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Por mucho que hubieran venido policías del extranjero a Madrid, y por más que unos detectives ingleses controlasen la seguridad de la familia real, de un momento a dos, podía ocurrir. Si en París, un año antes, no pudo evitarse, en Madrid no iba a ser menos. Lo que para unos era música, para otros seguía siendo ruido. Sin más apreciaciones, aunque un tanto deslumbrado por los reflejos de los sables y de las bayonetas que presentaban sus consabidos respetos a los recién casados, el teniente Beltrán tomó posición. Recostado sobre los maceteros de la barandilla, examinó el panorama con los ojos bañados en el plomo de una pesada desconfianza. El sol apretaba de firme y la cabeza del teniente Beltrán era lo más parecido al motor de un automóvil, siempre al límite de revoluciones y temperaturas. Al fondo de la iglesia, todavía quedaban los infantes sodomitas, los príncipes cornudos, los ministros triperos, las intimidades constipadas bajo las faldas escocesas y el goteo de uniformes, cruces, entorchados y galones que iban saliendo de a poco.

Sonaron rotundos los vivas, roncas las salvas y, entre tanto alboroto, el teniente Beltrán apreció el portazo. Cuando vio al rey por el ventanuco de la berlina de gala, todo él rematado por un surtidor de plumas blancas, el teniente Beltrán se puso en marcha, aligerando el paso, tal como le había consignado el Cojo en persona, la misma tarde que se hizo oficial el enlace. El Cojo había trazado su plan a toda prisa, sobre un papel sucio de café, tomando los lamparones como referencia para la carroza real. El teniente Beltrán iba a ser el encargado de adelantarse a ella, a pie y cuando la comitiva viniese de regreso. Tenía que seguir el paso del coche de los cuarterones de oro, también llamado de respeto, por ir vacío. Así que, sin más, el teniente Beltrán tomó posición, dejando a la vista el cuero sudado de la cartuchera. Y con los dedos tamborileando en la culata de la pistola, avanzó al estribo derecho del coche de respeto, tal como había ordenado el Cojo.

Delante de él, iba el coche ocupado por doña Virtudes, su yerno y su nieto, angelito. Y detrás del coche de respeto, rodaba el coche real, la berlina de gala rematada en su techo por la reluciente corona. Dentro iban los recién casados. «¡Vivan los reyes de España!». «¡Vivan!». El clamor popular ensordecía el repiqueteo de campanas. Un oleaje de cabezas, sombrillas y pañuelos, todo ello coronado por la espuma de los abanicos, amenazaba con inundar el paso de la comitiva. La hilera de guardias mantenía el cerco a golpes de culata. Se lanzaban al aire los sombreros y las flores, también los pañuelos, y hasta hubo quien arrojó prendas de vestir y paños menores. Las filas de soldados contenían la variada multitud que estrujaba el camino.

«¡Abran paso!», ordenaba el teniente Beltrán, al tiempo que seguía a la comitiva con la pistola pegada a la mano. «¡Abran paso!». Aquello no era más que el aperitivo. Ya llegaría el postre, un pastel de seis pies de altura y trescientos kilos de peso en bizcocho inglés. El caqueval lo llamaban. Como para chuparse los dedos. Mandado hacer de encargo en la mismísima Inglaterra, tierra de la recién casada que, al ser hembra golosona y de tripita magra, se le hacía la boca baba con sólo acercarse a palacio. Al teniente Beltrán también, pues, aunque fuera de gustos salados, nunca despreciaba una buena crema si venía regada con licor. Con la cabeza al límite de revoluciones, le vino la resonancia de la última vez que puso en marcha la máquina intestinal. «Como pa no acordarse», masculló, mientras marcaba el paso del coche fantasma, también llamado de respeto. «Como pa no acordarse».

La cena le vino interrumpida por uno de esos encuentros que, de forma inconsciente, condicionan la existencia de un policía para el resto de su vida. Era noche estrellada y chispeante, con olor a canela y barquillo. Ambiente festero. El vecindario se engalanaba para saborear la víspera del enlace y el teniente Beltrán salía a cumplir con su tarea. El Cojo le había asignado montar la guardia en los Jerónimos, desde la medianoche, para luego empalmarla. Como al teniente Beltrán le quedaba todavía una hora, llevado por cierta apetencia gastronómica, se acercó a lo de la Concha para llenar buche. Así que, saliendo de su despacho va dándose un paseo hasta lo que era el antiguo callejón de los Gitanos, que es donde quedaba la taberna. Un lugar indecente y que en las madrugadas se infectaba de periodistas sin noticia, chipichuscas plantadas por algún torero y demás fauna de mala nota.

Aún no sabe a ciencia cierta el porqué de su gloria, pero lo cierto es que no hay amanecida en Madrid en que las mesas de lo de la Concha no estén a rebosar. «¿Qué va a ser?», le pregunta el camarero mal encarado, un chulainas flaco como raspa de sardina. Mirándolo bien, lo de la Concha ofrecía más repulsivos que hechizos. Dejando a un lado el trato personal, sólo había que atender al suelo y escuchar las cucarachas crujir bajo los zapatos; dejar caer la vista y asquearse con los salivazos que hacían patinar a los beodos. Sin embargo, no hay madrugada en la que el local no esté atiborrado con gente de pie, esperando mesa libre. Entre sus especialidades destacaban las judías con pimentón y chacina, las sopas de ajo choricero y, sobre todo lo demás, los pajaritos borrachos. Los citados pajaritos eran bocado para paladares exigentes, como el del teniente Beltrán que, de vez en cuando se daba el capricho. «¿Qué va a ser?».

El teniente Beltrán se queda con ganas de llamar al orden al camarero mal encarado. Sin embargo, llevado por el apetito de la andorga, que no por el de la guerra, pide un plato de judías pintas que, bien mirado, es forma prudente de empezar la guerra. El teniente Beltrán ya arreglaría cuentas, sabía que en esos momentos no era él quien tenía la cazuela por el asa y, por lo mismo, le podía venir un vengativo gargajo en el plato. Después de cenar le llamaría al orden, le conocía bien. Era un chispero que antes trabajaba la herrería en la estación de la Guindalera, uno de tantos que, al cerrar los tranvías de muías, se tuvo que buscar la vida, a lo que saliera. Y ahora, aunque seguía empleado como herrero, las más de las veces ejercía de soplón.

Tras las judías, llegaron los pajaritos borrachos, un plato exquisito que el teniente Beltrán comía cogiéndolos por el pico y cortando con los dientes muy cerca de los dedos. Los masticaba con rapidez, llenándose la boca de jugos. Y en ésas estaba, con el pico entre los dedos, cuando vio a los dos hombres entrar. A uno le conocía ya. Tanto, que el teniente Beltrán se le sabía al dedillo. Mandíbula cazurra, cara grana y ceja espesa. Se llamaba Isidro Ibarra y era habitual de las casas de comidas del centro. Remangado hasta los codos, igual le pegaba de cucharetazos a un plato de judías pintas que repetía cazuelas de callos sin dar digestión al estómago. Hombre de ideas avanzadas, había salido del abanico hacía bien poco y ahora trabajaba de inspector de tranvías en la maquinilla de Cuatro Caminos. Le entraron el pasado año, cuando lo de las revueltas por el hundimiento del tercer depósito y las barricadas proletarias encendiéndose por todo Madrid. El teniente Beltrán fue llamado a sofocar la rebelión. Su nombre, junto con el del coronel Elías, saltaría de nuevo hasta la opinión pública, que le tacharía poco menos que de criminal, debido a las formas empleadas a la hora de reducir las hordas de trapos negros y la rabia genital con la que los obreros protestaban.

El otro hombre, que aquella noche acompañaba a Isidro Ibarra, tenía una de esas caras capaces de pasar desapercibidas en todo momento. Lo que más llamaba la atención era su ropa. Vestía con cierto empaque teatral, de etiqueta y chistera, igual que si fuese a participar en la cuarta del Apolo o en alguna otra función a deshoras. Se sentó con el Ibarra al fondo, en la mesa que había pegada al cartel de toros. Mayo 1902. Función Real. El anuncio de la corrida con la que Madrid festejó la mayoría de edad de Alfonso XIII. Bombita, Machaquito y Lagartijo. Y allí mismo, bajo el cartel, Isidro Ibarra y su acompañante se pusieron con sendos platos de judías, dándose a lo que el teniente Beltrán denominaba: «una orgía intelectual proletaria». Remangado hasta los codos, el tranviero le pegaba de cucharetazos a un plato tan grande como una plaza de toros. Comía con los ojos en blanco y, de vez en vez, y con la mayor naturalidad del mundo, se desataba en un eructo de gratitud ante la comida. Sin embargo, su acompañante, aunque grandote también, conservaba ciertas maneras, las mismas que se aprenden en el ejército o en el penal, y que son resultado de una disciplina. Codos a los costados, boca cerrada para masticar, etcétera.

Cuando el Isidro Ibarra se dio cuenta de la cercanía del teniente Beltrán, agarró un cuchillo y, con la misma punta, se empezó a hurgar los dientes. Y con cierto disimulo le dijo algo a su acompañante que, presuroso, se bajó el ala de la chistera y giró su cuello. Desde la otra esquina, las pupilas de plomo se clavaron en el antifaz de sombra que le cubría la cara, y que no dejaba reconocer bien sus ojos. Isidro Ibarra palmeó, llamando al mozo. Con urgencia pagó la cuenta y se largaron. Entonces, el teniente Beltrán, con la servilleta atada al pescuezo y el pico de un pajarito entre la grasa de los dedos, se apresuró tras ellos. Llegando por donde La Equitativa, el tranviero volteó. Al ver que el teniente Beltrán les seguía, le dio un toque al de la chistera y aceleraron marcha. Al alcanzar la Puerta del Sol, se separaron. El tranviero cogió por Montera. El de la chistera siguió por Arenal. Llegando a la altura del Eslava, apretó el paso. Aunque pesado y corpulento en apariencia, corría con una ligereza que se las pelaba. El sombrero de copa era igual a una chimenea brillante, tirando calle abajo. Y tras ella, y con la servilleta atada al cuello, el teniente Beltrán iba que echaba humo.

Llegando a Bailén, dobló Mayor arriba y, por donde Capitanía, la chistera y su dueño fueron tragados por las sombras cómplices de la ciudad. Y así fue como desapareció de su vista. A tales alturas, el teniente Beltrán tenía los pulmones hechos hojaldre. Todo había ocurrido esa misma noche, antes de la guardia. Horas después, a plena luz del día, el teniente Beltrán le volvería a ver de nuevo, en el mismo sitio donde le había perdido, como si se tratara de una aparición, o mejor, como si alguien jugara al juego de quitarle y ponerle pero sin cambiarle de sitio ni de chistera, rellenando así un retablo pueril donde el alumbrado no llega nunca a encenderse. Y de la misma manera, el teniente Beltrán le volvería a perder de nuevo, tras la explosión, cuando el humo y la sangre nublaban la vista.