La carroza había llegado ante la primera puerta de la Bastilla. Un centinela la detuvo. D’Artagnan dijo una palabra para que se alzara la consigna. La carroza pasó adelante.
Mientras seguían el camino real cubierto que conducía al patio de la alcaidía, D’Artagnan, cuyos ojos lo atisbaban todo, aun a través de las paredes, exclamó de pronto:
—¡Calla! ¿Qué es lo que yo veo?
—¿Qué veis? —dijo tranquilamente Athos.
—Mirad allí abajo.
—¿En el patio?
—Sí; pronto, mirad.
—Una carroza.
—¿Y qué os parece?
—Algún infeliz preso que traen aquí como a mí.
—¡Sería chusco!
—No os comprendo.
—Procurad ver al que salga de la carroza.
Justamente un segundo centinela acababa de detener a D’Artagnan.
Cumpliéronse las formalidades. Athos podía ver a cien pasos al hombre que su amigo le designaba.
Aquel hombre bajó, en efecto, de la carroza a la puerta misma de la alcaidía.
—Vamos —dijo D’Artagnan—, ¿le veis ahora?
—Sí, es un hombre que viste traje gris.
—¿Y quién os parece?
—No lo sé; no veo más, como os decía hace poco, que un hombre que viste traje gris que baja de la carroza.
—Athos, apostaría a que es él.
—¿Quién?
—Aramis.
—¿Aramis preso? ¡Imposible! —No diré que venga preso, puesto que le vemos solo en su carroza.
—Entonces, ¿qué hace aquí?
—¡Oh! Conoce a Baisemeaux, el alcaide —contestó el mosquetero en tono socarrón—. A fe mía que llegamos muy a tiempo.
—¿Para qué?
—Para ver.
—Siento mucho este encuentro. Aramis va a tener un doble disgusto; primero de verme, y luego de ser visto.
—Bien razonado.
—Desgraciadamente no hay remedio: cuando se encuentra a alguien en la Bastilla, por más que uno quiera retroceder a fin de evitarlo, es imposible.
—Os digo, Athos, que tengo mi idea, y quiero evitar a Aramis el disgusto de que hablabais.
—¿Y cómo?
—Del modo que os voy a manifestar, o para explicarme mejor, dejadme contar la cosa a mi manera; no os encargaré que mintáis, porque eso sería imposible.
—Pues, entonces…
—Yo mentiré por los dos: ¡es cosa tan fácil en los hábitos y naturaleza de los gascones!
Athos sonrió. La carroza se detuvo donde había parado la anterior, es decir, en el umbral de la misma alcaidía.
—¿Entendidos? —dijo D’Artagnan a su amigo por lo bajo.
Athos asintió con un gesto. Ambos subieron la escalera. El que se sorprenda de la facilidad con que entraron en la Bastilla, no tendrá más que recordar que a la entrada, esto es, en el paso más difícil, había anunciado D’Artagnan que conducía un preso de Estado.
En la tercera puerta, cuando ya se hallaban muy adentro, dijo sólo, por el contrario, al funcionario:
Al despacho del señor Baisemeaux.
Y ambos pasaron. Halláronse muy pronto en el comedor del alcaide, donde el primer rostro que llamó la atención de D’Artagnan fue el de Aramis, que estaba sentado al lado de Baisemeaux y esperaba la llegada de una buena comida, cuyo olor se hacía sentir en toda la habitación.
Si D’Artagnan simuló sorpresa, Aramis no la simuló, pues éste manifestó su sobresalto de una manera harto visible.
No obstante, Athos y D’Artagnan hacían sus cumplidos, y Baisemeaux, atónito y estupefacto con la presencia de aquellos tres huéspedes, hacía mil evoluciones alrededor de ellos.
—Señores —exclamó Aramis—, ¿a qué casualidad…?
—Eso os iba a preguntar —replicó D’Artagnan.
—¿Es que nos constituimos todos presos? —dijo Aramis con la afectación de la hilaridad.
—¡Eh, eh! —dijo D’Artagnan—. Verdad es que las paredes trascienden a prisión como un demonio. Ya sabéis, señor Baisemeaux, que el otro día me convidasteis a comer.
—¿Yo? —exclamó Baisemeaux.
—¡Hombre…! ¡Pues no parece sino que caéis ahora de las nubes! ¿No os acordáis?
Baisemeaux palideció, se sonrojó, miró a Aramis, que a su vez le miraba también, y concluyó por balbucir:
—Ciertamente… tengo en ello un placer… mas no me… ¡Ah, miserable memoria!
—Veo que he hecho mal —dijo D’Artagnan como contrariado.
—¡Mal! ¿En qué?
—En acordarme, a lo que parece.
Baisemeaux precipitóse hacia él.
—No os formalicéis de ese modo, querido capitán —dijo—. Tengo da cabeza más desgraciada del mundo. Sacadme de mis pichones y de mi palomar, y no valgo un soldado de seis semanas.
—¿En fin, ahora ya os acordáis? —preguntó D’Artagnan con aplomo.
—Sí, sí —replicó el alcaide titubeando—, me acuerdo.
—Fue en el palacio real: me hablasteis de no sé qué historia sobre vuestras cuentas con los señores Louvières y Tremblay.
—¡Ah, sí, exactamente!
—Y sobre las atenciones que el señor de Herblay tenía con vos.
—¡Ah! —exclamó Aramis, mirando al blanco de dos ojos al desventurado alcaide—. ¡Y afirmabais que no teníais memoria, señor Baisemeaux!
Este interrumpió ad mosquetero:
—Es muy cierto: tenéis razón. Me acuerdo como si estuviese allí, os pido mil perdones. De todos modos, mi estimado señor de D’Artagnan, tened presente que, a esta hora, como a todas, convidado o no, sois el dueño en mi casa, tanto vos como el señor de Herblay, vuestro amigo —dijo volviéndose a Aramis—, y el señor —añadió saludando a Athos.
—Así lo he creído —dijo D’Artagnan—: y fiado en eso venía a veros. No teniendo que hacer esta tarde en Palacio, me ocurrió la idea de venir a comer con vos, cuando encontré en el camino al señor conde.
Athos saludó.
—El señor conde, que acababa de separarse de Su Majestad, me entregó una orden que exigía inmediata ejecución. Estábamos cerca de aquí y quise seguir, aun cuando no fuese más que para estrecharon la mano y presentaros ad señor, de quien me hablasteis tan ventajosa mente en el palacio real, da misma tarde en que…
—¡Muy bien! ¡Muy bien! El señor conde de la Fère, ¿no es cierto?
—Justamente.
—Sea bien venido el señor conde. Y comerá con vosotros dos, ¿no es así? Ad paso que yo, pobre sabueso, voy a mis asuntos de servicio. ¡Dichosos mortales vosotros! —añadió suspirando, como hubiera podido hacerlo Porthos.
—¿De suerte que os vais? —dijeron Aramis y Baisemeaux, movidos ambos de un sentimiento igual de alegre sorpresa.
D’Artagnan discernió el matiz.
—Os dejo en mi lugar —dijo— un buen convidado.
Y dio un golpecito en el hombro de Athos, el cual quedó también sorprendido, y no pudo menos de manifestarlo algún tanto; matiz que sólo discernió Aramis, pues Baisemeaux no tenía da penetración que los tres amigos.
—¿Conque os perdemos? —prosiguió el buen alcaide.
—Os pido una hora u hora y media. Estaré aquí para los postres.
—¡Oh, entonces aguardamos! —dijo Baisemeaux.
—Me daríais un sentimiento.
—¿Volveréis? —dijo Athos con aire de duda.
—Sí, ciertamente —dijo estrechándole da mano confidencialmente.
Y añadió en voz baja:
—Esperadme, Athos; mostrad buen humor, y sobre todo no habléis de asuntos, ¡por Dios!
Otro apretón de manos confirmó ad conde en da obligación de permanecer discreto e impenetrable.
Baisemeaux acompañó a D’Artagnan hasta da puerta.
Aramis, con halagos, se apoderó de Athos, resuelto a hacerle hablar: pero Athos poseía todas das virtudes en alto grado. Cuando da necesidad lo exigía, sabía ser el orador más elocuente del mundo; pero en caso conveniente, primero habría muerto que decir una palabra.
Aquellos tres señores se colocaron, pues, a dos diez minutos de haberse marchado D’Artagnan, delante de una enorme mesa, adornada con el lujo gastronómico más substancioso. Los platos fuertes, das conservas, dos vinos más variados, fueron apareciendo sucesivamente sobre aquella mesa servida a expensas del rey, en cuyos gastos habría hallado medio el señor Colbert de economizar dos terceras partes sin hacer enflaquecer a nadie en la Bastilla.
Baisemeaux fue el único que comió y bebió resueltamente. Nada rehusó Aramis, pero no hacía más que probarlo. Athos, después de la sopa y de dos tres platos siguientes, no quiso comer más.
La conversación fue do que debía ser entre tres hombres tan opuestos en carácter y proyectos.
Aramis no hacía más que preguntarse por qué extraña casualidad se hallaba Athos en casa de Baisemeaux, cuando D’Artagnan no estaba en ella, y por qué D’Artagnan no se quedaba quedándose Athos. El conde de la Fère sondeó toda la profundidad del alma de Aramis, que vivía de subterfugios e intrigas, y, examinando bien a su hombre, comprendió que debía traer entre manos algún asunto importante. Luego, se concentró él también en sus propios intereses, preguntándose por qué D’Artagnan se habría marchado con tan particular precipitación de da Bastilla, dejando allí a un preso tan mal introducido y tan mal custodiado.
Pero nuestro examen no debe fijarse en aquellos hombres, a quienes dejaremos abandonados a sí mismos ante dos restos de dos capones, perdices y pescado, mutilados por el cuchillo generoso de Baisemeaux.
Al que seguiremos la pista es a D’Artagnan, quien subiendo en da carroza que de había llevado, gritó ad cochero:
—¡A Palacio, pero volando!