Al año siguiente la tienda de mi padre se fue a pique. Bueno, no sólo la tienda, sino el negocio entero. A medida que los japoneses se volvieron más prósperos, también se volvieron más exigentes y pedían productos de importación de mejor calidad, de modo que los dulces baratos en los que estaba especializado mi padre dejaron de interesarles. Cerró la tienda y tuvo que venderlo todo para hacer frente a las deudas pendientes. Y, claro está, también tuvo que deshacerse de la cabaña de la montaña, incluso de la pequeña casa que teníamos en Shinagawa, de nuestro coche, de todo.
Con el negocio liquidado, mi padre decidió volver a Suiza para empezar de nuevo. Su hermano menor, Karl, tenía una fábrica de calcetas en Berna y necesitaba ayuda con la contabilidad, de modo que se decidió que nos mudáramos todos a Suiza. Esto ocurrió justo cuando yo estaba preparándome para los exámenes de ingreso al bachillerato. Me había propuesto entrar en un centro de los más prestigiosos, la clase de escuela en la que nunca aceptarían a una tarada como Yuriko. Me refiero a la escuela a la que fuimos Kazue y yo. Llamémosla Instituto Q para Chicas, ¿qué os parece? Era la escuela preparatoria de élite adscrita a la Universidad Q.
Le pedí permiso a mi padre para irme a vivir con mi abuelo, que tenía un apartamento en el distrito P, e intentar aprobar al menos el examen de ingreso. Si lo conseguía, podría ir al colegio desde allí. Fuera como fuese, estaba decidida a frustrar cualquier intento de que me llevaran a Suiza con Yuriko.
Al principio, mi padre frunció el ceño cuando se lo propuse, aduciendo que el Instituto Q para Chicas era caro y costaba mucho más de lo que podíamos permitirnos. Pero puesto que Yuriko y yo apenas nos hablábamos —a causa del incidente de la cabaña—, pensó que mi plan era la solución más conveniente. Le hice firmar un acuerdo por el que, si yo conseguía ingresar en el instituto que eligiera, él prometía proveer los fondos necesarios para mi escolarización hasta que me graduara. Aunque fuera mi padre, no había forma de asegurar nada sin un acuerdo escrito.
Finalmente se decidió que yo seguiría viviendo en el distrito P con mi abuelo materno, que vivía solo en un bloque de apartamentos de protección oficial. Tenía sesenta y seis años, era bajo, de extremidades delicadas y complexión pequeña. El parecido con mi madre era evidente. Era el tipo de persona que se esforzaba por estar a la moda aunque no tuviera dinero, de manera que fuera a donde fuese siempre llevaba traje, y se peinaba el cabello entrecano con gomina hacia atrás. En su diminuto apartamento, el olor a gomina era tan intenso que asfixiaba.
Hasta entonces no conocía mucho a mi abuelo, y la perspectiva de ir a vivir con él me inquietaba. No tenía ni idea de qué podía decirle. Pero una vez que me mudé con él todos mis miedos desaparecieron. Mi abuelo parloteaba sin parar durante todo el día con su voz aguda, y no es que me necesitara para conversar, sino que la mayor parte del tiempo hablaba solo. Es decir, repetía lo mismo una y otra vez como una cotorra. Sospecho que le encantaba compartir su hogar con alguien taciturno como yo, que no era más que una receptora de su parloteo incesante.
Es probable que para él fuera un inconveniente que de golpe le dejaran a una nieta en la puerta, pero indudablemente agradecía la mensualidad que enviaba mi padre, porque en aquel tiempo vivía sólo de su pensión. De vez en cuando ganaba un poco de dinero extra haciendo chapuzas por el vecindario, era como el vecino manitas, pero creo que apenas le alcanzaba para vivir.
¿Cuál era la profesión de mi abuelo? Bueno, es difícil de decir. De niñas mi madre nos contó que, cuando el abuelo era joven, se le daba bien coger a ladrones de sandías, así que decidió ingresar en la policía y hacerse detective. Por eso, yo estaba segura de que iba a ser estricto y al principio me daba un poco de miedo. Sin embargo, fue todo lo contrario. Finalmente mi abuelo no trabajó como detective. ¿A qué dedicó su vida? Eso es lo que trataré de explicar a continuación. Puede que me lleve un rato, así que tened paciencia.
—No es sencillo visitar al abuelo porque es detective de la policía y está siempre muy ocupado —aseguraba mi madre—. Además, constantemente está rodeado de delincuentes, aunque eso no quiere decir que tu abuelo sea una mala persona. En absoluto. A menudo las malas personas se ven atraídas por las buenas personas. Por ejemplo, personas que hayan infringido la ley acuden al abuelo para disculparse y hablar sobre cómo corregir su comportamiento. No obstante, siempre hay alguien que es malo hasta la médula. Puede que esa persona le guarde rencor al abuelo por haberlo arrestado, de modo que cuando va a visitarlo lo hace para vengarse, y sería peligroso para los niños estar cerca si eso ocurriera.
Al escuchar estas historias que mi madre describía como si sucedieran en un lugar lejano, yo me emocionaba y me imaginaba escenas de las series policíacas de la televisión. ¡Mi abuelo era detective! Me jactaba de ello cada vez que me cruzaba con una amiga. Pero a Yuriko eso nunca le impresionó mucho, y a menudo le preguntaba a mi madre por qué el abuelo trabajaba como detective. Supongo que no consideraba que tener un abuelo detective fuera algo alucinante. No tengo ni idea de qué era lo que le pasaba por la cabeza, pero la respuesta de mi madre siempre era la misma:
—Tu abuelo era muy bueno atrapando ladrones de sandías. Su padre era propietario de campos extensísimos en la prefectura de Ibaraki, donde merodeaban los ladrones.
Aprobé el examen de ingreso al Instituto Q para Chicas justo antes de que mis padres y Yuriko volaran a Suiza, así que cargué en una camioneta el futón, el escritorio, el material escolar y la ropa, y me mudé de Shinagawa Norte al apartamento de mi abuelo en el complejo de viviendas del gobierno. El distrito P está situado en la parte más baja de Tokio, y por eso se lo conoce como Ciudad Baja. La mayor parte es llana y prácticamente no hay edificios altos. Varios ríos cruzan el barrio y forman pequeños sectores separados. Los enormes diques que hay a lo largo del río obstruyen la vista. Los edificios del alrededor no son muy altos pero, a causa de los diques, tienen un aspecto opresivo. De hecho es una zona muy particular. Al otro lado de los diques corre un caudal inmenso de agua, por regla general, a un ritmo lánguido. Siempre que me encaramaba hasta la orilla del río para ver pasar el agua marrón, me imaginaba todas las diferentes formas de vida que se arremolinaban bajo la superficie.
El día en que me mudé, mi abuelo compró dos bocaditos de crema en la tienda de la esquina. No eran los mismos que se pueden encontrar en cualquier pastelería, sino los que tienen la masa dura y el relleno de crema que odio. No quería herir sus sentimientos, así que me lo zampé fingiendo saborear cada bocado. Mientras comía observé con detenimiento el rostro de mi abuelo, intentado descubrir en qué se parecía a mi madre y, aunque compartían la misma constitución delgada, no había nada en sus facciones que pudiera reconocerse.
—Mi madre no se parece a ti, abuelo. ¿A quién de la familia se parece?
—Oh, tú madre no salió a nadie o, en todo caso, debió de salir a algún antepasado lejano.
El abuelo empezó a doblar la caja de los bocaditos mientras respondía, según las instrucciones que había en el cartón. Luego la dejó, junto con el envoltorio y el cordel, en la estantería de la cocina.
—Yo tampoco me parezco a nadie —dije.
—Bueno, ése es el rasgo diferencial de nuestra familia.
El abuelo era un hombre de costumbres. Todas las mañanas se levantaba a las cinco y se ocupaba de los bonsáis que abarrotaban la galería y el estrecho espacio del vestíbulo. El cultivo de los bonsáis era su afición, y diariamente pasaba más de dos horas cuidándolos. Después limpiaba su habitación y, por último, desayunaba.
Tan pronto como se levantaba empezaba a parlotear en el dialecto de Ibaraki de su pueblo natal. Incluso cuando me estaba lavando la cara o cepillándome los dientes seguía hablando.
—Vaya, vaya, éste sí que es un buen tronco. ¡Mira! ¡La fuerza, la edad! Varios de estos pinos flanquean la autopista de Tokaido. Qué suerte tengo de tener un bonsái como éste; o quizá debo agradecérselo a mi propio talento. Sí, seguro que es eso. Debe de ser mi talento. Has de estar obsesionado con ellos o no llegarás muy lejos. ¿Loco? Sí, ése soy yo.
Yo lo miraba pensando que quizá me estaba hablando a mí, pero él tenía los ojos clavados en el bonsái y hablaba solo. Y todas las mañanas decía lo mismo.
—Las personas que no están locas de verdad pueden probar todo lo que quieren, pero nunca conseguirán tener talento, y su bonsái no se parecerá en nada al que haya cultivado un viejo loco como yo. ¿En qué se diferenciarán? Bueno, veamos…
Al final dejé de volverme cuando oía que empezaba a hablar porque me di cuenta de que no era a mí a quien se dirigía. Él preguntaba y él respondía. Yo estaba contenta por haber aprobado mi examen de ingreso y por estar empezando una nueva vida. Nada me importaba menos que los bonsáis. Hojeaba la guía de la escuela y me entregaba a las imágenes embriagadoras de cómo sería la vida en mi amado Instituto Q para Chicas.
Dejé a mi abuelo donde estaba y me fui a la cocina a prepararme una tostada que unté con abundante mantequilla, mermelada y miel. Ahora no estaba mi padre para reprenderme por echarme demasiada mermelada. ¡Me sentía totalmente libre! Mi padre era tan tacaño que siempre nos estaba llamando la atención por lo mucho que comíamos. En el té podíamos echarnos como máximo dos terrones de azúcar, y sólo se permitía una capa fina de mermelada en el pan. Si queríamos miel, únicamente podíamos tomar miel. Y sus ideas sobre las formas en la mesa eran igual de rígidas. Nada de hablar en la mesa, los codos cerrados y la espalda recta, prohibido reírse con la boca llena… Y no importaba qué hiciera, siempre encontraba algo por lo que quejarse de mí. Pero, en casa del abuelo, incluso si me sentaba encorvada y con cara de sueño para desayunar, él ni siquiera se daba cuenta. Seguía de pie en la galería hablando con sus plantas.
—Se necesita inspiración, ¿sabes? Ésa es la esencia: la inspiración. «Recibir el hálito de la inspiración». ¿Por qué no lo buscas en el diccionario? Verás que no es cuestión de poseer elegancia. La elegancia estimulará tu trabajo, de eso no cabe duda, aunque no es algo que se pueda aprender así como así. También has de tener talento. Los que triunfan tienen talento, y por eso yo digo: tengo talento, soy genial.
El abuelo trazó los ideogramas chinos que significaban «inspiración» en el aire delante de su cara, y luego los que significaban «loco». Yo, mientras tanto, bebía té y lo miraba boquiabierta. Después de un rato, él se percató de que yo estaba sentada a la mesa de la cocina.
—¿Ha sobrado algo para tu abuelo?
—Sí, pero está frío —respondí señalando la tostada.
Cogió con deleite la tostada fría y reseca y le dio un bocado con su dentadura postiza, haciendo saltar migas por todas partes. Tan pronto como vi todo eso, me di cuenta de que las historias que me había contado mi madre según las cuales mi abuelo era detective no eran ciertas. No sé muy bien cómo explicarlo, pero incluso para una chica de dieciséis años como yo resultaba evidente qué clase de persona era mi abuelo: la clase de persona que sólo piensa en sí misma, por lo que no había posibilidad de que persiguiera a otro hombre y lo acusara de un crimen.
La dentadura del abuelo se movía un poco, y parecía que le costaba masticar, así que mojó la tostada en el té hasta que estuvo empapada y blanda. Parte de la tostada se deshizo en la taza, pero a él no pareció importarle.
Me armé de valor y le pregunté:
—Abuelo, ¿piensas que Yuriko es genial?
Él miró hacia la galería donde estaba el gran pino negro y respondió con unas palabras que no dejaban lugar a dudas:
—De ninguna manera. Yuriko-chan es demasiado guapa para eso. Puede que sea una planta de jardín, una flor hermosa, pero no es un bonsái.
—De modo que una flor, no importa lo hermosa que sea, ¿no es nunca genial?
—Exacto. La inspiración es el as en la manga del bonsái. Pero es una persona la que hace que eso sea así. Mira hacia allí, hacia el pino negro. Eso es inspiración. ¿Lo ves? Un árbol viejo nos da una lección de vida. Es raro, ¿no? Puede que parezca marchito, pero sin duda está vivo. Un árbol puede resistir el paso del tiempo. Los seres humanos son los únicos que adquieren su máxima belleza durante la juventud, pero un árbol, no importa cuántos años hayan pasado, si se guía una y otra vez, y aunque por naturaleza se resista, acabará poco a poco doblegándose a tu voluntad. ¿Y qué ocurre cuando lo hace? Pues que es como si la vida hubiera brotado de nuevo en él. La inspiración reside en ese punto en el que empiezas a sentir el milagro. Ésa es la palabra que se utiliza en inglés, ¿verdad? ¿Milagro?
—Supongo.
—¿Y en alemán?
—No lo sé.
«Ya estamos otra vez», me dije mientras fingía mirar hacia la galería donde él estaba antes de pie. Apenas podía entender nada de lo que estaba diciendo, y seguir escuchándolo empezaba a hacerse pesado. Todo cuanto preocupaba al abuelo era el viejo pino reseco que había plantado justo en medio de la galería. Las raíces eran retorcidas y horribles, y las ramas estaban anudadas con alambres. Con las agujas juntas y apretadas, el árbol siempre estaba a medio camino de cualquier lugar de la casa. Tenía la forma de uno de esos viejos pinos retorcidos que pueden verse en una típica película de samuráis. Pero era genial, ¡y la bella Yuriko no! ¿Qué podía haber sido más perfecto? Adoré a mi abuelo por haberme dicho eso, y recé por que pudiera vivir con él para siempre.
Él, en su situación, también se beneficiaba de que yo estuviera allí. Pronto descubrí por qué. Había días en los que correteaba aterrado de un lado a otro para meter todos los bonsáis en el armario. El tercer domingo de cada mes, a las once de la mañana, un vecino acudía a visitarlo sin falta. El abuelo señalaba en el calendario el tercer domingo de cada mes con un círculo rojo para no olvidarse. Esos días, tan pronto como acababa de hablar con los bonsáis, empezaba a reorganizar las cosas en su armario y a mover trastos de acá para allá. Sin que le importara si estaba nublado o si el cielo amenazaba con descargar un chaparrón en cualquier momento, me obligaba a levantarme del futón y a colgarlo en el tendedero que había en la galería para dejar más espacio en el armario. Luego se abría paso para llevar los bonsáis al lugar que les había hecho. Había un montón de cosas que se abarrotaban en la galería diminuta. Lo que no podía meter en el armario lo llevaba al apartamento de algún amigo suyo que vivía en el mismo bloque de pisos. Durante un tiempo me intrigó muchísimo la conducta de mi abuelo. ¿Por qué quería esconder todo aquello de lo que tanto se enorgullecía?
El invitado al que el abuelo recibía el tercer domingo de cada mes era un viejo con una cara simpática. Su escaso cabello blanco estaba peinado hacia atrás de manera impecable, y la camisa gris combinaba elegantemente con la chaqueta marrón. Sólo la montura de sus gafas —gruesa y negra— era demasiado llamativa. Aunque siempre se disculpaba por venir con las manos vacías a visitarlo, ni una sola vez cumplió la costumbre de traer un regalo. Cuando llegaba el viejo, mi abuelo se sentaba muy erguido y lo recibía con la postura más solemne que podía adoptar. Por alguna razón, nunca quería que yo estuviera cerca. Si cualquier otra persona venía a visitarnos siempre me insistía en que me quedara a su lado y se explayaba hablando de mí, claramente orgulloso de tener una nieta que era medio europea y, por si fuera poco, una estudiante de élite del Instituto Q para Chicas. Mi abuelo conocía a muchas personas: la vendedora de seguros, el guardia de seguridad, el encargado de los apartamentos, y a todos los demás ancianos aficionados a los bonsáis. Siempre pasaban a visitarlo. Pero sólo cuando venía ese viejo, mi abuelo quería que me fuera y, claro, a mí eso me parecía extraño.
Los días en los que esperaba su visita, el abuelo estaba nervioso. Me preguntaba si tenía deberes que hacer. Yo preparaba el té y fingía que volvía a mi habitación, pero los escuchaba a hurtadillas desde el otro lado de la puerta corredera. El hombre interrumpía los cumplidos de mi abuelo y luego empezaba a interrogarlo:
—¿Cómo van las cosas últimamente?
—Voy tirando. Pero no tienes por qué preocuparte por mí. Lamento muchísimo que tengas que hacer todo ese camino para venir a este apartamento viejo y sucio. En serio, mi nieta ha venido a vivir conmigo y nos va bien; gastamos poco, vivimos con sencillez. Está claro que tenemos nuestras diferencias… Ella es una estudiante de bachillerato y yo soy un viejo chocho. ¿Qué cabría esperarse? Pero nos las apañamos bien.
—¿Tu nieta, dices? Bueno, no os parecéis mucho, ¿verdad?
Quería preguntarte por ella, pero luego pensé: «¿Y si es su amante?». Me habría dado mucha vergüenza si hubiera sido así, y no quería meterme donde no me llamaban…
El tono del viejo era enérgico e insinuante. Él y mi abuelo rieron juntos:
—¡Jo, jo, jo, jo!
¿Así que era eso? ¿Yo había heredado la risa de mi abuelo? Porque su voz cuando hablaba era aguda, pero cuando reía era sorprendentemente grave, incluso un poco lasciva. Enseguida bajó la voz:
—No, no, es mi nieta, pero su padre es extranjero.
—Ah, ¿norteamericano?
—No, europeo. Mi nieta habla perfectamente alemán, francés y muchas otras lenguas, pero quería que su educación fuera en japonés. Dice que se siente japonesa y que su intención es estudiar en japonés y desarrollar su vida aquí, así que cuando su familia emigró ella decidió quedarse en el país. Mi yerno trabaja para el Ministerio de Asuntos Exteriores suizo; sí, el embajador es su inmediato superior. Es un yerno fantástico, aunque es una pena que no hable ni una palabra de japonés. Aun así, dice que puede comunicarse por signos y por telepatía. Asegura que puede saber todo lo que pienso. Sin ir más lejos, el otro día me envió dos relojes suizos que son producto de la inspiración. ¿Conoces la derivación de «inspiración»? Los ideogramas se escriben así.
Contuve la risa al oír las mentiras de mi abuelo.
El otro hombre suspiró.
—No, me parece que no me suena.
—Creo que se podría decir que deriva de una referencia a aquello que está animado por una influencia divina o sobrenatural: una combinación de elegancia y fuerza.
—Bueno, pues parece que es una palabra muy buena, ¿no? Pero cuéntame algo sobre la familia de tu nieta. ¿Dónde están ahora?
—El caso es que el gobierno suizo vino a buscarlos para que volvieran a su país.
—Vaya, eso es impresionante.
—Bueno, no tanto. Un cargo en las Naciones Unidas o en un banco sería incluso más prestigioso, ya sabes.
—Me alegro, estas noticias me tranquilizan… He oído que has empezado a hacer algunos trabajos, pero confío en que sabrás comportarte. No tendrás intención de estafar a la gente otra vez, ¿verdad? Ahora tienes que pensar en tu nieta.
—Claro, claro, de ninguna manera. Me he reformado. Mira a tu alrededor: ni un solo bonsái. No, jamás volveré a tocar un bonsái.
El abuelo hablaba con un tono de arrepentimiento. Al oír todo eso, me di cuenta de que el abuelo debía de haber usado los bonsáis en algún tipo de estafa, y el otro hombre debía de ser una especie de agente de la libertad condicional que lo visitaba una vez al mes para asegurarse de que no volvía a las andadas.
Ahora que pienso en ello, me doy cuenta de que mi abuelo debía de estar en libertad condicional, y el hecho de que viviera con su nieta adolescente lo hacía parecer más formal a ojos del agente. Él quería engañarlo y yo quería quedarme en Japón. Nos necesitábamos el uno al otro para conseguir nuestros objetivos, así que de alguna forma éramos cómplices. La guinda era que podía hablar con mi abuelo de todos los defectos de Yuriko. Sin duda, ésos fueron los días más felices de mi vida.
Poco después de ese domingo, me crucé por casualidad con el agente de la libertad condicional. Fue durante las vacaciones de la Semana Dorada, mientras volvía en bicicleta del colmado. Un autobús turístico se había parado frente a una finca, y el hombre que había visto en casa de mi abuelo decía adiós a los pasajeros que iban subiendo. Todos eran mayores y cada uno llevaba con satisfacción un bonsái en la mano. Llamó mi atención un cartel que rezaba: «Jardín de la Longevidad». ¿Así que allí se cultivaban bonsáis? Observé el cartel, cautivada por la imagen de los pequeños árboles. Cuando el autobús arrancó y se fue, el viejo se percató de mi presencia.
—Qué casualidad encontrarte aquí —dijo—. De hecho, me gustaría hablar un momento contigo, si no te importa.
Me bajé de la bicicleta y lo saludé con educación. En la finca que había más allá de la techada puerta de entrada —tan imponente como las que podían verse en cualquier templo—, advertí una magnífica casa construida con la elegancia del estilo rústico sukiya. Junto a ella había un salón de té encantador. También había un invernadero de vinilo en el jardín, donde varios hombres jóvenes regaban las plantas con mangueras y revolvían la tierra. Apenas parecía un vivero: el Jardín de la Longevidad tenía un aspecto mucho más cercano al de un parque bien cuidado. Los edificios, los jardines, todo allí era lujoso. Incluso yo podía percibir que era el resultado de un desembolso de dinero considerable. El agente de la condicional, que vestía un delantal almidonado de color azul marino encima de la camisa y la corbata, parecía un poco fuera de lugar, como si fuese el alcalde vestido para hacer un taller de cerámica. En vez de las gafas negras que llevaba habitualmente, ahora lucía unas de sol con montura de carey.
Empezó a interrogarme acerca de mi familia, y supuse que lo hacía para verificar la historia de mi abuelo. ¿De verdad mis padres se habían ido a vivir a Suiza?, inquirió con tono de preocupación. Le aseguré que así era.
—¿Qué hace tu abuelo durante todo el día?
—Creo que está bastante ocupado con algunos trabajillos que tiene por ahí.
Era la verdad. Por alguna extraña razón, desde que yo había ido a vivir con él le llovían las peticiones de los vecinos.
—¿Ah, sí?, me alegra oír eso. ¿Y qué tipo de trabajillos hace?
—Ah, pues se deshace de los gatos muertos que encuentra la gente, vigila los apartamentos cuando los inquilinos están fuera, riega las plantas… Ese tipo de cosas.
—Bien. Mientras no haga tonterías con los bonsáis, no hay ningún problema. No tiene ni idea de bonsáis, y es absurdo que finja saber algo de ellos. Robó algunas macetas de otras personas, ¿sabes?, y las vendió como si fueran suyas. Algunas las compraba baratas en el mercado nocturno y luego las vendía a precios desorbitados. Se buscó muchos problemas y estafó más de cincuenta millones de yenes a mucha gente.
Sospeché que las personas a las que había estafado el dinero estaban de alguna forma relacionadas con el agente. Él mismo parecía un cultivador de bonsáis o, al menos, un empleado de la finca. Seguramente mi abuelo había robado los bonsáis allí. Tal vez empezó negociando con ellos para ser intermediario en la venta, y finalmente acabó estafándoles el dinero. Seguramente aquel hombre se encargaba de no perderlo de vista para asegurarse de que no volvía a comerciar con bonsáis. Y parecía que iba a seguir vigilándolo durante un buen tiempo. Lo sentí por mi abuelo.
Cientos de bonsáis estaban alineados con una precisión meticulosa a lo largo de los tablones de madera de los jardines. Entre ellos vi un pino que se asemejaba al que mi abuelo cuidaba con tanto esmero pero, en mi opinión, aquél era demasiado hermoso y caro como para compararlo siquiera con el suyo.
—Perdone si le pregunto, pero ¿de verdad mi abuelo no sabe nada de bonsáis?
—Es un granuja aficionado.
El hombre resopló con desdén y su expresión cordial se ensombreció.
—Pero si timó a esas personas —aduje—, es porque debían de tener muchísimo dinero…
Yo pensaba que, si había gente tan rica como para ser susceptible de verse envuelta en la estratagema de mi abuelo, el hecho de que no supieran valorar los bonsáis que él tanto adoraba debía de haberlo cegado de ira. No podía imaginarme que hubiera gente que de verdad quisiera gastarse tanto dinero en un arbolito; tenía la impresión de que los estafados eran peores que el estafador. Por descontado, el agente de la condicional no lo veía del mismo modo, y comenzó a agitar con furia la mano en el aire.
—Mucha gente de por aquí se enriqueció con las compensaciones que les pagaron por la pérdida de los derechos de pesca. No sé si sabes que toda esta zona solía estar bajo el agua…
—¿Bajo el agua? —exclamé a mi pesar, olvidándome por completo de los bonsáis.
De repente me di cuenta de que el amor que debía de haber existido entre mi madre y mi padre, así como la energía que éste generó, debió de desaparecer en el momento de la concepción. La nueva forma de vida que iba a convertirse en mí debió de truncarse en ese momento y se liberó en el océano que se abría entre ellos. Llevaba pensando eso mismo durante mucho tiempo, pero al final encontré mi liberación en esa nueva vida que compartía con mi abuelo, una vida que era el mar mismo. La decisión de vivir con mi abuelo en aquel apartamento diminuto que apestaba a gomina, el hecho de tener que oírlo hablar incesantemente y de vivir en una habitación repleta de bonsáis era para mí como el mar, como el propio mar. La coincidencia me hizo feliz, y eso fue lo que me convenció para quedarme.
Al llegar a casa le conté a mi abuelo que me había encontrado con el agente de la condicional en el Jardín de la Longevidad. Sorprendido, empezó a hacerme preguntas:
—¿Qué te dijo de mí?
—Que eras aficionado a los bonsáis.
—¡Mierda! —gruñó—. ¡Ese cabrón no tiene ni idea! ¡Su «auténtico roble», que ganó el premio del distrito, era un fraude! ¡Ja! ¡Sólo de pensarlo me dan ganas de vomitar! Cualquiera puede comprar un buen árbol si está dispuesto a tirar el dinero. Que se jacte de sus cinco millones de yenes. Pero lo cierto es que no tiene ni idea de lo que es la inspiración.
A partir de ese día, mi abuelo se pasaba todo el tiempo en la galería hablando con sus bonsáis.
Esto no lo supe hasta más tarde, pero el caso es que el agente de la condicional solía trabajar para la oficina del distrito. Cuando se jubiló, tomó el cargo de guía en el Jardín de la Longevidad y se ofreció voluntario para controlar la condicional de mi abuelo. Ahora está muerto. Y cuando falleció, mi abuelo y yo sentimos como si nos hubieran quitado un gran peso de encima.
¿Mi abuelo? Todavía vive, pero es un viejo senil que duerme durante la mayor parte del día. No tiene ni idea de quién soy. Le cambio los pañales y me desvivo para cuidarlo, pero él no hace más que señalarme y preguntarme quién soy. A veces recuerda el nombre de mi madre y dice cosas como: «¡Si no haces las tareas escolares, acabarás siendo una ladrona!». Mientras él siga vivo yo puedo continuar ocupando el apartamento de protección oficial, de modo que tampoco puedo ser muy dura con él.
Por supuesto, quiero que mi abuelo tenga una vida larga y frugal. Pero parece que la palabra «inspiración» se ha evaporado por completo de su cabeza. Hace dos años acabé hasta el moño de cuidarlo, así que lo ingresé en la residencia Misosazai del distrito.
Mi abuelo en realidad trabajaba haciendo chapuzas, y yo no me limitaba a responder al teléfono por él: cuando podía me gustaba ayudarlo con sus tareas. Lo pasaba bien, sobre todo porque no había tenido mucho contacto con otras personas hasta entonces, ya que cuando yo era pequeña apenas acudía nadie a visitarnos. Mi padre prefería relacionarse con personas de su propio país, pero incluso en esos casos rara vez incluía a su familia. Mi madre no tenía contacto con los vecinos; no tenía ni una sola amiga. Nunca iba al colegio a hablar con nuestros profesores ni asistía a ninguna de nuestras clases, y huelga decir que tampoco era miembro de la asociación de padres. Así era mi familia.
Jamás imaginé que Yuriko fuera a volver a Japón y echarlo así todo a perder pero, por desgracia, cuatro meses después de que se mudaron a Suiza mi madre se suicidó. Antes de morir me había enviado varias cartas; sin embargo, yo no contesté a ninguna. Eso es. Ni una sola.
Todavía tengo algunas de esas cartas, y me apetece mostrároslas. Por mucho que las leyera, nunca imaginé que mi madre llegaría a suicidarse, puesto que jamás pensé que tuviera tal reserva de dolor acumulada. Hasta que acabó con su vida, en ningún momento me di cuenta de que quisiera despedirse de este mundo. Lo que me sorprendió realmente fue que tuviera el valor de quitarse la vida.
¿Qué tal? Nosotros estamos bien. ¿Cómo te llevas con el abuelo? Es una persona mucho más decidida que yo, así que supongo que os lleváis bien. También quería que supieras que no tienes que darle al abuelo ni un solo y en más de los cuarenta mil que le prometimos pagarle cada mes. Tienes que pensar más en ti y no tanto en nosotros, por eso te he ingresado una pequeña cantidad en la cuenta del banco; es dinero para tus gastos, así que no se lo digas a tu abuelo. Y si consigue persuadirte para que le prestes algo, asegúrate de que te firma un pagaré. Me limito a transmitirte las órdenes de papá.
Por cierto, ¿cómo va el colegio? ¡No puedo creer que hayas llegado a ingresar en esa escuela de élite! Presumo de ti siempre que me encuentro con algún japonés por aquí. Y aunque Yuriko aún no ha dicho nada, estoy segura de que se muere de celos. Por favor, sigue estudiando así, es un gran incentivo para tu hermana. En cuanto a inteligencia se refiere, siempre le sacarás ventaja.
Supongo que las flores de los cerezos ya han caído en Japón. Echo de menos las cerezas de Yoshino…, debían de ser tan hermosas cuando las flores estaban en plena floración. No he visto ni un solo cerezo en Berna. Seguro que deben de estar floreciendo en alguna parte, así que la próxima vez preguntaré a algún miembro de la Asociación de Ciudadanos Japoneses. Aunque a tu padre no le hace mucha gracia que me relacione con ellos, ni con el Grupo de Mujeres Japonesas.
Todavía hace frío aquí: no se puede salir sin un abrigo. El viento que trae el río Aare es helado, y el frío glacial me deprime. Elevo el abrigo beige que compramos en las rebajas de los grandes almacenes de Odakyu. Seguro que lo recuerdas. De hecho es demasiado fino para este tiempo, pero a todo el mundo le encanta, algunos incluso me preguntan dónde lo compré. La gente de aquí viste realmente bien. Saben comportarse y siempre tienen un aire digno.
Berna es bella como un cuento de hadas, pero mucho más pequeña de lo que imaginaba, lo que me sorprendió mucho al principio. También me sorprendió encontrar gente de tantos países diferentes viviendo aquí. Cuando llegamos, caminaba por las calles asombrándome de todo cuanto veía, pero últimamente me estoy cansando un poco. La mayor parte del dinero va a parar a tu asignación y a los gastos del colegio, de modo que no podemos comprar casi nada y debemos vivir tan frugalmente como nos sea posible. Yuriko está enfadada y se queja diciendo que todo es culpa tuya por quedarte en Japón. Pero no te preocupes por eso. Confía en tu inteligencia y saldrás adelante.
Nuestra casa está en una zona nueva de la ciudad. La fábrica de calcetas de Karl está sólo un edificio más allá. Enfrente tenemos un edificio de apartamentos diminutos, y al lado de éste hay un solar vacío. Tu padre está contento porque nos encontramos dentro de los límites de la ciudad, pero a mí me da la impresión de que vivimos a las afueras. Sólo con mencionar el tema, se pone hecho una furia. Vayas a donde vayas en Berna, las calles son tranquilas, y todo lo que puedes encontrar es a personas hablando una lengua incomprensible. Además, la gente aquí es algo brusca e incluso agresiva, lo que se me hace bastante extraño.
Por ejemplo, el otro día me sucedió lo siguiente. Siempre intento obedecer las señales de tráfico cuando cruzo la calle, pero aun así se ha de vigilar por si hay algún coche que gira. Ese día, mientras cruzaba, un coche frenó tan cerca de mí que el dobladillo de mi abrigo se enganchó en el parachoques y el forro se deshilachó un poco. La mujer que conducía salió del vehículo y pensé que lo hacía para disculparse pero, en vez de eso, empezó a gritarme. No entendí ni una palabra de lo que decía, pero ella siguió señalando mi abrigo y despotricando. ¡Quizá estaba diciendo que era culpa mía porque había intentado cruzar la calle con el abrigo desabrochado! Le dije que lamentaba haberle causado problemas y me fui a casa. Cuando aquella noche le conté a tu padre lo ocurrido, se enfadó conmigo: «Nunca debes admitir que es culpa tuya —me dijo—. En el momento en que lo haces, has perdido. ¡Al menos deberías haber hecho que te pagara lo que te costará arreglar el abrigo!». Fue entonces cuando caí en la cuenta de que el rechazo de tu padre a asumir la culpa le venía de vivir en este país, de modo que también esto es algo nuevo que he aprendido.
Han pasado ya tres meses desde que llegamos aquí. Todos los muebles que enviamos han llegado en buen estado, lo que ha supuesto un gran alivio para mí. Sin embargo, no quedan muy bien en este moderno apartamento nuestro. A tu padre esto lo saca de sus casillas. «¡Deberíamos haber comprado los muebles aquí! —se queja—. Estos muebles japoneses no valen nada». Yo le digo que no hay forma de conseguir dinero para comprar muebles nuevos, así que lo mejor es que no piense más en ello, pero entonces se enfada todavía más y me dice que eso deberíamos haberlo discutido antes. Me parece que tu padre está volviendo a adoptar su personalidad de antes. Siempre está enfadado. Ahora que ha vuelto a su país, todavía le preocupa más hacer las cosas como es debido, y se exaspera por todo lo que yo hago mal.
Últimamente él y Yuriko salen mucho sin mí. Esto parece hacer muy feliz a tu hermana porque se lleva muy bien con el hijo mayor de Karl, que también trabaja en la fábrica, y pasan mucho tiempo juntos.
Me ha sorprendido ver lo caro que es todo aquí, mucho más de lo que esperaba. Si comemos fuera nos cuesta más de dos mil yenes por cabeza, y la comida no es nada del otro mundo. Algo tan sencillo como el natto, la soja fermentada que tanto me gusta, cuesta ¡650 yenes! ¿Puedes creértelo? Tu padre dice que es por culpa de los impuestos, y es que, al parecer, todo el mundo aquí tiene un buen sueldo.
Por otro lado, el nuevo trabajo de tu padre no ha resultado como esperábamos. No sé si es porque no se entiende con los otros empleados o porque el negocio del tío Karl no va muy bien, pero tan pronto como llega a casa se pone a refunfuñar, y cuando le pregunto por el trabajo no me responde. Si estuvieras aquí con nosotros, sospecho que os estaríais peleando todo el día. Así que ya va bien que estés donde estás. Yuriko finge que no se da cuenta de nada.
El otro día fuimos a visitar al tío Karl. Yo preparé un plato de chirashi-zushi, arroz frío, para llevárselo a él y a su mujer Yvonne, que es francesa. Tienen dos hijos: uno que trabaja en la fábrica, de veinte años, y que se llama Henri, y luego una hija que va al instituto. Me dijeron cómo se llamaba pero lo he olvidado. Es igualita a Yvonne: tiene el cabello rubio brillante y la nariz aguileña. Es gorda y nada guapa. Cuando Yvonne y Karl vieron a Yuriko se quedaron de piedra. Karl dijo algo así como: «Así que, ¿si te casas con una oriental te nacen hijas tan guapas como ésta?», y de inmediato a Yvonne se le reflejó la ira en la cara.
Eso me recuerda a algo: siempre que tu padre y yo salimos a pasear con Yuriko, la gente reacciona de una forma extraña. Todas las personas con las que nos encontramos en el parque nos observan con curiosidad. Al final alguien nos pregunta en qué país hemos adoptado a Yuriko. Aquí hay gente de todo el mundo, y al parecer la adopción es bastante común. Cuando les digo que es mi hija no parecen creérselo. Supongo que no pueden aceptar que una oriental desaliñada como yo haya dado a luz a una belleza como Yuriko, y sólo pensarlo los pone de los nervios. «¡Estás exagerando!», diría tu padre. Pero no puedo evitarlo, porque es lo que creo: no pueden aceptar que alguien de raza amarilla pueda haber concebido algo tan perfecto. Me complace poder decir: «Yuriko no es adoptada; yo misma la parí».
Por favor, escríbeme y dime cómo estás. Tu padre te escribirá pronto. Dale muchísimos recuerdos al abuelo.