Se acerca el momento. Va llegando poco a poco. El momento en que me doy cuenta de que hemos perdido. La joven abogada, la señorita Bonnard, está de pie frente a mí, una mujer pequeña, como seguramente recordarás, con una melena caoba bajo la peluca judicial. Su mirada es fría, su voz suave. La toga negra le queda más chic que siniestra. Irradia calma, credibilidad. Llevo dos días sentada en el banquillo de los testigos y estoy cansada, muy cansada. Más tarde sabré que la señorita Bonnard ha elegido esta hora del día a propósito. Se ha pasado toda la tarde preguntando por mis estudios, mi matrimonio, mis aficiones. Ha dado tantos rodeos que al principio no me percato de que las preguntas de ahora son trascendentales. El momento se acerca, pero lentamente. Avanza poco a poco hasta el clímax.
El reloj de pared del juzgado marca las tres y cincuenta minutos de la tarde. Hay una atmósfera cargada. Todos están cansados, incluido el juez. Me cae bien este juez. Toma notas escrupulosamente y cuando necesita que un testigo hable más despacio alza la mano con educación. Se suena la nariz con frecuencia, lo cual le hace parecer vulnerable. Es inflexible con los abogados, pero se muestra amable con el jurado. Una de ellas tartamudeó durante el juramento, y el juez asintió con una sonrisa y le dijo: «Tómese todo el tiempo que necesite, señora». El jurado también me gusta. Parece una buena muestra representativa; un ligero predominio de mujeres, tres personas de raza negra y seis asiáticas, con edades comprendidas entre los veinte y los sesenta y pico. Cuesta creer que un grupo de individuos tan inofensivos pueda meterme en la cárcel. Mucho más ahora, que están arrellanados en sus asientos. Ya no se los ve tan atentos y entusiasmados como al comienzo del juicio, cuando sus rostros resplandecían de adrenalina por sentirse importantes. Seguramente, al principio les sorprendió tanto como a mí que el horario del juicio fuera tan reducido, por las mañanas desde las diez hasta la hora del almuerzo, sin acabar nunca más allá de las cuatro de la tarde. Pero ahora todos lo comprendemos. La lentitud del proceso, eso es lo que resulta extenuante. Ahora estamos inmersos en dicho proceso y saturados con tanto detalle. Están agobiados. Tienen tan poca idea como yo de adónde quiere llegar esta joven.
Y luego, en el banquillo revestido de madera, tras las gruesas láminas de vidrio blindado, estás tú: mi coacusado. Antes de que yo subiera al estrado estábamos sentados uno junto a otro, aunque separados por los dos funcionarios del tribunal. Me han advertido que no te dirija la mirada cuando interrogan a los otros testigos. Según dicen, daríamos la impresión de ser cómplices. Ahora que estoy en el estrado me miras con serenidad y sin emoción alguna, y tu mirada tranquila y casi vacía me reconforta porque sé que quieres que mantenga la calma. Sé que verme aquí de pie y aislada, observada y juzgada, despierta tu instinto protector. Puede que les parezcas impasible a quienes no te conozcan, pero yo he visto muchas veces esa mirada que finge despreocupación. Sé lo que estás pensando.
No hay luz natural en la sala número ocho y eso me molesta. En el techo hay paneles con fluorescentes y en las paredes más tubos fluorescentes. Todo es muy austero, aséptico y moderno. Los revestimientos de madera y los asientos abatibles con sus fundas verdes no encajan. La exasperante futilidad de las formas contrasta con el trascendental drama que nos ha traído hasta aquí.
Echo un vistazo a la sala. El secretario del juzgado, sentado una fila por delante del juez, tiene los hombros caídos. Susannah está en la tribuna pública, junto a unos estudiantes que han aceptado hace una hora y una pareja de jubilados que llevan ahí desde el principio, aunque no parecen tener relación alguna con el caso: aficionados al teatro que no pueden permitirse un espectáculo del West End. Incluso Susannah, que me observa con su habitual atención, también mira el reloj de vez en cuando, deseando que acabe el día. Llegados a este punto nadie espera grandes acontecimientos.
—Me gustaría que retrocediéramos un poco en su carrera —dice la señorita Bonnard—. Espero que sea paciente conmigo.
Ha mostrado una corrección absoluta durante todo el interrogatorio. Lo cual no le impide aterrorizarme con su compostura antinatural y la sensación de que sabe algo muy valioso que los demás estamos a punto de averiguar. Supongo que tendrá unos veinte años menos que yo, treinta y tantos, como mucho, casi la misma edad que mis hijos. Su ascenso en los juzgados debió de ser meteórico.
Un miembro del jurado, un hombre negro de mediana edad con una camisa rosa que se sienta en el extremo derecho, bosteza sin ocultarlo. Miro al juez, que intenta mostrar interés pero tiene los ojos cansados. Solo mi abogado, Robert, parece estar alerta. Observa a la señorita Bonnard atentamente con el entrecejo fruncido y arqueando sus espesas cejas canosas. Después me preguntaré si sospecharía algo, si la aparente ligereza de su tono le daba alguna pista.
—¿Podría usted recordar a la sala —continúa— cuándo fue la primera vez que asistió a una comisión en el Parlamento? ¿Cuánto hace de eso?
No debería sentirme aliviada, pero no puedo evitarlo; la pregunta es fácil. Todavía no ha llegado el momento.
—Hace cuatro años —contesto con firmeza.
La joven mira sus notas con teatralidad.
—Eso fue en una comisión de estudio de la Cámara de los Comunes el día…
—No —digo—, en realidad era una comisión permanente en la Cámara de los Lores. —Aquí estoy en terreno seguro—. Ya no existen las comisiones permanentes, pero en aquel momento la Cámara de los Lores tenía cuatro de ellas y cada una cubría un aspecto diferente de la vida pública. Me presentaba ante la comisión permanente de Ciencias para dar fe de los avances en secuenciación informática para mapeo genético.
Me interrumpe de golpe.
—Pero usted trabajaba a tiempo completo en el Instituto Beaufort, ¿verdad? Antes de que se hiciera agente libre, quiero decir. Instituto Beaufort para la Investigación del Genoma, creo que es su nombre completo…
La incongruencia de su discurso me desorienta por un momento.
—Sí, sí, trabajé allí a tiempo completo durante ocho años hasta que reduje mi horario a dos días a la semana, era como una especie de asesora que…
—Es uno de los institutos de investigación más prestigiosos del país, ¿verdad?
—Bueno, junto con los de Cambridge y de Glasgow, supongo que sí. Yo estaba muy…
—¿Puede decir al jurado dónde está situado el Instituto Beaufort?
—En la calle Charles II.
—Me parece que es paralela a Pall Mall. ¿No baja hasta Saint James’s Square?
—Sí.
—Hay una cantidad enorme de instituciones por allí, ¿verdad? Institutos, clubes privados, bibliotecas de investigación… —Mira hacia los miembros del jurado y les dedica una tímida sonrisa—. Círculos de poder, ese tipo de cosas…
—Yo no estoy… yo…
—Disculpe, ¿cuánto tiempo decía que trabajó para el Instituto Beaufort?
Me resulta imposible evitar la nota de irritación en mi voz, a pesar de que también me han prevenido contra ello.
—Todavía trabajo allí. Pero trabajé a tiempo completo durante ocho años.
—Ah, sí, lo siento, ya nos lo había dicho. Y durante esos ocho años ¿usaba el transporte público todos los días, autobús y metro?
—El metro normalmente, sí.
—¿Iba andando desde Picadilly?
—Desde la estación de metro de Picadilly, sí.
—Y durante las horas del almuerzo, los descansos para el café, con tantos sitios para comer por allí y bares a los que ir tras el trabajo… —En ese punto la abogada de la acusación, la señora Price, emite un pequeño suspiro y comienza a alzar el brazo. El juez mira a la joven letrada por encima de sus gafas y esta pide perdón con la mano en respuesta—. Disculpe, milord, estoy a punto de llegar ahí, sí…
Milord. Mis anteriores experiencias con el juzgado de lo criminal se reducían a la televisión y esperaba que dijera «Señoría». Pero estamos en el Old Bailey. El juez es un lord, o una lady si es jueza. Me advirtieron de que las pelucas y las ceremoniosas formas de tratamiento podrían parecerme extrañas o amedrentarme. Pero ni las pelucas ni las formas de tratamiento arcaicas me intimidan, más bien me parecen cómicas. Lo que me amilana es la burocracia, el teclear del estenógrafo, los portátiles, los micrófonos, la sensación de que a cada palabra dicha se acumula otro expediente sobre mí, la demoledora parafernalia de las formalidades. Eso es lo que me intimida. Hace que me sienta como un ratón de campo atrapado entre las gigantescas cuchillas giratorias de una cosechadora. Tengo esa sensación a pesar de estar tan preparada como la mejor de las testigos. Mi esposo se encargó de ello. Contrató a un abogado de relumbrón para prepararme; cuatrocientas libras a la hora. La mayor parte del tiempo he recordado que tenía que mirar hacia el jurado cuando contestase, en lugar de volverme instintivamente como si pidiera ayuda. Para recordarlo, he seguido el sencillo consejo de mantener las puntas de los pies dirigidas hacia ellos. He procurado que la posición de los hombros fuera la correcta, permanecer en calma, mirar a los ojos adecuadamente. Todo el equipo coincide en que no lo estoy haciendo nada mal.
La abogada reconoce la autoridad del juez y vuelve a mirarme.
—Así que, en total, lleva visitando el distrito de Westminster ¿cuánto, unos doce años? ¿Más?
—Seguramente más —digo, y noto cómo va llegando el momento, allí mismo: una profunda sensación de incomodidad en mi interior similar a una ligera punzada en el plexo solar.
Soy capaz de diagnosticármelo a pesar de que me desconcierta.
—Entonces —dice con una voz que se ralentiza y se vuelve más cortés— ¿sería apropiado decir que tras todos esos trayectos y paseos desde el metro, a la hora de comer y demás, está usted bastante familiarizada con esa zona?
Va llegando. Empiezo a perder el aliento. Noto cómo mi pecho se infla y se desinfla, al principio imperceptiblemente, pero cuanto más intento controlarme más obvio resulta. El ambiente en el interior de la sala se tensa, todos lo advierten. El juez me mira fijamente. ¿Son imaginaciones mías o el miembro del jurado de la camisa rosa que veo de reojo se ha enderezado un tanto y se incorpora en el asiento? De repente no me atrevo a mirarlos directamente. No me atrevo a mirarte a ti, sentado en el banquillo.
Asiento, súbitamente incapaz de hablar. Sé que en unos segundos empezaré a hiperventilar. Lo sé, a pesar de que nunca antes me haya pasado.
La voz de la abogada es grave y sinuosa.
—Conoce las tiendas, las cafeterías… —El sudor me hace cosquillas en la nuca. El cuero cabelludo se me contrae. Ella hace una pausa. Ha notado mi intranquilidad y quiere que sepa que he acertado: sé adónde quiere ir con el nuevo rumbo que da al interrogatorio y ella también sabe que soy consciente de ello—. Las callejuelas adyacentes… —Se detiene de nuevo—. Los callejones traseros…
Y entonces llega el momento. Este es el momento en el que todo se desmorona. Yo lo sé, y tú también, ya que te llevas las manos a la cabeza en el banquillo. Ambos sabemos que estamos a punto de perderlo todo, que nuestros matrimonios están acabados, nuestras carreras han terminado, yo he perdido la estima de mis hijos y, para colmo de males, nuestra libertad está en juego. Todo por lo que hemos trabajado, todo aquello que intentábamos proteger, está a punto de derrumbarse.
Ahora hiperventilo de forma clara, respiro como un pez fuera de su pecera. Mi abogado defensor, el pobre Robert, se queda mirándome, sorprendido y preocupado. La acusación descubrió su línea de ataque antes del juicio y no había nada inesperado en la presentación del caso ni en los testigos que llevaría al estrado. Pero ahora estoy ante tu abogada, que es parte del equipo de la defensa, y ambas defensas habíamos llegado a un acuerdo. «¿Qué está pasando?», casi oigo pensar a Robert. Lo leo en su rostro cuando me mira: hay algo que Yvonne no me ha contado. Lo único claro que tiene de lo que está a punto de suceder es que no sabe lo que pasará. Debe de ser la pesadilla de todos los abogados, encontrarse con algo para lo que no están preparados.
Bajo el estrado, sentados tras las mesas que tengo a mi lado, los del equipo de la acusación también me miran fijamente: el abogado de la fiscalía junto a su ayudante, la representante de la Fiscalía General de la Corona en la mesa siguiente, y una fila más atrás el inspector general de la Policía Metropolitana de Londres, el agente del caso, el encargado de las pruebas instrumentales… Y además, junto a la puerta, el padre de la víctima en su silla de ruedas y la agente de asuntos sociales que se encarga de él. Conozco tan bien a los protagonistas de este drama como a mi propia familia. Todos se fijan en mí. Todos, amor mío. Todos menos tú. Tú ya no me miras.
—¿No es cierto que conoce usted un pequeño callejón llamado Apple Tree Yard? —pregunta la señorita Bonnard con su voz sedosa y entrecortada.
Cierro los ojos muy lentamente, como si cerrara las persianas a todo lo sucedido en mi vida hasta este momento. No se oye un solo ruido en el juzgado. Después, oigo que alguien que está en los bancos de delante arrastra los pies. La abogada hace una pausa efectista. Sabe que permaneceré con los ojos cerrados uno o dos segundos para absorberlo todo, para intentar controlar mi respiración entrecortada y ganar unos instantes, pero el tiempo se nos ha escapado como agua entre los dedos y ya no queda nada, ni un solo segundo.
Todo ha terminado.