am
La habitación de Eri Asai.
Fuera crece la claridad. Eri Asai está acostada en su cama. Ni la expresión de su rostro ni la postura en que yace han cambiado desde la última vez que la vimos. La cubre el tupido manto del sueño.
Mari entra en la habitación. Abre la puerta sin hacer ruido para que su familia no se entere, accede al interior y cierra la puerta con cuidado. El silencio y la frialdad de la estancia le provocan cierto desasosiego. Se queda plantada junto a la puerta, barre el interior de la habitación con ojos cautelosos. Ante todo, verifica que se trata de la misma habitación de siempre. Con aire precavido, comprueba que no haya nada anómalo, que nada desconocido se oculte en ningún rincón. Luego se acerca a la cama, baja los ojos hasta el rostro de su hermana profundamente dormida. alarga la mano, la posa con dulzura sobre su frente, la llama en voz baja. Pero no se produce la menor reacción. Como de costumbre. Mari arrastra la silla giratoria que hay frente al escritorio hasta la cabecera de la cama y se sienta. Inclinada hacia delante estudia con gran atención, desde muy cerca, el rostro de su hermana. Como si buscara el significado de una clave que se ocultase en él.
Transcurren unos cinco minutos. Mari se levanta de la silla, se quita la gorra de los Red Sox, se pone en orden el pelo alborotado. Se quita el reloj de pulsera, lo coloca todo sobre el escritorio de su hermana. Se quita la cazadora, se quita la sudadera con capucha. Se quita la camisa de franela de cuadros que lleva debajo y se queda sólo con una camiseta blanca. Se quita los gruesos calcetines de deporte, se quita los vaqueros. Se desliza suavemente dentro de la cama de su hermana. Una vez que su cuerpo se ha habituado al lugar, rodea con su delgado brazo el cuerpo dormido, vuelto hacia arriba, de su hermana. Presiona dulcemente la mejilla contra su pecho y permanece así, inmóvil. Aguza el oído para distinguir, uno a uno, los latidos del corazón de su hermana. Mientras los escucha, Mari cierra los ojos con placidez. Pronto, sin previo aviso, de esos ojos cerrados empiezan a brotar lágrimas. Grandes lagrimones, totalmente espontáneos. Las lágrimas ruedan por sus mejillas y, al caer, humedecen el pijama de su hermana. Después, más lágrimas empiezan a rodar por sus mejillas.
Mari se incorpora sobre la cama, se enjuga las lágrimas con la yema del dedo. La embarga una terrible sensación de culpabilidad, una culpabilidad relacionada con algo…, aunque es incapaz de concretar qué. Siente que ha cometido un error irreparable. Es una sensación totalmente inesperada que no responde a lógica alguna. Pero que resulta imposible de ignorar. Sus ojos siguen anegándose en lágrimas. Mari toma en la palma de la mano las lágrimas que caen rodando por sus mejillas. Las lágrimas recién caídas son tibias como la sangre. Todavía conservan el calor del cuerpo. A Mari se le ocurre de repente: «Yo podría haber estado en un lugar distinto a éste. Y Eri también podría haber estado en un lugar distinto a éste».
Por si acaso, Mari vuelve a echar una mirada a su alrededor y, luego, baja los ojos hacia el rostro de Eri. Un bello rostro dormido. Es muy hermosa. Tanto como para guardarla en una vitrina de cristal. Casualmente, le ha abandonado la conciencia. Ésta se esconde, permanece oculta. Pero debe de estar fluyendo, como una corriente subterránea, por alguna parte adonde no llegan nuestros ojos. Mari puede captar su débil eco. Aguza el oído. «No está muy lejos de aquí. Y seguro que esta corriente se está mezclando en algún lugar con mi propia corriente.» Mari lo percibe. «Porque nosotras somos hermanas.»
Se inclina y deposita un breve beso en la frente de Eri. Alza la cabeza, vuelve a bajar los ojos hacia el rostro de su hermana. Deja que el tiempo pase al interior de su corazón. Vuelve a darle otro beso. Ahora, más largo. Con más suavidad. A Mari le da la sensación de estar besándose a sí misma. Mari y Eri. Una sílaba distinta. Sonríe. Luego se hace un ovillo al lado de su hermana, aliviada, dispuesta a dormir. Quiere pegarse a su hermana y compartir con ella el calor de su cuerpo. Quiere intercambiar con ella sus signos de vida.
«Vuelve, Eri», le susurra al oído. «¡Por favor!», le dice. Entonces cierra los ojos, se relaja. Al cerrar los ojos, el sueño, como si fuera una suave ola encrespada, llega de mar adentro y la envuelve. El llanto ha cesado.
Al otro lado de la ventana, la claridad crece deprisa. Brillantes hilos de luz penetran en la estancia a través de las rendijas de la persiana. La vieja temporalidad ha perdido eficacia y se retira a un segundo término. Mucha gente sigue balbuciendo el viejo idioma. Pero, bañadas por la luz del nuevo sol que acaba de nacer, los matices de las palabras están mudando con celeridad, renovándose. Aunque gran parte de esos matices sean algo transitorio que sólo dure hasta el atardecer de hoy, nosotros tenemos que dejar transcurrir el tiempo y avanzar junto a ellos.
En un rincón de la habitación se ve un destello momentáneo sobre la pantalla del televisor. Parece que un foco de luz vaya a brotar de los rayos catódicos. Hay signos de que algo empieza a moverse allí. Se produce un pequeño temblor que insinúa una imagen. ¿Se habrá vuelto a conectar el circuito? Conteniendo el aliento, estamos atentos a su evolución. Un instante después, en la pantalla ya no aparece nada. Lo único que muestra es el vacío.
Quizá lo que creemos haber visto no sea más que una ilusión. Tal vez, debido a algo, la luz que penetra por la ventana haya vibrado y ese movimiento se haya reflejado en el cristal de la pantalla. El silencio sigue reinando en la habitación. Sin embargo, su peso y profundidad han disminuido claramente respecto a antes, han retrocedido. Ahora, el canto de los pájaros puede llegar a nuestros oídos. Si los aguzamos más, tal vez podamos percibir el rodar de las bicicletas por la calle, las voces de la gente, el parte meteorológico de la radio. La luz de una mañana ordinaria está lavando, en balde, el mundo de punta a punta. Las dos jóvenes hermanas duermen secretamente, con los cuerpos muy juntos, en la pequeña cama. Aparte de nosotros, tal vez nadie lo sepa.
am
Interior del 7-Eleven. Lista en mano, el dependiente está en cuclillas en mitad del pasillo repasando las existencias. Suena hip-hop en japonés. El dependiente es un hombre joven. El mismo que hace un rato, en la caja, le ha cobrado a Takahashi el importe de su compra. Delgado y con el pelo castaño. Ahora, a punto de acabar el turno de noche, parece cansado y va soltando grandes bostezos, uno detrás de otro. Mezclado con la música, se oye un teléfono móvil. El dependiente se pone en pie y echa una mirada por el interior de la tienda. Va asomándose, uno tras otro, a los pasillos. No hay ningún cliente. Está solo. Pero el móvil sigue sonando con insistencia. Es extraño. Tras buscarlo por todas partes, consigue localizarlo por fin en un estante del frigorífico de los productos lácteos. Un teléfono móvil abandonado.
«¡Será posible! ¿Quién se habrá dejado el móvil ahí? ¡Hay que estar chiflado!» Chasquea la lengua y, con cara de fastidio, alcanza el pequeño aparato frío, aprieta el botón de llamada y se lo acerca al oído.
—Diiiga —contesta el dependiente.
—Quizá te creas que te has salido con la tuya —anuncia una voz carente de inflexión.
—¡Diga! —grita el dependiente.
—Pero no escaparás. Vayas a donde vayas, no escaparás. —Y, tras un corto silencio cargado de significado, la comunicación se corta.
am
Convertidos en un punto de vista único y puro nos encontramos en las alturas, sobre la ciudad. Lo que vemos ahora es el cuadro de una enorme metrópolis que se despierta. Trenes de cercanías pintados de diferentes colores se desplazan cada uno en una dirección distinta llevando a mucha gente de un lugar a otro. Ellos, los transportados, son individuos con un rostro y una mentalidad distintos, pero, a la vez, son parte anónima de un conjunto. Son una totalidad, pero, a la vez, sólo una pieza. Y, manejando esta dualidad de un modo hábil y acomodaticio, todos llevan a cabo sus ritos matutinos con precisión y rapidez. Se lavan los dientes, se afeitan, eligen una corbata, se pintan los labios. Ven las noticias de la televisión, intercambian algunas palabras con su familia, comen, defecan.
Junto con el alba, llegan los cuervos en bandadas a la ciudad en busca de alimento. Sus alas negrísimas y aceitosas brillan al sol de la mañana. La dualidad no reviste una gran importancia ni para los cuervos ni para los seres humanos. Asegurarse los nutrientes necesarios para la propia supervivencia: éste es, para ellos, el asunto primordial. Los camiones aún no han recogido toda la basura de las calles. Es una ciudad gigantesca y produce cantidades ingentes de desechos. Entre graznidos alborozados, los cuervos se lanzan sobre todos los rincones de la ciudad, como bombarderos en picado.
El nuevo sol vierte una nueva luz sobre las calles. Los cristales de los rascacielos lanzan destellos cegadores. En el cielo no hay ni una sola nube. Por ahora, no descubrimos ni un solo jirón. Sólo la neblina de la polución se extiende a lo largo de la línea del horizonte. La luna en cuarto creciente flota en el cielo del oeste convertida en una muda y pétrea masa de color blanco, en un mensaje perdido en la lejanía. Los helicópteros de los boletines informativos sobrevuelan el cielo con un movimiento nervioso, enviando a las emisoras imágenes del estado del tráfico en las carreteras. En la autopista de la capital, los vehículos que acceden a la ciudad ya han empezado a formar retenciones ante los peajes. Frías sombras se extienden aún en muchas calles encajonadas entre los edificios. En ellas todavía permanecen intactos muchos recuerdos de la noche anterior.
am
Nuestra mirada se aleja del cielo sobre el centro de la ciudad y se traslada a una tranquila zona residencial de las afueras. Bajo nuestros ojos se alinean casas de dos pisos con jardín. Desde lo alto, todas parecen casi idénticas. Ingresos similares, composición familiar similar. Un Volvo nuevo de color azul marino brilla con orgullo al sol de la mañana. Una red para hacer prácticas de golf instalada en un jardín con césped. La edición matutina del periódico acabada de repartir. Personas que pasean perros de gran tamaño. Los sonidos de los preparativos del desayuno que se oyen a través de las ventanas de las cocinas. Voces de personas que se llaman unas a otras. Aquí también está empezando un nuevo día. Quizá sea un día como los demás, o quizá sea un día relevante que, por diferentes razones, quede grabado en la memoria. En cualquier caso, por el momento, todo el mundo tiene ante sí una hoja en blanco, sin nada escrito.
Elegimos una de esas viviendas que parecen iguales y nos dirigimos directamente hacia allí abajo. Atravesamos la ventana del primer piso, con la persiana de color crema bajada, y entramos, sin hacer ruido, en la habitación de Eri Asai.
Mari está durmiendo en el lecho con el cuerpo pegado al de su hermana. Su respiración, mientras duerme, es muy tenue. Por lo que podemos apreciar, su sueño es plácido. Tal vez se deba a que su cuerpo se ha caldeado, pero lo cierto es que parece haberse intensificado el color de sus mejillas. El flequillo le cae sobre los ojos. Quizás esté soñando, o quizá sea la reminiscencia de un sueño, pero sobre sus labios flota la sombra de una sonrisa. Mari ha atravesado largas horas de tinieblas, ha intercambiado muchas palabras con las personas de la noche que se ha encontrado allá y ahora, finalmente, está de vuelta al lugar al que pertenece. A su alrededor ya no hay nada que la amenace, al menos de momento. Ella tiene diecinueve años y está protegida por un techo y unas paredes. Está protegida por el jardín de césped, la alarma de seguridad, el coche Wagon acabado de encerar y los inteligentes perros de gran tamaño que pasean por el vecindario. El sol de la mañana que penetra por la ventana la envuelve con dulzura, caldea su cuerpo. La mano izquierda de Mari descansa sobre la negra cabellera de Eri desparramada sobre la almohada. Sus dedos, un poco doblados, se abren blandamente trazando un arco natural.
Por lo que se refiere a Eri, lo cierto es que ni su postura ni la expresión de su rostro han experimentado el menor cambio. No parece haberse dado cuenta de que su hermana se ha escurrido dentro de la cama y que, ahora, está durmiendo a su lado.
Pero, poco después, los pequeños labios de Eri se mueven ligeramente, como si estuviera reaccionando a algo. Un rápido temblor que dura un instante, décimas de segundo. Pero a nosotros, convertidos en un puro y agudo punto de vista, no se nos puede pasar por alto semejante movimiento. Hemos fijado bien en nuestra retina esa señal momentánea de su cuerpo. El temblor de ahora quizá sea un humilde primer indicio de algo que está por venir. O quizá sea un humilde presagio de ese humilde primer indicio. En cualquier caso, ha abierto una pequeña grieta en su conciencia y algo se dispone a enviar señales a este lado. Ésta es la certera impresión que nos da. Y nosotros observamos, furtivamente, con gran atención, cómo ese presagio, sin nada que se interponga en su camino, va cobrando forma despacio, envuelto por la luz nueva de la mañana. La noche se ha acabado por fin. Aún falta mucho tiempo para que nos visiten de nuevo las tinieblas.