En los días que siguieron a la llegada de Jorge a la academia, Luis, el Vitaminas, se sentó junto a él como el primer día. Al principio resultaba chocante no verle en su sitio habitual junto a la ventana, pero pronto el transcurrir perezoso de las clases, capaz de dar olvido a la memoria más nostálgica, selló el nuevo orden con tal eficacia que a los pocos días nadie habría recordado su antiguo emplazamiento. Al acabar las clases, y como prolongación de su proximidad durante ellas, solían pasear por los alrededores de la Glorieta de Bilbao y hablaban largamente acerca de las abstracciones de las que se suele hablar a esas edades. Algunas veces, si tenían dinero, entraban en el Comercial, y ante dos vasos de coñac con hielo y agua de seltz —para que el líquido durase más— provocaban algunas confidencias que olvidaban al salir a la calle con la misma naturalidad con la que se sacudían el polvo de una manga al abandonar la pizarra. El sábado al mediodía se despedían hasta el lunes, y era de suponer que el Vitaminas salía con Julia. Jorge jamás hablaba de lo que había hecho durante el domingo. En realidad jamás hablaba de sus actividades fuera de la academia, como si sólo empezase a existir al entrar por Malasaña en la Glorieta de Bilbao en busca de Fuencarral. Por lo demás, se complementaban perfectamente, y abusaban en sus conversaciones del automatismo (un cierto tipo de automatismo subdesarrollado) propio de una adolescencia que —entonces no lo sabían— habría de prolongarse más allá de su juventud hasta convertirse en algo molesto y difícil de sacudirse, como el cadáver de Dios, o como el barrio en el que aprenderían a jugar al billar y a manipular las máquinas tragaperras con habilidad notable.

Al poco tiempo de la llegada de Jorge a la academia, se les unió en sus paseos postescolares el Lefa, apodo inventado por Jorge y cuyo origen era tan ambiguo como el ser al que se refería. El padre de este muchacho tenía una farmacia en la calle de la Palma en la que aún se utilizaba el mortero para fabricar determinadas recetas. La verdad es que el Lefa, hasta el momento de ser bautizado con este apodo, apenas tenía nombre; era un muchacho con cara de enfermo crónico de estómago (según él padecía de espasmos de tipo nervioso) que tenía abundantes granos, y que compensaba la escasez de sus intervenciones en las polémicas entre Jorge y el Vitaminas con un conocimiento sorprendente de términos médicos aprendidos en los prospectos de las medicinas. Solía robar en la farmacia de su padre aquellos que más le gustaban, y a veces se los leía a sus amigos como quien leyera una composición recién escrita. De este modo, y a tenor de los prospectos que caían en sus manos, los tres amigos creyeron padecer sucesivamente un priapismo agudo (además de que les encantaba la palabra, juzgaban que este mal era la consecuencia de una potencia sexual excesiva), un cáncer de pulmón, algunos vértigos causados por el deterioro de los órganos auditivos, y aun otras enfermedades de peores consecuencias que, por prometer la muerte a una edad en la que no se cree en ella, servían de consuelo y de estímulo a una adolescencia gris y mal trajeada. Por lo demás, el Lefa tenía fama de salido (una acentuación del instinto venéreo, que decía él) y de raro: lo primero por su evidente nerviosismo en los días que precedían a su turno junto a las chicas de la academia; y lo segundo, porque jamás se dejaba masturbar por ellas, sino que cuando juzgaba estar a punto, pedía permiso al profesor y se marchaba a masturbarse en el servicio. Jorge, que tardó mucho en pedir la vez por mantener un cierto prestigio originado por su despego, afirmaba que esta actitud era un síntoma de limpieza, pues en su opinión no dejaba de ser una marranada andar todo el día con los calzoncillos sucios.

Hubo de ser precisamente el Lefa quien empujara a Jorge a participar en la rueda de las chicas. Al salir de la academia le explicaba con mirada febril las ventajas del juego utilizando algunos términos médicos, que con frecuencia apenas tenían relación con el asunto del que se trataba, pero que daban al discurso una seriedad científica sin cuyo apoyo Jorge jamás se habría decidido. Fue preciso esperar —para hacerlo de manera poco ruidosa— a que enfermara un compañero pocos días antes de llegarle el turno. A los enfermos, normalmente, los sustituía el Lefa, pero en aquella ocasión, y después de larguísimas discusiones en el Comercial o en la calle, se decidió que el sustituto sería Jorge. Faltaban dos días en los que su angustia alcanzó límites hasta entonces desconocidos para él. Deseaba con todas sus fuerzas que el compañero enfermo se curara para el día señalado, al mismo tiempo que —apresado por el deseo— buscaba las justificaciones que luego habrían de repetirse, casi en el mismo orden, a lo largo de su adolescencia toda y de su juventud. Finalmente, el compañero enfermo no acudió a la academia la mañana temida, y Jorge —en la segunda hora— aprovechando el pequeño intervalo producido entre clase y clase, cogió sus libros y se fue a sentar junto a la chica que iniciaba la rueda. En la pizarra, como en un sueño, el profesor oscuro hablaba de San Anselmo y parecía entusiasmarse a ratos con algunos aspectos del ontologismo; y mientras sus brazos cubiertos por unas enormes mangas negras aleteaban al llegar a las diferencias entre el orden lógico y el ontológico, Jorge, con la rodilla, intentaba angustiado establecer un contacto casual con su compañera de banco. En seguida le llegó una respuesta clara y terminante: la chica desplazó su pierna izquierda hasta emparejarla con la derecha de Jorge. Estuvieron un rato golpeándose levemente y rozándose como dos animales torpes, poco dotados para los juegos amatorios. Entretanto, Gaunilón, junto al encerado, escandalizaba a los monjes de su convento al comparar a Dios con la isla de Jauja, donde al decir del profesor se ataba a los perros con longanizas. Pronto empezó el juego de las manos. Jorge habría querido, demasiado joven como era, que las suyas se hubieran encontrado con las de la chica para entablar con el lenguaje de los dedos un cierto tipo de comunicación sentimental que precediera al desastre o al éxtasis. Pero ella no se lo permitió, sino que directamente condujo su mano al centro de operaciones y con esta actitud parecía decirle: no vayas a pensar que esto ha sido propiamente un encuentro; los encuentros no existen más que en la idea de la salvación, y nosotros, por unos años todavía, estamos salvados sin necesidad de recurrir a tales subterfugios. Has de aprender aún que sólo existen acciones paralelas, como cintas continuas que moviéndose en sentidos opuestos con diferente ritmo hacen de vez en cuando coincidir frente a frente dos partes semejantes; tal vez ni eso, tal vez en una de las cintas la solercia ha incrustado un espejo que cree poseer aquello que tan sólo refleja. Finalmente, y ya con los cien táleros de Kant sonando en el-encerado, Jorge explora las posibles entradas de la falda de su compañera, y a través de las deterioradas medias y de las bragas rotas y mil veces zurcidas penetra en lo que él imagina como una cloaca, no por una predisposición hacia el sexo, sino por el modo en que se da su relación con él, porque la atención que finge prestar al profesor en la superficie hace precisamente que cuanto sucede bajo el pupitre sea considerado subterráneo y húmedo.

Tal vez las mismas causas que le negaron el consuelo sentimental, o la venganza, que había pensado encontrar en aquel juego, impidieron también que prosperaran los motes que según su costumbre y con fortuna variable puso a cada una de las chicas a los pocos días de su participación en la rueda. No prosperaron en efecto porque todos sabían, menos él, que nombrarlas suponía aceptar en ellas un grado de existencia que estaba muy por encima de lo pactado en el acuerdo secreto bajo cuyas disposiciones se producía el intercambio o el hurto. Además, el nombre tiende siempre a la identificación y por lo tanto individua también en una medida que tampoco estaba prevista en el acuerdo. Lo cierto es que aquel primer contacto de Jorge con las chicas estuvo marcado por el fracaso, un cierto tipo de fracaso en cuya concisión ya se advertían la simplicidad de un esquema y la firmeza de una copia. Jorge no quiso ver entonces otros aspectos igualmente palmarios porque de todos ellos parecía emerger una promesa que, por garantizar la aplicación de semejante esquema más allá de los confines del aula rota, actuaba también como pronunciamiento de un destino; y el destino para los de su clase no era precisamente aquello a lo que hay que llegar un día con rostro estúpido o feliz, sino más bien lo que no debe alcanzarse por cuanto significa la abolición impuesta del futuro. Lo extraño o lo fraudulento del negocio es que celaba la firmeza —la ausencia de un golpe de dados— en absoluta coincidencia con la edad de Jorge, menesteroso entonces, más que de otra cosa, de amor, y el amor —cómo ocultarlo— era acceder, llegar, hender tal vez la precisión abominable del destino.