CAPÍTULO II

A LA GRANJA DEL CEREZO

Fue un viaje muy largo, pero emocionante. En primer lugar, papá había dispuesto que comieran en el vagón restaurante, y fue muy divertido caminar por el tren en plena marcha, para ir a ocupar sus puestos ante las pequeñas mesitas del comedor. Rory tuvo que sujetar fuertemente a Penny, porque casi se cae cuando el tren tomaba una curva.

Los tenedores y cuchillos tintineaban sobre la mesa, y el pan de Penny saltó del platito. El agua de Rory se derramó sobre el mantel, pero no fue culpa suya. ¡Qué divertido era comer en un tren que marchaba a setenta kilómetros por hora!

—Si el tren mantiene esta velocidad yo creo que pronto estaremos en la Granja del Cerezo —dijo Penny contemplando los setos y postes telegráficos que rápidamente iban quedando atrás.

—No llegaremos allí hasta después de la merienda —anunció Sheila—. Mamá dijo que deberíamos aguardar hasta estar allí para merendar. Dijo que tía Bess la tendría preparada para nosotros, y que sería una pena desperdiciarla merendando en el tren. De manera que yo creo que debemos comer todo lo que podamos por si luego tenemos hambre.

Comieron tanto que luego les entró sueño. Volvieron por los pasillos del tren en marcha, hasta su vagón. Rory había prometido a su madre que haría que Penélope durmiera después de la comida, y por ello preparó para ella una especie de cama en uno de los asientos.

—¡Vamos, Penny! —le dijo—. ¡Aquí tienes una cama para ti! Mira, he puesto mi abrigo como almohada, y te cubriré con esta manta.

—Pero yo quiero ser mayor como vosotros y charlar —repuso Penny, que aborrecía ser tratada como un bebé. Más Rory se mantuvo firme, y tuvo que echarse. A los dos minutos estaba profundamente dormida.

¡Y Rory también! Apoyó la cabeza contra la ventanilla y a pesar de que el tren silbaba y jadeaba, no oyó nada… se había dormido tan profundamente como la pequeña Penny.

Al poco rato Sheila se acurrucó en su rincón como un gatito y también cerró los ojos. Era delicioso dormir con el vaivén del vagón. El ruido en sus sueños formaba una canción así…: «Seremos salvajes, seremos salvajes».

Benjy permaneció despierto durante un rato, pensando lleno de contento, en las hermosas vacaciones que iban a tener. De los cuatro era al que más le gustaba el campo, y el que deseaba más ver a los animales y oír el canto de los pájaros. Jamás le habrían permitido tener animales en Londres, de manera que todo lo que Benjy pudo hacer fue trabar amistad con los perros del parque y dar de comer a los patos que en él había.

—Quizá tendré un cachorro de mi propiedad —pensaba Benjy soñador—. Quizá haya terneros en la granja que me laman la mano… y tal vez encuentre la madriguera de un tejón… o la guarida de una zorra.

Y luego se quedó dormido, y se vio sentado ante una madriguera rodeando con su brazo a una extraordinaria zorra amarilla, que estaba fumando en pipa y diciendo que quería ir a América. ¡Sí, Benjy estaba bien dormido!

De manera que después de charlar, comer y dormir, no les pareció que había transcurrido mucho tiempo cuando el tren se detuvo en una pequeña estación y el mozo gritó: «¡Cerezales, Cerezales!». «¿Se apea alguien en Cerezales?».

—¡Ésta es nuestra estación! —gritó Rory encantado—. ¡Vamos, coged vuestros sombreros! Aquí tienes tu bolsa, Sheila. ¡Vamos, Penny! ¡Eh, mozo, nuestro equipaje está en el furgón!

—¡Ya lo están bajando, señor! —replicó el mozo. Y así era. Entonces Rory distinguió a tía Bess que se apresuraba por el andén mientras el viento rizaba sus negros cabellos.

—¡Tía Bess! ¡Aquí estamos! —gritaron los cuatro niños corriendo a su encuentro.

—¡Hemos comido en el tren! —gritó Penny.

—¿Dónde está tío Tim? —preguntó Sheila, que adoraba a aquel campesino fornido y rudo.

—Nos aguarda fuera en el coche —repuso tía Bess besándoles a todos—. ¡Cielo Santo, qué mejillas tan pálidas! ¡Y qué piernas tan delgadas tiene Benjy! ¡Me pregunto cómo puedes caminar sobre ellas, Benjy!

Benjy se puso colorado. Aborrecía sus piernas flacas, y tomó la determinación de comer todo lo que pudiera hasta que sus piernas estuviesen tan gordas como las de tío Tim. Y allí estaba el tío Tim en el coche de caballos, saludando con el látigo a los niños.

¡Qué alboroto armaron los cuatro para subirse al coche tirado por un pony! Su equipaje les seguiría más tarde en el carro de la granja. El rollizo pony volvió la cabeza para mirar a los niños. Relinchó contento.

—¡Vaya, incluso Polly, el pony, se alegra de veros! —rió tío Tim—. ¡Hola, Penny! ¡Has crecido desde que no te veo!

—Sí, he crecido —dijo Penny con orgullo—. Ahora ya no tengo niñera. Soy tan mayor como los demás.

Era un grupo feliz el que corría por la hermosa campiña hacia la Granja del Cerezo. De cuando en cuando aparecía una pequeña mancha verde, donde las tempranas madreselvas comenzaban a brotar. Las dorados espuelas de caballero brillaban en los cuentos al sol de la tarde, y Penny y Benjy vieron un conejo color arena corriendo por un campo, y su rabo blanco resplandeció a la luz del sol.

—¡Tengo tanto apetito! —dijo Rory con un suspiro—. He comido muchísimo, pero vuelvo a tener hambre.

—Bien, os espera una buena merienda —dijo tía Bess—. Jamón, pastel de manzana y queso. Bollos con mantequilla y mi propia compota de fresas y ese membrillo que tanto os gustó la última vez que vinisteis, y…

—Oh, no sigas que no podré resistir —suplicó Penny.

Pero tuvo que aguardar hasta que el pony hubo recorrido los tres kilómetros hasta la Granja del Cerezo. Y allí estaba al fin, resplandeciente bajo los últimos rayos del sol de febrero, una casona acogedora y destartalada, con un tejado de paja oscura muy inclinado que en algunas partes era tan bajo que tocaba el sombrero de tío Tim.

Los niños se lavaron antes de sentarse a la mesa donde comieron, comieron y comieron. Benjy se miraba las piernas para ver si engordaban… ¡le parecía que ya debían haber comenzado a engordar! Luego, con gran desilusión por su parte, tuvieron que acostarse.

—Vuestra madre lo ha dicho —insistió tía Bess con firmeza—. Mañana podréis acostaros más tarde, pero esta noche estáis cansados después de un viaje tan largo. Éste es vuestro dormitorio, Sheila y Penny, y este otro que está ahí cerca, es el de los niños.

Ambos dormitorios quedaban bajo el tejado y tenían grandes vigas que cruzaban la habitación de pared a pared. El suelo era desigual y las ventanas tenían paneles de cristales muy pequeños.

—Me gusta este techo porque todo con la cabeza en las esquinas —dijo Penny.

—Bueno, no vayas a darte golpes en la cabeza muy a menudo, o no va a gustarte tanto mi techo —dijo tía Bess—. Ahora acostaos de prisa. El desayuno es a las ocho menos cuarto. El cuarto de baño está al otro lado del pasillo… ¿recordáis dónde está, verdad? Por la mañana podéis bañaros con agua fría o caliente… ¡pero, por favor, dejad el baño limpio y aseado, o rugiré como un toro furioso!

Los niños rieron.

—¡Vamos a ser salvajes, sabes, tía Bess! —gritó Penny.

—¡Pero en casa no, Penny querida, en casa no! —replicó tío Bess bajando la escalera riendo.

—¡Soy tan feliz! —cantó Benjy quitándose las botas—. ¡No más Londres! ¡Basta de ruidos de autobuses y tranvías! ¡No más árboles pobres y viejos! En cambio, arbustos y bosques limpios y hermosos, flores brillantes, pájaros cantores y pequeños animalitos tímidos. ¡Oh, qué divertido!