No dejé a Philomena hasta la mañana siguiente, temprano. Hacía mucho tiempo que no pasaba una noche como aquélla. Georgette era maravillosa y apasionada, pero Canela Cargill tenía todo el sabor y el condimento del sexo sin las trabas del amor. Mientras Georgette me besaba y me decía que quería llevarme a su casa para siempre, Canela se limitaba a gruñir desdeñosamente y usaba el sexo como el bisturí de un cirujano. No me dijo ni una sola cosa amable o agradable, pero me hizo el amor como si fuera el hombre de su vida.
Cuando salía de la habitación para ir al baño, parecía sorprendida de volver a verme después al regresar, pero no necesariamente feliz.
Me lo contó todo de Rega Tourneau. Era el patriarca de la familia, nacido en el siglo anterior. Se había casado con la hermana del padre de Axel y, por lo tanto, había alguna relación familiar entre ellos… aunque no de sangre. Pero todos le amaban.
—El viejo tenía mal carácter —dijo Philomena—. Cuando era un niño, le explotó una caldera en la cara que le dejó ciego y con un montón de cicatrices.
Cuando se retiró, llevó una vida recluida y retirada.
Tuvo un desacuerdo con Nina por el hombre con el que se casó. A Rega no le gustaba y, por lo tanto, repudió a su hija. Por lo que sabía Philomena, Nina todavía estaba excluida del testamento.
Después, Nina Tourneau se separó de su marido e intentó convertirse en artista en algún lugar del sur de California. Como no lo consiguió se hizo marchante de arte.
Y entonces hicimos el amor otra vez.
Philomena se habría casado con Axel si él se lo hubiese pedido. Ella habría tenido a sus hijos y habría sido la anfitriona de sus fiestas de ácido, comidas de cátering y cócteles de champán.
—Pero no me has dicho que le amases —comenté.
—El amor es un concepto anticuado —replicó ella, muy universitaria—. La raza humana ha desarrollado el amor para hacer que las familias se cohesionen. Es sólo una herramienta que puedes guardar en el armario cuando has acabado con ella.
—¿Y luego la vuelves a sacar cuando te encaprichas de otra persona?
Y volvimos a hacer el amor.
—El amor es como una cosa de hombres —dijo ella—. Se pone muy caliente y urgente durante un tiempo, pero luego, cuando se acabó, se va a dormir.
—Yo no —dije—. Esta noche no.
Ella sonrió y salió el sol.
Con gran esfuerzo me vestí y me dispuse a irme.
—¿Tienes que irte? —me preguntó.
—¿Me amas? —le pregunté.
Nunca antes había hecho aquella pregunta a ninguna mujer. No tenía ni idea de que aquellas palabras estuviesen en mi pecho, en mi corazón. Pero ésa fue mi respuesta a su pregunta. Si ella hubiese dicho «sí», yo habría tomado un camino diferente, estoy seguro de ello. Quizá la habría llevado conmigo o quizás habría cortado las amarras y habría salido huyendo. Quizás habríamos volado juntos a Suiza con los bonos al portador, y allí habría alquilado un piso junto a Bonnie y Joguye.
—Pues claro —dijo ella, encogiéndose de hombros. Lo mismo me podría haber guiñado un ojo.
Suspiré hondamente, con alivio, y salí por la puerta.
Aparqué mi coche trucado en una calle frente a un lugar de aspecto muy inocuo en Ozone, a menos de una manzana de la playa de Santa Mónica. Era poco más tarde de las siete y había alguna actividad en la calle. Había hombres con traje y ancianas con perros con sus correas, ciclistas enseñando las pantorrillas con sus pantalones cortos y vagabundos que se sacudían la arena de la ropa. Casi todo el mundo era blanco, pero no les importaba que me quedase allí sentado. No llamaron a la policía.
Me tomé un café y me comí un donut con gelatina. Intenté recordar la última vez que había comido bien: el chile en casa de Primo, supongo. Me sentía limpio. Canela y yo tomamos cuatro duchas entre nuestros brotes febriles de no-amor. Me dolía el sexo dentro de los pantalones. Pensé en la forma que tenía ella de repudiar el amor, y mi sorprendente necesidad de él. Me preguntaba si alguna vez mi vida volvería a sentir el deleite que había conocido con Bonnie y la esperanza de felicidad que había descubierto en los brazos de Canela.
Aquel pensamiento me dolió. Levanté la vista y allí estaba Jackson Blue, saliendo por la puerta principal de su casa, con sus gafas absurdas y un maletín negro colgando de la mano izquierda.
Bajé la ventanilla y le llamé por el apellido.
Se agachó detrás de un coche aparcado que había junto a él. En tiempos, verle saltar de aquella manera me habría hecho sonreír. Muchas veces en mi vida había sobresaltado a Jackson porque sabía que reaccionaba así. Se apartaba de un salto de las ventanas, se escabullía detrás de las esquinas… pero aquel día no intentaba asustar a mi amigo, no obtuve placer alguno al presenciar su frenético salto.
—Jackson, soy yo… Easy.
Entonces apareció la cabeza de Jackson. Hizo una mueca, pero antes de que pudiera quejarse, salí del coche y levanté las manos a modo de disculpa.
—Lo siento, tío —dije—. Te he visto y he gritado sin pensar.
El pequeño cobardica se incorporó y vino andando hacia mí, mirando a su alrededor para asegurarse de que no había ningún truco.
—Hey, Ease. ¿Qué pasa?
—Necesito ayuda, Jackson.
—Parece que lo que necesitas son tres días en la cama.
—Eso también.
—¿En qué puedo ayudarte? —me preguntó Jackson.
—Sólo necesitaba que dieses un paseo en coche conmigo, Blue. Durante el resto del día, si puedes.
—¿Y adónde vas?
—Voy a buscar a una mujer blanca y a su papá.
—¿Y para qué me necesitas? —preguntó Jackson.
—Sólo para que me hagas compañía. Eso es todo. Eso y alguien a quien contarle mis ideas. Bueno, si puedes dejar el trabajo.
—Ah, sí —dijo Jackson con esa falsa chulería que siempre usaba para ocultar la cobardía de su corazón—. Ya sabes que a veces me quedo allí hasta tan tarde como el presidente. Él viene a mi despacho y me dice que me vaya a casa. Lo único que tengo que hacer es llamar y decirle que me tomo el resto del día libre y me dirá que sí.
Me dio unas palmadas en el hombro para confirmar que vendría conmigo.
—Pero primero se lo voy a decir a Jewelle —dijo—. Ya sabes que mi nenita quiere saber dónde ha ido su papaíto.
Cruzamos la calle y Jackson usó tres llaves en la puerta principal. Fuimos hasta la torre de vigía de la entrada que daba a la habitación enorme. Era como mirar hacia abajo por un pozo hecho para albergar a criaturas de cuento de hadas.
—Easy está aquí, cariño —anunció Jackson.
Ella estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia fuera, al jardín florido que cuidaban ambos en su tiempo libre. Llevaba una bata de casa de color rosa, con rulos en el pelo como diminutos barriles de petróleo precariamente sujetos.
Jackson y yo teníamos cuarenta y tantos años; éramos hombres viejos, comparados con Jewelle, que tenía algo menos de treinta. Su piel oscura y su rostro esbelto eran bastante atractivos, pero lo que la convertía en una auténtica belleza era la fuerza que había en sus ojos. Jewelle era un genio del mundo inmobiliario. Había cogido las propiedades de mi antiguo administrador y las había convertido casi en un imperio. Los disturbios habían frenado su crecimiento, pero pronto sería millonaria y ella y Jackson vivirían con los ricos de Bel Air.
Jewelle sonrió mientras Jackson y yo bajábamos las escalerillas hacia su hogar. Las paredes medían siete metros de alto, y cada centímetro estaba cubierto con estanterías que albergaban la colección de libros de Jackson de toda la vida.
Tenía ocho enciclopedias y diccionarios de todos los idiomas imaginables, desde griego a mandarín. Era más leído que cualquier profesor de cualquier universidad, y aunque tenía todos aquellos conocimientos a su disposición, mentía con más facilidad que un pez nadaba en el agua.
—Hola, Easy —dijo Jewelle. Le gustaban los hombres mayores. Y a mí me quería especialmente porque siempre la había ayudado en lo que había podido. Es posible que fuese el único hombre (o mujer, en realidad) en toda su vida que le había dado más de lo que había tomado.
—Hola, J. J. ¿Qué tal?
—Estoy pensando en comprar una propiedad en un barrio bueno de L.A. —dijo—. Muchos coreanos se están trasladando allí. El valor va a subir.
—Easy y yo vamos a pasar el día juntos, un asunto personal —dijo Jackson.
—¿Cómo de personal? —preguntó Jewelle, suspicaz.
—Nada peligroso ni ilegal —dije yo.
Jewelle amaba a Jackson porque era el único hombre que había conocido que pensaba mejor que ella. Para cualquier cosa que le preguntase, él tenía la respuesta. Se dice que algunas mujeres se sienten atraídas por las mentes de los hombres. Ella era la única a la que yo conocía personalmente.
—¿Y tu trabajo, cariño? —preguntó ella.
—Easy quiere un poco de compañía, J. J. —le dijo Jackson—. ¿Cuándo fue la última vez que le oíste decirme a mí algo semejante?
Era obvio que habían hablado mucho de mí. Casi podía adivinar los ecos de esas conversaciones en aquella sala inmensa.
Jewelle asintió y Jackson se quitó la corbata. Cuando fue al teléfono a hacer una llamada, Jewelle se acercó a mí.
—¿Tienes problemas, Easy? —me preguntó.
—Tan graves que no te los puedes ni imaginar, J. J.
—No quiero que Jackson vaya contigo.
—No es eso, cariño —le dije—. En realidad… él sólo me va a acompañar en el coche. Quizá me dé un par de ideas.
Entonces Jackson volvió con nosotros.
—He llamado al presidente a su casa —dijo orgullosamente el niño prodigio—. Me ha dicho que me tome todo el tiempo que necesite. Ahora, lo único que tengo que hacer es tomar un buen desayuno, y estaré listo para la acción.