debajo de la caja de la luz.
—¿Deteriorado?
La letrada asintió con la cabeza.
—Saboteado. Pero ¿por quién? Y los olores extraños y las manchas siempre aparecían inmediatamente después de que se fuera la luz. Verá, Kyle, apuesto a que si ahora vuelve a la casa encontrará que la mancha de la pared del trastero está en proceso de desaparecer. Y no hay ninguna cañería cerca, así que no se trata de una filtración. Cualquier electricista o fontanero le confirmará que no es un problema de humedad. Y después quedará un cerco. En el que pueden atisbarse formas. Pero eso tampoco era lo peor. Lo que me… lo que me inquietaba era la sensación permanente de que había un intruso. Yo estaba sola en casa la mayor parte del tiempo, y lo último que le apetece sentir a una mujer es inseguridad. Y yo la sentía.
—También oímos ruidos extraños. —Kyle se puso tenso cuando Rachel Phillips se volvió repentinamente hacia él.
—En la última planta vivían un gestor de fondos y su mujer. Y en la primera, el propietario de una aerolínea que utilizaba el apartamento cuando estaba en la ciudad. Y todos oímos ruidos.
—¿Sabría describir esos ruidos?
—Lo intentaré, pero son muy difíciles de definir. Me parecía… bueno, suena ridículo, pero a veces me parecía estar oyendo niños. Llorando. Angustiados. Y viento. Niños en medio de un vendaval. El vecino de arriba solía quejarse de perros. «Ya han estado chillando esos perros», me decía por las mañanas. Era iraní, pero su inglés era bueno. Se oían ruidos de animales. O al menos yo tenía la esperanza de que fueran eso. Pero no estoy segura de qué clase de animales los hacían. Y siempre se oían fuera de los apartamentos, en la escalera común. Sin embargo, el matrimonio de la última planta aseguraba que los animales habían entrado en la casa. Hicieron venir a la policía en mitad de la noche tres veces. Pero yo siempre tenía la impresión de que el ruido era producido por alguien que estaba en la entrada, o en la escalera. Oía pasos; como de un borracho o algo así.
—¿Y música? —preguntó Kyle con la mirada clavada en los pies.
—¿Música? No. Pero sí algo parecido a un silbido. O eso pensaba yo entonces.
—Entonces no lo imaginé. Nos llevamos un buen susto dentro de la casa. La admiro por haber aguantado tanto tiempo. Nosotros salimos corriendo como un par de chiquillos. Sentimos una especie de corriente de aire…
—¿Que recorría la escalera?
Kyle asintió.
—¿Qué cree que pueda ser? Usted es un experto.
—Yo no me llamaría experto. Nunca había oído hablar de nada parecido. Tal vez sea una especie de persecución poltergeist. —Kyle tragó saliva—. ¿Alguna vez vio algo?
Rachel Phillips meneó la cabeza.
—¡Señor, no! Pero con lo ocurrido ya tengo tema de conversación para el resto de mi vida. —Lanzó una mirada fulminante a Kyle—. Con mis amigos. Así que no quiero encontrarme con que ha utilizado mi nombre en su película. Porque le advierto que estaré alerta.
—No, no. No se preocupe. Jamás se me ocurriría hacerlo. De todos modos, su vecino nos ha corroborado, por así decirlo, la historia que me acaba de contar. Dan habló con él el domingo, cuando volvimos para recoger el equipo, y nos explicó que entraban y salían inquilinos continuamente; que nadie duraba demasiado tiempo en la casa.
Todos se iban sin excepción. Que el inmueble siempre estaba siendo rehabilitado y reformado. Eso estaba volviéndolo loco, ya que tenía que convivir con contenedores de escombros, martillazos, andamios y molestias así. Simplemente me gustaría utilizar algunos detalles sobre las experiencias de los antiguos inquilinos después de abandonar la casa, pero en ningún caso mencionaré su nombre.
—Perfecto. Hábleme entonces de ese pasado. Me ha dicho que la casa tenía un pasado. Por supuesto, en la agencia inmobiliaria nunca lo mencionaron, pero tengo la sospecha de que no va a gustarme lo que va a contarme. ¿Estaba… encantada?
—Fuimos a la casa para empezar el rodaje de un documental sobre El Templo de los Últimos Días.
Rachel Phillips parecía a punto de sufrir un derrame cerebral.
—¿La secta? ¿La secta norteamericana?
Kyle asintió.
—Nació en esa casa, señora Phillips, cuando se denominaba La Última Reunión. La ocuparon entre 1968 y 1969.