Jorge había decidido pasar sus vacaciones en Madrid. Estaba excitado por la idea de que Julia se encontrara sola, y de que al fin, tras tantos años de espera, podría rodear su casa hasta cercarla sin más obstáculos que los nacidos de lo dichoso de la situación. Sólo frenaba su entusiasmo la promesa que unos días atrás, en un momento comunicativo de la borrachera, le hubiera hecho al Vitaminas; promesa que por ambigua y torcida en cuanto a su verdadera intención ensuciaba de alguna forma sus propósitos. Aunque también ahora, en la lucidez de una resaca que ya duraba varios días, los designios del Vitaminas aparecían claros, y era tal su naturaleza que justificaban de antemano la reserva mental, la intención doble que Jorge nunca quiso admitir en todo lo que se refería a Julia.

Era a mediados de julio, y Jorge rodeaba la casa de Julia, en Pueblo Nuevo, incluso a esas horas cenitales en las que la calle se parecía al sueño de una ciudad fantasma. Sólo algún desgraciado, obligado sin duda por la necesidad, se arrastraba por las aceras con el gesto de mentecato que el sol produce a determinadas horas; el ruido aislado de algún coche, tal vez un perro deshidratado en un trozo de sombra, los portales oscuros, como cuevas, prometedores de una frescura que apenas traspasados se convertía en calor sin luz, transpiración oculta algo más lenta, pero más intensa quizá, que la producida a pleno sol. Y Jorge. Jorge con sus mejores camisas de verano, pantalones oscuros, y unos zapatos negros, sofocantes, sobre los calcetines grises o de color indefinido. Pasaba muchas horas en un bar de la calle Alcalá situado justo frente al portal de Julia. Pedía una cerveza al dependiente cojo, que atendía por su defecto, y se sentaba en una mesa desastrosa con el periódico abierto. Otras veces aliviaba la espera en la máquina tragaperras, pero permanecía siempre atento al menor movimiento producido en el portal. Sabía que Julia vivía en el tercer piso, aunque ignoraba cuáles eran sus ventanas y si éstas daban a Alcalá o la paralela, una calle estrechísima, perpendicular a Caudillo de España, que ocultaba su escasa inteligencia urbanística bajo el nombre de Estrecho de Gibraltar. Cuando se cansaba de permanecer en el bar daba una vuelta por esta calle y con gran azoramiento, producido por el temor de estar siendo observado por Julia, miraba las ventanas del tercer piso en busca de algún signo que delatara su vivienda. En esta parte de la casa había también unas terrazas estrechísimas llenas de aquellos objetos que se utilizan una vez al año o que, inservibles ya, se arrinconan en tales sitios y actúan como punto de referencia de una memoria marcada en gran medida por el precio de las cosas.

Un día, durante un instante solitario (la estrecha calle como un río seco) y especialmente caluroso, creyó advertir un movimiento no habitual tras el calado de unas cortinas. Fue, más que una sombra, más también que una fugaz condensación del aire, más que la sospecha literaria y banal tantas veces soñada por cualquiera en cualquier calle (abandonado, solo, extranjero sobre el empedrado, cuando el perfil izquierdo de la desesperanza advierte el movimiento de un brazo, un rostro que se aparta hacia la oscuridad prometedora), fue, más que cualquiera de estas cosas aprendidas por lo general en las novelas y excepcionalmente en la calle, la certeza de un cambio en la geometría de una de las minúsculas terrazas situadas en el piso tercero, a la altura de la casa de Julia. Seguramente se trataba de alguna modificación introducida en el desorden de los objetos que llenaban la terraza. Pero Jorge no recordaba el antiguo desorden, tal vez porque una de las características de la confusión estriba en el desprecio que le merece a la memoria. Estaba detenido en la acera menos castigada por el sol y acababa de encender un cigarro. Volvió a mirar: a través del calado de unas cortinas de encaje se veían en el techo de la habitación (un salón comedor presumiblemente) los reflejos producidos por diversos objetos —tal vez un cenicero de cristal o algún vaso— que Jorge imaginaba tocados por los rayos del sol, que se deshilachaban al atravesar las mallas de aquel tejido color hueso. A la derecha del ventanal la cortina aparecía un poco forzada hacia el centro dejando libre un trozo de cristal tras el que no se veía nada, a causa de la sombra proyectada sobre ese espacio por una gran caja de cartón colocada, entre otros objetos, en la terraza. Jorge sabía que en ese trozo más oscuro podía ocultarse perfectamente un rostro, y que a esa distancia ya le habría reconocido. Se sintió ridículo, pero se dominó con ayuda del cigarro y de otros gestos típicos de una situación violenta. No obstante, al abandonar Estrecho de Gibraltar por Caudillo de España comenzaron a invadirle las dudas; dudaba en primer lugar de que todo aquello no fuera un juego estúpido, una excusa más para no despedirse todavía de una adolescencia inútil y poco poblada de momentos dichosos. Y dudaba sobre todo de su auténtico papel en aquel juego sabiamente iniciado por el Vitaminas: el desorden nuevo advertido por alguna parte de su ser en una de las mínimas terrazas se convertía bajo la sospecha en un desorden lógico (como si el orden, el número o la causa tuvieran un fundamento razonable); es decir, en un desorden motivado.

El Cojo le sirvió una caña y le dio cambio abundante para la tragaperras. Esta máquina estaba situada de manera que el jugador daba frente a la calle; lo que a su vez ocasionaba que Jorge perdiera una bola cada vez que en el portal de Julia se producía un movimiento, o cada vez que un autobús, que tenía su parada frente al bar, se detenía a recoger viajeros. Cuando la veía salir llevando a su hija en brazos o en un cochecito que manejaba con evidente torpeza, abandonaba la máquina y con el vaso de cerveza en la mano —la necesidad del gesto— salía a la calle y seguía con los ojos su cuerpo hasta que se perdía entre los otros cuerpos o detrás de una esquina. Luego, mientras trataba de alcanzar la puntuación exigida con la máquina, pensaba innumerables modos de abordarla, infinitas maneras de fingir la casualidad de un encuentro, pero ella regresaba siempre antes de que Jorge se hubiera decidido a utilizar alguno de sus métodos. No la seguía nunca porque no sabía seguir, y sobre todo por evitar el sufrimiento de las suposiciones, la angustia de las alternativas, cada vez que Julia se detuviera en un sitio, entrara en otro o utilizara un teléfono público. De todos modos nunca solía tardar más de una hora, y volvía siempre con bolsas o paquetes que resaltaban a los pies de la niña, en el extremo del cochecito; lo que le hacía suponer a Jorge que sus salidas se reducían a las imprescindibles: hacer la compra o dar tal vez un pequeño paseo para que su hija tomara el sol.

Entre tanto Jorge se enamoraba en la misma medida en que crecía su desprecio por la adolescencia inmediata, presente aún como un cadáver capaz de conservar el calor de un estremecimiento, cuyo origen no había que buscarlo en Julia, ni en la mitificación de su imagen, sino en el propio Jorge, en la huida inventada para todos los castigos posibles: los pasados y aquellos que prometían los pasados, puesto que eran castigos de clase, azotes determinados por la economía de su alma. Pero se enamoraba sordamente, hasta las lágrimas, cada vez que entre los ruidos de la máquina Julia se detenía en el portal de enfrente y con torpeza manifiesta intentaba salvar el pequeño escalón del portal con el cochecito de la niña. Luego se perdía en la oscuridad y Jorge se sabía sus ropas; elegía la falda con la que más la amaba, el jersey o la blusa que más le confundían. Se enamoraba, en fin, con rabia, sintiéndose crecer y madurar en cierto modo en aquel desasosiego feliz un poco falseado tal vez por su edad o por su condición, o por algunos gestos cotidianos delatores de un cinismo no asumido.