Simon Peters dio una última calada a su cigarrillo y arrojo la colilla por la ventanilla. Retuvo un momento el humo y luego lo expulsó formando un largo hilo azul.
El interior del Ford Escort estaba lleno de humo.
Además de él, Joe Hagen fumaba un Dunhill. En el asiento de atrás. Eamon Rice y Luke McCormick también fumaban. Era como estar sentado en un cenicero móvil.
Estaban aparcados en una colina, vigilando el cementerio de Milltown. El sol salía lentamente en el firmamento matinal, arrastrándose de mala gana hacia los cielos y esparciendo un brillo anaranjado en el campo. Una delgada película de humedad seguía aún colgada en el aire, como hielo seco. Cuando Peters se apeó del coche, la humedad se arremolinó alrededor de su pie. La hierba estaba resbaladiza, pero caminó con seguridad, inspirando el aire tenue de la mañana para limpiar los pulmones del humo de cigarrillo.
¡Qué tranquilidad hay aquí arriba a esta hora!, reflexionó mientras observaba el sol trepar más alto en el cielo. A menudo había ido con el coche hasta allí y se había quedado más o menos una hora, mirando como la ciudad se despertaba de su sopor. El canto de buena mañana de los pájaros que gorjeaban en los árboles sólo servía para reforzar la belleza de la escena. A veces pensó que los periodistas que iban a la provincia a informar sobre la violencia debían de contemplar escenas como ésa, debían de observar como el sol teñía todo de oro. Debían de escuchar el canto de los pájaros. Pero no les interesaba la belleza de Irlanda del Norte. A ninguno de ellos. No veían más allá de los problemas de Falls Road. Las explosiones de bombas en Londonderry. Las emboscadas en Clonard. Veían lo que querían ver. Veían un país aplastado por años de intolerancia, odio y celos.
Muchas víctimas de ese conflicto yacían allá abajo, en Milltown. Las cámaras acudían allí cuando había un funeral. Acudían para registrar la muerte con un regodeo que Peters encontraba obsceno. Y él había visto bastante muerte en el IRA durante ese tiempo como para saber que se trataba de algo abominable. Pero la muerte era una parte necesaria de la provincia. Tal como lo había sido la violencia durante los últimos veinte años. Él mismo había provocado algunas de esas muertes: soldados, hombres de seguridad, incluso civiles en caso de necesidad. Pero siempre tenían una finalidad. La suya no era la campaña de un psicópata. No tenía más tiempo para el matadero que aquellos contra los que había estado peleando, pero para Simon Peters era un modo de vida. La única manera de liberar el país que él amaba.
Nadie había sido más feliz que él cuando había terminado por reunirse la conferencia de paz de Stormont, pero la promesa de poner fin al derramamiento de sangre, la esperanza de una Irlanda unida, todo eso se había esfumado. La habían hecho saltar por los aires con una lluvia de balas hombres que tienen la osadía de llamarse miembros de la misma organización a la que con tanto orgullo pertenecía él.
Esos mismos hombres habían sido responsables de las muertes de más de sesenta personas en Windsor Park la noche anterior.
Hombres como James Maguire.
Peters conocía bien a Maguire; incluso había trabajado con él en una cantidad de tareas durante los últimos años. Y también conocía a algunos de los hombres que tenía consigo.
Hombres como Billy Dolan o Mick Black.
Simplemente pensar en ellos le hacía apretar de rabia los músculos a ambos lados de la mandíbula.
No quería dejarles que destruyeran sus sueños. Quería encontrarse con ellos lo antes posible.
Encontrarlos y matarlos.
Joe Hagen se apeó del coche y caminó hasta reunírsele, con las manos hundidas en los bolsillos de los pantalones. El rocío oscurecía sus botas de ante mientras caminaba por la hierba alta.
Se detuvo junto a Peters, observando el amanecer y la ciudad que, allá abajo, volvía a la vida como estimulada por los cálidos rayos del sol.
—Mi padre acostumbraba decir que el amanecer tenía el color del oro en la bandera —murmuró Hagen en tono reflexivo—. Cuando la gente acostumbraba hablar del oro para referirse a los católicos y al verde para referirse a los protestantes, él solía decir que aquello por lo que había que preocuparse era el trocito del medio. La parte donde ambos colores jamás podían unirse.
—Todo un filósofo, el viejo —dijo Peters, sonriendo.
—Sí que lo era. Me hubiera gustado que viviera lo suficiente como para ver una Irlanda unida.
—Si no encontramos pronto a Maguire, ninguno de nosotros verá una Irlanda unida, porque las cosas volverán al punto en que estaban antes —dijo Peters, cuya sonrisa desapareció.
En una rama cercana, un tordo gorjeaba alegremente, luego voló. Su silueta era una punta de flecha negra sobre el cielo brillante.
—He hablado esta mañana con Coogan —dijo Peters—. Hay también por lo menos un agente inglés tras la huella de Maguire. Y también lo busca el RUC. Ahora mismo Belfast está demasiado caliente para él y sus hombres. Probablemente ya haya cruzado la frontera.
—¿Quién es el agente británico? —preguntó Hagen.
—James Bond —contestó Peters en tono rotundo—. ¿Y yo qué coño sé?
—Podría ponerse en el camino, Simon.
—Qué Dios le ayude si lo hace. Este es asunto nuestro, no de los asquerosos británicos.
Se llenó otra vez los pulmones de aire fresco, se dio la vuelta y camino lentamente en dirección al coche.
—Me parece que es hora de que hagamos una visita a algunas de las familias de esos… traidores —y tiñó de desprecio esta palabra—. Si Maguire y sus hombres han cruzado la frontera, alguien podría saber dónde han ido. Alguien de su entorno.
—¿Y si no quieren hablar? —preguntó Hagen.
—Hablarán. Te lo garantizo.