8

Supo que estaba allí antes siquiera de verla. Por el olor.

Una especie de perfume dulzón y empalagoso que le dio arcadas. Se dirigió rápidamente hacia su cuarto y los vio en el salón. Franck estaba medio tumbado en el suelo, riéndose como un tonto mientras miraba a una chica contonearse. Había puesto la música a todo volumen.

—Hola —les lanzó al pasar.

Cuando cerraba la puerta de su habitación, le oyó mascullar:

«Tú, ni caso. Pasa de ella, te digo… Venga, coño, sigue moviéndote…»

No era música, era ruido. Una cosa de locos. Las paredes, los marcos de los cuadros y el parqué temblaban. Camille esperó unos segundos más y luego fue a interrumpirlos:

—Tienes que bajar la música… Vamos a tener problemas con los vecinos…

La chica se había quedado inmóvil, y empezó a reírse como una tonta.

—Eh, Franck, ¿es ella? ¿Es ella? ¿Eh? ¿Eres tú la Conchita?

Camille se la quedó mirando un buen rato. Philibert tenía razón: era asombroso.

Un concentrado de estupidez y vulgaridad. Zapatos de plataforma, vaqueros con volantes, sujetador negro, jersey de malla muy ancha, mechas caseras y labios de caucho, no faltaba un detalle.

—Sí, soy yo. —Y dirigiéndose a Franck, añadió—: baja el volumen, por favor…

—¡Joder, qué pesada eres, tía! Anda… vete a la camita y no des la vara…

—¿No está Philibert en casa?

—No, está con Napoleón. Venga, tía, que te vayas a la cama te hemos dicho.

La chica se reía ahora a más no poder.

—¿Dónde está el retrete? Eh, ¿dónde está el retrete?

—Baja el volumen o llamo a la poli.

—Sí, eso, llama a la poli y deja de tocarnos los huevos. ¡Venga! ¡Que te largues, he dicho!

Para mala suerte de Franck, Camille volvía de pasar unas horas con su madre.

Pero eso, Franck no podía saberlo…

Mala suerte para Franck, pues.

Camille entró en su habitación, pisoteó todo lo que estaba tirado por el suelo, abrió la ventana, desenchufó la cadena de música, y la tiró al vacío desde un cuarto piso.

Volvió al salón y soltó tranquilamente:

—Bien. Ya no necesito llamar a la poli…

Y, dándose la vuelta, añadió:

—Eh, tú, pedorra… Cierra esa bocaza que tienes, no te vayan a entrar moscas.

Se encerró con llave en su habitación. Franck aporreó la puerta, gritó, rugió, la amenazó con las peores represalias. Mientras tanto, Camille se miraba sonriendo en el espejo, y descubrió en él un autorretrato interesante. Desgraciadamente, en ese momento no hubiera podido dibujar nada: tenía las manos demasiado húmedas…

Esperó hasta oír cerrarse la puerta de un buen portazo antes de aventurarse en la cocina, comió un bocado y se fue a la cama.

Fanck se tomó la revancha en plena noche.

Hacia las cuatro de la madrugada, Camille se despertó por el jaleo de gemidos que venía de la habitación de al lado. Él gruñía, ella gemía, él gemía, ella gruñía.

Camille se levantó y permaneció un momento en la oscuridad, preguntándose si no sería mejor hacer la maleta inmediatamente y volver a su buhardilla.

No, murmuró, no, eso es lo que más le gustaría a él… Qué jaleo, Dios mío, pero qué jaleo… Seguro que lo hacían aposta, si no, no era posible… Probablemente Franck le estaba diciendo que exagerara… ¿Pero es que la tía esa tenía un botón que al apretarlo sonaba «aaahhh, aaahhh», o qué?

Había ganado él.

Camille había tomado una decisión.

Ya no pudo volver a dormirse.

Por la mañana se levantó temprano y se puso manos a la obra en silencio. Deshizo su cama, dobló las sábanas y buscó una gran bolsa para llevarlas a la lavandería. Recogió sus cosas y las metió todas en la misma caja de cartón que cuando llegó. Camille se sentía mal. Lo que la angustiaba no era tanto volver allá arriba, sino dejar esa habitación… El olor a polvo, la luz, el ruido sordo de las cortinas de seda, los crujidos, las pantallas de las lámparas y el brillo apagado y dulce del espejo. Esa impresión extraña de encontrarse fuera del tiempo… Lejos del mundo… Los antepasados de Philibert habían terminado por aceptarla y Camille se había entretenido dibujándolos de otra manera, y en otras situaciones. El viejo marqués sobre todo había resultado ser mucho más divertido de lo que se había imaginado. Más alegre… Más joven… Desenchufó su chimenea y lamentó la ausencia de un recogecable. No se atrevió a hacerla rodar por el pasillo y la dejó ante su puerta.

Después cogió su cuaderno, se preparó una taza de té y volvió a sentarse en el cuarto de baño. Se había prometido llevárselo consigo. Era la habitación más bonita de la casa.

Quitó todas las cosas de Franck, su desodorante X de Mennen «para nosotros los hombres», su viejo cepillo de dientes de cochino, sus maquinillas Bic, su gel para pieles sensibles —ésa sí que era buena— y su ropa que apestaba a fritanga. Lo metió todo en la bañera.

La primera vez que había entrado ahí, no había podido reprimir un «¡Oh!» de admiración, y Philibert le había contado que se trataba de un modelo de la casa Porcher que databa de 1894. Un antojo de su bisabuela, que era la parisina más coqueta de la Belle Époque. Un poco demasiado, de hecho, a juzgar por cómo arqueaba las cejas su abuelo cuando la evocaba y contaba sus calaveradas… Todo Offenbach estaba ahí…

Cuando instalaron la bañera, todos los vecinos se congregaron para poner una denuncia, pues temían que reventara el suelo, y después para admirarla y extasiarse ante ella. Era la más bonita del edificio, y tal vez incluso de toda la calle…

Estaba intacta; desportillada, pero intacta.

Camille se sentó sobre el cesto de la ropa sucia y dibujó la forma del suelo de baldosas, los frisos, los arabescos, la gran bañera de porcelana con sus cuatro patas de león con garras, los apliques cromados que habían perdido su brillo, la enorme alcachofa de ducha que no había escupido nada desde la guerra del 14, las jaboneras, con su forma de pileta de agua bendita, y los toalleros medio desempotrados de la pared. Los frascos vacíos, Shocking de Schiaparelli, Transparent de Houbigant, o Le Chic de Molyneux, las cajas de polvos de arroz La Diaphane, los iris azules que corrían por el borde del bidé y los lavabos tan trabajados, tan barrocos, tan cargados de flores y de pájaros que a Camille siempre le había dado reparo dejar su horroroso neceser sobre el borde amarillento. Parte del inodoro había desaparecido, pero el depósito de agua de la cisterna seguía en la pared y Camille terminó su inventario dibujando las golondrinas que revoloteaban allí arriba desde hacía más de un siglo.

Casi había llegado al final del cuaderno. Sólo quedaban dos o tres páginas…

No tuvo el valor de hojearlo y vio en ello una señal. Fin del cuaderno, fin de las vacaciones.

Enjuagó su taza y salió del cuarto de baño cerrando la puerta sin hacer ruido. Mientras las sábanas daban vueltas en la lavadora, fue a una tienda de sonido y le compró a Franck otra cadena de música. No quería deberle nada. No le había dado tiempo a ver la marca de la suya y se dejó guiar por el vendedor.

Eso le gustaba mucho, dejarse guiar…

Cuando volvió, el piso estaba vacío. O silencioso. Camille no buscó saber cuál de las dos cosas. Depositó la caja de cartón de Sony delante de la puerta de su vecino de pasillo, dejó las sábanas sobre su antigua cama, se despidió de la galería de antepasados, cerró las persianas y arrastró su chimenea hasta la puerta de la escalera de servicio. No encontró la llave. Bueno, dejó la caja de cartón con sus cosas encima, su hervidor, y se marchó a trabajar.

Conforme iba anocheciendo y el frío volvía a la carga con la saña de costumbre, Camille sintió que se le secaba la boca y se le endurecía el estómago: los pedruscos estaban ahí de nuevo. Hizo un gran esfuerzo para no llorar y terminó por convencerse de que era como su madre: le deprimían las fiestas.

Trabajó sola y en silencio.

Ya no tenía muchas ganas de proseguir el viaje. No lo conseguía, y no le quedaba más remedio que reconocerlo.

Volvería a subir ahí arriba, a la habitacioncita de Louise Ledu, y se quedaría allí.

Por fin.

Una breve nota sobre el escritorio del señor Excerdo la sacó de sus pensamientos negros:

¿Quién es usted?, preguntaba una letra negra y apretada.

Dejó sus productos de limpieza y sus trapos, tomó asiento en el enorme sillón de cuero, y buscó dos hojas blancas.

En la primera dibujó una especie de muñecajo, hirsuto y desdentado, apoyado en una escoba, con una sonrisa malvada. Una botella de vino peleón asomaba por el bolsillo de su bata, Todoclean, profesionales a su servicio, etc., y afirmaba: Ésta soy yo

En la otra hoja dibujó una pin-up de los años cincuenta. Con la mano en la cadera, una boquita de piñón, una pierna doblada y el busto comprimido en un bonito delantal de encaje. Sostenía un plumero en la mano, y replicaba: No hombre, no… soy yo

Camille utilizó un rotulador fino para colorearle las mejillas…

Por culpa de todas esas tonterías, perdió el último metro y volvió andando. Bah, qué más daba… Otra señal más… Casi había tocado fondo, pero no del todo, ¿no?

Un pequeño esfuerzo más.

Unas horas más pasando frío y se acabó.

Cuando abrió la puerta del edificio, Camille recordó que no había devuelto sus llaves y que tenía que arrastrar sus cosas por la escalera de servicio.

¿Y escribirle una nota a su anfitrión, tal vez?

Se dirigió a la cocina y le disgustó ver que había luz. Seguramente sería el señor Marquet de la Durbellière, caballero de la triste figura, con su patata caliente en la boca y su lista de argumentos estúpidos para retenerla. Durante un instante, pensó en dar media vuelta. No tenía valor para escuchar sus tartamudeos. Pero bueno, en el caso de que no muriera esa misma noche, necesitaba su chimenea…