Mis oraciones se han vuelto más pausadas y concretas. He pensado que no debe de servir de mucho enviar al universo oraciones perezosas. Todas las mañanas, antes de meditar, me arrodillo en el templo y paso unos minutos hablando con Dios. Cuando acababa de llegar al ashram, creo que no parecía demasiado ocurrente en mis conversaciones divinas. Como estaba cansada, confusa y aburrida, todas mis oraciones sonaban igual. Recuerdo que una mañana me arrodillé, posé la frente en el suelo y le dije a mi creador: «Pues no sé lo que ando buscando…, pero tú debes de tener alguna sugerencia que hacerme…, así que ponte las pilas, ¿vale?».
Se parece bastante a lo que suelo decir a mi peluquero.
Y es bastante simplón, la verdad. Es fácil imaginarse a Dios levantando las cejas al recibir la plegaria y enviando un mensaje de respuesta: «Vuelve a llamarme cuando decidas tomarte el asunto en serio».
Obviamente, Dios sabe con claridad lo que ando buscando. La cuestión es: ¿lo sé yo? Postrarte desesperadamente a los pies de Dios está muy bien —¡anda que no lo habré hecho yo!—, pero cuanto más pongas de tu parte, más provecho le sacarás a la experiencia. Hay un chiste italiano maravilloso sobre un pobre hombre que va todos los días a la iglesia y se pone a rezar ante la estatua de un gran santo, diciendo: «Querido santo, por favor, por favor, por favor, concédeme el don de que me toque la lotería». Y esta letanía se repite durante cuatro meses. Hasta que un día la estatua cobra vida, baja la cabeza hacia el hombre suplicante y le dice con un cansancio infinito: «Hijo mío, por favor, por favor, por favor… compra un décimo».
Rezar es relacionarse; la mitad de la tarea es mía. Si pretendo transformarme, pero no me tomo la molestia de explicar exactamente qué quiero conseguir, ¿cómo se me va a cumplir? La mitad del provecho de una oración está en la pregunta en sí, en el planteamiento de una intención claramente expuesta y bien pensada. Sin él tus ruegos y deseos serán endebles, quebradizos, inertes; formarán una fría bruma que se arremolinará en torno a ti, incapaz de despegarse. Por eso todas las mañanas dedico un rato a precisar qué es exactamente lo que ando buscando. Me arrodillo en el templo con la cara apoyada en el frío mármol, y me tomo todo el tiempo necesario para formular una oración auténtica. Si no me parece sincero lo que he pensado, me quedo postrada en el suelo hasta conseguirlo. Lo que me sirvió ayer no tiene por qué servirme hoy. Las oraciones empiezan a sonar rancias y se convierten en una cantinela soporífera si no las ponemos al día cada cierto tiempo. Estando bien alerta, podré asumir responsablemente la labor de mantenimiento de mi alma.
En mi opinión el destino también es una relación entre dos partes, una partida entre la gracia de Dios y un esfuerzo humano consciente. Hay una mitad que no controlamos en absoluto; la otra mitad está totalmente en nuestras manos y nuestros actos tendrán manifiestas consecuencias. Un ser humano no es enteramente un títere de los dioses ni enteramente dueño de su destino; es una mezcla de ambas cosas. Galopamos por la vida como artistas de circo que se bambolean precariamente a lomos de dos veloces caballos; un pie va sobre el caballo llamado Destino y el otro, sobre el caballo llamado Libre Albedrío. Y la pregunta que nos hacemos todos los días es: ¿cuál caballo es cuál? ¿A cuál de los dos lo puedo dejar ir por su cuenta, porque no está bajo mi control, y a cuál lo tengo que llevar de las riendas bien sujetas?
En mi destino hay muchas cosas que se me escapan, pero hay otras que sí están bajo mi jurisdicción. Hay una serie de billetes de lotería que puedo comprar, aumentando mis posibilidades de llegar a ser feliz. Puedo decidir cómo paso el tiempo, con quién me relaciono, con quién comparto mi vida, mi dinero, mi cuerpo y mi energía. Puedo seleccionar lo que como, leo y estudio. Puedo establecer cómo voy a reaccionar ante las circunstancias desfavorables de la vida; si voy a considerarlas maldiciones u oportunidades (y cuando no consiga ser optimista, porque esté pasando por un momento de bajón, puedo decidir intentar cambiar de actitud). Puedo elegir las palabras que uso y el tono de voz que empleo para hablar con los demás. Y, por encima de todo, puedo elegir mis pensamientos.
Este último concepto es todo un descubrimiento para mí. Se lo debo a Richard el Texano que, cuando me estaba quejando de lo neura que soy, me dijo: «Zampa, tienes que aprender a seleccionar tus pensamientos, igual que eliges la ropa que te vas a poner todos los días. Es una capacidad que tienes y que puedes llegar a dominar. Si quieres controlar tu vida, tienes que controlar tu mente. En lugar de intentar controlar todo lo demás, céntrate en eso. Olvídate de todo lo demás. Porque, si no aprendes a dominar tu pensamiento, nunca vas a levantar cabeza».
De buenas a primeras parece una tarea casi imposible. ¿Controlar tus pensamientos? ¿No era al revés? Pero ¿y si es verdad que se puede? El tema no tiene nada que ver con la represión ni con la negación. La represión y la negación son complicados artificios que sirven para disimular los sentimientos negativos. Lo que dice Richard es que debemos admitir la existencia de las ideas negativas, entender de dónde vienen y por qué; y entonces —con mucha misericordia y entereza— descartarlas. Esta capacidad encaja perfectamente con toda la labor psicológica que se hace durante una terapia. La consulta de un psiquiatra nos sirve para entender por qué tenemos estas ideas destructivas; los ejercicios espirituales pueden usarse para sobreponernos a ellas. Obviamente, nos cuesta quitárnoslas de encima. Supone abandonar nuestras viejas costumbres, las reconfortantes manías de toda la vida y las estampas familiares de siempre. Es evidente que el asunto requiere una práctica y un esfuerzo firmes. No es una lección que se oiga una vez y se aprenda a dominar de manera inmediata. Requiere una rutina y una buena disposición. Debemos decirnos: «Tengo que hacerlo para ser fuerte». Devo farmi le ossa, es como lo dicen en italiano. Una expresión equivalente sería «hay que hacer callo».
Por eso ahora me dedico a vigilar mis pensamientos durante todo el día; les hago un seguimiento constante. Repito este juramento unas 700 veces al día: «No daré cobijo a mis pensamientos insanos». Cada vez que veo aflorar un pensamiento denigrante, pronuncio el juramento. No daré cobijo a mis pensamientos insanos. La primera vez que me escucho decirlo me detengo en la palabra «cobijo», que cada vez se usa menos. Significa amparo, refugio, puerto. Un puerto es, obviamente, un lugar resguardado, pero abierto al exterior. Me imagino el puerto de mi mente, un poco desvencijado, marcado por las tormentas, pero bien situado y con un buen calado. El puerto de mi mente es una bahía grande, el único acceso a la isla de Yo (que es una isla volcánica joven, pero fértil y prometedora). Ha sufrido alguna que otra guerra, eso sí, pero ahora sólo busca la paz bajo una nueva gobernanta (una servidora) con un programa político destinado a lograr la protección de la zona. Y ahora —a ver si se corre la noticia por los siete mares— las leyes son mucho más estrictas en cuanto a quién tiene acceso al puerto y quién no.
Ya no se puede entrar cargado de ideas crueles e injustas, con torpederos atestados de ideas, con mercantes esclavistas atestados de ideas, con buques de guerra atiborrados de ideas. Todos ellos serán rechazados. Tampoco se dará paso a los pensamientos de los desterrados furiosos o famélicos, de los amargados y los propagandistas, de los amotinados y los asesinos violentos, de las prostitutas, los chulos y los polizones insurrectos. Las ideas antropófagas, por motivos evidentes, tampoco tendrán acceso. Todos los que arriben a puerto serán filtrados, hasta los misioneros para ver si son realmente sinceros. Éste es un puerto de paz, la vía de entrada a una isla estupenda y orgullosa donde al fin reina algo de tranquilidad. Si respetáis estas nuevas leyes, queridos pensamientos, seréis bienvenidos a mi mente. De no ser así, os haré zarpar rumbo a los procelosos mares de donde veníais.
Tal es mi misión y jamás cejaré en su desempeño.