II

LA ENTRADA EN ESPAÑA

Añoa, 15 de octubre de 1830.

El 14 de octubre por la mañana salí de Bayona, camino de la frontera, con la tropa mandada por Valdés. Al atravesar la ciudad estuvo a punto de ocurrir un encuentro entre nuestra gente y la de Mina.

Cualquiera al oír a los nuestros hubiera dicho que iban a ser unos héroes; pero no se han portado heroicamente, sino todo lo contrario.

La fuerza de Valdés venía dividida en cuatro compañías: una de extranjeros, mandada por don Francisco Mancha; otra de vascos, semiindependiente, la partida de Leguía; otra de navarros y aragoneses, a las órdenes de Malpica, y un grupo de oficiales al frente del cual va López Campillo.

Estas compañías se han formado con ochenta o cien hombre y cada una tiene sus oficiales y sus sargentos. Los soldados ganan treinta y cinco suses, o sea siete reales diarios.

Yo voy de ayudante del coronel Valdés, y Ochoa, con el mismo cargo, a las órdenes de Campillo.

Llevamos algunos soldados muy buenos y otros muy malos. Las tropas vascas y las navarras son las mejores, conocen el país y se encuentran entre los suyos; las extranjeras son las peores; están, naturalmente, formadas por lo más perdido de cada casa.

No se ha podido contar con los oficiales franceses liberales, porque el Gobierno de Julio los ha aceptado a todos en las filas del ejército.

Descontados estos que hubieran sido útiles, los que han quedado en nuestras filas son aventureros, gente de presidio más que militares.

Ya a primera vista salta la poca unidad espiritual de esta tropa. Entre los extranjeros hay la más completa diversidad de tipos y de actitudes, se ven hombres que tienen el aire nórdico de un noruego, gentes rubias de cabeza pequeña y ojos azules, al lado de otros que parecen italianos del mediodía con el pelo crespo, los ojos negros y la mirada viva. Hay una gran variedad en la expresión de los unos y de los otros: este tiene rasgos de energía, el otro de astucia, el de más allá de cobardía y de cinismo.

En cambio, entre los vascos de Leguía hay tal unidad en la expresión, que parecen todos de la misma familia, y sólo fijándose en ellos, uno a uno, se advierte que no se parecen en los rasgos de la fisonomía. En todos ellos se ve una mezcla de audacia y de atención; más que soldados parecen cazadores que van a un ojeo.

Entre los extranjeros hay algunos muy curiosos. Uno de ellos es el guardabosque de Ustaritz, amigo de Malpica.

Este hombre, a quien todos llamamos el tío Juan, no se queja de nada, todo le parece bien. Es un estoico. Le suele acompañar un asistente del intendente Darracq, que vive en Ustaritz y que se llama Alí.

El tío Juan y Alí van siempre juntos, animando a los demás.

Otro tipo extraño es un muchacho inglés que vino a Bayona de San Sebastián con Tilly. Como no conocemos su nombre y por lo que parece no quiere decirlo, le llamamos el Inglesito. El Inglesito se ha incorporado a nuestra pequeña legión extranjera de una manera aristocrática e individualista; lleva dos criados a su servicio y una tienda de campaña. Siempre le vemos correctamente vestido, recién afeitado. El inglés este parece una estatua griega por su expresión fría y académica. Tiene el aire de un hombre rico, su traje es irreprochable y sus cuellos y sus puños están siempre limpios y sus zapatos recién barnizados, como si fuera a pasear a Hyde Park.

El Inglesito ha hablado con Mancha, el jefe de nuestra legión extranjera; no parece que quiere tener relación con nosotros y ha debido poner sus condiciones; nosotros, yo por mi parte, estamos dispuestos a respetar su reserva y a no ocuparnos de él.

Urdax, 16 octubre.

La salida de Bayona fue para mí completamente inesperada. El día 13 me llamó Valdés, y me dijo que había sabido que los dos Gobiernos, el de Luis Felipe y el de Fernando, habían hecho un convenio, y que no teníamos otra solución que adelantarnos o abandonar la empresa. Él se lanzaba dispuesto a todo, y al día siguiente al amanecer saldríamos camino de la frontera. Se dieron las órdenes necesarias para la marcha, y salimos de Bayona.

Iban con nosotros Chapalangarra y Méndez Vigo. El 14 llegamos a Saint Pee. Yo dormí en el Castillo de los Brujos de este pueblo. Salimos de allá y al llegar a la frontera entre Añoa y Dancharinea, Chapalangarra y el general Méndez Vigo se despidieron de nosotros el uno para ir a San Juan del Pie del Puerto, el otro a Mauleón.

Hoy por la mañana hemos llegado a Urdax. Nos hemos apoderado del punto avanzado que abandonaron los tercios y de las armas que había aquí guardadas. Llevábamos una proclama, suscrita por varios jefes, dirigida al ejército español, invitándole a imitar al francés, pasándose a nuestra bandera y a librar a la patria del yugo que la oprime. Se han dado vivas a la libertad y a la Constitución, y se han montado dos piezas pequeñas de campaña que encontramos en el puesto avanzado.

Como nos preocupa la cuestión de la alimentación, se han mandado agentes a comprar víveres a los pueblos de alrededor.

Estoy deseando entrar en fuego.

Zugarramurdi, 17 octubre.

Esta mañana hemos dejado en Urdax a Campillo y a Malpica y hemos salido con las dos compañías, la de Leguía y la de Mancha, camino de Zugarramurdi.

La razón principal de la marcha es la cuestión de las subsistencias, que no hay modo de resolverla en un pueblo pequeño en donde escasea todo.

Zugarramurdi está muy cerca de Urdax, a una media legua próximamente. Es una aldea que se encuentra en la falda de Peñaplata, en la vertiente de Francia.

Al acercarnos al pueblo han ido nuestras dos columnas separadas flanqueando el monte.

En las lomas había unos grupos de tercios realistas que nos han recibido a tiros.

En este pequeño encuentro nuestros extranjeros mandados por Mancha se han portado de una manera vergonzosa. Muchos a las primeras descargas tiraban el fusil y corrían a internarse en territorio francés.

Algunos, por lo que nos han dicho, han entrado en Sara, y la gente, indignada por su cobardía, les ha recibido a pedradas. Ha habido quien ha llegado corriendo hasta Bayona.

Únicamente el tío Juan, Alí, el Inglesito y algunos otros han dejado bien puesto el pabellón.

Afortunadamente, la partida de Leguía al oír los primeros tiros corrió hacia el pueblo y se apoderó de él. Yo creí que los realistas se defenderían en las calles, pero no; han abandonado la aldea sin pelear.

Ahora es de noche. A la luz de la luna veo la torre de la iglesia de Zugarramurdi, blanca, y unos cipreses del pequeño cementerio que la rodea.

Vera, 18 octubre.

Ayer en Zugarramurdi, Valdés, Leguía, Mancha, Campillo y Malpica, discutieron lo que había que hacer. De todos ellos el menos culto, pero el más inteligente, es Leguía.

Valdés es un castellano de cabeza dura, de continente altivo y soberbio; no tiene flexibilidad, discurre por frases. A pesar de su cerrazón es simpático; tiene una cara noble, un poco alargada, y los ojos claros.

Si a mí me preguntaran quién debía mandar nuestras fuerzas, diría que Leguía.

Valdés y Leguía discuten sobre el mapa de Navarra. Leguía es partidario de ocupar Vera; Valdés no quiere.

Los informes de los caseros son que Juanito el de la Rochapea va a entrar en Vera con sus tercios realistas y los carabineros. Leguía opina que sería conveniente ocupar Vera y avisar a Mina para que pasase en seguida a España. A Valdés no le agrada la colaboración con Mina.

Después de discutir largo rato se ha resuelto que Leguía con su partida vaya a Vera.

—Usted no ataque —le ha encargado Valdés delante de mí—. La cuestión es ver qué disposiciones tienen las tropas realistas para nosotros. Si ataca usted va a decir Mina que somos unos locos, y si fracasa la expedición asegurará que es nuestra la culpa.

—¿Quiere usted que vaya con él, mi general? —le he dicho a Valdés.

—Sí; vaya usted.

—Quizás quiera venir conmigo Ochoa.

—Que vaya.

El Inglesito al enterarse ha pedido también venir con nosotros.

Leguía ha llamado a sus sargentos y ha dado la orden de que para las dos de la mañana esté la partida formada en la plaza. Leguía, Ochoa, el Inglesito y yo vamos a caballo. Llevamos una pieza de artillería montada en un mulo.

A las dos y media la columna se ha puesto en movimiento. La noche estaba oscura; hemos pasado por una calle con casas hermosas, grandes, hemos salido del pueblo y cruzado por delante de la Cueva de las Brujas y por el Arroyo del Infierno, después hemos seguido a campo traviesa hasta descansar, al amanecer, en unos caseríos de Sara.

A nuestra espalda dejábamos Zugarramurdi sobre el promontorio de Peñaplata, que entra en la tierra llana de Francia. Bajo el cielo gris se veía un pueblecillo, Sara, y más lejos, vagamente el mar.

Después de tomar el almuerzo hemos seguido adelante, bordeando el monte Labiaga, por unos robledales que el otoño ha dejado rojizos. El suelo está cubierto de hojas doradas. Es época de pasa, y por el cielo cruzan pájaros de todos colores.

En esto, una de las lomas lejanas se llena de siluetas de hombres que comienzan a hacer fuego sobre nuestra partida.

Por lo que hemos sabido después, el teniente realista don Miguel de Sagastibelza, comandante del puesto avanzado, ha destacado contra nosotros una columna formada por 220 hombres del 13 de línea, 150 voluntarios realistas procedentes de Burguete, y 300 soldados del batallón de tercios del Baztán.

Leguía manda desplegar en guerrilla a su gente y se contesta al fuego. Después de una ligera escaramuza las fuerzas enemigas se han retirado.

¿Es que están, como dicen algunos, por nosotros y no esperan más que una ocasión favorable para pronunciarse en nuestro favor?

No lo sé; pero así lo parece.

Con la fuerza de que disponen podían, sin duda alguna, habernos hecho retroceder y obligarnos a meternos en Francia.

A las doce de la mañana llegamos a una cañada, desde donde divisamos Vera en el fondo de un valle. Vamos avanzando a caballo Leguía, Ochoa, el Inglesito y yo.

De pronto Leguía se detiene.

—¿Ve usted —me dice— ese monte que está a un lado del pueblo con varios caseríos?

—Sí.

—Se llama Santa Bárbara. En la falda, en un repecho hacia el río que está allí —y señala un barranco—, hay una casa fuerte, la Casherna, y en la misma falda, al acercarse al valle por el lado más próximo a nosotros, hay un convento, el convento de Eztegara. La Casherna y el convento probablemente estarán ocupados por los carabineros.

—¿Y qué tenemos que hacer? —he preguntado yo.

—Dividiremos la fuerza. Usted con Antula, que es mi segundo, y con cincuenta hombres, se presentará delante de la Casherna e intentará parlamentar con la pequeña guarnición. ¿Que se rinden?, entonces mandará usted un hombre al caserío aquel que se llama Lecueder y agitará un pañuelo blanco. ¿Que no se rinden?, el hombre agitará un pañuelo rojo y yo me acercaré a Casherna.

—Está bien. Vamos a la segunda parte. Si se rinden los del fuerte, ¿qué hacemos? —he preguntado yo.

—Si se rinden, deja usted diez o doce hombres en la Casherna y se van ustedes acercando al convento de Eztegara. Yo estaré al comienzo de este barrio, que es el barrio de Alzate, y esperaré subido sobre uno de estos montes a ver lo que ustedes hacen y cuándo llegan. Si veo que ha tenido usted éxito, me presentaré delante del convento e intimaré la rendición. Usted entonces se acercará con su gente.

—Creo que estamos entendidos.

Leguía habla en vascuence con Antula, le hace algunas recomendaciones y nos separamos los dos grupos. Leguía toma por la derecha a coger el camino de San Juan de Luz a Vera; yo, acompañado de el Inglesito, de Antula y de unos cincuenta hombres, cruzo un barranco y avanzo por la falda de Santa Bárbara.

Antula, el segundo de Leguía, es un hombre rojo, con las pupilas azules brillantes, las cejas y las pestañas doradas y la melena hasta los hombros. Viste un capisayo corto atado con unas cuerdas y tiene un aire salvaje y fiero. Detrás de él marcha un perro, tan parecido al amo en el aspecto sombrío, que se ve que está identificado con él. Mientras vamos andando por el monte, Antula no me dice nada; pero al divisar la casa fuerte me grita, hablándome de tú:

—¡Baja!

—No, no —exclamo yo, y sigo a caballo. El Inglesito hace lo mismo.

Nos aproximamos a una casa vieja, aspillerada, que en el pueblo llaman la Casherna. Antula vuelve a decirme:

—¡Baja! —pero yo sigo adelante a caballo y el Inglesito también.

Al acercarnos a la casa fuerte nos encontramos con un piquete de realistas formado por unos treinta hombres. Yo, poniendo en prensa mi cerebro, les dirijo una arenga hablándoles de la libertad.

Los soldados de la Casherna se consultan, vacilan y dicen que se rendirán a condición de que les dejen marcharse cada cual adonde quiera.

Acepto su proposición y los soldados se van.

El Inglesito me da la mano gravemente. Ocupado el viejo cuartel, llamado la Casherna, y un pequeño fortín que hay más abajo, hacemos la seña desde Lecueder a Leguía y nos dirigimos hacia el convento de capuchinos de Eztegara.

Este convento es un edificio no muy grande, con capilla, cementerio adosado a ella, vivienda para los frailes y algunos almacenes y corrales de ganado.

Por las reglas de la Orden el tal convento debía ser un eremitorio de forma humilde y pobre, la iglesia pequeña y estrecha, la vivienda mísera y sólo capaz para ocho a doce frailes con el superior; pero actualmente los frailes no llevan una vida humilde, ni mucho menos. Está fundado el convento de Vera en 1741. Tiene exteriormente una muralla de ronda que rodea el rectángulo de sus campos, que por dos de sus lados está limitado por los arroyos Lamiocingo-Erreca y Convetuco-Erreca.

Antula, el Inglesito y yo nos acercamos al convento y entramos en un caserío que se llama Botinea. Desde los agujeros del pajar veo la huerta del convento, sus campos de maíz, sus filas de perales y de manzanos, el pozo y dos grandes nísperos que hay delante de la capilla.

El convento tiene todas sus puertas y ventanas cerradas.

Los carabineros, en número de trescientos, se han encerrado ahí con su jefe, don Claudio Ichazo. Con ellos están los capuchinos armados y algunos voluntarios realistas. Deben hallarse todos emboscados o parapetados, porque no se les ve.

Al acercarse Fermín Leguía al convento ha comenzado desde las ventanas el fuego graneado. Antula y yo hemos distribuido la gente en Botinea para contestar al fuego desde los agujeros del pajar.

En esto en una ventana del convento ha aparecido una bandera blanca.

Leguía ha mandado a Ochoa a los carabineros como parlamentario, y en vista de que no ha habido acuerdo se han reanudado las hostilidades.

Leguía ha mandado preparar y cargar el cañón; dos artilleros lo han colocado delante del portillo de la huerta del convento, a una distancia de treinta o cuarenta varas y han hecho fuego suprimiendo el obstáculo.

No se ha podido pasar, porque detrás había una barricada formada con maderas y con carros, que se ha deshecho de nuevo a cañonazos.

Hemos entrado en la huerta del convento y en la parte de vivienda de los frailes. Los carabineros se han encerrado en la iglesia. Parece que no tienen municiones, pero no quieren rendirse.

Al poco rato, nueva bandera de parlamento aparece en el tejado de la iglesia.

¿Qué hacemos? Un guerrillero de los que se han quedado en la Casherna viene diciendo que en el camino de Echalar han aparecido fuerzas del batallón de realistas número 10. Son dos compañías que manda el capitán don Teodoro Carmona.

¿Qué hacemos?, nos hemos vuelto a preguntar. No hay más remedio que retirarse.

Se manda aviso a los de la Casherna para que vengan al convento a emprender la vuelta a Zugarramurdi.

—¿Por dónde vamos? —pregunta Antula a Le-guía—, ¿hacia Oleta?

—No, no; a Zugarramurdi.

Quedamos de acuerdo en fingir que no nos retiramos, y vamos por el barrio de Illecueta a coger el camino de Zugarramurdi. En el alto de Lizuñaga se prepara la comida. Se enciende fuego y se hierve en cuatro calderos grandes habas secas con tocino. Yo como con gusto y el Inglesito mismo no hace melindres.

El postre nos lo da un pelotón de voluntarios realistas mandados por Carmona, que empieza a hacernos fuego.

Antula con algunos de sus hombres se lanza sobre ellos y los dispersa y los persigue de risco en risco.

—¡Qué tipo este Antula! —le digo a Leguía.

—Sí, es un gran tipo.

—¿Lo conoce usted desde hace mucho tiempo?

—Sí; desde hace mucho tiempo. ¿Qué, le interesa a usted?

—Sí.

—Ya le contaré a usted su vida más tarde. Por la noche entramos de nuevo en Zugarramurdi, y Leguía explica a Valdés los detalles de la expedición, que no ha tenido ningún resultado.