Recordaré tu boca

Pese a la advertencia de la cartomántica, Cecilia se negó a abandonar su relación con Roberto. Aunque no podía alejar la aprensión que sentía junto a él, decidió atribuirla a su inseguridad y no a su instinto. Era cierto que todo aquel oráculo la había sorprendido con su exactitud, pero no pensaba actuar siguiendo los consejos de una adivina.

Roberto le había presentado a sus padres. El viejo era un tipo simpático que hablaba continuamente de los negocios que haría en una Cuba libre. Montaría una fábrica de pinturas («porque en las fotos que traen de la isla todo se ve gris»), una tienda de zapatos («porque esos pobres de allá andan casi descalzos») y una librería donde se venderían ediciones baratas («porque mis compatriotas se han pasado medio siglo sin poder comprar los libros que les da la gana»). A Cecilia le divertía mucho aquella mezcla de inversionista con buen samaritano, y nunca se escabullía cuando el hombre la llamaba para contarle de algún nuevo proyecto que se le había ocurrido. Su mujer lo regañaba por aquel afán delirante de pensar en más trabajo cuando ya se había retirado hacía diez años; pero él le decía que su retiro era temporal, un descansito antes de emprender la última jornada. Roberto no participaba de aquellas discusiones; sólo parecía interesado en conocer más sobre la isla que nunca había pisado. Sin embargo, ésa era una manía común en los de su generación, hubieran o no nacido en Cuba, y ella no se detuvo a reflexionar más en el asunto.

Las fiestas de Navidad habían reavivado su relación en las últimas semanas. El ánimo de Cecilia, que siempre se alborotaba durante la época invernal, ahora bullía. Se fue de tiendas, por primera vez en mucho tiempo, dispuesta a remozar su aspecto. Ensayó maquillajes y se compró trajes nuevos.

La última noche del año, Roberto pasó a recogerla para ir a una fiesta que se celebraría en uno de esos islotes privados, llenos de mansiones donde vivían actores y cantantes que se pasaban la mitad del año filmando o grabando en algún confín del planeta. El anfitrión era un antiguo cliente de Roberto que ya lo había invitado otras veces.

Se perdieron un poco por callejas oscuras y frondosas antes de llegar. El patio, con su hierba recién cortada, terminaba en un muelle desde el cual se veían los grandes edificios del centro y un trozo de mar. Gente desconocida iba y venía por las habitaciones, curioseando entre las obras de arte que complementaban la decoración minimalista. Después de saludar al dueño de la casa, abandonaron el tumulto y se acercaron al muelle, se quitaron los zapatos y aguardaron la llegada del nuevo año hablando naderías.

Cecilia tuvo la certeza de que, por fin, sus tribulaciones amorosas terminaban. Ahora, chapoteando con los pies desnudos en el agua fría, se sentía completamente feliz. A sus espaldas había comenzado la cuenta regresiva de la televisión, mientras la costa oriental de Estados Unidos veía subir la manzana luminosa de Nueva York, en pleno Times Square. Los fuegos artificiales comenzaron a estallar sobre la bahía de Miami: racimos blancos, esferas rodeadas por anillos verdes, sauces de ramas rojas…

Cuando Roberto la besó, ella se abandonó con los sentidos borrachos de gusto, saboreando aquel zumo de uvas en su boca como una golosina divina y sobrenatural. Fue una liturgia sensual e inolvidable; última estación de aquel romance.

Una semana después, Roberto llegó a su apartamento al anochecer.

—Vamos a tomar algo —le dijo.

Desde una mesita al aire libre, junto a la bahía, se veía un velero —mezcla de barco pirata y clíper— repleto de gentes que no tenían nada más que hacer, excepto pasearse por las tranquilas aguas contemplando el bullicio en tierra. Entre uno y otro Martini, Roberto le dijo:

—No sé si debemos seguir viéndonos.

Cecilia creyó que oía mal. Poco a poco, enredándose con las palabras, él le confesó que había vuelto a ver a su antigua novia. Cecilia aún no entendía. El mismo había insistido para que volvieran a salir juntos; le había asegurado que no existía nadie más. Ahora parecía confundido, como si se debatiera entre dos fuerzas. ¿Estaba de veras embrujado? Le confesó que habían conversado, intentando aclarar lo ocurrido en su pasada relación. Y mientras Roberto hablaba, ella se iba muriendo con cada palabra suya.

—No sé qué hacer —concluyó él.

—Yo te ayudaré —dijo Cecilia—. Ve con ella y olvídate de mí.

El la miró extrañado… o quizás atónito. Las lágrimas no la dejaban ver. Ahora actuaba con esa especie de instinto irracional, y un poco suicida, que la acompañaba cada vez que se veía ante una situación injusta. Si la perseverancia y el amor no bastaban, ella prefería retirarse.

—Necesito que hablemos —dijo él.

—No hay nada de qué hablar —musitó ella, sin gota de rencor.

—¿Puedo llamarte?

—No. No puedo seguir así o acabarás con la poca cordura que me queda.

—Te juro que no sé lo que me pasa —murmuró él.

—Averígualo —le dijo ella—, pero lejos de mí.

Cuando llegó a casa de Freddy, estaba al borde del colapso. Ajeno a lo que ocurría, el muchacho la invitó a pasar en medio de un desorden de casetes y discos compactos. La grabadora dejaba escapar un bolero quejumbroso. Cecilia se sentó en el suelo, a punto de llorar.

—¿Ya sabes que el Papa llegó a La Habana? —preguntó el muchacho, mientras apilaba los discos en diferentes montones.

—No.

—Menos mal que se me ocurrió grabar el recibimiento. Fue espectacular —dijo él, tratando de decidir dónde colocaba a Ravi Shankar—. ¡Ah! Tengo un chiste. ¿Sabes para qué el Papa va a Cuba?

Ella movió la cabeza con desgana.

—Para conocer de cerca el infierno, ver al diablo en persona y averiguar cómo se vive de milagro.

Cecilia apenas esbozó una sonrisa.

—Van a transmitir en vivo todas las misas —dijo él finalmente—, así es que no te las pierdas. A lo mejor arde Troya delante de las barbas de quien tú sabes.

—No puedo quedarme en casa viendo televisión —murmuró ella—. Tengo que trabajar.

—Para eso inventaron el video, m’hijita.

Una voz femenina comenzó a cantar: «Dicen que tus caricias no han de ser mías, que tus amantes brazos no han de estrecharme…». Cecilia sintió que el nudo en su garganta le impedía respirar.

—Voy a grabarlo todo para la historia —comentó Freddy, amontonando varios casetes de cantos gregorianos—. Para que nadie me haga un cuento…

Y cuando aquel bolero de medio siglo gimió: «Dame un beso y olvida que me has besado, yo te ofrezco la vida si me la pides…», los sollozos sobresaltaron a Freddy. Del susto dejó caer los casetes y dos columnas completas se derrumbaron.

—¿Qué te pasa? —preguntó asustado—. ¿Qué tienes?

Nunca la había visto así.

—Nada… Roberto… —tartamudeó ella.

—¡Otra vez ése! —exclamó—. Mal rayo lo parta.

—No digas eso.

—¿Qué pasó ahora? ¿Volvieron a separarse?

Ella asintió.

—¿Y ahora por qué? —preguntó él.

—No sé… No sabe. Cree que a lo mejor sigue enamorado de la otra.

—¿Aquella que me contaste?

Ella asintió.

—Pues oye bien lo que te voy a decir —dijo, colocándose frente a ella—. Yo sé quién es esa mujer. Hice mis averiguaciones…

—¡Freddy! —comenzó a regañarlo Cecilia.

—Sé quién es —insistió él— y te digo que no te llega ni al tobillo. Si quiere seguir con esa mujercita sosa y desabrida, allá él. Tú vales más que cualquier tipa de esta ciudad. ¿Qué digo yo de esta ciudad? ¡Del planeta! Si él quiere perderse la última maravilla del mundo moderno, buen tonto es y no vale una lágrima tuya.

—Quisiera estar en otro sitio —sollozó ella.

—Ya se te pasará.

Freddy le acarició la cabeza, sin saber cómo consolarla. Ese era el dilema de Cecilia: una sensibilidad que siempre terminaba por convertirse en fuga. La mayor parte del tiempo intentaba mostrarse distante, como si huyera de sus afectos, pero él sabía que se trataba de un mecanismo de defensa para no salir herida… como ahora. También sospechaba que la temprana muerte de sus padres era culpable de aquel temperamento que buscaba refugiarse por los rincones, huyéndole al dolor del mundo. Pero esa sospecha no era suficiente para saber cómo podía ayudarla.

—Odio este país —dijo ella finalmente.

—¡Vaya! Siempre la agarras con los países. Primero fue Cuba, porque te caía mal Barba Azul. Ahora la coges con éste, por una tipa del montón. Los países no tienen la culpa de albergar gente abominable.

—Las ciudades son como las personas que viven ahí.

—Perdona que te lo diga, pero estás hablando sandeces. En una ciudad viven millones de gentes: buenas y malas, sabias y estúpidas, nobles y asesinas.

—Pues me ha tocado la peor parte en la lotería. ¡Ni siquiera tengo amigos! No tengo a nadie con quien hablar, sólo tú y Lauro.

Estuvo a punto de mencionar a Gaia y Lisa, pero decidió no incluirlas en su lista de confidentes.

—Ya va siendo hora de que hagas más amistades —le aconsejó Freddy.

—¿Dónde? A mí me gusta caminar, y aquí no puedo ir andando a ningún sitio. Todo está a mil millas de distancia. No sabes lo que me gustaría perderme en alguna calle para olvidarme de todo… A ver, dime, ¿dónde puedo encontrar aquí nada parecido a los parques de El Vedado, o al muro del malecón, o a los bancos del Prado, o al teatro Lorca cuando había un festival de ballet, o al portal de la Cinemateca cuando ponían un ciclo de Bergman…?

—Si sigues hablando así, soy capaz de irme a vivir otra vez a Cuba… con Lucifer y todo en el poder. ¡Y no confundas las cosas! Tu problema es amoroso, no cultural. Te encanta mezclarlo todo para no enfrentar lo peor.

La última acusación dio en el blanco y la hizo regresar de golpe a la realidad. Tuvo la certeza de que jamás volvería a ver a Roberto, pero ¿cómo sobreponerse a él? Nadie había hallado una cura para esa clase de dolor y seguramente no la hallaría nunca. Desde que sus padres la dejaran… Sacudió la cabeza para alejar aquellos demonios y buscó un pensamiento protector: el relato de Amalia. Era un consuelo saber que no estaba sola. Sintió un soplo de esperanza. No iba a dejarse aplastar.

—Me voy —dijo de pronto, secándose las lágrimas.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó Freddy, sorprendido por el súbito cambio.

—No, voy a ver a una amiga.

Y apenas sin despedirse, salió a la noche azul de Miami.