CAPÍTULO 15
LAS RAZONES DEL CELIBATO

Roma quería gobernar; para ello necesitaba instrumentos ciegos, esclavos sin voluntad, y a éstos los encontró en un clero célibe que no estaba ligado por ningún lazo familiar a la patria y al soberano, cuyo principal —y único— deber consistía en la obediencia incondicional a Roma.

Un religioso católico (anónimo) del siglo XIX

La «impureza» de la vida matrimonial

En un primer momento, un hecho determinante para el celibato fue la antigua y extendida creencia de que el éxito del ritual dependía de la castidad del sacerdote. Las relaciones sexuales y el ministerio sacerdotal, la «impureza» de la vida matrimonial y la «santidad» del quehacer espiritual, se tenían por incompatibles (supra). Para justificar esta idea, se recordaban las exigencias del Antiguo Testamento —tomadas del paganismo—, que había desterrado toda clase de sexualidad del ámbito del Templo (supra); una obsesión purificadera que el Nuevo Testamento ignora por completo. En cualquier caso, en Oriente, donde por lo general sólo había oficios los domingos, miércoles y viernes, la Iglesia sólo exigía la abstinencia del sacerdote en esos días; en cambio, en Occidente, donde la misa tenía lugar a diario —la costumbre se inició en Roma—, se insistía en la continencia absoluta en la vida matrimonial. Esa renuncia casi sobrehumana aumentaría el prestigio del religioso ante el pueblo, le proporcionaría credibilidad y respetabilidad, le convertiría en una especie de ídolo, en una figura por encima de los mortales, líder y padre a la vez, a quien la gente miraría con admiración, dejándose gobernar por él: una imagen del sacerdote que sólo en la actualidad ha empezado a ser completamente desmontada.

¿Quién va a pagar esto?

Pero puesto que la coacción, más que a la castidad, indujo a los clérigos al libertinaje, la motivación cúltica no parece haber sido decisiva. Un motivo político-financiero entró pronto en escena: como es natural, los religiosos solteros les resultaban más baratos a los obispos que los que tenían mujer e hijos.

El motivo económico aparece en innumerables leyes y decretos sinodales hasta nuestros días, pues, no hace mucho tiempo aún, el ya fallecido cardenal Spellmann, arzobispo de Nueva York y «genio financiero» del papa, se preguntaba: «¿quién va a pagar esto?».

Los primeros gobernantes cristianos no discriminaron ni a los religiosos casados ni a sus familias. Pero en el año 528 el emperador Justiniano dispuso que quien tuviera hijos (¡y no quien estuviera casado!) no podría llegar a ser obispo. La razón de este decreto frecuentemente reproducido era, sin duda, de naturaleza presupuestaria. Sólo dos años después, Justiniano arremetió también contra quienes se casaban tras ser ordenados «y engendraban hijos de mujer». En ese momento, declaró nulos todos los matrimonios celebrados tras la ordenación sacerdotal y a toda su descendencia ya nacida o por nacer, ilegítima, infame y sin derecho de sucesión. A mediados del siglo VI, el papa Pelagio I consagró obispo de Siracusa a un padre de familia, estableciendo, sin embargo, que sus hijos no podrían heredar ningún «bien eclesiástico». El tercer sínodo de Lyon (583) sólo amenazaba con la suspensión «si nacía un hijo». Pero conforme la cristianización progresaba, se tendió cada vez más a desheredar a la descendencia de los sacerdotes (infra)[141].

Los negocios del Señor

Pero seguramente la constante disponibilidad de los clérigos solteros fue aún más importante para los eclesiarcas que el factor financiero. Al fin y al cabo. San Pablo ya sabía que «el soltero se preocupa de las cosas de Dios; el casado, en cambio, se ocupa de las cosas del Mundo, de cómo agradar a su mujer; está, por tanto, dividido». Y hasta hoy ningún otro pasaje bíblico ha sido tan exhibido para fundamentar el celibato sacerdotal (sin tener en cuenta que Pablo, obviamente, en ningún caso podía referirse a los sacerdotes, cosa que la mayoría de las veces se escamotea), ya que éste indica claramente lo que se necesita: instrumentos sin voluntad propia, con dedicación exclusiva, no ligados a ninguna familia, sociedad o estado, para poder ejercer el poder mediante ellos.

Por ello, cuando Pío IV, durante el concilio de Trento (1545-1563), pidió a los príncipes cristianos que hicieran propuestas positivas y el emperador alemán Fernando I y los reyes de Francia y Bohemia reclamaron la autorización del matrimonio de los clérigos, los prelados se opusieron decididamente. «¿El matrimonio de los sacerdotes?» apostrofó el cardenal de Carpi al papa, «¿no habéis reflexionado que, desde ese momento, ya no dependerían del Papa sino de su príncipe, hacia el que mostrarían su satisfacción en todos los sentidos, en perjuicio de la Iglesia y por amor a sus mujeres e hijos?»

Y cuando, en el siglo XVIII, durante una discusión sobre el celibato, el cardenal Rezzonico aconsejó sanear las finanzas curiales concediendo la dispensa a todos los sacerdotes que solicitaran permiso para casarse y pagaran por ello —«un cequí en ese momento (…) y después unos táleros cada año»—, parece que el Papa, aunque en un primer momento acusó recibo de la sugerencia con la nota de «mejor propuesta» (optima propositio), después la rechazó claramente. Porque los clérigos, estando solteros, garantizan los negocios del Señor (y de los señores) bastante más efectivamente que si tuvieran familia… ¡aun en el caso de que pagaran por ello!

«(…) Venus me rehúye más que yo a ella»

En la problemática del celibato influye, sin duda, una circunstancia biológica: el hecho de que la Iglesia está casi siempre regida por hombres mayores. Pues éstos, aunque puedan haber sido en su juventud mundanos y frívolos, incluso elocuentes propagandistas del matrimonio de los clérigos, en la vejez, cansados, impotentes y sádicos, exigen el celibato.

Un típico ejemplo de ello: Eneas Silvio de Piccolomini. En el concilio de Basilea recordó a los papas casados y a Pedro, príncipe de los apóstoles, también casado; su opinión era que «aunque el matrimonio de los religiosos se ha prohibido por buenas razones, se debería volver a autorizar por razones aún mejores». Pero, convertido en Pío II, Eneas no sólo incluyó en el índice los Erótica, compuestos por él mismo, sino que hizo una llamada a la continencia a un sacerdote amigo que pretendía obtener su dispensa para casarse, aconsejándole que rehuyera al sexo femenino como a la peste y considerara a toda mujer como un diablo. «Seguramente dirás» prosiguió el papa, «¡vaya, qué estricto es Eneas! Ahora me elogia la castidad; ¡qué distintas eran sus palabras cuando hablaba conmigo en Viena y Neustadt! Es verdad, pero los años se acortan, la muerte se acerca (…) Venus me aborrece. Ciertamente, también mis fuerzas disminuyen. Mi cabello es gris, mis nervios están resecos, mis huesos están podridos y mi cuerpo plagado de arrugas. Ya no puedo complacer a ninguna mujer ni ella a mí (…) La verdad es que Venus me rehúye más que yo a ella».

A este motivo biológico se añade a menudo otro más bien psicológico, que ciertamente no se daba sólo entre los papas. Hay quien sospecha (y de nuevo desde el lado católico) que el hecho de que los viejos prelados aboguen por el celibato es el resultado de un secreto ánimo de revancha, «para que una futura generación no pueda gozar de una vida más sincera y más plena, porque uno mismo tuvo que renunciar a ella»[142].