Yo sabía que, tarde o temprano, algo tenía que pasar. En un mundo perfecto, Etta habría sido mi novia y Chaim el padrino de la boda, pero después de la conversación con Craxton mis esperanzas de una vida mejor se esfumaron. Todo lo que yo hacía salía mal. La policía sospechaba de mí y Hacienda me quería encarcelar. Hasta Craxton me mentía, y yo no sabía por qué. No había manera de escapar a todo aquello, de modo que me refugié en la bebida. Me tomé un par de copas y, por hacer algo, me puse a fregar. Pero el lavabo no quedaba limpio y el whisky no surtía el efecto esperado.
No sólo me preocupaba Mouse, y lo que podía hacer para vengarse de mí. No soy un cobarde y estoy dispuesto a luchar por lo que creo justo, tenga o no posibilidades de ganar. Si hubiera pensado que estaba bien amar a Etta, no me habría importado lo que Mouse pudiera hacer; yo de todos modos habría estado en paz conmigo mismo. Pero Mouse era mi amigo y sufría; lo supe cuando estábamos en Targets y vi sus ojos. Pero entonces no me había preocupado por él; lo único que me importaba eran mis sentimientos. Y ahora mi egoísmo me hacía sentir enfermo.
Lo mismo me sucedía con Chaim Wenzler. Quizá era comunista, pero era mi amigo. Más de una vez bebimos de la misma copa, y hablamos sinceramente. Craxton y Lawrence me tenían tan preocupado por mi dinero y mi libertad que me había convertido en el esclavo de aquellos dos hombres.
Mouse y Chaim al menos eran fieles a sí mismos. Ellos eran los inocentes y yo el malvado.
Y finalmente, cuando sucumbí al whisky, empecé a acordarme de Poinsettia Jackson.
Sólo podía pensar en la joven, y en que se había suicidado a causa de mi insensibilidad. Me parecía bien que el detective Quinten Naylor siguiera investigando, aunque no estaba de acuerdo con él. ¿Quién iba a querer matar a una mujer que vivía cada segundo de su vida en la tortura y el dolor? Alguien que hubiera querido acabar con sus sufrimientos no la habría colgado. Una bala en la cabeza habría sido más humano. No. Poinsettia se había quitado la vida porque había perdido su belleza y su trabajo, y cuando me suplicó que al menos le permitiera tener un techo, yo también se lo quité.
Cuando fui esa noche a la Primera Iglesia Africana estaba de muy mal humor. Estaba un poco trompa, y deseoso de echarle a cualquiera la culpa de todo lo malo que había en mí.
Le había prometido a Odell que pasaría por la escuela de enseñanza primaria que llevaba la iglesia y vería qué podía hacer con las hormigas. Tenían un verdadero problema con las hormigas rojas.
En Los Angeles había una peculiar especie de hormigas rojas. Eran tres veces más grandes que las hormigas comunes negras, y de un color rojo brillante. Pero el verdadero problema era su picadura. Era muy dolorosa, y en muchas personas, además, levantaba una gran roncha. Todo esto ya era bastante serio, pero además las hormigas parecían molestar especialmente a los niños. Y a ellos les encantaba jugar en la tierra, donde las hormigas rojas hacían sus nidos.
Yo tenía un veneno que las mataba dentro de sus madrigueras. Y estaba tan furioso por todo, y tan borracho, que no tuve el tino de quedarme en casa.
Usé la llave que me había dado Odell y fui al sótano a buscar un embudo. Cuando llegué al autoservicio vi que las luces estaban encendidas. No me preocupó ya que en la iglesia había a menudo gente trabajando.
Cogí el embudo del cuarto de las herramientas y me dirigí a la salida, en la parte de atrás del sótano. Cuando pasé por el salón principal los vi. Chaim Wenzler estaba con una joven de pelo negro y piel blanca.
—Hola, Easy —me saludó Chaim, sonriendo, y se levantó y cruzó la habitación para darme la mano.
—Hola, Chaim —le respondí.
Me llevó de la mano hasta donde estaba la joven.
—Ésta es Shirley, mi hija.
—Encantado de conocerla —dije—. Discúlpeme, Chaim, pero tengo trabajo que hacer, y además problemas en casa.
Debí de parecer sincero, porque tanto Chaim como Shirley se pusieron muy serios. Ambos tenían el mismo hoyuelo en el centro de la barbilla.
Mi único deseo era irme de allí. La habitación, de repente, me parecía demasiado oscura y demasiado caliente. Me revolvía el estómago pensar que estaba allí para engañar a aquellas personas, de la misma manera que había engañado a Poinsettia diciéndole que era un pobre conserje. Antes de que pudieran manifestarme su simpatía yo ya iba hacia la salida.
El patio de la escuela era un vasto terreno arenoso, con tres casitas adosadas en el lado norte. Las hormigas hacían sus nidos contra las paredes de ladrillo rojizo del fondo del patio. Encendí mi linterna y saqué la botella amarilla de veneno. También llevaba conmigo una botellita de Teachers, y antes de echarles a las hormigas su veneno por el embudo, me tomé unos tragos del mío.
La escena que siguió fue muy extraña. A la luz de la linterna, la arena de los alrededores del nido parecía un verdadero desierto. Al principio sólo hubo un hilo de humo que brotaba del agujero, pero después salieron corriendo unas veinte hormigas. Estaban frenéticas, corrían en círculos cada vez más amplios y galopaban en la arena como los caballos de un desfile militar conducidos a rienda corta. Esas primeras hormigas huyeron en la noche, pero les siguieron otras mucho más débiles y confusas.
En verdad, sólo vi morir a cuatro insectos, pero sabía que las madrigueras estaban llenas de hormigas muertas. Sabía que habían muerto en el acto, porque aquel veneno era realmente efectivo. Como cuando llegamos a Dachau y los cadáveres estaban dispersos por el lugar como las astillas de madera en un aserradero.
En total había seis agujeros. Seis nidos diferentes para exterminar. Cumplí con el ritual, bebiendo mi whisky, la mirada fija en los escasos cadáveres.
En todos los nidos ocurrió lo mismo excepto en el último. En éste, y no sé por qué, cuando eché la dosis de veneno salieron cientos de hormigas. Eran tantas que tuve que retroceder para que no me picaran. Estaba tan asustado que me fui a la carrera y tropecé dos veces.
Seguí corriendo hasta la iglesia. Antes de entrar, me bebí lo que quedaba del whisky y tiré la botella a la calle.
Bajé trastabillando al sótano. Chaim aún estaba allí con su hija. Me miraron de tal manera que me pregunté si habría estado hablando solo.
Chaim me miró a la cara con sus ojos casi incoloros y me imaginé que lo sabía todo. Sobre el FBI y Craxton, sobre las hormigas y Poinsettia y papá Reese. Y a lo mejor sabía también que una vez me quedé dormido y cuando desperté mi madre estaba muerta.
—¿Qué pasa, señor Rawlins? —me preguntó.
—Nada —respondí, y di un paso atrás. El impacto de mi pie contra el suelo resonó en mi cabeza como un timbal gigante—. Es que…
—¿Qué dice? —jadeó Chaim mientras me sostenía por los brazos; me di cuenta de que me estaba cayendo y traté de recuperar el equilibrio.
Y también seguí hablando.
—No es nada, he dicho que no es nada.
Intenté retroceder, pero me lo impidió la pared.
Shirley, la hija de Chaim, se acercó a su padre. Me miró con una expresión preocupada en su rostro de porcelana.
—Quédese quieto, Easy —dijo Chaim, y luego rió—: No creo que mañana pueda ayudarme con la ropa.
Me reí con él.
—De todos modos, usted estaría mucho mejor trabajando con otra persona.
Me sacudió como cuando uno sacude a alguien para despertarlo.
—Usted es mi amigo, Easy. —Su mirada melancólica me entristeció aún más.
Pensé en las víctimas que había visto; hombres reducidos al tamaño de niños, fosas comunes llenas de inocencia.
—Yo no soy su amigo. No se puede confiar en un hombre como yo, Chaim. La eché a ella de su casa. La dejé en la calle y ahora está muerta. Será mejor para usted que se olvide de mí, Chaim.
Y tras decir esto me apoyé en la pared y me deslicé hasta quedar sentado en el suelo.
—No podemos dejarlo aquí, papá —dijo Shirley. Él le contestó algo que a mí me pareció música, una canción de la que había olvidado las palabras. Por un momento creí que Chaim había comprendido mi confesión y pensaba matarme en el sótano de la iglesia.
Pero en cambio me ayudaron a levantarme y me llevaron hacia la puerta. Hice la mayor parte del camino por mi propio pie, pero con algún que otro tropiezo.
En mi cabeza había un ruido de tambores, y lámparas encendidas en un cielo completamente oscuro. En el instante de silencio que se producía entre el estrépito de cada uno de mis pasos, oía los insectos nocturnos que se estrellaban contra las pantallas de cristal.
La luz se encendió en el coche y yo me desplomé sobre el asiento de atrás. Chaim me metió las piernas dentro y cerró la puerta.
Recuerdo movimientos y palabras de consuelo. Pero no me acuerdo de haber entrado a la casa. Después volví a caerme, esta vez sobre una cama. Había estado llorando mucho rato.