Era la una del mediodía cuando sonó el teléfono. Todavía en la cama, respondí con tanta amabilidad como pude, por si era un cliente, pero se trataba de mi hermana. Yo nunca la llamo, pero ella me llama al menos dos o tres veces por semana. Sin duda, tiene mucho tiempo libre.
—Estoy ocupada, llámame más tarde —le dije con brusquedad, dispuesta a colgar.
—Volveré a llamarte esta noche —repuso ella.
No es que tuviera nada importante que decirme. Imagino que lo único que quería era comprobar si estaba con un hombre. Ésa es la verdadera razón por la que llamó. Y sé esto porque, justo después, me dijo:
—¿Estás sola? Siento como si estuvieras con alguien.
Una vez, con Johnson, mi hermana llamó mientras estábamos haciéndolo, y dejó un mensaje largo e incoherente en mi contestador:
—Yuriko, soy yo. Acabo de tener una idea genial. ¿Por qué no nos vamos a vivir juntas? Piénsalo. Tenemos horarios muy diferentes, por lo que podríamos compaginarlos perfectamente. Yo trabajo de día y acabo al anochecer y, dado que tú trabajas de noche, estarás en casa durmiendo mientras yo trabaje. Luego, mientras yo duerma, tú estarás fuera. Si llegaras a casa antes de que yo me levantara, ni siquiera tendríamos por qué vernos en todo el día. Ahorraríamos mucho dinero en el alquiler. Podríamos turnarnos para cocinar y comer las sobras durante varios días seguidos. ¿Qué me dices? ¿No crees que es una idea genial? ¿En qué apartamento crees que deberíamos quedarnos? Dime qué te parece, ¿vale?
—Oye, ¿ésa no es tu hermana? —preguntó Johnson.
—Sí. ¿No te abruma la nostalgia? —respondí, reprimiendo un ataque de risa.
—Pues fue gracias a ella que nos conocimos tú y yo; nuestro pequeño Cupido particular —replicó en un japonés perfecto al tiempo que soltaba una carcajada.
Luego nos tumbamos en la cama mondándonos de risa, lo que hizo que nuestra sesión amorosa se viese abruptamente interrumpida.
—Cupido, ¿eh? Dudo que ella opine del mismo modo.
¡Mi horrible hermana mayor con su personalidad retorcida! Johnson se acercó a mí y empezó a acariciarme el cuello con la nariz para intentar ponerme a tono de nuevo. Ladeé la cabeza para que pudiera besarme mejor y observé las pecas marrones que se esparcían por sus anchos hombros. Su cuerpo se ha ensanchado y prácticamente se le ha caído todo su hermoso cabello. Johnson ya tiene cincuenta y un años.
Cuando nos conocimos, yo todavía era una niña, pero aun así supe de inmediato que aquel hombre me deseaba. Él no hablaba mucho japonés por entonces y yo no sabía nada de inglés, pero nos las arreglábamos para entender de forma tácita lo que el otro quería decir.
«¡Date prisa en crecer!», eso era lo que él pensaba.
«Lo haré, espérame».
Cada vez que mi hermana mayor me martirizaba, yo huía a la cabaña de los Johnson. No importaba que él estuviera hablando de negocios por teléfono o agasajando a unos invitados; en el mismo momento en que me veía, se le iluminaba el r ostro. A su pesar, por tanto, debo dar las gracias a mi hermana por enviarme a los brazos de Johnson cada vez que ella abusaba de mí. Sin embargo, el mayor obstáculo al que debía hacer frente era la amabilidad de Masami. Era la mujer de Johnson, y antes de eso había trabajado como azafata de vuelo en Air France. Él tenía cinco años menos que ella y era la obsesión absoluta de su esposa, cautivada por su estabilidad económica y su posición social. A Masami le aterraba pensar que algún día él pudiera abandonarla, de modo que si Johnson era amable conmigo, ella tenía que serlo también. Por eso, constantemente estaba dándome caramelos y peluches, aunque lo que yo en realidad quería era el esmalte de uñas Revlon que tenía en su tocador. No obstante, entendí que lo mejor era que me comportara como una niña pequeña, al menos mientras ella anduviera cerca.
Cuando mi padre me dio permiso para vivir con los Johnson al día siguiente de aquella terrible pelea con mi hermana, me sentí extasiada. Johnson y yo nos dejamos llevar y cometimos una locura: echar somníferos en la bebida de Masami. Cuando ella empezó a roncar, pasamos el resto de la noche abrazados en la cama, a su lado. En otra ocasión, mientras ella estaba en la cocina haciendo carne a la parrilla o cualquier otra cosa de espaldas a nosotros, Johnson comenzó a acariciarme en el salón mientras fingíamos estar viendo la tele. Por encima de la tela de los pantalones, me frotó ahí abajo con sus manos, y luego colocó las mías alrededor de su cosa cuando ésta estuvo dura. Ésa era la primera vez que yo tocaba a un hombre de ese modo, y me convencí de que Johnson sería mi primer amante.
Desde el principio supe que nunca tendría a un chico japonés como amante. Para empezar, porque nunca se me acercaban y actuaban como si yo les aterrorizara porque era mestiza; de alguna forma, estaba fuera de su alcance. Pero, como consecuencia de ello, me atacaban en grupo y me gastaban todo tipo de bromas obscenas. Lo peor era encontrarse con un grupo de chicos del instituto en el tren: me manoseaban de una forma tan violenta que hasta me tiraban del pelo, y a mí no me quedaba más remedio que soportarlo. Una vez unos chicos me rodearon y me hicieron jirones la falda. Aprendí a una edad muy temprana; entendí que para sobrevivir sólo había una forma de luchar contra un hombre.
—Será mejor que vaya tirando o llegaré tarde a clase.
Johnson hizo una mueca amarga, y se levantó doblando su enorme cuerpo en dos. Era tan grande que siempre que se tumbaba en mi estrecha cama la mitad de su cuerpo sobresalía por un costado como si estuviera a punto de caerse. Era profesor de inglés y enseñaba en una escuela frente a la parada de la línea de Odakyu. Desde aquí se tardaba una hora en el tren exprés. Decía que en su clase había unas doce mujeres, todas ellas amas de casa.
—Digamos que un profesor de conversación en inglés de cincuenta y un años no es muy popular. Supongo que preferirían a un jovencito guapetón. ¿Por qué en Japón las únicas que quieren estudiar inglés son mujeres jóvenes? Si quiero dar clases, debo irme a un pueblecito del interior como ése. De lo contrario, no tendría alumnos.
Cuando Masami le pidió el divorcio, Johnson perdió la dignidad, el nombre, su dinero y todo lo demás. Lo despidieron de su trabajo como agente de valores extranjeros, y la cantidad que tuvo que pagar por el divorcio fue tan exorbitante que para él supuso un sacrificio tan grande como si le pidieran que se arrancara la piel a tiras. Sus parientes, una familia ilustre del nordeste de Estados Unidos, le dieron la espalda y le prohibieron que volviera a verme. Masami, por supuesto, había aireado los trapos sucios en el juzgado, contándole a todo el mundo que Johnson mantenía una relación conmigo.
—Más que un traidor; mi marido es un criminal. Se aprovechó de una chica de quince años de la que debía hacerse cargo. Ambos actuaron a mis espaldas e hicieron cochinadas en mi propia casa. Me preguntan que cómo es posible que eso sucediera durante tanto tiempo y yo no me diera cuenta, pero es que ¡yo cuidaba de esa niña! Le tenía tanto aprecio… Nunca, ni en un millón de años, me habría imaginado que podría hacer algo así. No solamente me traicionó mi marido, sino que también lo hizo ella. ¿Puede alguien comprender cómo me siento?
Después de eso, Masami se explayó largamente describiendo con todo lujo de detalles cómo había descubierto lo que nos llevábamos entre manos. Al divulgar nuestro secreto refirió todos los pormenores, con tanto lujo de detalles que incluso el juez y los abogados no tardaron en ruborizarse.
Todavía estaba pensando sobre el pasado cuando Johnson, que había acabado de vestirse, me dio un beso en la mejilla.
—Te veo luego, cariño —me dijo como siempre hacía.
—Adiós, cielo.
Solíamos despedirnos del mismo modo, medio en broma.
Por entonces, yo todavía iba al trabajo. Mientras estaba en la ducha lavándome el sudor de Johnson y otros fluidos corporales, reflexioné sobre nuestro extraño destino. Aunque yo lo hubiera querido de otra forma, Johnson no fue el primer hombre con el que estuve. La sangre que corre por mis venas es mucho más dada a la lascivia de lo que se considera normal. Mi primer hombre fue Karl, el hermano menor de mi padre.